Han pasado tres días desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos
tres días con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego á hacer
preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.
Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del
gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jóvenes,
y no faltaba quien echase la culpa de todo á todos.
Comentaban la llegada de María Clara, acompañada de tía Isabel. Se
alegraban de ello porque la querían, y á la vez que admiraban mucho su
hermosura, se admiraban también de los cambios que sufría el carácter
del padre Salví.--«Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio;
no habla ya mucho con nosotras y se pone á ojos vistas más delgado y
taciturno», decían sus penitentes. El cocinero le veía enflaquecerse
por minutos y se quejaba del poco honor que hacía á sus platos. Pero
lo que más exaltaba la murmuración de la gente era el hecho de verse
en el convento más de dos luces durante la noche mientras el P. Salví
está de visita en una casa particular... ¡en casa de María Clara! Las
beatas se hacían cruces, pero continuaban murmurando.
Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la
provincia saludando á tía Isabel y á su sobrina, pero sin explicar la
causa de su ausencia. Muchos le creían preso por su conducta con el
P. Salví en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios
subieron de punto, cuando, á la tarde del tercer día, le vieron bajar
de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente
al religioso que también se dirigía á ella.
De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.
Si ahora vamos á la casa de María Clara, un hermoso nido entre naranjos
é ilang ilang, alcanzaremos aún á los dos jóvenes, asomados á una
ventana que da vistas al lago. Sombreábanla flores y enredaderas,
que trepaban en cañas y alambres esparciendo un ligero perfume.
Sus labios murmuran palabras, más suaves que el susurro de las hojas
y más perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el
jardín. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechándose de las
sombras del rápido crepúsculo de la tarde, asomaban por encima de las
olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol
moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas
de plantas acuáticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en
cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, más blancas
aún que la espuma misma, y que al descender completamente la noche
empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como
de arpas eólicas; dicen también... pero volvamos á nuestros jóvenes
y oigamos el final de su conversación. Ibarra decía á María Clara.
--Mañana, antes de que raye el alba, se cumplirá tu deseo. Esta noche
lo dispondré todo para que nada falte.
--Entonces escribiré á mis amigas, para que vengan. ¡Haz de modo que
no pueda seguir el cura!
--Y ¿por qué?
--Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y
sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la
palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles,
tan extrañas... me preguntó una vez si no había soñado en cartas
de mi madre; creo que está medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng,
mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come ni se
baña y vive á obscuras. ¡Haz que no venga!
--No podemos menos de no invitarle,--contesta Ibarra pensativo.--Las
costumbres del país lo requieren; está en tu casa y además se ha
portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consultó sobre el
negocio que te he hablado, sólo ha tenido alabanzas para mí y no ha
pretendido poner el más pequeño obstáculo. Pero veo que te pones seria;
descuida, que no nos podrá acompañar en la banca.
Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada
sonrisa en los labios.
--¡El viento es frío!--dijo;--cuando se coge un catarro no se le
suelta hasta que venga el calor. ¿No temen ustedes resfriarse?
Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigían al lejano horizonte;
no miraba á los jóvenes.
--¡Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento
delicioso!--contestó Ibarra.--En estos meses tenemos nuestro otoño
y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.
El fraile suspiró.
--Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que
intervenga el frío invierno,--continuó Ibarra.--En Febrero brotarán
las yemas en las ramas de los árboles frutales, y en Marzo tendremos
ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos
á otra parte.
Fray Salví se sonrió. Empezaron á hablar de cosas indiferentes, del
tiempo, del pueblo, de la fiesta; María Clara buscó un pretexto y
se alejó.
--Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite á la
que celebraremos mañana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos
damos nuestros amigos y nosotros.
--Y ¿en donde se hará?
--Las jóvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque,
cerca del balitî: por eso nos levantaremos temprano para que no nos
alcance el sol.
El religioso reflexionó; un momento después, contestó:
--La invitación es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le
guardo rencor. Pero tendré que ir más tarde después que haya cumplido
con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!
Minutos después, Ibarra se despedía para cuidar de la fiesta del día
siguiente.--Era ya noche oscura.
En la calle se le acercó uno que le saludó reverentemente.
--¿Quién sois?--preguntóle Ibarra.
--No conocéis, señor, mi nombre,--contestó el desconocido.--Os he
estado esperando dos días.
--Y ¿por qué?
--¡Porque en ninguna parte se han apiadado de mí, porque dicen que
soy un bandido, señor! ¡Pero he perdido mis hijos, mi mujer está loca
y todos dicen que merezco mi suerte!
Ibarra examinó rápidamente al hombre y preguntó:
--¿Qué queréis ahora?
--¡Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!
--No puedo detenerme,--contestó Ibarra.--Si queréis seguirme, caminando
me podréis contar lo que os ha sucedido.
El hombre dió las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas
de las mal alumbradas calles.