Pronto se divulgó el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie
lo quería creer, pero, teniendo que ceder á la realidad, todos se
deshacían en exclamaciones de sorpresa.
Cada cual según el grado de su elevación moral hacía sus comentarios.
--¡El padre Dámaso está muerto!--decían algunos;--cuando le levantaron,
tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.
--¡Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar su
deuda!--exclamaba un joven.--Mirad que lo que ha hecho esta mañana
en el convento no tiene nombre.
--¿Qué ha hecho? ¿Ha vuelto á pegar al coadjutor?
--¿Qué ha hecho? ¡A ver! Cuéntanoslo.
--¿Habéis visto esta mañana á un mestizo español salir por la sacristía
durante el sermón?
--¡Sí! sí que le vimos. El padre Dámaso se fijó en él.
--Bueno... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué
había salido. «No entiendo el tagalo, padre», contestó, «Y ¿por qué
te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre
Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos
á puñetazos hasta que los separaron.
--Si me ocurriese eso...--murmuró entre dientes un estudiante.
--No apruebo la acción del franciscano,--repuso otro,--pues la religión
no se debe imponer á nadie como un castigo ó una penitencia; pero casi
lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati,
y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido
de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.
--Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!
--Sin embargo debemos protestar contra el hecho,--exclamaba otro
estudiante;--callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en
cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!
--¡Te equivocas!--le replicaba otro.--¡Nerón era un gran artista y
el P. Dámaso un pésimo predicador!
Los comentarios de las personas de edad eran otros.
Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera
del pueblo, decía el gobernadorcillo:
--Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin
embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...
--¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor
Ibarra, queriais decir probablemente?--interrumpía don Filipo.--El
mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado
como un viejo, y el viejo como un joven.
--Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera
de la hija de Cpn. Tiago?--pregunta capitan Martín.--¿Ninguno de los
frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que te peor! No quisiera estar
en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido
miedo. ¡Peor que te peor, hum!
--¿Lo creeis?--pregunta con interés capitán Basilio.
--Espero,--dice don Filipo cambiando con éste una mirada,--que el
pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia
ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado,
el pueblo se calla, sus amigos...
--Pero, señores,--interrumpe el gobernadorcillo,--¿qué podemos
hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda,
los frailes siempre tienen razón.
--Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos,--contesta
don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra
«siempre»;--¡démonosla una vez y entonces hablaremos!
El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con
voz agria:
--¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país
estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y
están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí! tratad de defenderle
y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.
--¡Sí!--exclama D. Filipo con amargura,--eso sucederá, mientras se
piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más
á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el
miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los
demás; por eso todos somos débiles.
--¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis
cómo os dejan colgado!--¿No sabéis el refrán español: la caridad bien
entendida empieza por sí mismo?
--¡Mejor diríais--contesta exasperado el teniente mayor--que
la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la
vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy
de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!
Las mujeres opinaban de otra manera.
--¡Ay!--suspiraba una mujer de expresión bondadosa;--los jóvenes
siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay,
Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle á mi hijo, que también
tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús! casi le tengo envidia á su
difunta madre ... me moriría de pena.
--Pues yo no,--contestaba otra mujer;--no me daría pena si tal pasase
á mis dos hijos.
--¿Qué decís, capitana María?--exclamaba la primera juntando las manos.
--Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana
Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido,
y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?
--¡Yo le negaría mi bendición!--exclama una tercera, la hermana
Rufa,--pero...
--¡Negarle la bendición, jamás!--interrumpe la bondadosa capitana
Tinay,--una madre no debe decir eso ... pero yo no sé lo que haría
... no sé ... creo que me moriría ... le ... ¡no! ¡Dios mío! pero no
querría verle más ... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?
--Con todo,--añadía hermana Rufa,--no hay que olvidar que es un gran
pecado poner la mano sobre una persona sagrada.
--¡La memoria de los padres es más sagrada!--replica capitana
María. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar
tan santa memoria!
--¡Es verdad!--murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de
ambas;--¿de dónde sacáis tan buenas razones?
--Pero y ¿la excomunión y la condenación?--replicaba la Rufa.--¿Qué
son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos
condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunión ... ultrajar á
un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!
--¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le
excomulgará! Y yo os digo: si ese joven viene á mi casa, yo le recibo
y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno: ¡el que
es buen hijo será buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!
--Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que
tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi
alma, ¿qué decís, capitana Tinay?
--¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el cura la tiene,
¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una
tonta... ¡Lo que voy á hacer es decirle á mi hijo que no estudie
más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi
hijo que quería ir á Europa!
--¿Qué pensáis hacer?
--Decirle que se queda á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana ó
pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestión
es vivir en paz.
Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.
--Pues yo,--decía gravemente la capitana María,--si fuese rica como
vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser
hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veríamos en la otra vida
... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en
nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.
--¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!--exclamaba espantada capitana
Tinay, juntando las manos;--¡parece que no habéis parido con dolor
á vuestros gemelos!
--Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar
de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me
han costado, sean no más que medio hombres...
--¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!--dice en
tono algo severo hermana Rufa.
--Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman
para sí, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas
últimas; mi marido así me lo ha enseñado.
--Todos vuestros pensamientos, capitana María,--dice la Rufa como
predicando,--son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario,
de San Francisco, de Santa Rita ó Santa Clara!
--¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de
ser hermana de los santos,--contestaba la otra sonriendo.
Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores
vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos,
nos iremos á la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos,
veremos allí á un conocido nuestro, el hombre que soñaba con los
doctores en medicina.
--¡Lo que más siento,--decía éste,--es que la escuela ya no se termina!
--¿Cómo? ¿cómo?--preguntaban los circunstantes con interés.
--¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá
escuela!
--Quién dice que ya no habrá escuela?--pregunta un rudo y robusto
aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.
--¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo plibastiero
[122]. ¡Ya no hay escuela!
Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo
para ellos.
--Y ¿es malo ese nombre?--se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.
--¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!
--¿Peor que tarantado y saragate? [123]
--¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así,
y ni siquiera me ha dolido el estómago.
--¡Vamos, no será peor que indio [124], que dice el alférez!
El que va á tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se
rasca la cabeza y piensa.
--¡Entonces será como betelopora [125], que dice la vieja del
alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.
--Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,--contestaba
gravemente.--Ya os acordáis de la palabra ispichoso, que bastaba
aplicar á un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le
llevasen al desierto ó á la cárcel; pues plebestiero es mucho
peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro
dicho por un cristiano, un cura ó un español á otro cristiano como
nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez
plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te
queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo
y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres
y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.
Todos estaban aterrados.
--¡Que me obliguen á ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más
que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo
llamar pelbistero!--jura cerrando sus puños el aldeano.--¿Quién? ¡Yo,
rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo
comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!
--¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo
palabistiero..... y me confesaré en seguida!--murmura en voz muy baja,
alejándose del grupo, uno de los campesinos.