Estamos á diez de Noviembre, la víspera de la fiesta.
Saliendo de la monotonía habitual, el pueblo se entrega á una actividad
incomparable en la casa, en la calle, en la iglesia, en la gallera y
en el campo: las ventanas se cubren de banderas y damascos de varios
colores; el espacio se llena de detonaciones y música; el aire se
impregna y satura de regocijos.
Diferentes confituras de frutas del país en dulceras de cristal
de alegres colores va ordenando la dalaga en una mesita, que cubre
blanco mantel bordado. En el patio pían pollos, cacarean gallinas,
gruñen cerdos, espantados ante las alegrías de los hombres. Los criados
suben y bajan llevando doradas vajillas, cubiertos de plata: aquí se
riñe porque se rompe un plato, allá se ríen de la simple campesina: en
todas partes se manda, se cuchichea, se grita, se hacen comentarios,
conjeturas, ni animan unos á otros, y todo es confusión, ruido y
bullicio. Y todo este afán y toda esta fatiga es por el huésped
conocido ó desconocido; es para agasajar á cualquiera persona que
quizás no se haya visto jamás, ni se dejará ya más ver después; para
que el forastero, el extranjero, el amigo, el enemigo, el filipino,
el español, el pobre, el rico salgan contentos y satisfechos; no se
les pide siquiera gratitud, ni se espera de ellos que no dañen á la
hospitalaria familia durante ó después de la digestión. Los ricos,
los que han estado alguna vez en Manila, y han visto algo más que los
otros, han comprado cerveza, champagne, licores, vinos y comestibles
de Europa, de lo que apenas probarán un bocado ó beberán un trago. Su
mesa está aparejada gallardamente.
En medio está una gran piña artificial, muy bien imitada, en que clavan
palillos para dientes, primorosamente cortados por los presidiarios en
sus horas de descanso. Ya figuran un abanico, un ramillete de flores,
una ave, una rosa, una palma ó unas cadenas, todo tallado de una sola
pieza de madera: el artista es un forzado, el instrumento es un mal
cuchillo y la inspiración la voz del bastonero.--A los lados de esta
piña, que se llama palillera, levántanse sobre fruteros de cristal,
pirámides de naranjas, lanzones, ates, chicos y aun mangas [94] á
pesar de ser Noviembre. Después, en anchos platones, sobre papeles
calados y pintados con brillantes colores, se presentan jamones de
Europa, de China, un pastel grande en forma de Agnus Dei ó de paloma,
el Espíritu santo tal vez, pavos rellenos, etcétera, y entre éstos
los aperitivos frascos de acharas [95] con caprichosos dibujos,
hechos de la flor de bonga y de otras legumbres y frutas, cortadas
artísticamente y pegadas con almíbar á las paredes de los garrafones.
Límpianse los globos de vidrio, que han venido heredándose de padres
á hijos; se hacen brillar los aros de cobre; se desnudan las lámparas
de petróleo de sus fundas rojas, que las libran de moscas y mosquitos
durante el año y las hacen inútiles; las almendras y colgantes de
cristal de formas prismáticas bambolean, chocan armoniosamente, cantan,
parece que toman parte en la fiesta, se alegran y descomponen la luz,
reflejando sobre la blanca pared los colores del arco iris. Los niños
juegan, se divierten, persiguen los colores, tropiezan, rompen tubos,
pero esto no impide que continúe la alegría de la fiesta: en otra
época del año lo contarían de diferente manera las lágrimas de sus
redondos ojos.
Al igual de estas venerandas lámparas, salen también de sus escondites
las labores de la joven: velos, hechos al crochet, alfombritas, flores
artificiales; aparecen antiguas bandejas de cristal, cuyo fondo figura
un lago en miniatura con pececitos, caimanes, moluscos, algas, corales
y rocas de vidrio de brillantes colores. Estas bandejas se cubren de
puros, cigarrillos y diminutos buyos, torcidos por delicados dedos de
las solteras.--El suelo de la casa brilla como un espejo; cortinas de
piña ó jusi [96] adornan las puertas; de las ventanas cuelgan faroles
de cristal ó de papel rosa, azul, verde ó rojo: la casa se llena de
flores y tiestos colocados sobre pedestales de loza de China; hasta
los santos se engalanan, las imágenes y las reliquias se ponen de
fiesta, se les sacude el polvo, se limpian los cristales y cuelgan
de sus marcos ramilletes de flores.
En las calles, de trecho en trecho, se levantan caprichosos arcos de
caña labrada de mil maneras, llamados sinkaban, rodeados de kalushús
[97] cuya sola vista alegra ya el corazón de los muchachos. Alrededor
del patio de la iglesia, está el grande y costoso entoldado, sostenido
por troncos de caña, para que pase la procesión. Debajo de éste juegan
los chicos, corren, trepan, saltan y rompen las nuevas camisas que
debían lucir el día de la fiesta.
Allá, en la plaza, se ha levantado el tablado, escenario de caña,
nipa y madera: allí dirá maravillas la comedia de Tondo, y competirá
con los dioses en milagros inverosímiles; allí cantarán y bailarán
Marianito, Chananay, Balbino, Ratia, Carvajal, Yeyeng, Liceria, etc. El
filipino gusta del teatro y asiste con pasión á las representaciones
dramáticas; oye silencioso el canto, admira el baile y la mímica,
no silba, pero tampoco aplaude. ¿No le gusta la representación? pues
masca su buyo ó se marcha sin turbar á los otros que acaso encuentran
gusto en ello. Sólo algunas veces aúlla el bajo pueblo, cuando los
autores besan ó abrazan á las actrices, pero no pasa de ahí. En otro
tiempo se representaba únicamente dramas; el poeta del pueblo componía
una pieza en que necesariamente había de haber combates á cada dos
minutos, un jocoso (gracioso) y metamorfosis terroríficas. Pero desde
que los artistas de Tondo se pusieron á pelear cada quince segundos,
tuvieron dos jocosos y dieron en cosas más inverosímiles aún, mataron
á sus colegas provincianos. El gobernadorcillo era aficionado á ello,
y escogió de acuerdo con el cura, la comedia: «El príncipe Villardo
ó los esclavos arrancados de la infame cueva,» pieza con magia y
fuegos artificiales.
De cuando en cuando, repican alegremente las campanas, aquellas mismas
campanas que diez días antes tan tristemente doblaban. Ruedas de fuego
y morteretes atruenan el aire: el pirotécnico filipino, que aprendió
su arte sin maestro alguno conocido, va á desplegar sus habilidades,
prepara toros, castillos de fuego con luces de bengala, globos de papel
inflados con aire caliente, ruedas de brillantes, bombas, cohetes, etc.
¿Resuenan lejanos acordes? pues ya corren los muchachos
precipitadamente hacia las afueras de la población para recibir
á las bandas de música. Son cinco las alquiladas, además de tres
orquestas. La música de Pagsanghan, propiedad del escribano, no
debe faltar, ni la del pueblo S. P. de T., célebre entonces porque la
dirigía el maestro Austria, el vagabundo cabo Mariano, que lleva, según
dicen, la fama y la armonía en el estreno de su batuta. Los músicos
elogian su marcha fúnebre «El Sauce,» y deploran que no hayan tenido
educación musical, pues con su genio habría dado gloria á su país.
La música entra en el pueblo tocando alegres marchas, seguida de
chicos haraposos ó medio desnudos: quien viste la camisa de su hermano,
quien los pantalones de su padre. Tan pronto como la música ha cesado,
ya la saben de memoria, la tararean, la silban con rara afinación,
y dan su juicio.
Entretanto van llegando en carromatas, calesas ó coches los parientes,
los amigos, los desconocidos, los tahures con sus mejores gallos,
con sacos de oro, dispuestos á arriesgar sus fortunas sobre el tapete
verde ó dentro de la rueda de la gallera.
--¡El alférez tiene cincuenta pesos cada noche!--murmura un hombre
pequeñito y rechoncho al oído de los recién llegados; capitán Tiago va
á venir y pondrá banca; capitán Joaquín trae dieciocho mil. Habrá liam
pó: el chino Carlos lo pone con un capital de diez mil. De Tanauan,
Lipa y Batangas, así como de Santa Cruz, vienen grandes puntos. ¡Va á
ser en grande! ¡Va á ser en grande! Pero tomen ustedes chocolate. Este
año no nos pelará capitán Tiago, como el pasado: no ha costeado más
que tres misas de gracia y yo tengo un mutyâ [98] de cacao. Y ¿cómo
está la familia?
--¡Bien, bien! ¡gracias!--contestaban los forasteros: y ¿el padre
Dámaso?
--El padre Dámaso predicará por la mañana y tallará con nosotros por
la noche.
--¡Mejor, mejor! ¡No hay entonces peligro ninguno!
--¡Seguros, estamos seguros! ¡El chino Carlos suelta además!
Y el hombre rechoncho hace con sus dedos un ademán, como quien
cuenta monedas.
Fuera del pueblo, los montañeses, los kasamá, se ponen sus mejores
trajes para llevar á casa de los socios capitalistas bien cebadas
gallinas, jabalíes, venados, aves; éstos cargan en los pesados carros
leña, aquéllos frutas, plantas aéreas, las más raras que crecen en
el bosque: otros llevan bigâ [99] de anchas hojas, tikas tikas [100]
con flores de color de fuego para adornar las puertas de las casas.
Pero donde reina la mayor animación, que ya raya en tumulto, es
allá sobre una especie de ancha meseta á algunos pasos de la casa
de Ibarra. Rechinan poleas, óyense gritos, el ruido metálico de la
piedra que se pica, el martillo que clava un clavo, el hacha que labra
la viga. Cava la tierra una muchedumbre y abre un ancho y profundo
foso; otros ponen en fila piedras sacadas de las canteras del pueblo,
descargan carros, amontonan arena, disponen tornos y cabrestantes...
--¡Aquí! ¡allá eso! ¡Vivo!--gritaba un viejecillo de fisonomía animada
é inteligente, que tenía por bastón un metro con cantos de cobre, al
cual va arrollada la cuerda de una plomada. Era el maestro de obras,
ñor Juan, arquitecto, albañil, carpintero, blanqueador, cerrajero,
picapedrero y en ocasiones escultor.
--¡Es menester terminarlo ahora mismo! ¡Mañana no se puede trabajar
y pasado mañana es la ceremonia! ¡Vivo!
--¡Haced el hoyo de manera que se adapte justamente con este
cilindro!--decía á unos picapedreros que pulimentaban una grande
piedra cuadrangular; dentro de esto se conservarán nuestros nombres.
Y repetía á cada nuevo forastero que se acercaba lo que ya mil veces
había dicho.
--¿Sabéis lo que vamos á construir? Pues es una escuela, modelo en su
género, como las de Alemania, mejor aún! El plano lo ha trazado el
arquitecto señor R., y yo, ¡yo dirijo la obra! Sí, señor, ved, esto
va á ser un palacio con dos alas: una para los niños y otra para las
niñas. Aquí en medio un gran jardín con tres surtidores: allí, en los
costados, arboledas, pequeñas huertas para que los chicos siembren y
cultiven plantas en las horas de recreo, aprovechen el tiempo y no lo
malgasten. ¡Ved cómo los cimientos son profundos! ¡Tres metros sesenta
y cinco centímetros! El edificio va á tener bodegas, subterráneos,
calabozos para los desaplicados, cerca, muy cerca de los juegos
y del gimnasio para que los castigados oigan cómo los diligentes
se divierten. ¿Veis ese grande espacio? Eso será la explanada para
correr y saltar al aire libre. Las niñas tendrán jardín con bancos,
columpios, alamedas para el juego de la comba [101], surtidores,
pajareras, etc. ¡Esto va á ser magnífico!
Y ñor Juan se frotaba las manos, pensando en la fama que iba á
adquirir. Vendrían los extranjeros para verlo y preguntarían:--¿Quién
es el gran arquitecto que ha construído esto?--¿No lo sabéis? Parece
mentira que no conozcáis á ñor Juan. ¡Sin duda venís de muy
lejos!--contestarían todos.
Con estos pensamientos iba de un extremo á otro, inspeccionándolo
todo y pasando revista á todo.
--¡Encuentro demasiada madera para una cabria!--decía á un hombre
amarillo que dirigía algunos trabajadores: yo tendría bastante con tres
largos trozos que formen trípode y otros tres los que sujeten entre sí.
--¡Abá! [102]--contestó el hombre amarillo sonriendo de un modo
particular;--cuanto más aparato demos á la obra, tanto mayor efecto
conseguiremos. El conjunto tendrá más aspecto, más importancia,
y dirán: ¡Cuánto se ha trabajado! Veréis, veréis qué cabria levanto
yo! Y luego la adornaré de banderolas, guirnaldas de hojas y flores
... diréis después que habéis tenido razón en admitirme entre vuestros
trabajadores, y el señor Ibarra no podrá desear más.
Y el hombre reía y sonreía: ñor Juan sonreía también y movía la cabeza.
A alguna distancia de allí se veían dos kioscos unidos entre sí por
una especie de emparrado cubierto de hojas de plátano.
El maestro de escuela, con unos treinta muchachos, tejían coronas,
sujetaban banderas á los delgados pilares de caña, cubiertos de lienzo
blanco abollonado.
--¡Procurad que las letras estén bien escritas!--decía á los que
dibujaban inscripciones; el alcalde va á venir, muchos curas asistirán,
¡acaso el Capitán General, que está en la provincia! Si ellos ven
que dibujáis bien, tal vez os alaben.
--¿Y nos regalen una pizarra?...
--¡Quién sabe! pero el señor Ibarra ya ha pedido una á Manila. Mañana
llegarán algunas cosas, que se repartirán entre vosotros como
premios... Pero, dejad esas flores en el agua, mañana haremos los
ramilletes, traeréis más flores, porque es menester que la mesa esté
cubierta de ellas; las flores alegran la vista.
--Mi padre traerá mañana flores de bainô [103] y un cesto de sampagas.
--El mío ha traído tres carretones de arena y no ha recibido pago.
--¡Mi tío ha prometido pagar un maestro! añadía el sobrino de capitán
Basilio.
En efecto, el proyecto había encontrado eco casi en todos. El
cura había pedido apadrinar y bendecir él mismo la colocación de
la primera piedra, ceremonia que tendría lugar el último día de la
fiesta, siendo una de sus mayores solemnidades. El mismo coadjutor
se había acercado tímidamente á Ibarra, ofreciéndole cuantas misas
le pagasen los devotos hasta la conclusión del edificio. Aún más;
la hermana Rufa, la rica y económica mujer, dijo que si llegaba á
faltar dinero, ella recorrería algunos pueblos para pedir limosna,
con la única condición de que le pagasen el viaje y los alimentos,
etc. Ibarra le dió las gracias y respondió:
--No sacaríamos gran cosa, pues ni yo soy rico ni este edificio es
una iglesia. Además, no he prometido levantarlo á costa de los otros.
Los jóvenes, los estudiantes que venían de Manila para celebrar la
fiesta, le admiraban y le tomaban por prototipo; pero, como sucede casi
siempre, cuando queremos imitar á los hombres notables, sólo imitamos
sus pequeñeces, cuando no sus defectos, porque de otra cosa no somos
capaces, y muchos de estos admiradores se fijaban en la manera como
el joven hacía el lazo de su corbata, otros en la forma del cuello
de la camisa y no pocos en el número de los botones de su americana
y chaleco.
Los funestos presentimientos del viejo Tasio parecían haberse
disipado para siempre. Así se lo manifestó Ibarra un día, pero el
viejo pesimista contestó:
--Recuerde usted lo que dice Baltasar:
«Kung ang isalúbong sa iyong pagdating
Ay masayang mukhâ 't may pakitang giliu,
Lalong pag ingata 't kaauay na li him...» [104]
Baltasar era tan buen poeta como pensador.
Estas y otras cosas más pasaban en la víspera, antes de ponerse el sol.