LA PESCA

Todavía brillaban las estrellas en la bóveda de zafiro, y las aves

dormitaban aún en las ramas, cuando una alegre comitiva recorría ya

las calles del pueblo dirigiéndose al lago, á la alegre luz de las

antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos ó

de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que

llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones,

platos, etc. Al ver los semblantes en que ríe la juventud y brillan

las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y

negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaríamos

por divinidades de la noche huyendo del día, si no supiésemos que

son María Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la

severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza

modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, reían, se pellizcaban, se hablaban al oído

y después prorrumpían en carcajadas.

--¡Vais á despertar á la gente que aún está durmiendo!--les reprendía

la tía Isabel;--cuando éramos jóvenes no alborotábamos tanto.

--¡Tampoco madrugarían ustedes como nosotras, ni serían los viejos

tan dormilones!--contestaba la pequeña Sinang.

Callábanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se

olvidaban, reían y llenaban la calle con sus juveniles y frescos

acentos.

--¡Hazte la resentida; no le hables!--decía Sinang á María

Clara:--¡ríñele para que no se acostumbre mal!

--No seas tan exigente,--decía Iday.

--¡Sé exigente, no seas tonta! ¡El novio debe obedecer mientras

es novio, que después cuando es marido hace lo que le da la

gana!--aconsejaba la pequeña Sinang.

--¿Qué entiendes tú de eso, niña?--le corregía su prima Victoria.

--¡Pst, silencio, que vienen!

En efecto, venía un grupo de jóvenes alumbrándose con grandes antorchas

de caña. Marchaban bastante serios al són de una guitarra.

--¡Parece guitarra de mendigo!--dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que

guardaban un continente serio y formal como si aún no hubiesen

aprendido á reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban,

sonreían y hacían seis preguntas para obtener media contestación.

--¿Está el lago tranquilo? ¿Creéis que vamos á tener buen

tiempo?--preguntaban las madres.

--No os inquietéis, señoras; yo sé nadar bien,--contestaba un joven

flaco, alto y delgado.

--¡Debíamos antes haber oído misa!--suspiraba tía Isabel juntando

las manos.

--Aún es tiempo, señora; Albino, que ha sido seminarista, la puede

decir en la banca,--contestó otro señalando al joven flaco y alto.

Este, que tenía una fisonomía de socarrón, al oir que le aludían,

adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salví.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría

de sus compañeros.

Al llegar á la playa, escapáronse involuntariamente de los labios

de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes

bancas, unidas entre sí, pintorescamente adornadas con guirnaldas de

flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos

de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas

y claveles, frutas, como piñas, kasuy, plátanos, guayabas y lanzones

[83], etc. Ibarra había traído sus alfombras, tapices y cojines, y

formado con ellos cómodos asientos para las mujeres. Los tikines [84]

y los remos tenían también sus adornos. En la banca mejor adornada

había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la

otra ardía el fuego en kalanes [85] de barro; preparábase té, café

y salabat [86] para el desayuno.

--¡Aquí las mujeres, allí los hombres!--decían las madres al

embarcarse.--¡Estaos quietas! No moverse mucho que vamos á naufragar.

--¡Hacer antes la señal de la cruz!--decía tía Isabel persignándose.

--Y ¿estaremos aquí tan solas?--preguntaba Sinang haciendo un

mohín;--¿nosotras solamente?... ¡aray!

Este ¡aray! lo causaba un pellizco que á tiempo le propinó su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz

de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el

Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.

Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separación establecida

por las madres, parecía dedicarse á la meditación.

--¡Ten cuidado!--dijo en voz alta Albino, el seminarista, á otro

joven;--pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

--¿Qué es?

--Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

--¡Ay, que nos hundimos!--gritaron las mujeres espantadas.

--¡No tengáis cuidado, señoras!--les afirmó el seminarista.--Esa

banca está segura: no tiene más que cinco agujeros y no muy grandes.

--¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Es que queréis ahogarnos?--exclamaron

las mujeres horrorizadas.

--¡Nada más que cinco, señoras, y así de grandes!--aseguraba el

seminarista enseñándoles la pequeña circunferencia formada por sus

dedos índice y pulgar.--Pisad bien las estopas para que no salten.

--¡Dios mío! ¡María Santísima! ¡Ya entra agua!--gritó una vieja que

sentía mojarse.

Hubo un pequeño tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.

--¡Pisad bien las estopas, allí!--continuaba Albino, señalando hacia

el sitio donde estaban las jóvenes.

--¿Dónde? ¿Dónde? ¡Dios! ¡No lo sabemos! ¡Por piedad, venid que no

lo sabemos!--imploraron las temerosas mujeres.

Fué menester que cinco jóvenes pasasen á la otra banca para

tranquilizar á las aterradas madres. ¡Casualidad rara! parecía que

al lado de cada una de las dalagas había un peligro: las viejas no

tenían juntas ni un agujero comprometido. Y ¡más extraño aún! Ibarra

estaba sentado al lado de María Clara, Albino al de Victoria, etc. La

tranquilidad volvió á reinar en el círculo de las cuidadosas madres,

pero no en el de las jóvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no

lejos, y era aún muy temprano, se decidió que se dejasen los remos y

todo el mundo se desayunase. Apagáronse los faroles, pues la aurora

iluminaba ya el espacio.

--¡No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la

mañana antes de ir á misa!--decía capitana Ticá, la madre de la alegre

Sinang;--tomad salabat con poto [87], Albino, y veréis que hasta os

dará ganas de rezar.

--Es lo que hago,--contestó éste:--pienso confesarme.

--¡No!--decía Sinang,--tomad café, que da ideas alegres.

--Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

--¡No hagáis eso!--le advertía la tía Isabel;--tomad té con galletas;

dicen que el té tranquiliza el pensamiento.

--¡También tomaré té con galletas!--contestaba el complaciente

seminarista;--por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.

--Pero ¿podéis?...--pregunta Victoria.

--¿Tomar también chocolate? ¡Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no

tarde mucho...

La mañana era hermosa: las aguas comenzaban á brillar, y de la luz

directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una

claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una

claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en

algunas marinas.

Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba

á despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y

advertencias, reían y bromeaban entre sí.

--¿Te acuerdas?--decía una á capitana Ticá,--te acuerdas de cuando

nos bañábamos en el río, cuando aún éramos solteras? Descendían á

lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de plátano,

con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba

una banderita en donde leíamos nuestros nombres...

--Y ¿cuando volvíamos á casa?--añadía otra sin dejar concluir á la

primera;--encontrábamos los puentes de caña destrozados y entonces

teníamos que vadear los arroyos... ¡los pícaros!

--¡Sí!--decía capitana Ticá,--pero yo prefería mojar los bordes de

mi falda antes que descubrir el pie: sabía que en los matorrales de

la orilla había ojos que observaban.

Las jóvenes que oían estas cosas se miraban y sonreían; las demás

tenían sus propias conversaciones y no hacían caso.

Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso

y ajeno á toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de

una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo

dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados,

caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura,

dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que

contribuían con sus nervudos y desnudos brazos á manejar, como una

pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar

las dos bancas.

María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él

entonces volvía rápidamente la vista á otra parte y miraba á lo lejos,

al monte, á la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo

unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa,

pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dió las

gracias brevemente y en voz apenas perceptible.

Y nadie volvió á acordarse más de él. Las alegres risas y las

ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro;

no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la

obligaban á fruncir las cejas un instante para volver otra vez á su

alegría como antes.

Concluído el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales

de pesca.

Estos eran dos, colocados á cierta distancia uno del otro: ambos

pertenecían á capitán Tiago. Desde lejos veíanse algunas garzas posadas

sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa,

mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay ó calao

volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie

del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

María Clara siguió con la vista á las garzas que, al aproximarse las

bancas, echáronse á volar en dirección al vecino monte.

--¿Anidan esas aves en el monte?--preguntó la joven al piloto, acaso

más que para saberlo para hacerle hablar.

--Probablemente, señora,--contestó;--pero nadie hasta ahora ha visto

sus nidos.

--¿No tienen nido esas aves?

--Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario serían muy

desgraciadas.

María Clara no notó el acento de la tristeza con que pronunció el

piloto estas palabras.

--¿Entonces?...

--Dicen, señora,--contestó el joven,--que los nidos de esas aves son

invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga

en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de

los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos

nidos se dejan contemplar.

María Clara se puso pensativa.

Entretanto habían llegado al baklad [88]: el viejo banquero ató las

embarcaciones á una caña.

--¡Espera!--dijo tía Isabel al hijo del viejo, que se preparaba á

subir provisto de su panalok, ó sea la caña con la bolsa de red;--es

menester que esté dispuesto el sinigang para que los peces pasen del

agua al caldo.

--¡Buena tía Isabel!--exclamó el seminarista;--no quiere que el pez

pueda echar de menos ni un momento el agua.

Andeng, la hermana de leche de María Clara, á pesar de su cara

limpia y alegre, tenía fama de buena cocinera. Preparó agua de arroz,

tomates y camias, ayudándola ó estorbándola algunos, que acaso querían

merecer sus simpatías. Las jóvenes limpiaban los cogollos de calabaza,

los guisantes, y cortaban los paayab [89] en cortos pedazos, largos

como cigarrillos.

Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cómo saldrían

los peces de su cárcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogió el

arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tenía

además muy hermosos dedos.

La juventud batió las palmas, María Clara le dió un beso; el arpa es

el instrumento que más se toca en aquella provincia y era el propio

de aquellos momentos.

--¡Canta, Victoria, la canción del matrimonio!--pidieron las madres.

Los hombres protestaron y Victoria, que tenía buena voz, se quejó de

ronquera. «La canción del matrimonio» es una hermosa elegía tagala

en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado,

sin mentar ninguna de sus alegrías.

Entonces pidieron que cantase María Clara.

--Todas mis canciones son tristes.

--¡No importa, no importa!--dijeron todas.

No se hizo de rogar, cogió el arpa, tocó un preludio y cantó con voz

vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.

¡Dulces las horas en la propia patria

Donde es amigo cuanto alumbra el sol,

Vida es la brisa que en sus campos vuela,

Grata la muerte y más tierno el amor!

Ardientes besos en los labios juegan,

De una madre en el seno al despertar,

Buscan los brazos á ceñir el cuello,

Y los ojos sonriendo al mirar.

Dulce es la muerte por la propia patria,

Donde es amigo cuanto alumbra el sol:

¡Muerte es la brisa para quien no tiene

Una patria, una madre y un amor!

Extinguióse la voz, cesó el canto, enmudeció el arpa y aún seguían

escuchando: ninguno aplaudió. Las jóvenes sentían sus ojos llenarse

de lágrimas. Ibarra parecía contrariado y el joven piloto miraba

inmóvil á lo lejos.

De repente se oyó un atronador estruendo: las mujeres soltaron un

grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que

soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao,

llamado tambulî. La risa y la animación volvieron; los ojos, llenos

de lágrimas, brillaron alegremente.

--Pero ¿es que nos vas á volver sordas, hereje?--le gritó tía Isabel.

--Señora,--contesta el exseminarista solemnemente;--he oído hablar

de un pobre trompetero, allá en las orillas del Rhin, que por tocar

la trompeta se casó con una noble y rica doncella.

--Cierto, el trompetero de Säckingen,--añadió Ibarra, no pudiendo

menos de tomar parte en la nueva animación.

--¿Lo oís?--continúa Albino;--pues yo quiero ver si tengo la misma

suerte.

Y volvió á soplar aún con más bríos en el resonante cuerno, acercando

particularmente la trompa á los oídos de las jóvenes que más tristes

se habían puesto. Naturalmente, hubo un pequeño alboroto; las madres

le hicieron callar á fuerza de chinelazos y pellizcos.

--¡Aray! ¡aray!--decía palpándose los brazos.--¡La distancia que

separa Filipinas de las orillas del Rhin! ¡Oh tempora! ¡oh mores! ¡A

unos les dan encomiendas y á otros sambenitos!

Ya todas reían, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de

los alegres ojos, decía en voz baja á María Clara:

--¡Feliz tú! ¡Ay, yo también cantaría si pudiese!

Andeng anunció al fin que el caldo estaba ya dispuesto á recibir á

sus huéspedes.

El jovencito, el hijo del pescador, subió entonces sobre el encerradero

ó bolsa del corral, colocado en el extremo más estrecho de éste,

donde se podría escribir el Lasciati ogni speranza voi ch'entrate,

si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo:

pez que entraba allí no salía sino para morir. Es un espacio casi

circular de un metro de diámetro próximamente, dispuesto de manera

que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde

allí retirar los peces con la redecilla.

--¡Allí sí que no me aburriría el pescar con caña!--decía Sinang

estremeciéndose de placer.

Todos estaban atentos: ya algunos creían ver los peces colear y

agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin

embargo, al introducirla el joven, no saltó pez alguno.

--Debe estar lleno,--decía Albino en voz baja;--hace más de cinco

días que no se ha visitado.

El pescador retiró la caña... ¡ay! ni un pececito adornaba la red;

el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, parecía

reir con risa argentina. Un ¡ah! de admiración, de disgusto, de

desengaño se escapó de los labios de todos.

El joven repitió la misma operación, y el mismo resultado.

--¡No entiendes tu oficio!--le dijo Albino trepando al encerradero

y arrancando la red de las manos del joven.

--¡Ahora veréis! ¡Andeng, abre la olla!

Pero Albino tampoco lo entendía y siguió vacía la red. Todos se

echaron á reir.

--¡No hagáis ruido, que os oyen los peces y no se dejan

coger!--dijo.--Esta red debe estar rota.

Pero la red tenía íntegras todas sus mallas.

--Déjame á mí,--díjole León, el novio de Iday.

Este se aseguró bien del estado del cerco, examinó la red y,

satisfecho, preguntó:

--¿Estáis seguros de que no se ha visitado desde hace cinco días?

--¡Segurísimos! La última vez fué la vigilia de Todos los Santos.

--Pues entonces, ó el lago está encantado ó yo saco algo.

León introdujo la caña en el agua, pero el asombro se pintó en su

semblante. Silencioso miró un momento al vecino monte y siguió paseando

la caña dentro del agua: después, sin retirarla, murmuró en voz baja:

--Un caimán.

--¡Un caimán!--repitieron.

La palabra corrió de boca en boca en medio del espanto y de la

estupefacción general.

--¿Qué decís?--le preguntaron.

--Digo que hay un caimán cogido,--afirmó León, é introduciendo el

mango de la caña en el agua, continuó:

--¿Oís ese sonido? eso no es la arena, es la dura piel, la espalda

del caimán. ¿Veis como se mueven las cañas? es él que forcejea, pero

está arrollado sobre sí mismo; esperad... es grande; su cuerpo mide

casi un palmo ó más de ancho.

--¿Qué hacer?--fué la pregunta.

--¡Cogerlo!--dijo una voz.

--¡Jesús! ¿y quién lo coge?

Nadie se atrevía á descender al abismo. El agua era profunda.

--¡Debíamos atarle á nuestra banca y arrastrarle en triunfo!--dijo

Sinang;--¡comerse los peces que debíamos comer!

--¡No he visto hasta ahora un caimán vivo!--murmuró María Clara.

El piloto se levantó, cogió una larga cuerda y subió ágilmente á la

especie de plataforma. León le cedió el sitio.

Excepto María Clara, nadie hasta entonces se había fijado en él:

ahora admiraban todos su esbelta estatura.

Con gran sorpresa y á pesar de los gritos de todos, el piloto saltó

dentro del encerradero.

--¡Llevaos este cuchillo!--le gritó Crisóstomo sacando una ancha

hoja toledana.

Pero ya el agua subía en forma de mil surtidores y el abismo se

cerró misterioso.

--¡Jesús, María y José!--exclamaban las mujeres.--Vamos á tener una

desgracia! ¡Jesús, María y José!

--No tengáis cuidado, señoras,--les decía el viejo banquero;--si hay

en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.

--¿Cómo se llama ese hombre?--preguntaron.

--Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; sólo que

no ama el oficio.

El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se

trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenían la

respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo

cuchillo.

La lucha pareció terminarse. Asomóse por encima la cabeza del joven,

que fué saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban

llenos de lágrimas.

El piloto trepó llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una

vez en la plataforma tiró de ella.

El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por

el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya

lo había anunciado León, pintado, y sobre sus espaldas crecía verde

musgo, que es á los caimanes lo que las canas á los hombres. Mugía

como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba

á ellas, y abría las negras y tremendas fauces, descubriendo sus

largos colmillos.

El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.

Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima,

con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el

hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un nuevo esfuerzo, arqueó el

cuerpo, batió el suelo con la potente cola, y, escapándose, se lanzó de

un salto al lago, fuera del corral, arrastrando á su domador. El piloto

era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos.

Rápido como el rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo

de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó, porque las filipinas

no saben aún desmayarse.

Vieron las olas colorearse, teñirse en sangre. El joven pescador

saltó al abismo con su bolo [90] en la mano, su padre le siguió:

pero apenas desaparecían, cuando vieron á Crisóstomo y al piloto

reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco

vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.

Imposible es describir la alegría de los circunstantes: mil brazos

se tendieron para sacar á los jóvenes del agua. Las viejas estaban

medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había

hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La

única que no podía hablar era María Clara.

Ibarra estaba ileso, el piloto tenía en el brazo un ligero rasguño.

--¡Os debo la vida!--dijo á Ibarra, que se envolvía en mantas de lana

y tapices.

La voz del piloto parecía revelar cierta pena.

--Sois demasiado intrépido,--contestóle Ibarra;--otra vez no tentaréis

á Dios.

--¡Si me hubieses seguido, si hubiésemos muerto,--contestó el joven

completando su pensamiento,--en el fondo del lago, habría yo estado

en familia!

Ibarra no se acordaba de que allí yacían los restos de su padre.

Las viejas ya no querían ir al otro baklad, sino retirarse, alegando

que el día había comenzado mal y podrían sobrevenir muchas desgracias.

--¡Todo es porque no hemos oído misa!--suspiraba una.

--Pero ¿qué desgracia hemos tenido, señoras?--preguntaba Ibarra.--¡El

caimán sí que es desgraciado!

--Lo cual prueba--concluyó el exseminarista--que en toda su pecadora

vida jamás ha oído misa este reptil. Nunca le he visto entre los

numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.

Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fué menester

que Andeng preparase otro sinigang.

El día adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban

en torno del caimán, levantando «montes de espuma do tersa brilla,

rica en colores, la luz solar», que dice el poeta Paterno.

La música volvió á resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los

acordeones y guitarras con mayor ó menor afinación, pero el que

mejor lo hacía era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada

y perdía el compás á cada instante, ó se olvidaba á lo mejor y se

pasaba á otra sonata enteramente distinta.

El otro corral fué visitado con desconfianza. Muchos esperaban

encontrar allí la hembra del caimán; pero la naturaleza es burlona,

y salía siempre llena la red.

Tía Isable mandaba:

--El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el biâ para el escabeche,

el dalay y el buan-buan para pesâ: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos

en la red para que continúen en el agua. ¡Las langostas á la sarten! El

bânak es para asado, envuelta en hojas de plátano y relleno de tomates.

--Dejad los demas para que sirvan de reclamo: no es bueno vaciar el

baklad completament añadía.

Entonces trataron de abordar á la orilla, en aquel bosque de

árboles seculares perteneciente á Ibarra. Allí, á la sombra y junto

al cristalino arroyo, almorzarían entre las flores ó debajo de

improvisadas tiendas.

La música resonaba en el espacio; el humo de los kalanes se levantaba

alegre en forma de tenues torbellinos; el agua cantaba dentro de la

ardiente vasija, acaso palabras de consuelo para los peces muertos,

acaso palabras de sarcasmo y burla; el cadáver del caimán daba vueltas,

presentaba ya el blanco y destrozado vientre, ya la pintada y verdosa

espalda, y el hombre, favorito de la naturaleza, no se inquietaba

por tantos fratricidios, que dirían los bramines ó los vegetarianos.

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 53 / 139 题