A la mañana del día siguiente, Juan Crisóstomo Ibarra, después de
visitar sus tierras, se dirigió á casa del anciano Tasio.
Completa tranquilidad reinaba en el jardín, pues las golondrinas,
que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacían ruido. El
musgo crecía en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba,
bordando las ventanas. Aquella casita parecía la mansión del silencio.
Ibarra ató cuidadosamente su caballo á un poste, y caminando casi de
puntillas, atravesó el jardín, limpia y escrupulosamente mantenido;
subió las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entró.
Lo primero que se presentó á sus ojos fué el viejo, inclinado sobre un
libro en el que parecía escribir. En las paredes se veían colecciones
de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros
y manuscritos.
El viejo estaba tan absorto en su ocupación que sólo notó la llegada
del joven en el punto que éste, no queriendo estorbarle, trataba
de retirarse.
--¿Cómo estaba usted ahí?--preguntó mirando á Ibarra con cierta
extrañeza.
--Usted dispense,--contestó éste,--veo que está muy ocupado...
--En efecto, escribía un poco, pero no urge, y quiero descansar. ¿Puedo
serle útil en algo?
--¡En mucho!--contestó Ibarra acercándose;--pero...
Y echó una mirada al libro que estaba sobre la mesa.
--¿Cómo?--exclamó sorprendido;--¿se dedica usted á descifrar
jeroglíficos?
--¡No!--contestó el viejo ofreciéndole una silla;--no entiendo el
egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de
escritura y escribo en jeroglíficos.
--¿Escribe usted en jeroglíficos? Y ¿por qué?--preguntó el joven
dudando de lo que veía y oía.
--¡Para que no me puedan leer ahora!
Ibarra le miró de hito en hito, pensando si el viejo estaría en
efecto loco. Examinó rápidamente el libro para ver si aquello era
cierto y vió muy bien dibujados animales, círculos, semicírculos,
flores, pies, manos, brazos, etc.
--Y ¿por qué escribe usted si no quiere que le lean?
--Porque no escribo para esta generación, escribo para otras edades. Si
ésta me pudiese leer, quemaría mis libros, el trabajo de toda mi
vida; en cambio, la generación que descifre estos caracteres será una
generación instruída, me comprenderá y dirá: «¡No todos dormían en la
noche de nuestros abuelos!» El misterio ó estos curiosos caracteres
salvarán mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y
los extraños ritos han salvado á muchas verdades de las destructoras
clases sacerdotales.
--Y ¿en qué idioma escribe usted?--preguntó Ibarra, después de
una pausa.
--En el nuestro, en el tagalo.
--Y ¿sirven los signos jeroglíficos?
--Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y
paciencia, casi le diría que sirven mejor que el alfabeto latino. El
antiguo egipcio tenía nuestras vocales; nuestra o, que sólo es
final y que no es como la española, sino una vocal intermedia entre
o y u; como nosotros, el egipcio no tenía verdadero sonido de e;
se encuentran en él nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el
alfabeto latino tal como lo usamos en español. Por ejemplo: en esta
palabra mukhâ,--añadió señalando en el libro,--trascribo la sílaba
ha más propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que
en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiración
menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene
menos fuerza, me valgo de este busto de león, ó de estas tres flores
de loto según la cantidad de la vocal. Es más; tengo el sonido de la
nasal que tampoco existe en el alfabeto latino españolizado. Repito
que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto,
casi se podrían adoptar los jeroglíficos, pero esta misma dificultad
me obliga á ser conciso y á no decir más que lo justo y necesario;
este trabajo además me hace compañía, cuando mis huéspedes de la
China y del Japón se marchan.
--¿Cómo?
--¿No les oye usted? Mis huéspedes son las golondrinas; este año
falta una; algún mal muchacho chino ó japonés debe haberla cogido.
--¿Cómo sabe usted que vienen de esos países?
--Sencillamente: hace algunos años, antes de partir, les ataba al
pie un papelito con el nombre de Filipinas en inglés, suponiendo que
no debían ir muy lejos, y porque el inglés se habla en casi todas
estas regiones. Durante años mi papelito no obtuvo contestación,
hasta que últimamente lo hice escribir en chino, y he aquí que el
Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar:
el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas
del Hoang-ho, y el otro, supone el chino á quien consulté debe ser
japonés. Pero le estoy á usted entreteniendo con estas cosas y no le
pregunto en qué puedo serle útil.
--Venía á hablarle de un asunto de importancia,--contestó el
joven:--ayer tarde...
--¿Han preso á ese desgraciado?--interrumpió el viejo lleno de interés.
--¿Habla usted de Elías? ¿Cómo lo ha sabido usted?
--He visto á la Musa de la guardia civil.
--¡La Musa de la guardia civil! Y ¿quién es esa Musa?
--La mujer del alférez, á quien usted no invitó á su fiesta. Ayer
mañana se divulgó por el pueblo lo sucedido con el caimán. La Musa
de la guardia civil tiene tanta penetración como malignidad, y supuso
que el piloto debía ser el temerario que arrojó á su marido al charco
y apaleó al padre Dámaso; y como ella lee los partes que debe recibir
su marido, apenas hubo llegado éste á su casa borracho y sin juicio,
despachó, para vengarse de usted, al sargento con los soldados á fin
de que turbaran la alegría de la fiesta. ¡Tenga usted cuidado! Eva
era una buena mujer, salida de las manos de Dios... ¡Doña Consolación
dicen que es mala y no se sabe de qué manos vino! La mujer, para poder
ser buena, necesita haber sido siquiera una vez ó doncella ó madre.
Ibarra se sonrió ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos
papeles:
--Mi difunto padre solía consultar á usted en algunas cosas, y recuerdo
que sólo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo
entre manos una pequeña empresa, cuyo buen éxito necesito asegurar.
E Ibarra le refirió brevemente el proyecto de la escuela, que había
ofrecido á su novia, desarrollando á la vista del estupefacto filósofo
los planos que le llegaron de Manila.
--Quisiera que usted me dijese qué personas debo ganar primero en
el pueblo para el mejor éxito de la obra. Usted conoce bien á los
habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi país.
El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lágrimas los
planos que tenía delante.
--¡Lo que usted va á realizar era mi sueño, el sueño de un pobre
loco!--exclamó conmovido;--y ahora, lo primero que le aconsejo es no
venir á consultarme jamás.
El joven le miró sorprendido.
--Porque las personas sensatas--continuó con amarga ironía--le tomarían
á usted por loco también. La gente cree locos á los que no piensan
como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ¡ay de
mí! el día en que quieran devolverme el juicio; ese día me privarían
de la pequeña libertad que me he comprado á costa de mi reputación
de sér razonable. Y ¿quién sabe si tienen razón? No pienso ni vivo
según sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo
goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido más
que á servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dámaso,
ahora es rico, turba los pequeños destinos de sus conciudadanos,
y á veces hasta habla de justicia. «¡Ese es el hombre de talento!»
piensa el vulgo; «¡ved, con nada se ha hecho grande!» Pero yo, yo he
heredado fortuna, consideración, he estudiado, y ahora soy pobre; no
me han confiado ni el más ridículo cargo, y todos dicen: «¡Ese es un
loco; ése no entiende la vida!» El cura me llama filósofo por mote,
y da á entender que soy un charlatán que hace gala de lo que aprendió
en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos
me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos;
¿quién lo podrá decir?
Y el viejo sacudió su cabeza como para alejar un pensamiento y
continuó:
--Lo que le puedo también aconsejar es que consulte al cura, al
gobernadorcillo, á todas las personas de posición: ellos le darán
á usted malos, torpes ó inútiles consejos, pero consultar no quiere
decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible
y haga constar que obra según ellos.
Ibarra estuvo un momento reflexionando y después repuso:
--El consejo es bueno, pero difícil de seguir. ¿No podría yo llevar
adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? ¿No podría
lo bueno hacerse paso al través de todo, y que la verdad no necesita
pedir prestado vestidos al error?
--¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!--replica el viejo.--Eso es
bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está
el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño
que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho
que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su
llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que
tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios
quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted
que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de
guingón [91], el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado
una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había
calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos
que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un
procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno
con todos sus soldados.» Cave ne cadas [92]. El oro es muy poderoso;
el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares,
y ya desde los tiempos de Moisés.
--No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi
país,--contestó sonriendo Ibarra.--Creo que esos temores son un poco
exagerados, y espero poder realizar todos mis propósitos sin encontrar
resistencia grande por ese lado.
--Sí, si ellos le tienden la mano; nó, si ellos se la retiran. Todos
los esfuerzos de usted se estrellarían contra las paredes de la casa
parroquial con sólo agitar el fraile su cordón ó sacudir el hábito;
el alcalde, con cualquier pretexto, le negaría mañana lo que hoy ha
concedido; ninguna madre dejaría que su hijo frecuentase la escuela,
y entonces todas sus fatigas tendrían un efecto contraproducente:
desanimarían á los que después quisiesen intentar generosas empresas.
--Con todo,--repuso el joven,--no puedo creer en ese poder que usted
dice, y aun suponiéndolo, admitiéndolo, tendría todavía á mi lado al
pueblo sensato, al gobierno que está animado de muy buenos propósitos,
lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.
--¡El gobierno! ¡El gobierno!--murmuró el filósofo levantando los
ojos para mirar al techo.--Por más animado que esté del deseo de
engrandecer el país en beneficio del mismo y de la madre patria; por
más que el generoso espíritu de los Reyes Católicos lo recuerde aún
alguno que otro funcionario y lo piense á sus solas, el gobierno no
vé, no oye, no juzga más que por lo que le hace ver, oir y juzgar el
cura ó el provincial; está convencido de que sólo descansa en ellos,
de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive
es porque le consienten que viva y el día en que le falten, caerá
como un maniquí que perdió su sostén. Al gobierno se le amedrenta
con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de
aquí se origina un sencillo juego que se parece á lo que sucede á los
medrosos al visitar lugares lúgubres: toman por fantasmas las propias
sombras y por extrañas voces los propios ecos. Mientras el gobierno
no se entienda con el país, no saldrá de esa tutela; vivirá como esos
jóvenes imbéciles que tiemblan á la voz de su ayo, cuya condescendencia
mendigan. El gobierno no sueña en ningún porvenir robusto, es un brazo;
la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar
de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad,
y débil é incapaz todo lo confía á manos mercenarias. Compare usted,
si no, nuestro sistema gubernamental con los de los países que ha
visitado...
--¡Oh!--interrumpió Ibarra;--eso es mucho pedir, contentémonos
con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de
otros países, y eso es gracias á la religión y á la benignidad de
los gobernantes.
--El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque
está aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo
que sangra su corazón. Pero un día usted lo verá y lo oirá y ¡ay
de los que basan su fuerza en la ignorancia ó en el fanatismo! ¡ay
de los que gozan con el engaño y trabajan en la noche creyendo que
todos duermen! Cuando la luz del día alumbre el aborto de las sombras,
vendrá la reacción espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida,
tanto veneno destilado gota á gota, tantos suspiros ahogados saldrán
á la luz y estallarán... ¿Quién pagará entonces esas cuentas que los
pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia
en sus páginas ensangrentadas?
--¡Dios, el gobierno y la religión no permitirán que llegue ese
día!--repuso Crisóstomo, impresionado á pesar suyo.--Filipinas es
religiosa y ama á España; Filipinas sabrá cuanto por ella hace la
nación. Hay abusos, sí, hay defectos, no lo he de negar, pero España
trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos,
no es egoísta.
--Lo sé, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se
anulan en las esferas inferiores, gracias á los vicios de todos,
gracias por ejemplo, al ávido deseo de enriquecerse en poco tiempo y
á la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los
corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su
ejecución, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra
las demasías de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los
abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormirá más tranquilo,
sin embargo. Aun más; si acaso viene un personaje de alto puesto
con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por
detrás le tienen por loco: «Vuecencia no conoce el país, V. E. no
conoce el carácter de los indios, V. E. los va á perder, V. E. hará
bien en fiarse en fulano y zutano, etc.», y como S. E. no conocía
efectivamente el país, que hasta ahora había colocado en América,
y además tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja
convencer. Su excelencia recuerda también que para conseguir el puesto,
ha tenido que sudar mucho y sufrir más, que lo tiene únicamente por
tres años, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoterías
sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo
y una buena renta para vivir con lujo en la corte; hé aquí lo que
debía buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se
interese por el bien del país quien viene como extranjero para hacer
su fortuna y marcharse después. ¿Qué le importa el agradecimiento
ó las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus
recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable,
es menester que resuene en los oídos de los que amamos, en la atmósfera
de nuestro hogar ó de la patria que ha de guardar nuestras cenizas:
queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar
con sus rayos el frío de la muerte, para que no nos reduzcamos por
completo á la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto
podemos prometer al que viene á cuidarse de nuestros destinos. Y lo
peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan á enterarse de
su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestión.
--No, antes de volver á ella, necesito aclarar ciertas
cosas,--interrumpió el joven vivamente.--Puedo conceder que el
gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos
al gobierno. Hay funcionarios inútiles, malos, si usted quiere,
pero también los hay buenos y si éstos no pueden hacer nada, es
porque se encuentran con una masa inerte: la población que toma poca
participación en las cosas que le atañen. Pero no he venido á discutir
con usted sobre este punto: venía para pedirle un consejo y usted me
dice que doble ante grotescos ídolos la cabeza.
--Sí, y lo repito, porque aquí hay que bajar la cabeza ó dejarla caer.
--¿Bajar la cabeza ó dejarla caer?--repitió Ibarra pensativo.--¡Es
duro el dilema! Pero ¿por que? ¿Es acaso incompatible el amor á mi
país con el amor á España? ¿Es acaso necesario rebajarse para ser buen
cristiano, prostituir la propia conciencia para llevar á cabo un buen
fin? Amo á mi patria, á Filipinas, porque á ella le debo mi vida y mi
felicidad, y porque todo hombre debe amar á su patria; amo á España,
la patria de mis mayores, porque, á pesar de todo, Filipinas le debe y
le deberá su felicidad y su porvenir; soy católico, conservo pura la
fe de mis padres, y no veo por qué había de bajar la cabeza, cuando
la puedo levantar, entregarla á mis enemigos cuando los puedo hollar.
--Porque el campo en donde usted quiere sembrar está en poder de sus
enemigos, y contra ellos no tiene usted fuerza... Es necesario que
bese usted primero esa mano que...
Pero el joven no le dejó continuar y exclamó arrebatado:
--¡Besar! Pero usted olvida que entre ellos han matado á mi padre, le
han arrojado de su sepulcro ... pero yo que soy el hijo no lo olvido,
y si no le vengo, es porque miro por el prestigio de la religión.
El viejo filósofo bajó la cabeza.
--Señor Ibarra,--repuso lentamente;--si conserva usted esos recuerdos,
recuerdos cuyo olvido no le puedo aconsejar, abandone la empresa que
intenta y busque en otra parte el bien de sus paisanos. La empresa
pide otro hombre porque, para llevarla á cabo, no sólo se necesita
tener dinero y querer; en nuestro país se requieren además abnegación,
tenacidad y fe, porque el terreno no está preparado; sólo está sembrado
de cizaña.
Ibarra comprendía el valor de estas palabras, pero no debía
desanimarse; el recuerdo de María Clara estaba en su mente: era
preciso realizar su oferta.
--¿No le sugiere su experiencia más que ese duro medio?--preguntó en
voz baja.
El viejo le cogió del brazo y le llevó á la ventana. Un viento fresco,
precursor del norte, soplaba; á sus ojos se extendía el jardín,
limitado por el extenso bosque que servía de parque.
--¿Por qué no hemos de hacer lo que ese débil tallo, cargado de rosas
y capullos?--dijo el filósofo, señalando un hermoso rosal.--El viento
sopla, le sacude, y él se inclina como ocultando su preciosa carga. Si
el tallo se mantuviese recto, se rompería, el viento esparciría las
flores, y los capullos se malograrían. El viento pasa y el tallo
vuelve á erguirse, orgulloso con su tesoro: ¿quién le acusará de
haberse plegado ante la necesidad? Allá vea usted aquel gigantesco
kupang [93], que mueve majestuosamente su aéreo follaje donde anida el
águila. Lo traje del bosque débil planta; con delgadas cañas sostuve
su tallo durante meses. Si lo hubiera traído grande y lleno de vida,
á buen seguro que aquí no habría vivido: el viento le habría sacudido
antes de que sus raíces se pudiesen fijar en el terreno, antes que éste
se afirmase á su alrededor y le proporcionase el debido sustento para
su tamaño y altura. Así terminará usted, planta trasplantada de Europa
á este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeñece. Usted
está en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo
anuncia tempestad y la copa de los árboles de su familia se ha probado
que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra
todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge á un puerto
á la primera ráfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es
cobardía; lo malo es desafiarla para caer y no volverse á levantar.
--Y ¿produciría este sacrificio los frutos que espero?--preguntó
Ibarra;--¿creería en mí y olvidaría su agravio el sacerdote? ¿Me
ayudarían francamente en provecho de la instrucción que disputa á
los conventos las riquezas del país? ¿No pueden fingir amistad,
aparentar protección, y por debajo, en las sombras, combatirle,
minarle, herirle en el talón para hacerle vacilar más pronto que
atacándole de frente? Dados los antecedentes que usted supone, todo
se puede esperar.
El viejo permaneció silencioso, sin poder contestar. Meditó algún
tiempo y repuso:
--Si tal sucediese, si la empresa fracasase, le consolaría á usted
el pensamiento de haber hecho cuanto dependía de su parte, y aun así,
algo se habría ganado: poner la primera piedra, sembrar, después que
se desencadene la tempestad, algún grano acaso germine, sobreviva á
la catástrofe, salve la especie de la destrucción y sirva después
de simiente para los hijos del sembrador muerto. El ejemplo puede
alentar á los otros que sólo temen principiar.
Ibarra consideró estas razones, vió su situación y comprendió que,
con todo su pesimismo, el viejo tenía mucha razón.
--¡Le creo á usted!--exclamó estrechándole la mano.--No en vano
esperaba un buen consejo. Hoy mismo iré á franquearme con el cura,
que al fin y al cabo no me ha hecho ningún mal y que debe ser bueno,
pues no todos son como el perseguidor de mi padre. Tengo además que
interesarle en favor de esa desgraciada loca y de sus hijos: confío
en Dios y en los hombres.
Despidióse del viejo y, montando á caballo, partió.
--¡Atención!--murmuró el pesimista filósofo siguiéndole con la mirada;
observemos bien cómo desarrollará el destino la comedia que ha empezado
en el cementerio.
Esta vez estaba verdaderamente equivocado: la comedia había empezado
mucho antes.