EL DERECHO Y LA FUERZA

Serían las diez de la noche. Los últimos cohetes suben perezosamente

por el cielo obscuro, donde, brillan cual nuevos astros, algunos

globos de papel, elevados hacía poco merced al humo y al aire

calentado. Algunos, adornados de fuegos artificiales, se incendiaron

amenazando las casas todas; por esto siguen viéndose aún hombres sobre

los caballetes de los tejados, armados de una larga caña con un trapo

en la punta y provistos de un cubo de agua. Sus negras siluetas se

destacan en la vaga claridad del aire, y parecen fantasmas descendidos

de los espacios para presenciar los regocijos de los hombres.--Habíanse

quemado también multitud de ruedas, castillos, toros ó carabaos de

fuego y un gran volcán que ha superado en hermosura y grandiosidad

á cuanto hasta entonces habían visto los habitantes de San Diego.

Ahora se dirige la gente en masa hacia la plaza del pueblo para

asistir por última vez al teatro. Acá y allá se ven luces de Bengala,

alumbrando fantásticamente los alegres grupos; los chicos se valen de

antorchas para buscar entre la hierba bombas falladas y otros restos

que pudieran utilizarse, pero la música da la señal y todos abandonan

la pradera.

El gran tablado está espléndidamente iluminado: miles de luces rodean

los puntales, penden del techo y siembran el suelo en apiñados

grupos. De ellas cuídase un alguacil y cuando se adelanta para

arreglarlas, el público le silba y grita:--¡Ya está, ahí está!

Delante del escenario templa la orquesta los instrumentos, preludia

aires; detrás de ésta se encuentra el sitio de que hablaba el

corresponsal en su carta. La principalía del pueblo, los españoles y

los ricos forasteros iban ocupando las alineadas sillas. El pueblo,

la gente sin títulos ni tratamientos, ocupaba el resto de la plaza;

algunos cargaban un banco á cuestas, más que para sentarse para

remediar la falta de estatura: esto provocaba ruidosas protestas

por parte de los desbancados; aquellos descendían inmediatamente,

pero pronto volvían á subir como si nada hubiera pasado.

Idas y venidas, gritos, exclamaciones, carcajadas, un buscapié

rezagado, un reventador ó petardo aumentaban el bullicio. Acá se

le rompe el pie á un banco y caen al suelo, á las risotadas de la

multitud, personas que habían venido de lejos para ver, y ahora

resultaban vistas; allá riñen y disputan por el sitio; un poco más

distante se oye un estrépito de copas y botellas que se rompen:

es Andeng que lleva refrescos y bebidas; con ambas manos sostiene

cuidadosa la ancha bandeja, pero se encuentra con el novio que quiere

aprovecharse de la situación...

El teniente mayor, don Filipo, preside el espectáculo, pues el

gobernadorcillo es aficionado al monte; don Filipo habla con el

viejo Tasio:

--¿Qué he de hacer?--decía;--el alcalde no ha querido admitir mi

dimisión; «¿no se siente usted con fuerzas para cumplir con sus

deberes?» me preguntó.

--Y ¿qué le ha contestado usted?

--¡Señor alcalde! le contesté; las fuerzas de un teniente mayor,

por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad:

vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo,

y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, señor alcalde.--Pero

el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaríamos de esto

después de las fiestas.

--¡Entonces que Dios ayude á usted!--dijo el viejo y trató de irse.

--¿No quiere usted ver la función?

--¡Gracias! para soñar y disparatar me basto yo solo,--contestó con

risa sarcástica el filósofo;--pero ahora me acuerdo, ¿no ha llamado

nunca su atención el carácter de nuestro pueblo? Pacífico, gusta

de espectáculos belicosos, de luchas sangrientas; demócrata, adora

emperadores, reyes y príncipes; irreligioso, se arruina por las pompas

del culto; nuestras mujeres tienen un carácter dulce y deliran cuando

una princesa blande la lanza... ¿sabe usted á qué se debe esto? Pues...

La llegada de María Clara y sus amigas cortó la conversación. Don

Filipo las recibió y las acompañó á sus asientos. Detrás venía el

cura y venían también otros vecinos que tienen por oficio escoltar

á los frailes.

--¡Dios los premie también en la otra vida!--dijo el viejo Tasio

alejándose.

La función empezó con Chananay y Marianito en Crispino e la

Comare. Todos tenían ojos y oídos en el escenario menos uno: el

P. Salví. Parecía no haber ido allí más que para vigilar á María Clara,

cuya tristeza daba á su hermosura un aire tan ideal é interesante,

que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos

del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas órbitas,

no decían arrobamiento: en aquella sombría mirada se leía algo

desesperadamente triste: ¡con tales ojos contemplaría Caín desde

lejos el paraíso cuyas delicias le pintara su madre!

Se concluía el acto cuando entró Ibarra; su presencia ocasionó un

murmullo: la atención de todos se fijó en él y en el cura.

Pero el joven no pareció advertirlo, pues saludó con naturalidad á

María Clara y á sus amigas, sentándose á su lado. La única que habló

fué Sinang.

--¿Has estado á ver el volcán?--preguntó.

--No, amiguita, he tenido que acompañar al Capitán general.

--¡Pues es lástima! El cura venía con nosotras, y nos contaba historias

de condenados; ¿te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos,

¿te parece?

El cura se levantó y acercóse á don Filipo, con quien pareció entablar

una viva discusión. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura

y en voz baja.

--Siento no poder complacer á V. R.,--decía éste;--el señor Ibarra

es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho á estarse aquí

mientras no perturbe el orden.

--Pero ¿no es perturbar el orden escandalizar á los buenos

cristianos? ¡Es dejar á un lobo entrar en el aprisco! ¡Responderás

de esto ante Dios y ante las autoridades!

--Siempre respondo de los actos que emanan de mi propia voluntad,

padre,--contestó don Filipo inclinándose ligeramente;--pero mi pequeña

autoridad no me faculta para mezclarme en asuntos religiosos. Los que

quieran evitar su contacto que no hablen con él: el señor Ibarra no

fuerza tampoco á nadie.

--Pero es dar ocasión al peligro, y quien ama el peligro, en él perece.

--No veo peligro alguno, padre: el señor alcalde y el Capitán general,

mis superiores, han estado hablando con él toda la tarde, y no les

he dar una lección.

--Si no le echas de aquí, salimos nosotros.

--Lo sentiría muchísimo, pero no puedo echar de aquí á nadie.

El cura se arrepintió, pero ya no había remedio. Hizo una seña á su

compañero, que se levantó con pesar, y ambos salieron. Imitáronlos

las personas adictas, no sin lanzar antes una mirada de odio á Ibarra.

Los murmullos y los cuchicheos subieron de punto: acercáronse y

saludaron entonces varias personas al joven y decían:

--Nosotros estamos con usted; no haga usted caso de esos.

--¿Quiénes son esos?--preguntó con extrañeza.

--¡Esos que han salido por evitar su contacto!

--¡Sí! dicen que está usted excomulgado.

Ibarra, sorprendido, no supo qué decir y miró á su alrededor. Vió á

María Clara que ocultaba el rostro detrás del abanico.

--Pero ¿es posible?--exclamó al fin;--¿todavía estamos en plena Edad

media? De manera que...

Y acercándose á las jóvenes y cambiando de tono:

--Dispensadme,--dijo;--me había olvidado de una cita; volveré para

acompañaros.

--¡Quédate!--le dijo Sinang;--Yeyeng va á bailar en «la Calandria»;

baila divinamente.

--No puedo, amiguita, pero ya volveré.

Redoblaron los murmullos.

Mientras Yeyeng salía vestida de chula con el «¿Da usté su permiso?»

y Carvajal le contestaba «Pase usté adelante» etc., acercáronse dos

soldados de la guardia civil á don Filipo, pidiendo que se suspendiese

la representación.

--Y ¿por qué?--pregunta éste sorprendido.

--Porque el alférez y la señora se han pegado y no pueden dormir.

--Diga usted al alférez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene

facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.

--¡Pues hay que suspender la función!--repitieron los soldados.

Don Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.

Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo á nadie una palabra

acerca del incidente.

Después del trozo de zarzuela, que fué muy aplaudido, se presentó el

príncipe Villardo retando á combate á todos los moros, que tenían

preso á su padre; el héroe les amenazaba con cortarles á todos la

cabeza de un solo tajo y enviarlas á la luna. Afortunadamente para

los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego,

sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente

y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente

Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros,

arroja también espada y escudo y emprende la carrera; los moros,

al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en

imitarle: óyense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la

gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz,

etc.--¡Tulisanes! ¡Tulisanes!--gritan unos.--¡Fuego! ¡ladrones!--gritan

otros;--mujeres y niños lloran, ruedan por el suelo bancos y

espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.

¿Qué había pasado?

Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano á los músicos para

suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros,

armados de sus viejos sables, los logran detener á pesar de su

resistencia.

--¡Conducidlos al tribunal!--gritaba don Filipo,--¡cuidado con

soltarlos!

Ibarra había vuelto y buscaba á María Clara. Las atemorizadas jóvenes

se agarraron á él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías

en latín.

Repuesta algún tanto la gente del susto, y habiéndose dado cuenta de lo

que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron

piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían á los dos

guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar á

doña Consolación juntamente con el alférez.

--¡Para eso sirven!--gritaba una mujer remangándose y extendiendo

los brazos; ¡para perturbar el pueblo! ¡No persiguen más que á los

hombres honrados! ¡Allí están los tulisanes y jugadores! ¡Incendiemos

el cuartel!

Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían

de debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario

estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos

á la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador,

hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela;

Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el príncipe Villardo;

Balbino y los moros se esforzaban en consolar á los músicos, más ó

menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto á otro hablando

y arengando á todo el que encontraban.

Pero ya se había formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corrió

á contenerlos.

--¡No alteréis el orden!--gritaba;--mañana pediremos satisfacción,

se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!

--¡No!--contestaban algunos;--lo mismo hicieron en Calamba [133]; se

prometió lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. ¡Queremos justicia

por nuestra mano! ¡Al cuartel!

En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su

actitud. Don Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vió á Ibarra.

--¡Señor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!

--¿Qué puedo hacer yo?--preguntó el joven perplejo, pero el teniente

mayor ya estaba lejos.

Ibarra á su vez miró al rededor, buscando sin saber á quién. Por

fortuna creyó distinguir á Elías, que presenciaba impasible el

movimiento. Ibarra corre á él, le coge del brazo y le dice en español:

--¡Por Dios! haga usted algo, si puede; ¡yo no puedo nada!

El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.

Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco

á poco, el grupo empezó á disolverse tomando cada cual una actitud

menos hostil.

Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, con la bayoneta

calada.

Entretanto ¿qué hacía el cura?

El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra

las persianas, miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de

tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no

hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban

de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.

De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos

sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritería

llegaban vagamente hasta él.--Uno de los criados, que vino sin aliento,

le enteró de lo que pasaba.

Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y

del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la

debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie,

el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen,

el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y

¡cuando se aman! Se le figuró ver á Crisóstomo llevar en sus brazos

á María Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.

Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco

se dirigió á la plaza.

Allí encontró á los españoles que reprendían á los soldados, miró hacia

los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vió vacíos.

--¡Padre Cura! ¡padre Cura!--le gritaban los españoles,--pero él

no hizo caso y corrió en dirección á la casa de capitán Tiago. Allí

respiró: vió en el trasparente caído una silueta, la adorable silueta,

llena de gracia y suave de contornos, de María Clara, y la de la tía

que llevaba tazas y copas.

--¡Vamos!--murmuró;--¡parece que sólo se ha puesto enferma!

Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa

sombra desapareció.

El cura se alejó de aquel sitio sin ver á la multitud. Tenía delante

de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando

dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas,

que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael;

la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad,

pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la

ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.

La imaginación siguió viendo otras cosas más... pero ¿quién escribe

todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?

Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción

de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

«¡Gracias mil veces, gracias infinitas á la oportuna y activa

intervención del M. R. P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando

todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba

desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la

multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y

autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El

virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las

delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza,

para evitar que le sucediese á su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los

vecinos de San Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su

heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!»

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 89 / 139 题