EN EL BOSQUE

Temprano, muy temprano había dicho su misa el padre Salví y limpiado en

pocos minutos una docena de almas sucias, lo cual no era su costumbre.

Después, con la lectura de unas cartas que llegaron bien selladas y

lacradas, perdió el digno cura su apetito y dejó que el chocolate se

enfriara completamente.

--El padre se pone enfermo,--decía el cocinero mientras preparaba

otra taza;--hace días que no come: de los seis platos que le pongo

en la mesa, no toca dos.

--Es que duerme mal,--contesta el otro criado;--tiene pesadillas desde

que cambió de alcoba. Sus ojos se hunden cada vez más, enflaquece de

día en día, y está muy amarillo.

En efecto, da lástima ver al padre Salví. Ni ha querido tocar la

segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Cebú: paséase

pensativo por la espaciosa sala, arrugando entre sus huesudas manos

unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche,

se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el

fatídico árbol, y en cuyas cercanías se celebra la partida campestre.

Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se internó

solo en el bosque.

Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce

á un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de

las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres,

muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin

duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de

todos tamaños y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas,

brillantes, pavonadas, llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y

de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados

de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra

que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la

podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos

que turban el silencio de aquel misterioso paraje.

Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los

espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle,

las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar á

cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente:

alegres carcajadas y frescas voces llegaron á sus oídos, y las

carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.

--Voy á ver si encuentro un nido,--decía una hermosa y dulce voz

que el cura conocía:--quisiera verle sin que él me viese, quisiera

seguirle á todas partes.

El padre Salví ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose

á escuchar.

--¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura,

que te vigila en todas partes?--contestó una alegre voz.--¡Ten cuidado

que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!

--¡No, no son celos, es pura curiosidad!--replicaba la voz argentina,

mientras la alegre repetía: «¡Sí, celos, celos!» y reía á carcajadas.

--Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible á mí, le haría á

él para que nadie le pudiese ver.

--Pero tú tampoco le verías, y eso no está bien. Lo mejor es que si

encontramos el nido, se lo regalemos al cura: así puede vigilarnos

á nosotras sin que tengamos necesidad de verle, ¿no te parece?

--Yo no creo en los nidos de las garzas,--contestaba otra voz;--pero

si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...

--Y ¿cómo? ¿cómo? ¿Acaso como sor Escucha?

Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.

--¡Ya sabes cómo se la engaña á sor Escucha!

El padre Salví vió desde su escondite á María Clara, á Victoria y á

Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo

de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas

hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas

de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera

suelta y los brazos desnudos, y cubría el busto una camisa de anchas

rayas y alegres colores. Las tres jóvenes, á la vez que buscaban un

imposible, recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.

El Acteón religioso contemplaba pálido é inmóvil á aquella púdica

Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras órbitas, no se cansaban

de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello

elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies,

que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sér extrañas

sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas á su ardiente cerebro.

Tras un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales,

desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles

alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el padre Salví

de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose

inmóvil, dudoso; dió algunos pasos como si tratase de seguir á las

jóvenes, pero volvió y, andando por la orilla, trató de buscar el

resto de la comitiva.

A alguna distancia de allí vió en medio del arroyo una especie de

baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de

él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma,

flores y banderolas.--Más allá vió un puente de caña y á lo lejos á

los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas

bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar

gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá, en la orilla opuesta,

en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres

bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles

seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban

el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor,

el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta

capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto

don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: «Discutimos

un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos.» Y el célebre

orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación,

enviando tres pavos y poniendo sus criados á la disposicion del joven.

El cura fué recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por

el alférez.

--Pero ¿de dónde viene vuestra reverencia?--preguntóle éste al ver

su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de

ramas secas.--¿Se ha caído vuestra reverencia?

--No, me he extraviado!--contestó el padre Salví, bajando los ojos

para examinar su traje.

Se abrían frascos de limonadas, se partían cocos verdes para que los

que salían del baño bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne,

más blanca que la leche; las jóvenes recibían además un rosario de

sampagas, entremezcladas de rosas é ilang-ilang, que perfumaban

la suelta cabellera. Sentábanse ó recostábanse en las hamacas,

suspendidas de las ramas, ó se entretenían jugando alrededor de una

ancha piedra, sobre la cual se veían naipes, tableros, libritos,

sigüeyes y pedrezuelas.

Enseñáronle al cura el caimán, pero al parecer estaba distraído y sólo

prestó atención cuando le dijeron que aquella ancha herida la había

hecho Ibarra. Por lo demás no era posible ver al célebre y desconocido

piloto; había desaparecido ya antes de la llegada del alférez.

Al fin salió María Clara del baño, acompañada de sus amigas,

fresca como una rosa en su primera mañana cuando brilla el rocío,

con chispas de diamante, en los divinos pétalos. Su primera sonrisa

fué para Crisóstomo, y la primera nube de su frente para el padre

Salví. Este lo notó y no suspiró.

Llegó la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alférez, el

gobernadorcillo y algunos capitanes más con el teniente mayor,

sentáronse en una mesa que presidía Ibarra. Las madres no permitieron

que ningún hombre comiese en la mesa de las jóvenes.

--Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,--dijo

León al exseminarista.

--¿Qué? ¿Qué es eso?--preguntaron las viejas.

--Las bancas, señoras, estaban tan enteras como este plato,--aclaró

León.

--¡Jesús!--exclamó tía Isabel sonriendo.

--¿Sabe usted algo ya, señor alférez, del criminal que maltrató al

padre Dámaso?--preguntaba fray Salví en la comida á aquel.

--¿De qué criminal, padre cura?--preguntó el alférez, mirando al

fraile al través del vaso de vino que vaciaba.

--¿De quién ha de ser? ¡Del que anteayer tarde golpeó al padre Dámaso

en el camino!

--¿Golpeó al padre Dámaso?--preguntaron varias voces.

El coadjutor pareció sonreir.

--¡Sí, y el padre Dámaso está ahora en cama! Se cree sea el mismo

Elías que le arrojó á usted en el charco, señor alférez.

El alférez se puso colorado de vergüenza ó de vino.

--Pues yo creía--continuó el padre Salví con cierta burla--que estaba

usted enterado del asunto ... que el alférez de la guardia civil...

Mordióse el militar los labios y balbuceó una tonta excusa.

En esto, apareció una mujer pálida, flaca, vestida miserablemente;

nadie la había visto venir, pues iba silenciosa y hacía tan poco

ruido que de noche se la habría tomado por un fantasma.

--¡Dad de comer á esa pobre mujer!--decían las viejas:--¡oy! ¡venid

aquí!

Pero ella continuó su camino y se acercó á la mesa donde estaba el

cura: éste volvió la cara, la reconoció y se le cayó el cuchillo de

la mano.

--¡Dad de comer á esta mujer!--ordenó Ibarra.

--¡La noche es obscura y desaparecen los niños!--murmuraba la mendiga.

Pero, á la vista del alférez que le dirigió la palabra, la mujer se

espantó y echó á correr desapareciendo por entre los árboles.

--¿Quién es ésa?--preguntó.

--¡Una infeliz que se ha vuelto loca á fuerza de sustos y

dolores!--contestó don Filipo;--hace cuatro días que está así.

--¿Es acaso una tal Sisa?--preguntó con interés Ibarra.

--La han preso sus soldados de usted,--continuó con cierta amargura

el teniente mayor;--la han conducido por todo el pueblo por no sé

qué cosas de sus hijos que ... no se han podido aclarar.

--¿Cómo?--preguntó el alférez volviéndose al cura:--¿es acaso la

madre de sus dos sacristanes?

El cura afirmó con la cabeza.

--¡Que han desaparecido sin averiguarse nada de ellos!--añadió

severamente don Filipo, mirando al gobernadorcillo que bajó los ojos.

--¡Buscad á esa mujer!--mandó Crisóstomo á los criados.--He prometido

trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...

--¿Que han desaparecido dicen ustedes?--preguntó el alférez.--¿Sus

sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?

Este apuró el vaso de vino que tenía delante é hizo señas con la

cabeza de que sí.

--¡Caramba, padre cura!--exclama el alférez con risa burlona, y alegre

con el pensamiento de una revancha;--desaparecen algunos pesos de

V. R. y se me despierta á mi sargento muy temprano para que los haga

buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted,

señor capitán... Verdad es también que usted...

Y no concluyó su frase, sino que se echó á reir hundiendo su cuchara

en la roja carne de una papaya silvestre.

El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contestó:

--Es que yo tengo que responder del dinero...

--¡Buena respuesta, reverendo pastor de almas!--interrumpió el alférez

con la boca llena.--¡Buena respuesta santo varón!

Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salví, haciendo un esfuerzo

sobre sí mismo, repuso con una sonrisa forzada:

--Y ¿sabe usted, señor alférez, qué se dice de la desaparición de

esos chicos? ¿No? ¡Pues pregúntelo usted á sus soldados!

--¿Cómo?--exclama aquél, perdiendo la alegría.

--¡Dícese que en la noche de la desaparición han sonado varios tiros!

--¿Varios tiros?--repitió el alférez mirando á los presentes.

Estos hicieron un movimiento de cabeza afirmativo.

El padre Salví repuso entonces lentamente y con cruel burla:

--Vamos, veo que usted ni coge á los criminales ni sabe lo que hacen

los de su casa, y quiere meterse á predicador y enseñar á los otros su

deber. Usted debe saber el refrán de «Más sabe el loco en su casa...»

--¡Señores!--interrumpe Crisóstomo, viendo que el alférez se ponía

pálido;--á propósito de esto quisiera saber qué dicen ustedes de

un proyecto mío. Pienso confiar esa loca á los cuidados de un buen

médico, y en el entretanto con el auxilio y los consejos de ustedes,

buscar á sus hijos.

La vuelta de los criados que no habían podido encontrar á la loca,

acabó de pacificar á los dos enemigos, llevando la conversación á

otro asunto.

Terminada la comida, y mientras se servía el té y el café,

distribuyéronse jóvenes y viejos en varios grupos. Unos cogieron los

tableros, otros los naipes, pero las jovencitas, curiosas de saber

el porvenir, prefirieron hacer preguntas á la Rueda de la Fortuna.

--¡Venga usted, señor Ibarra!--gritaba capitán Basilio que estaba un

poco alegre.--Tenemos un pleito de hace quince años, y no hay juez en

la Audiencia que lo falle: vamos á ver si lo terminamos en el tablero.

--¡Al instante y con mucho gusto!--contestó el joven.--Un momento,

que el alférez se despide.

Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendían el ajedrez

se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y

atraía hasta á los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al

cura para conversar con él sobre asuntos espirituales, pero fray

Salví no juzgaría apropiado el sitio ni la ocasión, pues daba vagas

contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban

en todas partes, menos en sus interlocutoras.

Comenzó la partida con mucha solemnidad.

--Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,--decía Ibarra.

A la mitad del juego, Ibarra recibió un parte telegráfico que le hizo

brillar los ojos y ponerse pálido. Intacto lo guardó en su cartera,

no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba

entre risas y gritos preguntando al Destino.

--¡Jaque al rey!--dijo el joven.

Capitán Basilio no tuvo más remedio que esconderle detrás de la reina.

--¡Jaque á la reina!--volvió á decir amenazándola con su torre,

que resultaba defendida por un peón.

No pudiendo cubrir á la reina ni retirarla á causa del rey que estaba

detrás, capitán Basilio pidió tiempo para reflexionar.

--¡Con mucho gusto!--contestó Ibarra;--tenía precisamente algo que

decir ahora mismo á algunos en aquella reunión.

Y se levantó, concediendo á su contrario un cuarto de hora.

Iday tenía el disco de cartón en que estaban escritas cuarenta y ocho

preguntas, Albino el libro de las respuestas.

--¡Mentira! ¡no es verdad! ¡mentira!--gritaba medio llorosa Sinang.

--¿Qué te pasa?--preguntóle María Clara.

--Figúrate, pregunto yo: «¿Cuándo tendré juicio?» echo los dados,

y ése, ese cura trasnochado lee en el libro: «¡Cuando la rana críe

pelo!» ¿Te parece?

Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que continúa riendo.

--¿Quién te manda hacer esa pregunta?--le dice su prima Victoria.--¡El

hacerla basta para merecer tales contestaciones!

--¡Preguntad!--le dijeron á Ibarra presentándole la rueda.--Hemos

decidido que quien obtuviese la mejor contestación recibiría un regalo

de los demás. Todos hemos preguntado ya.

--Y ¿quién ha obtenido la mejor?

--¡María Clara, María Clara!--contestó Sinang.--Le hicimos preguntar

quieras ó no quieras: «¿Es su cariño fiel y constante?» y el libro

contestó...

Pero María Clara, toda encarnada, le tapó la boca con sus manos,

y no la dejó continuar.

--¡Entonces, dadme la rueda!--dijo Crisóstomo sonriendo.

--Pregunto: «¿Si saldré bien en mi actual empresa?»

--¡Vaya una fea pregunta!--exclamó Sinang.

Ibarra echó los dados, y con arreglo á su número buscaron la página

y el renglón.

--«¡Los sueños sueños son!»--leyó Albino.

Ibarra sacó el parte telegráfico y lo abrió temblando:

--¡Esta vez, vuestro libro ha mentido!--exclamó lleno de

alegría.--¡Leed!

«Proyecto escuela aprobado, otro sentenciado á su favor.»

--¿Qué significa esto?--le preguntaron.

--¿No decíais que hay que regalar algo á la que mejor contestación

obtenga?--preguntó con voz temblorosa de emoción mientras partía

cuidadosamente el papel en dos pedazos.

--¡Sí! ¡Sí!

--Pues bien, este es mi regalo,--dijo entregando á María Clara la

mitad;--en el pueblo he de levantar una escuela para niños y niñas;

esta escuela será mi regalo.

--Y ese otro pedazo ¿qué quiere decir?

--Esto se lo regalaré á quien haya obtenido la peor respuesta.

--¡Pues yo! ¡entonces á mí!--gritó Sinang.

Ibarra le dió el papel y se alejó rápidamente.

--Y esto ¿qué quiere decir?

Pero el feliz joven ya estaba lejos y volvía á proseguir su partida

de ajedrez.

Fray Salví se acercó como distraído al alegre círculo de los

jóvenes. María Clara se secaba una lágrima de alegría.

Cesó entonces la risa y enmudeció la conversación. El cura miraba

á los jóvenes sin acertar á decir una sola palabra; éstos esperaban

que él hablase y guardaban silencio.

--¿Qué es esto?--pudo al fin preguntar cogiendo el librito y medio

hojeándolo.

--«La rueda de la Fortuna,» un libro de juego,--contestó León.

--¿No sabéis que es un pecado creer en estas cosas?--dijo, y rasgó

con ira las hojas.

Gritos de sorpresa y disgusto se escaparon de todos los labios.

--¡Mayor pecado es disponer de lo que no es suyo contra la voluntad

del dueño!--replicó Albino levantándose.--Padre cura, eso se llama

robar, y Dios y los hombres lo prohiben.

María Clara juntó las manos y miró con ojos llorosos los restos de

aquel libro que hace poco la había hecho tan feliz.

Fray Salví, contra lo que esperaban los presentes, no le replicó

á Albino: quedóse viendo cómo revoloteaban las desgarradas hojas,

yendo á parar algunas en el bosque, otras en el agua; después se

alejó tambaleando con las dos manos sobre la cabeza. Detúvose algunos

segundos hablando con Ibarra, que le acompañó hasta uno de los coches,

dispuestos para llevar ó conducir á los invitados.

--¡Hace bien en marcharse ese espanta-alegrías!--murmuraba

Sinang.--Tiene una cara que parece decir: «No te rías, que conozco

tus pecados.»

Después del regalo que había hecho á su prometida, Ibarra estaba

tan contento, que empezó á jugar sin reflexionar ni entretenerse

examinando con cuidado el estado de las piezas.

De esto resultó que, aunque capitán Basilio se defendía ya sólo á

duras penas, la partida llegó á igualarse, gracias á muchas faltas

que el joven cometió después.

--¡Sobreseemos, sobreseemos!--decía capitán Basilio alegremente.

--¡Sobreseemos!--repitió el joven,--sea cualquiera el fallo que los

jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusión.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin

á un pleito que tenía á ambas partes ya fastidiadas, la repentina

llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y

con la bayoneta calada, turbó la alegría é introdujo el espanto en

el círculo de las mujeres.

--¡Quieto todo el mundo!--gritó el sargento.--¡Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levantó y se le acercó.

--¿Qué quiere usted?--preguntó.

--Que nos entregue ahora mismo á un criminal llamado Elías, que les

servía de piloto esta mañana,--contestó con tono de amenaza.

--¿Un criminal?... ¿El piloto? ¡Debe usted estar equivocado!--repuso

Ibarra.

--No, señor: ese Elías está nuevamente acusado de haber puesto la

mano en un sacerdote...

--¡Ah! y ¿es ése el piloto?

--El mismo, según se nos dice. Admite usted en sus fiestas á gente

de mala fama, señor Ibarra.

Este le miró de pies á cabeza y le contestó con soberano desprecio:

--¡No tengo que dar á usted cuenta de mis acciones! En nuestras

fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera

venido, habría encontrado un sitio en la mesa, como su alférez,

que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvió las espaldas.

El sargento se mordió los bigotes, y considerando que era la parte

más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al

piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. Don Filipo le decía:

--Note usted que esas señas convienen á las nueve décimas partes de

los naturales; ¡no vaya usted á dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni

banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó

algunas palabras y se marchó como había venido.

La alegría volvió poco á poco á renacer, llovieron las preguntas y

abundaron los comentarios.

--¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez á un charco!--decía

León pensativo.

--Y ¿cómo fué eso? ¿cómo fué?--preguntaban algunos curiosos.

--Dicen que por Septiembre, en un día muy lluvioso, se encontró

el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba

muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso,

transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener

su caballo, picó espuelas, gritando al hombre que retrocediese: éste

parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que

llevaba sobre el hombro, ó no quería hundirse en el charco y siguió

adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre

cogió un trozo de leña y dió al animal en la cabeza con tal fuerza,

que el caballo cayó arrastrando al jinete al lodazal. Dicen también

que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco

balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de

furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él,

se supuso que sería el célebre Elías, llegado á la provincia hacía

algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado á conocer

á los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

--¿Es, pues, un tulisán?--preguntó Victoria estremeciéndose.

--No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los

tulisanes que saqueaban una casa.

--¡No tiene cara de malhechor!--añadió Sinang.

--No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en

toda la mañana,--repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en

silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después

las alegres conversaciones volvieron á reanudarse vivas, llenas de

color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas á escuchar tantos

acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban

como diciendo: «¡Adiós, juventud! ¡Adiós, sueño de un día!»

Y ahora, á la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de

caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el

pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa,

la guitarra enmudece á medida que se van acercando á las moradas de

los hombres. ¡Poneos la máscara, que estáis otra vez entre vuestros

hermanos!

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 55 / 139 题