--¡Deseo hablar con ese joven!--decía S. E. á un ayudante;--ha
despertado todo mi interés.
--Ya han ido á buscarle, mi general. Pero aquí hay un joven de Manila
que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no
tenía tiempo y que no había venido para dar audiencias sino para ver
el pueblo y la procesión, pero ha contestado que V. E. siempre tiene
tiempo disponible para hacer justicia...
S. E. se vuelve al alcalde maravillado.
--Si no me engaño,--contesta éste haciendo una ligera inclinación,--es
el joven que esta mañana ha tenido una cuestión con el padre Dámaso
con motivo del sermón.
--¿Aún otra? ¿Se ha propuesto ese fraile alborotar la provincia,
ó cree que él manda aquí? ¡Decid al joven que pase!
S. E. se pasea nervioso de un extremo á otro de la sala.
En la antesala había varios españoles, mezclados con militares y
autoridades del pueblo de San Diego y de los vecinos: agrupados en
corro conversaban ó disputaban. Encontrábanse también ahí los frailes
todos, menos el padre Dámaso, y querían pasar para presentar sus
respetos á S. E.
--¡S. E. el Capitán general suplica á VV. RR. que se esperen un
momento!--dice el ayudante;--¡pase usted, joven!
Aquel manileño que confundía el griego con el tagalo entró en la sala
pálido y tembloroso.
Todos estaban llenos de sorpresa: muy irritado debía estar S. E. para
atreverse á hacer esperar los frailes. El padre Sibyla decía:
--¡Yo no tengo nada que decirle!... ¡aquí pierdo tiempo!
--Digo lo mismo,--añade un agustino;--¿nos vamos?
--¿No sería mejor que averiguásemos cómo piensa?--pregunta
el padre Salví;--evitaríamos un escándalo ... y ... podríamos
recordarle..... sus deberes para con..... la religión.....
--¡VV. RR. pueden pasar, si gustan!--dice el ayudante conduciendo al
joven que no entendía el griego, que ahora sale con un rostro en que
brilla la satisfacción.
Fray Sibyla entró el primero; detrás venían el padre Salví, el padre
Manuel Martín y los otros religiosos. Saludaron humildemente, menos
el padre Sibyla, que conservó, aún en la inclinación, cierto aire de
superioridad; el padre Salví por el contrario casi dobló la cintura.
--¿Quién de VV. RR. es el padre Dámaso?--preguntó de improviso
S. E. sin hacerles sentar, ni interesarse por su salud, sin dirigirles
las frases lisonjeras á que estaban acostumbrados tan altos personajes.
--¡El padre Dámaso no está, señor, entre nosotros!--contestó casi
con el mismo acento seco el padre Sibyla.
--Yace en cama enfermo el servidor de V. E.,--añade humildemente el
padre Salví;--después de tener el placer de saludarle y enterarnos
de la salud de V. E., como cumple á todos los buenos servidores del
rey y á toda persona de educación, veníamos también en nombre del
respetuoso servidor de V. E. que tiene la desgracia...
--¡Oh!--interrumpe el Capitán elsewhere] general haciendo girar una
silla sobre un pie y sonriendo nerviosamente,--si todos los servidores
de mi excelencia fuesen como su reverencia el padre Dámaso preferiría
servir yo mismo á mi excelencia!
Sus reverencias que ya estaban parados corporalmente, se lo quedaron
también en espíritu ante esta interrupción,
--¡Tomen asiento VV. RR.!--añadió, después de una breve pausa,
dulcificando un poco su tono.
Capitán Tiago iba de frac y andaba de puntillas; conducía de la mano
á María Clara, que entró vacilante y llena de timidez, y no obstante
hizo un gracioso y ceremonioso saludo.
--¿Es esa señorita hija de usted?--preguntó sorprendido el Capitán
general.
--¡Y de V. E., mi general!--contestó capitán Tiago seriamente.
El alcalde y los ayudantes abrieron los ojos; pero S. E., sin perder
su gravedad, tendió la mano á la joven y le dijo afablemente:
--¡Felices los padres que tienen hijas como usted, señorita! me han
hablado de usted con respeto y admiración ... he deseado verla para
darle las gracias por el hermoso acto que ha llevado á cabo este
día. Estoy enterado de todo, y cuando escriba al gobierno de S. M. no
olvidaré su generoso comportamiento. Entre tanto, permítame usted,
señorita, que en nombre de S. M. el rey que aquí represento y que ama
la paz y tranquilidad de sus fieles súbditos, y en el mío, en el de
un padre que también tiene hijas de su edad de usted, le dé las más
expresivas gracias y la proponga para una recompensa!
--¡Señor!...--contestó temblorosa María Clara.
S. E. adivinó lo que ella quería decir y repuso:
--Está muy bien, señorita, que usted se contente con su conciencia y
con la estimación de sus conciudadanos: á fe que es el mejor premio,
y nosotros no debíamos pedir más. Pero no me prive usted de una
hermosa ocasión para hacer ver que si la justicia sabe castigar,
también sabe premiar y que no siempre es ciega.
Todas las palabras en letra cursiva fueron pronunciadas de un modo
más significativo y en voz más alta.
--¡El señor don Juan Crisóstomo Ibarra aguarda las órdenes de
V. E.!--dijo en voz alta un ayudante.
María Clara se estremeció.
--¡Ah!--exclamó el Capitán general,--permítame usted, señorita, que
le exprese el deseo de volverla á ver antes de dejar este pueblo:
tengo aún que decirle cosas muy importantes. Señor alcalde, V. S. me
acompañará durante el paseo, que quiero hacer á pie, después de la
conferencia que tendré á solas con el señor Ibarra.
--V. E. nos permitirá que le advirtamos,--dijo el padre Salví
humildemente,--que el señor Ibarra está excomulgado...
S. E. le interrumpió diciendo:
--Me alegra mucho no tener que deplorar más que el estado del padre
Dámaso, á quien deseo sinceramente una curación completa, porque
á su edad un viaje á España por motivos de salud no debe ser muy
agradable. Pero esto depende de él... y entre tanto ¡que Dios conserve
la salud á VV. RR.!
Unos y otros se retiraron.
--Y ¡tanto que depende de él!--murmura al salir el padre Salví.
--¡Veremos quién hará más pronto el viaje!--añadió otro franciscano.
--¡Me voy ahora mismo!--dice despechado el padre Sibyla.
--¡Y nosotros á nuestra provincia!--dijeron los agustinos.
Unos y otros no podían sufrir que, por culpa de un franciscano,
S. E. los hubiese recibido fríamente.
En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrión de hacía algunas
horas. No cambiaron con él ningún saludo, pero sí miradas que decían
muchas cosas.
El alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes habían
desaparecido, le saludó y le tendió la mano familiarmente, pero la
llegada del ayudante que buscaba al joven no dió lugar á ninguna
conversación.
En la puerta se encontró con María Clara: las miradas de ambos se
dijeron también muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron
los ojos de los frailes.
Ibarra vestía de riguroso luto. Presentóse sereno y saludó
profundamente, sin embargo de que la visita de los frailes no le
parecía de buen augurio.
El Capitán general se adelantó hacia él algunos pasos.
--Tengo suma satisfacción, señor Ibarra, en estrechar su
mano. Permítame usted que le reciba en el seno de la confianza.
S. E., en efecto, contemplaba y examinaba al joven con marcado
contento.
--¡Señor... tanta bondad!...
--Su sorpresa de usted me ofende, me dice que no esperaba de mí un
buen recibimiento: ¡esto es dudar de mi justicia!
--Una amistosa acogida, señor, para un insignificante súbdito de Su
Majestad como yo, no es justicia, es un favor.
--¡Bien, bien!--dice su excelencia sentándose y señalándole un
asiento,--déjenos usted gozar un rato de expansión; estoy muy
satisfecho de su conducta y ya le he propuesto al gobierno de
S. M. para una condecoración por el filantrópico pensamiento de erigir
una escuela... Si usted se me hubiese dirigido, yo habría presenciado
con placer la ceremonia y acaso le habría evitado un disgusto.
--El pensamiento me parecía tan pequeño,--contestó el joven,--que no
lo creía bastante digno para distraer la atención de V. E. de sus
numerosas ocupaciones; además, mi deber era dirigirme antes á la
primera autoridad de mi provincia.
S. E. movió la cabeza con aire satisfecho, y adoptando cada vez un
tono más familiar, continuó:
--En cuanto al disgusto que usted ha tenido con el padre Dámaso, no
guarde ni temor ni rencores: no se le tocará un pelo de su cabeza,
mientras yo gobierne las islas; y por lo que respecta á la excomunión,
ya hablaré con el arzobispo, porque es menester que nos amoldemos
á las circunstancias: aquí no podríamos reirnos de estas cosas en
público como en la península ó en la culta Europa. Con todo, sea
usted en lo sucesivo más prudente; usted se ha colocado frente á
frente de las corporaciones religiosas que, por su significación y
su riqueza, necesitan ser respetadas. Pero yo le protegeré á usted
porque me gustan los buenos hijos, me gusta que se honre la memoria
de los padres; yo también he amado á los míos y ¡vive Dios! no sé lo
que habría hecho en su lugar...
Y cambiando rápidamente de conversación, preguntó:
--Me han dicho que viene usted de Europa; ¿estuvo usted en Madrid?
--Sí, señor, algunos meses.
--¿Oyó usted acaso hablar de mi familia?
--Acababa V. E. de partir cuando tuve el honor de ser presentado
á ella.
--Y ¿cómo entonces se vino usted sin traerme ninguna recomendación?
--Señor,--contestó Ibarra inclinándose,--porque no vengo directamente
de España, y porque, habiéndome hablado del carácter de V. E., he
creído que una carta de recomendación no sólo sería inútil, sino
hasta ofensiva: los filipinos todos le estamos recomendados.
Una sonrisa se dibujó en los labios del viejo militar, que repuso
lentamente como midiendo y pesando sus palabras:
--Me lisonjea que usted piense así, y... ¡así debía ser! Sin embargo,
joven, usted debe saber qué cargas pesan sobre nuestros hombros en
Filipinas. Aquí, nosotros, viejos militares, tenemos que hacerlo ó
serlo todo: rey, ministro de Estado, de Guerra, de Gobernación, de
Fomento, de Gracia y Justicia, etc., y lo peor aún es que para cada
cosa tenemos que consultar á la lejana madre patria, que aprueba
ó rechaza, según las circunstancias, ¡á veces á ciegas! nuestras
propuestas. Ya decimos los españoles: ¡el que mucho abarca poco
aprieta! Venimos además generalmente conociendo poco el país y le
dejamos cuando le empezamos á conocer.--Con usted puedo franquearme,
pues sería inútil aparentar otra cosa. Así que, si en España donde
cada ramo tiene su ministro, nacido y criado en la misma localidad,
donde hay prensa y opinión; donde la oposición franca abre los ojos al
gobierno y le ilustra, anda todo imperfecto y defectuoso, es un milagro
que aquí no esté todo revuelto, careciendo de aquellas ventajas, y
viviendo y maquinando en las sombras una más poderosa oposición. Buena
voluntad no nos falta á los gobernantes, pero nos vemos obligados
á valernos de ojos y brazos ajenos, que por lo común no conocemos,
y que acaso en vez de servir á su país, sólo sirven á sus propios
intereses. Esto no es culpa nuestra, es de las circunstancias; los
frailes nos ayudan no poco á salir del paso, pero no bastan ya... Usted
me inspira interés y desearía que la imperfección de nuestro actual
sistema gubernamental no le perjudicase en nada... yo no puedo velar
por todos, ni todos pueden acudir á mí. ¿Puedo serle á usted útil en
algo, tiene usted algo que pedir?
Ibarra reflexionó.
--Señor,--contestó,--mi mayor deseo es la felicidad de mi país,
felicidad que quisiera se debiese á la madre patria y al esfuerzo de
mis conciudadanos, unidos una y otros con eternos lazos de comunes
miras y comunes intereses. Lo que pido sólo puede darlo el gobierno
después de muchos años de trabajo continuo y reformas acertadas.
S. E. le miró por algunos segundos, con una mirada que Ibarra sostuvo
con naturalidad.
--¡Es usted el primer hombre con quien hablo en este país!--exclamó
tendiéndole la mano.
--V. E. sólo ha visto á los que se arrastran en la ciudad, no ha
visitado las calumniadas cabañas de nuestros pueblos: V. E. habría
podido ver verdaderos hombres si para ser hombre basta tener un
generoso corazón y costumbres sencillas.
El Capitán general se levantó y se puso á pasear de un lado á otro
de la sala.
--Señor Ibarra,--exclamó parándose de repente; el joven se
levantó;--acaso dentro de un mes parta; su educación de usted y su
modo de pensar no son para este país. Venda usted cuanto posee, arregle
su maleta y véngase conmigo á Europa: aquel clima le sentaría mejor.
--¡El recuerdo de la bondad de V. E. lo conservaré mientras
viva!--contestó Ibarra algo conmovido;--pero debo vivir en el país
donde han vivido mis padres...
--¡Donde han muerto, diría usted más exactamente! Créame, acaso conozca
su país mejor que usted mismo... ¡Ah! ahora me acuerdo,--exclamó
cambiando de tono,--usted se casa con una adorable joven, y le estoy
deteniendo aquí. Vaya usted, vaya usted al lado de ella y para mayor
libertad envíeme al padre,--añadió sonriendo.--No se olvide usted,
sin embargo, de que quiero que me acompañe á paseo.
Ibarra saludó y se alejó.
S. E. llamó á su ayudante.
--¡Estoy contento!--dijo dándole ligeras palmadas en el hombro;--hoy
he visto por primera vez cómo se puede ser buen español sin dejar de
ser buen filipino y amar á su país; hoy les he demostrado al fin á
las reverencias que no todos somos juguetes suyos: este joven me ha
proporcionado la ocasión y pronto habré saldado todas mis cuentas con
el fraile. ¡Lástima que ese joven algún día ú otro... pero llámame
al alcalde!
Este se presentó inmediatamente.
--Señor alcalde,--le dijo al entrar,--para evitar que se repitan
escenas, como las que V. S. esta siesta ha presenciado, escenas que
deploro porque desprestigian al gobierno y á los españoles todos,
me permito recomendarle eficazmente al señor Ibarra, para que no
sólo le facilite los medios de llevar á cabo sus patrióticos fines,
sino también evite que en adelante le molesten personas de cualquier
clase que fueren y bajo cualquier pretesto.
El alcalde comprendió la reprimenda y se inclinó para ocultar su
turbación.
--Haga V. S. decir lo mismo al alférez que aquí manda la sección,
y averigüe si es verdad que este señor tiene ocurrencias propias,
que no dicen los reglamentos: he oído sobre esto más de una queja.
Capitán Tiago se presentó tieso y planchado.
--Don Santiago,--le dijo S. E. en tono afectuoso,--hace poco le
felicitaba á usted por la dicha de tener una hija como la señorita de
los Santos; ahora le felicito por su futuro yerno: la más virtuosa de
las hijas es digna seguramente del mejor ciudadano de Filipinas. ¿Se
puede saber cuándo es la boda?
--¡Señor!...--balbucea capitán Tiago, y se limpia el sudor que corría
por su frente.
--¡Vamos, veo que aún no hay nada definitivo! Si faltan padrinos,
tendré sumo gusto en ser uno de ellos. ¡Es para quitar el mal gusto
que me han dejado tantas bodas como hasta aquí he apadrinado!--añadió
dirigiéndose al alcalde.
--¡Sí, señor!--contestó capitán Tiago con una sonrisa que inspiraba
compasión.
Ibarra fué casi corriendo en busca de María Clara: tenía tantas cosas
que decirle y contarle. Oyó alegres voces en una de las habitaciones
y llamó ligeramente á la puerta.
--¿Quién llama?--pregunta María Clara.
--¡Yo!
Las voces callaron y la puerta... no se abrió.
--Soy yo, ¿puedo entrar?--pregunta el joven cuyo corazón latía
violentamente.
El silencio continuó. Segundos después unos ligeros pasos se acercaron
á la puerta y la alegre voz de Sinang murmuró al través del agujero
de la cerradura:
--Crisóstomo, vamos al teatro esta noche; escribe lo que tengas que
decirle á María Clara.
Y los pasos volvieron á alejarse, rápidos como vinieron.
--¿Qué quiere esto decir?--murmuraba Ibarra pensativo, alejándose
lentamente de la puerta.