LOS ESPOSOS DE ESPADAÑA

Ya ha pasado la fiesta; los vecinos del pueblo hallan otra vez, como

todos los años, que la caja está más pobre, que han trabajado, sudado

y velado mucho sin divertirse, sin adquirir nuevos amigos, en una

palabra, han comprado caro el bullicio y los dolores de cabeza. Pero

no importa; el año que viene se hará lo mismo, lo mismo la venidera

centuria, pues esta ha sido hasta ahora la costumbre.

En casa de capitán Tiago reina bastante tristeza: todas las ventanas

están cerradas, la gente apenas hace ruido al andar y sólo en la cocina

se atreve á hablar en voz alta. María Clara, el alma de la casa, yace

enferma en el lecho; su estado se lee en todos los semblantes, como

se leen las dolencias del espíritu en las facciones de un individuo.

--¿Qué te parece, Isabel: hago la limosna á la cruz de Tunasan ó á

la cruz de Matahong?--pregunta en voz baja el atribulado padre.--La

cruz de Tunasan crece, pero la de Matahong suda; ¿cuál crees tú que

sea más milagrosa?

Tía Isabel piensa, mueve la cabeza y murmura.

--Crecer... crecer es mayor milagro que sudar: todos sudamos, pero

no crecemos todos.

--Es verdad, sí, Isabel, pero advierte que sudar... sudar la madera

que hacían para pie de banco no es poco milagro... Vamos, lo mejor

será dar limosna á ambas cruces; así ninguna se resiente y María

Clara sanará más pronto... ¿Están bien los cuartos? Ya sabes que

viene con los doctores un nuevo señor medio pariente del P. Dámaso;

es menester que nada falte.

En el otro extremo del comedor están las dos primas, Sinang y Victoria,

que vienen á acompañar á la enferma. Andeng les ayuda á limpiar un

servicio de plata para tomar el té.

--¿Conocéis al doctor Espadaña?--pregunta con interés á Victoria la

hermana de leche de María Clara.

--¡No!--contesta la interpelada;--lo único que sé de él es que cobra

muy caro, según capitán Tiago.

--¡Entonces debe ser muy bueno!--dice Andeng;--el que agujereó el

vientre de doña María cobraba caro; por eso era sabio.

--¡Tonta!--exclama Sinang,--no todo el que cobra caro es sabio. Mira

el doctor Guevara, después que no supo ayudar al parto, cortándole

la cabeza al niño, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe

es cobrar.

--¿Qué sabes tú?--le pregunta su prima dándole un codazo.

--¿No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas,

después de perder su esposa, tuvo también que perder su casa, porque

el Alcalde es amigo del doctor, le obligó á pagar... ¿no lo he de

saber? Mi padre le prestó el dinero para hacer el viaje á Santa Cruz

[134].

Un coche, parándose delante de la casa, cortó todas las conversaciones.

Capitán Tiago, seguido de tía Isabel, bajó corriendo las escaleras

para recibir á los recién llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio

de Espadaña, su señora, la doctora doña Victorina de los Reyes de de

Espadaña y un joven español de fisonomía simpática y agradable aspecto.

Ella vestía una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un

gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo

del camino, mezclándose con los polvos de arroz en sus mejillas,

parecían aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy

lleva también del brazo á su marido cojo.

--¡Tengo el gusto de presentarle á usted á nuestro primo, don Alfonso

Linares de Espadaña!--dijo doña Victorina señalando al joven; el señor

es ahijado de un pariente del padre Dámaso, secretario particular de

todos los ministros...

El joven saludó con gracia; capitán Tiago por poco le besa la mano.

Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras

capitán Tiago los conduce á sus aposentos, digamos algo acerca de

este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en

los primeros capítulos.

Doña Victorina era una señora de sus cuarenta y cinco agostos,

equivalentes á treinta y dos abriles, según sus cálculos

aritméticos. Había sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,--así

solía decirlo ella,--pero extasiada en la contemplación de sí misma,

había mirado con gran desdén á muchos adoradores filipinos que tuvo,

pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar

á nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues

no pocas veces había entregado joyas de inestimable valor á varios

aventureros extranjeros y nacionales.

Seis meses antes de la época de nuestra historia, vió realizado su

más hermoso sueño, el sueño de toda su vida, por el cual despreciaría

los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitán

Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus oídos, ó cantadas en alguna

serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueño; pero doña

Victorina que, aunque hablaba mal el español, era más española que

Agustina de Zaragoza, y sabía el refrán: Más vale tarde que nunca,

consolábase con decírselo á sí misma.--No hay felicidad completa en

la tierra, era su otro íntimo refrán, porque ambos no salían jamás

de sus labios delante de otras personas.

Doña Victorina, que había pasado su primera, segunda, tercera y

cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el

objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la

suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y

dos abriles, no hubiese tenido más que treinta y uno,--la diferencia

para su aritmética era muy grande,--habría devuelto al destino la

presa que le ofrecía, para esperar otra más en conformidad con sus

gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que

tenía ya mucha necesidad de marido, vióse obligada á contentarse con

un pobre hombre, que arrojó de sí Extremadura y que después de vagar

por el mundo seis ó siete años, Ulises moderno, encontró al fin en la

isla de Luzón hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media

naranja... ¡ay! y la naranja era agria. Llamábase el infeliz Tiburcio

Espadaña, y aunque tenía treinta y cinco años y parecía viejo, era

más joven que doña Victorina que sólo tenía treinta y dos. El por

qué de esto es fácil de comprender, pero peligroso de decir.

Había ido á Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan

mala suerte que, además de marearse mucho y fracturarse una pierna

durante la navegación, encontróse á los quince días de su llegada

con la cesantía que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya

se encontraba sin un cuarto.

Escarmentado del mar, no quiso volver á España sin haber hecho fortuna,

y pensó dedicarse á algo. El orgullo español no le permitía ningún

trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para

vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo

hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio vivía á costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era

honrado, sabíale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaquecía. No

teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus

paisanos, para desprenderse de él, fuese á provincias y se hiciese

pasar por doctor en medicina. El hombre se resistía al principio,

pues si bien había sido mozo en el hospital de San Carlos, no había

aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el

polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fué por corto

tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus

escrúpulos, dióles oídos al fin, fuése á provincias y empezó por

visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su conciencia se

lo decía. Mas, á semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego,

concluyó cobrando caro y poniendo gran precio á sus visitas; de aquí

que pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente

su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de

sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía á los otros.

Intercedieron por él particulares y profesores.--«¡Hombre! Dr. C.,

déjele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis ó siete

mil pesitos, se podrá volver á su tierra y vivir allí en paz. Total

¿qué le hace á usted eso? ¿que engaña á los incautos indios? Pues que

sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca;

sea usted buen español!

El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero

como la noticia llegó á oídos del pueblo, empezóse á desconfiar de él

y á poco don Tiburcio Espadaña perdió su clientela y se vió de nuevo

obligado casi á mendigar el pan de cada día. Por entonces supo de

un amigo suyo, íntimo que fué de doña Victorina, el apuro en que se

encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. Don Tiburcio

vió allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.

Doña Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde veniéntibus ossa [135]

habría exclamado él, si hubiese sabido latín. Ella no era ya pasable,

era pasada; su abundante cabellera se había reducido á un moño, grande,

al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su

cara y empezaban á movérsele los dientes; los ojos habían sufrido

también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia

para mirar á cierta distancia: su carácter era lo único que le había

quedado.

Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se

aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos

tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva

al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir;

pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás á ella para

pedirle su mano. Había oído más de una vez decir que «á la ocasión

la pintan calva» y creyó honradamente que don Tiburcio era la misma

ocasión, pues gracias á sus noches negras padecía de una prematura

calvicie. ¿Qué mujer no es prudente á los treinta y dos años?

Don Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna

de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma

del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos

eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen

hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad.--Allá en

su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena,

iba á acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dormía

pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los

disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética

imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa,

trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle

de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando,--¡sí, él

pensaba en las riñas como en una felicidad! Pero cuando, obligado

á vagar de país en país en busca, no ya de fortuna, sino de alguna

comodidad para vivir los días que le restaban; cuando, ilusionado por

las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para

Filipinas, el realismo cedió el puesto á una arrogante mestiza, á una

hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos

trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor,

sus coches, etc. Llegó á Filipinas y creyó que realizaba su sueño,

pues las jóvenes, que en plateados coches acudían á la Luneta y al

Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante,

la mestiza ó la india desapareció, y con trabajo se forjó la imagen

de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vió su sueño

tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dósis de

filosofía natural, se dijo: «¡Aquello era un sueño y en el mundo no se

vive soñando!» Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz,

¡psé! cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas,

pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa,

imponente y varonil, pero el hambre es más imponente, terrible y más

pretenciosa todavía, y luega para eso ha nacido él dulce de genio,

y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él

tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle

su cesantía, y además ¿qué importa? ¿es una vieja fea y ridícula? ¡él

es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefería cuidar que no ser

cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él,

respondía: «Dame pan y llámame tonto.»

Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía

mal á una mosca: modesto é incapaz de abrigar un mal pensamiento,

se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el

país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de

gran valor y de elevada importancia que á las pocas semanas adquieren

la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar

odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente

veía infelices á quienes convenía desplumar, si no quería ser más

infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse

pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia

y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!

Casáronse ó cazáronse pues, y fueron á Sta. Ana para pasar la luna

de miel; pero en la noche de bodas, doña Victorina tuvo una terrible

indigestión, y don Tiburcio dió gracias á Dios, mostróse solícito

y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre

honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con

melancolía descubriendo sus desprovistas encías; había envejecido lo

menos diez años.

Muy contenta doña Victorina de su marido, hizo que le arreglaran

una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores

sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, pidió á Batangas y

Albay los mejores troncos y hasta le obligó á tener dos caballos para

las próximas carreras.

Mientras trasformaba á su marido, no se olvidaba de su propia

persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje

europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos

flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turbó

la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido que no salía nunca á pie,--ella no quería que se viese su

cojera,--la llevaba á paseo por los sitios más solitarios con gran

pesar de Eva, que quería lucir su marido en los paseos más públicos,

pero se callaba por respeto á la luna de miel.

El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de

arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doña Victorina

frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y

ella comprendió su flaco.

Pronto creyóse madre y anunciólo así á todos sus amigos:

--El mes que viene, yo y de Espadaña nos vamos á la Peñínsula; no

quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.

Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba

categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de

de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió

sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.

--¡Si no pongo más que un de puede creerse que no lo tienes,

tonto!--decía á su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de

memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla

hablar:--«Voy á ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaña

cree que es lo más bonito. De Espadaña ha recorrido todo el

mundo»--«Probablemente no volveré más á este país de salvajes.»--«No

he nacido para vivir aquí; me convendría más Aden ó Port Said; desde

niña lo he creído así, etc.» Doña Victorina en su geografía dividía

el mundo en Filipinas y España, á diferencia de los chulos que lo

dividen en España y América ó China por otro nombre.

El marido sabía que algunas de estas cosas eran barbaridades,

pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su

tartamudez. Hízose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de

madre, y se dió por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas

y pasearse en bata por la Escolta, pero ¡oh desencanto! pasaron

tres meses y el sueño se evaporó, y no habiendo ya motivo para que

el hijo no fuese revolucionario, se desistió del viaje. Dióse á

consultar médicos, comadronas, viejas, etc., pero inútil; ella, que

con descontento de capitán Tiago se burlaba de san Pascual Bailón,

no quería recurrir á ningún santo ni santa; por lo que le dijo un

amigo de su marido:

--¡Créame usted, señora; es usted el único espíritu fuerte en este

aburrido país!

Sonrióse ella sin comprender lo que era espíritu fuerte, y á la noche,

á la hora de dormir, se lo preguntó al marido.

--Hija, contestó éste, el e... espíritu fuerte, que conozco es el

amoníaco: mi amigo habrá hablado por re... retórica.

Desde entonces ella decía siempre que podía:

--Soy el único amoníaco en este aburridísimo país, hablando por

retórica; así lo ha dicho el señor N. de N., peninsular de muchísima

categoría.

Cuanto decía se tenía que hacer, había llegado á dominar completamente

á su marido, que por su parte no ofreció gran resistencia, llegando

á convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le

incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfurecía de veras,

le arrancaba la dentadura dejándole horrible por uno ó más días.

Se le ocurrió que su marido debía ser doctor en Medicina y Cirugía

y así se lo manifestó.

--¡Hija! ¿quieres que me prendan?--preguntó asustado.

--No seas tonto y déjame arreglar las cosas; no irás á curar á nadie,

pero quiero que te llamen doctor y á mí doctora; ¡ea!

Y al día siguiente Rodoreda recibía el encargo de grabar en una

losa de mármol negro: DOCTOR DE ESPADAÑA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE

DE ENFERMEDADES.

Toda la servidumbre les debía dar los nuevos títulos, y á consecuencia

de esto se aumentó el número de los flequillos, la capa de polvos

de arroz, las cintas y encajes, y miró con más desdén que nunca á

sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos

categoría que el suyo. Cada día sentía dignificarse y elevarse más,

y á seguir este camino, al cabo de un año se creería de origen divino.

Estos sublimes pensamientos no impedían sin embargo que cada día

fuese más vieja y ridícula. Cada vez que capitán Tiago se encontraba

con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto

continuo un peso á la iglesia para una misa en acción de gracias. A

pesar de esto, capitán Tiago respetaba mucho al marido por el título de

especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atención

las pocas frases que él en su tartamudez conseguía pronunciar. Por

esto, y porque este doctor no visitaba á todo el mundo como los otros

médicos, le escogió capitán Tiago para asistir á su hija.

En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el

viaje para España, doña Victorina pensó en un administrador peninsular,

no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en

Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo

de la familia: escribiéronle, pues, pagándole de antemano ya el pasaje,

y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.

Estos son los tres personajes que acaban de llegar.

Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el padre Salví, y los

esposos, que ya le conocían, le presentaron con todos sus títulos al

joven Linares, que se ruborizó.

Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba

y dormía. Se habló del viaje; doña Victorina lució su verbosidad

criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los

puentes de caña, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el

segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente,

etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.

--Hubiera usted venido dos días antes, doña Victorina,--repuso capitán

Tiago en una pequeña pausa,--y habría usted encontrado á S. E. el

Capitán general: allí estaba sentado.

--¿Qué? ¿Cómo? ¿Estuvo aquí S. E.? ¿Y en su casa de usted? ¡Mentira!

--¡Le digo á usted que allí se sentaba! Hubiera usted venido dos

días antes...

--¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes!--exclama

ella con verdadero pesar, y dirigiéndose á Linares:

--¿Oyes, primo? ¡Aquí estaba S. E.! ¿Ves si tenía razón De Espadaña

cuando te decía que no ibas á casa de un miserable indio? Porque

usted sabrá, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de

ministros y duques y comía en casa del conde del Campanario.

--Del duque de la Torre, Victorina,--le corrige su marido.

--Lo mismo da, ¿si me dirás tú á mi?...

--¿Encontraría yo este día al padre Dámaso en su pueblo?--interrumpe

Linares dirigiéndose al padre Salví;--me han dicho que está cerca

de aquí.

--Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco,--contestó el cura.

--¡Cuánto me alegro! tengo una carta para él,--exclamó el joven,--y

si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido

expresamente para visitarle.

La feliz casualidad entretanto se había despertado.

--De Espadaña,--dice doña Victorina terminando el almuerzo,--¿vamos

á ver á Clarita?--Y á capitán Tiago:--¡Por usted solo, don Santiago,

por usted solo! Mi marido no cura más que á las personas de categoría,

y ¡aun, aun! Mi marido no es como los de aquí... en Madrid no visitaba

más que á los personajes de categoría.

Pasaron al cuarto de la enferma.

La habitación estaba casi á obscuras, las ventanas cerradas por miedo

á una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba partía de

los cirios que ardían delante una imagen de la Virgen de Antipolo.

Ceñida la cabeza con un pañuelo empapado en agua de Colonia, envuelto

cuidadosamente el cuerpo en blancas sábanas de abundantes pliegues, que

velaban sus formas virginales, yacía la joven en su catre de kamagon

[136], entre cortinajes de jusi y piña. Sus cabellos, formando un marco

al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente

palidez, animada únicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A

su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.

De Espadaña tomóle el pulso, examinó la lengua, hizo unas cuantas

preguntas, y dijo moviendo la cabeza á un lado y otro:

--¡E... está enferma, pero se puede curar!

Doña Victorina miró con orgullo á los circunstantes.

--¡Liquen con leche por la mañana, jarabe de altea, dos píldoras de

cinoglosa!--ordenó de Espadaña.

--Cobra ánimo, Clarita,--decía doña Victorina acercándose;--hemos

venido para curarte... Te voy á presentar á nuestro primo.

Linares estaba absorto, contemplando aquellos elocuentes ojos que

parecían buscar á alguien, y no oyó á doña Victorina que le llamaba.

--Señor Linares,--díjole el cura arrancándole de su éxtasis,--aquí

viene el padre Dámaso.

En efecto, venía el padre Dámaso, pálido y algo triste; al dejar la

cama, su primera visita fué para María Clara. No era ya el padre

Dámaso de antes, tan robusto y decidor; ahora marcha silencioso y

algo vacilante.

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 93 / 139 题