¿Por qué están cerradas las ventanas de la casa del alférez? ¿Dónde
estaban, mientras pasaba la procesión, la cara masculina y la camisa de
franela de la Medusa ó la Musa de la guardia civil? ¿Habrá comprendido
doña Consolación lo desagradables que eran su frente surcada de gruesas
venas, conductoras, al parecer, no de sangre, sino de vinagre y hiel,
el grueso tabaco, digno adorno de sus morados labios, y su envidiosa
mirada, y, cediendo á un generoso impulso, no ha querido turbar con
su aparición siniestra las alegrías de la multitud?
¡Ay! para ella los impulsos generosos vivieron en la Edad de oro.
La casa está triste porque el pueblo se alegra, como decía Sinang;
no tiene ni faroles ni banderas. Si el centinela no se pasease delante
de la puerta, se diría que la casa está deshabitada.
Una débil luz alumbra la desarreglada sala, y pone transparentes las
sucias conchas [127] en que se ha agarrado la telaraña é incrustado
el polvo. La señora, según su costumbre de estar mano sobre mano,
dormita en un ancho sillón. Viste como todos los días, es decir,
mal y horriblemente: por todo tocado un pañuelo atado á la cabeza,
dejando escapar delgados y cortos mechones de cabellos enmarañados;
la camisa de franela azul, sobre otra que debió haber sido blanca,
y una falda desteñida que modela los delgados y aplanados muslos,
colocados uno sobre otro y agitándose febrilmente. De su boca van
saliendo bocanadas de humo, que arroja con fastidio al espacio hacia
donde mira cuando abre los ojos. Si en aquel momento la hubiese visto
don Francisco de Cañamaque [128] la habría tomado por un cacique del
pueblo ó el mankukulam [129], adornando después su descubrimiento
con comentarios en lengua de tienda, inventada por él para su uso
particular.
Aquella mañana, la señora no había oído misa, no porque no hubiese
querido, al contrario, quería enseñarse á la multitud y oir el
sermón, pero el marido no se lo había permitido, y la prohibición
iba acompañada, como siempre, de dos ó tres insultos, juramentos y
amenazas de puntapiés. El alférez comprendía que su hembra vestía
ridículamente, que olía á eso que llaman querida de soldados, y que
no convenía exponerla á las miradas de los personajes de la cabecera
ni de los forasteros.
Pero ella no lo entendía así. Sabía que era hermosa, atractiva, que
tenía aires de reina y que vestía mucho mejor y con más lujo que
la misma María Clara: ésta iba de tapis, ella de saya suelta. Fué
necesario que el alférez le dijese:--¡O te callas ó te envío á
puntapiés á tu p... pueblo!
Doña Consolación no quería volver á puntapiés á su pueblo, pero pensó
en la venganza.
Jamás fué propia para infundir confianza en nadie la faz obscura de la
señora, ni cuando se pintaba, pero aquella mañana inquietó grandemente,
sobre todo cuando la vieron recorrer la casa de un extremo á otro,
silenciosa y como meditando algo terrible ó maligno: su mirada tenía
el reflejo que brota de la pupila de una serpiente cuando, cogida,
va á ser aplastada: era fría, luminosa, penetrante, y tenía algo de
viscoso, asqueroso y cruel.
La más pequeña falta, el más insignificante inusitado ruido le
arrancaban un torpe é infame insulto que abofeteaba al alma, pero
nadie respondía: excusarse era otro crimen.
Así se pasó el día. No encontrando un obstáculo que se le pusiese
delante,--el marido estaba convidado,--se saturaba de bilis:
creeríase que las células de su organismo se cargaban de electricidad
y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo á su alrededor se
plegaba, como las espigas al primer soplo del huracán; no encontraba
resistencia, no hallaba ninguna punta ó eminencia para descargar su
mal humor: soldados y criados se arrastraban á su lado.
Para no oir el regocijo exterior, mandó cerrar las ventanas y encargó
al centinela no dejara pasar á nadie. Atóse un pañuelo á la cabeza
como para evitar que estallara, y á pesar de que el sol brillaba aún,
mandó encender luces.
Sisa, como vimos, fué detenida por perturbadora del orden y conducida
al cuartel. El alférez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar
la noche en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente día vióla
el alférez, y temiendo por ella en aquellos días de algarabía, y no
queriendo dar un espectáculo desagradable, encargó á los soldados la
tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. Así
pasó la demente dos días.
Esta noche, sea que la vecindad de la casa de capitán Tiago haya
llevado hasta ella el triste canto de María Clara, sea que otros
acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese,
Sisa empezó también á cantar con su voz dulce y melancólica los
kundiman [130] de su juventud. Los soldados la oían y se callaban:
¡ay! aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos
del tiempo en que aún no se habían corrompido.
Doña Consolación la oyó también en su aburrimiento, y enterada de la
persona que cantaba:
--¡Que suba al instante!--mandó, después de algunos segundos de
meditación. Algo como una sonrisa vagaba por sus secos labios.
Trajeron á Sisa, quien se presentó sin turbarse, sin manifestar
extrañeza ni temor: parecía no ver á señora alguna. Esto hirió la
vanidad de la Musa, que pretendía infundir respeto y espanto.
La alféreza tosió, hizo seña á los soldados para que se fuesen y,
descolgando el látigo de su marido, dijo con acento siniestro á
la loca:
--¡Vamos, magcantar icau! [131].
Sisa naturalmente no la comprendió, y esta ignorancia aplacó sus iras.
Una de las bellas cualidades de esta señora era el procurar ignorar el
tagalo, ó al menos aparentar no saberlo, hablándolo lo peor posible:
así se daría aires de una verdadera orofea [132], como ella solía
decir. Y hacía bien, porque si martirizaba el tagalo, el castellano
no salía mejor librado ni en cuanto se refería á la gramática ni á la
pronunciación. Y ¡sin embargo su marido, las sillas y los zapatos,
cada cual había puesto de su parte cuanto podía para enseñarla! Una
de las palabras que le costaron más trabajo aún que á Champollión
los jeroglíficos, era la palabra Filipinas.
Cuéntase que al día siguiente de su boda, hablando con su marido,
que entonces era cabo, había dicho Pilipinas; el cabo creyó deber suyo
corregirla, y le dijo dándole un coscorrón:--«¡Dí Felipinas, mujer! no
seas bruta. ¿No sabes que se llama así á tu p... país por venir de
Felipe?»--La mujer, que soñaba en su luna de miel, quiso obedecer
y dijo Felepinas. Al cabo le pareció que ya se acercaba, aumentó
los coscorrones y la increpó: «Pero, mujer, ¿no puedes pronunciar
Felipe? No lo olvides, sabe que el rey don Felipe... quinto... Di
Felipe, y añádele nas que en latín significa islas de indios, y tienes
el nombre de tu rep... país».
La Consolación, lavandera entonces, palpándose el chichón ó los
chichones, repitió empezando á perder la paciencia:
--Fe... lipe, Felipe... nas, Felipenas, ¿así ba?
El cabo se quedó viendo visiones. ¿Por qué resultó Felipenas en vez
de Felipinas? ¿Una de dos: ó se dice Felipenas ó hay que decir Felipi?
Aquel día tuvo por prudente callarse; dejó á su mujer y fué á
consultar cuidadosamente los impresos. Aquí su admiración llegó al
colmo; restregóse los ojos:--¡A ver... despacio!--Filipinas decían
todos los impresos bien deletreados: ni él ni su mujer tenían razón.
--¿Cómo?--murmuraba,--¿puede mentir la historia? ¿No dice este libro
que Alonso Saavedra había dado este nombre al país en obsequio al
infante don Felipe? ¿Cómo se corrompió este nombre? ¿Si sería un
indio el tal Alonso Saavedra?...
Consultó sus dudas al sargento Gómez, que en su mocedad había deseado
ser cura. Este, sin dignarse mirarle y arrojando una bocanada de humo,
le contestó con la mayor prosopopeya:
--En los tiempos antiguos decíase Filipi en vez de Felipe; nosotros
los modernos, como nos volvemos franchutes, no podemos tolerar dos
is seguidas. Por esto la gente culta, en Madrid sobre todo, ¿no has
estado en Madrid? la gente culta, digo, ya empieza á decir: menistro,
enritación, embitación, endino, etc., que es lo que se llama montarse
á la moderna.
El pobre cabo no había estado en Madrid; hé aquí por qué ignoraba el
busilis. ¡Qué cosas se aprenden en Madrid!
--¿De modo que hoy se debe decir?...
--¡A la antigua, hombre! este país aún no es culto, ¡á la antigua:
Filipinas!--contestó Gómez con desprecio.
El cabo, si era mal filólogo, era en cambio un buen marido: lo que
acababa de aprender, su mujer debía saberlo también y continuó la
educación.
--Consola, ¿cómo llamas á tu p... país?
--¿Cómo lo he de llamar? como me lo enseñaste: Felifenas.
--¡Te tiro la silla, p...! ayer ya lo pronunciabas algo mejor,
á la moderna; pero ahora hay que pronunciarlo á la antigua! Feli,
digo, ¡Filipinas!
--¡Miro que yo no soy ninguna antigua! ¿qué te has creido?
--¡No importa! ¡dí Filipinas!
--¡No me da la gana! Yo no soy ningún trasto viejo... apenas treinta
añitos,--contestó remangándose como disponiéndose al combate.
--¡Dilo, rep..., ó te tiro la silla!
Consolación vió el movimiento, reflexionó y balbuceó respirando
fuertemente:
--Feli... Fele... File...
¡Pum! ¡crracc! la silla concluyó con la palabra.
Y la lección terminó á puñetazos, arañazos, bofetones. El cabo
la cogió del cabello, ella á él de la perilla y de otra parte del
cuerpo--morder no podía, porque los dientes se le movían todos--el
cabo dió un grito, soltóla, pidióle perdón, brotó la sangre, hubo un
ojo más rojo que el otro, una camisa hecha jirones, salieron muchos
órganos de sus escondites, pero Filipinas no salió.
Aventuras parecidas sucedían cada vez que se trataba del lenguaje. El
cabo, que veía los progresos lingüísticos de ella, calculaba con
dolor que en diez años su hembra perdería por completo el uso de la
palabra. En efecto, así sucedió. Cuando se casaron, ella entendía
aún el tagalo y se hacía entender en español; ahora, en la época de
nuestra narración, ya no hablaba ningún idioma: se había aficionado
tanto al lenguaje de los gestos, y de éstos escogía los más ruidosos
y contundentes, que daba quince y falta al inventor del volapük.
Sisa, pues, tuvo la fortuna de no comprenderla. Desarrugándose un poco
sus cejas, una sonrisa de satisfacción animó su cara; indudablemente
ya no sabía el tagalo, era ya orofea.
--¡Asistente, di á ésta en tagalo que cante! ¡No me comprende, no
sabe el español!
La loca comprendió al asistente y cantó la canción de la noche.
Doña Consolación oía al principio con risa burlona, pero la risa
desapareció poco á poco de sus labios, se puso atenta, después seria y
algo pensativa. La voz, el sentido de los versos y el canto mismo la
impresionaban: aquel corazón árido y seco estaba tal vez sediento de
lluvia. Ella lo comprendía bien: «La tristeza, el frío y la humedad
que descienden del cielo envueltos en el manto de la noche,» según
el kundiman, le parecía que descendían también sobre su corazón; «la
flor mustia y marchita que, durante el día había ostentado sus galas,
deseosa de aplauso y llena de vanidad, al caer la tarde, arrepentida
y desengañada, hace un esfuerzo para levantar sus ajados pétalos al
cielo, pidiendo un poco de sombra para ocultarse y morir sin la burla
de la luz que la vió en su pompa, sin ver la vanidad de su orgullo,
un poco de rocío también que llore sobre ella. El ave nocturna deja
su solitario retiro, el hueco del añoso tronco, y turba la melancolía
de las selvas»...
--¡No, no cantes!--exclamó la alféreza en perfecto tagalo levantándose
agitada; ¡no cantes! ¡esos versos me hacen daño!
La loca se calló; el asistente soltó un: ¡Abá! sabe palá tagalog! y
quedóse mirando á la señora lleno de admiración.
Esta comprendió que se había delatado; avergonzóse, y, como su
naturaleza no era la de una mujer, la vergüenza tomó el aspecto de
rabia y odio. Señaló la puerta al imprudente, y de un puntapié la cerró
detrás de él. Dió unas cuantas vueltas por el aposento, retorciendo
entre sus nervudas manos el látigo, y, parándose de pronto delante
de la loca, le dijo en español:--¡Baila!
Sisa no se movió.
--¡Baila, baila!--repitió con voz siniestra.
La loca la miraba con ojos vagos, sin expresión: la alféreza le levantó
un brazo, después otro, sacudiéndoselos: inútil, Sisa no comprendía.
Púsose á saltar, á agitarse, estimulando á la otra para que la
imitara. Oíase de lejos la música de la procesión tocar una marcha
grave y majestuosa, pero la señora saltaba furiosamente siguiendo otro
compás, otra música, la que resonaba en su interior. Sisa la miraba
inmóvil: algo como curiosidad se pintó en sus ojos y una débil sonrisa
movió sus pálidos labios: le hacía gracia el baile de la señora.
Paróse ésta como avergonzada, levantó el látigo, aquel terrible látigo
conocido de los ladrones y soldados, hecho en Ulangô y perfeccionado
por el alférez con alambres retorcidos, y dijo:
--¡Ahora te toca á tí bailar... baila!
Y empezó á azotar débilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara
se contrajo de dolor, obligándola á defenderse con las manos.
--¡Ajá! ¡ya empiezas!--exclamó con salvaje alegría, y del lento pasó
á un allegro vivace.
La infeliz lanzó un quejido de dolor y levantó vivamente el pie.
--¿Has de bailar, p... india?--decía la señora, y el látigo vibraba
y silbaba.
Sisa dejóse caer al suelo, llevándose ambas manos á las piernas y
mirando á su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos
á la espalda le hicieron levantarse: ya no fué un quejido, fueron
dos aullidos lo que la desgraciada exhaló. Rasgóse la fina camisa,
la piel se abrió y brotó la sangre.
La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su víctima
exaltó á doña Consolación.
--¡Baila, baila, condenada maldita! ¡Mal haya la madre que te
parió!--gritaba;--¡baila ó te mato á latigazos!
Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra,
empezó á saltar y á bailar.
La loca la comprendió al fin, y siguió moviendo descompasadamente los
brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra,
sonrisa de un Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo;
había odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera
expresado más.
Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar á su marido
hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.
Apareció el alférez pálido y sombrío; vió lo que allí pasaba y lanzó
una terrible mirada á su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse
sonriendo cínicamente.
El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro
de la extraña bailarina y la hizo parar. La loca respiró y sentóse
poco á poco en el suelo, manchado de su sangre.
El silencio continuó: el alférez respiraba con fuerza; la hembra que
le observaba con ojos interrogadores, recogió el látigo y le preguntó
con voz tranquila y lenta:
--¿Qué te pasa? ¡No me has dado siquiera las buenas noches!
El alférez, sin contestar, llamó al asistente.
--¡Llévate á esa mujer,--dijo;--que la Marta le dé otra camisa y la
cure! Tú le darás bien de comer, una buena cama... ¡cuidado con que
se la trate mal! Mañana se la conducirá á casa del señor Ibarra.
Después cerró cuidadosamente la puerta, puso el cerrojo y se acercó
á su señora.
--¡Tú estás buscando que yo te reviente!--le dijo cerrando los puños.
--¿Qué te pasa?--preguntó ella levantándose y retrocediendo.
--¿Qué me pasa?--gritó con voz de trueno, soltando una blasfemia y
enseñándole un papel lleno de garabatos, continuó:
--¿No has escrito tú esta carta al alcalde, diciendo que se me paga
para permitir el juego, so p...? ¡Yo no sé cómo no te machaco!
--¡A ver! ¡á ver si te atreves!--díjole ella riendo burlonamente;
¡el que me machaque ha de ser más hombre que tú!
Él oyó el insulto, pero vió el látigo. Cogió un plato de los
que estaban sobre una mesa, y se lo arrojó á la cabeza; la mujer,
acostumbrada á estas luchas, se baja rápidamente y el plato se estrella
contra la pared; igual suerte les cupo á una taza y á un cuchillo.
--¡Cobarde!--le dice ella,--no te atreves á acercarte.
Y le escupe para exasperarle más. El hombre se ciega y bramando se
arroja sobre ella, pero ésta, con una rapidez asombrosa, le cruza la
cara á latigazos, y échase á correr atropelladamente, encerrándose en
su cuarto, cuya puerta cierra violentamente. Rugiendo de ira y dolor
persíguela el alférez y sólo consigue darse contra la puerta que le
hace vomitar blasfemias.
--¡Maldita sea tu descendencia, marrana! Abre, p.... ¡abre, si no te
rompo la crisma!--aullaba golpeando la puerta con sus puños y pies.
Doña Consolación no contestaba. Oíase un crujir de sillas y baúles,
como quien quiere levantar una barricada con muebles caseros. La casa
cimbraba á los puntapiés y juramentos del marido.
--¡No entres, no entres!--decía la voz agria de la mujer;--si te
asomas te pego un tiro.
El pareció calmarse poco á poco y se contentó con pasearse de un
extremo á otro de la sala como una fiera en su jaula.
--¡Vete á la calle á refrescarte la cabeza!--continuaba burlándose
la mujer, que parecía haber concluído ya sus preparativos de defensa.
--¡Te juro que como te coja, no te ve ni Dios, so cochina p...!
--¡Sí! ya puedes decir lo que quieras... ¡no querías que fuese á
misa! ¡no me dejabas cumplir con Dios!--decía con sarcasmo, como ella
sola lo sabía hacer.
El alférez cogió su capacete, arreglóse un poco y se marchó á grandes
pasos, pero al cabo de algunos minutos volvió sin hacer el menor
ruido: se había quitado las botas. Los criados, acostumbrados á estos
espectáculos, solían aburrirse, pero la novedad de las botas llamó
la atención, y unos á otros se guiñaron los ojos.
Sentóse el alférez en una silla, al lado de la sublime puerta, y tuvo
la paciencia de esperar más de media hora.
--¿Has salido de veras ó estás allí, cabrón?--preguntaba la voz de
vez en cuando, cambiando de epítetos, pero subiendo de tono.
Por fin ella comenzó á retirar poco á poco los muebles; él oía el
ruido y se sonreía.
--¡Asistente! ¿ha salido el señor?--gritó doña Consolación.
El asistente, á una señal del alférez, contestó:
--Sí, señora, ha salido.
Oyósela reir alegremente y descorrió el cerrojo.
Despacito se levantó el marido; entreabrióse la puerta...
Un grito, el ruido de un cuerpo que cae, juramentos, aullidos,
maldiciones, golpes, voces roncas... ¿Quién describe lo que pasó en
la obscuridad de la alcoba?
El asistente, saliendo á la cocina, hizo una seña muy significativa
al cocinero.
--¡Y lo vas á pagar tú!--díjole éste.
--¿Yo? ¡en todo caso el pueblo! Ella me preguntó si había salido,
no si había vuelto.