Andaba incierto--volaba errante,
Un solo instante--sin descansar....
(Alaejos).
Sisa corría á su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en
nuestro sér, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados
de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo
se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar á
lo lejos, corremos á ella, la perseguimos; ¡no importa si en medio
del sendero se abre un abismo!
La madre quería salvar á sus hijos; ¿cómo? Las madres no preguntan
por los medios cuando se trata de sus hijos.
Corría desalada, perseguida por los temores y los siniestros
presentimientos. ¿Habrían preso ya á su hijo Basilio? ¿A dónde ha
huido su Crispín?
Cerca de su casa distinguió los capacetes de dos soldados por encima
del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pasó en su
corazón: olvidóse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos
hombres, que no guardaban miramientos aun con los más ricos del pueblo;
¿qué iba á ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los
guardias civiles no son hombres; sólo son guardias civiles; no oyen
súplicas y están acostumbrados á ver lágrimas.
Sisa, instintivamente, levantó los ojos al cielo, y el cielo sonreía
con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente
azul. Detúvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo
su cuerpo.
Los soldados dejaban su casa y venían solos: no habían prendido más
que la gallina que Sisa engordaba. Respiró y cobró ánimo.
--¡Qué buenos son y qué buen corazón tienen!--murmuró casi llorando
de alegría.
Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad á
sus hijos, y ella los habría colmado de bendiciones.
Miró otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas,
esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su
corazón la confianza, prosiguió su camino.
Al aproximarse á aquellos hombres temibles, Sisa hacía de mirar á todas
partes como distraída y fingía no ver su gallina, que piaba pidiendo
socorro. Apenas pasó á su lado, quiso correr, pero la prudencia moderó
sus pasos.
No se había alejado mucho cuando oyó que la llamaban
imperiosamente. Estremecióse, pero hízose la desentendida y continuó
andando. Tornaron á llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra
insultante. Volvióse á pesar suyo toda pálida y temblorosa. Un guardia
civil le hacía señas con la mano.
Acercóse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror
y secándosele la garganta.
--¡Dinos la verdad ó si no te atamos á aquel árbol y te pegamos dos
tiros!--dijo uno de ellos con voz amenazadora.
La mujer miró hacia el árbol.
--¿Eres la madre de los ladrones, tú?--preguntó el otro.
--¡Madre de los ladrones!--repitió Sisa maquinalmente.
--¿Dónde está el dinero que te han traído anoche tus hijos?
--¡Ah! el dinero...
--¡No nos lo niegues, que será peor para tí!--añadió el otro.--Hemos
venido para prender á tus hijos y el mayor se nos ha escapado; ¿dónde
has escondido al menor?
Al oir esto, Sisa respiró.
--¡Señor! contestó; hace muchos días que no he visto á mi hijo Crispín:
esperaba verle esta mañana en el convento y allí solamente me dijeron
que...
Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.
--¡Bueno!--exclamó uno de ellos;--danos el dinero y te dejaremos
en paz.
--¡Señor!--suplicó la desgraciada mujer;--mis hijos no roban aunque
tengan hambre: estamos acostumbrados á padecerla. Basilio no me ha
traído ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontráis un solo
real, haced de nosotros lo que queráis. Los pobres ¡no somos todos
ladrones!
--Entonces,--repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en
los ojos de Sisa--vienes con nosotros; tus hijos ya procurarán parecer
y soltar el dinero que han robado. ¡Síguenos!
--¿Yo?... ¿seguiros?--murmuró la mujer retrocediendo y mirando con
espanto los uniformes de los soldados.
--Y ¿por qué no?
--¡Ah! ¡compadeceos de mí!--suplicó casi de rodillas.--Soy muy pobre,
no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo único que tenía me lo
habéis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo
lo que encontréis en mi choza, pero dejadme aquí en paz, ¡dejadme
aquí morir!
--¡Adelante! tienes que venir, y si no sigues á gusto te ataremos.
Sisa rompió en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.
--¡Dejadme al menos ir delante á una distancia!--suplicó cuando sintió
que la cogían brutalmente y la empujaban.
Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre sí en voz baja.
--¡Bien!--dijo uno;--como de aquí hasta que entremos en el pueblo
puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás
marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en
ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!
Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las
promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le
concedían demasiado.
Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en
verdad venía por el camino, pero y ¿el aire y la luz del día? El
verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara
con el pañuelo, y marchando á ciegas lloró en silencio sobre su
humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos,
aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada
y estimada: hasta ahora había mirado con compasión á aquellas mujeres,
vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los
soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas
en la escala de la vida.
Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los
pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres
y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados á los
costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza,
le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora,
al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y
que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban al través de su
pañuelo y asaeteaban su cara.
Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspiró. Apartó un instante
el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos
postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le
había parecido tan larga aquella distancia.
A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra
descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación
su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres;
¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le
hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó á llamar
á su puerta.
Como el sol empezaba á arder, preguntáronla los soldados si quería
descansar.
--¡Gracias!--respondió horrorizada.
Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fué al acercarse
al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno suyo: ¡vastos
arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ni un
precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintióse de
haber seguido á los soldados hasta allí; echó de menos el profundo
río que corría cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de
puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte. Pero el pensamiento de
sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró
en aquella noche, y pudo murmurar resignada:
--¡Después... después iremos á vivir en el fondo del bosque!
Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose á los guardias,
les dijo en voz baja:
--¡Ya estamos en el pueblo!
Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento; era una
plegaria, era el dolor condensado en sonido.
Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se
adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.
En aquel momento empezaron á repicar las campanas anunciando que había
terminado la misa mayor. Sisa avivó el paso para no encontrarse, si
posible era, con la gente que salía. Pero en vano; no había medio de
esquivar su encuentro.
Saludó con amarga sonrisa á dos conocidas suyas que la interrogaban con
la mirada, y en adelante, para evitarse aquellas mortificaciones, bajó
la cabeza y sólo se puso á mirar al suelo, ¡y cosa extraña! tropezaba
con las piedras del camino.
La gente se paraba un momento al verla, conversaban entre sí
siguiéndola con los ojos: todo esto lo veía, lo sentía á pesar de
tener constantemente los ojos bajos.
Oyó una voz desvergonzada de mujer que preguntaba detrás de ella
casi gritando:
--¿Dónde la habéis cogido? Y ¿el dinero?
Era una mujer, sin tapis ó túnica, con saya amarilla y verde y camisa
de gasa azul; se podía conocer por su traje que era una querida de
la soldadesca.
Sisa creyó sentir un bofetón: aquella mujer la había desnudado
delante de la multitud. Levantó un momento sus ojos para saciarse en
la burla y en el desprecio; vió á la gente lejos, muy lejos de ella,
y sin embargo sentía el frío de sus miradas y oía sus cuchicheos. La
pobre mujer andaba sin sentir el suelo.
--¡Eh, por aquí!--le gritó un guardia.
Como un autómata cuyo mecanismo se rompe, giró rápidamente sobre
sus talones. Y sin ver nada, sin pensar, corrió á esconderse; vió
una puerta con un centinela, trató de penetrar por ella, pero otra
voz, más imperiosa aún, la apartó de su camino. Con paso vacilante
buscó la dirección de aquella voz, sintió que la empujaban por las
espaldas, cerró los ojos, dió dos pasos y faltándole las fuerzas,
se dejó caer en el suelo, primero de rodillas y sentada después. Un
llanto sin lágrimas, sin gritos, sin ayes, la agitaba convulsivamente.
Aquello era el cuartel. Allí había soldados, mujeres, cerdos y
gallinas. Algunos cosían sus ropas mientras su querida estaba acostada
sobre el banco, teniendo por almohada el muslo del hombre, fumando
y mirando aburrida hacia el techo. Otras ayudaban á los hombres á
limpiar las prendas de vestir, las armas, etc., cantando á media voz
canciones lúbricas.
--¡Parece que los pollos se han escapado! ¡No traéis más que la
gallina!--dijo una mujer á los recién llegados: no se ha averiguado
si aludía á Sisa ó á la gallina que continuaba piando.
--¡Sí, siempre vale más la gallina que los pollos!--se contestó ella
misma cuando vió que los soldados se callaban.
--¿Dónde está el sargento?--preguntó en tono disgustado uno de los
guardias civiles.--¿Han dado ya parte al alférez?
Movimientos de hombros que se encogían fueron las contestaciones: nadie
se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.
Allí pasó ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en
un rincón, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreñados
y en desorden. A mediodía se enteró el alférez, y lo primero que hizo
fué no dar crédito á la acusación del cura.
--¡Bah! ¡cosas del mezquino fraile!--dijo, y ordenó que soltaran á
la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.
--¡Si quiere recobrar lo perdido,--añadió,--que lo pida á su San
Antonio ó que se queje al nuncio! ¡Despejen!
A consecuencia de esto, Sisa fué echada del cuartel, casi á empujones,
porque ella no quería moverse.
Al verse en medio de la calle echó á andar maquinalmente hacia su
casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y
la mirada fija en el lejano horizonte. El sol ardía en su zenit y no
había una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba
débilmente las hojas de los árboles, el camino estaba ya casi seco;
ni un ave se atrevía á dejar la sombra de las ramas.
Sisa llegó al fin á su casita. Entró en ella, muda, silenciosa;
la recorrió, salió, echó á andar en todas direcciones. Corrió
después á casa del viejo Tasio, llamó á la puerta, pero el viejo no
estaba allí. La infeliz volvió á su casa y empezó á llamar á gritos:
¡Basilio! ¡Crispín! deteniéndose á cada momento y aplicando el oído
con atención. El eco repetía su voz; el dulce susurro del agua en
el vecino río, la música de las hojas de las cañas eran las únicas
voces de la soledad. Volvía á llamar, subía á una altura, bajaba á un
barranco, descendía al río; sus ojos erraban con expresión siniestra,
se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, después se
obscurecían, como el cielo en una noche de tormenta: diríase que la
luz de la razón chisporroteaba y estaba próxima á apagarse.
Volvió á subir á su casita, sentóse en la estera donde se acostaran
la noche anterior, levantó los ojos y vió un jirón de la camisa de
Basilio en el extremo de una caña del dinding ó tabique, que cae
cerca del precipicio. Levantóse, cogiólo y lo examinó á la luz del
sol: el jirón tenía manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera,
pues bajó y continuó examinándolo en medio de los rayos abrasadores,
levantándolo á lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le
faltase la claridad, miró al sol frente á frente y con los ojos
desmesuradamente abiertos.
Siguió aún vagando de un lado á otro, gritando ó aullando extraños
sonidos; habría tenido miedo quien la hubiese oído: su voz tenía un
raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la
noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa
rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejército de sombras que
le persiguen, si os encontráis en un edificio arruinado y solitario,
oís ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondréis ser el roce
del viento al azotar las altas torres ó derruídos muros, pero que os
llenan de terror y hacen que os estremezcáis sin poderlo remediar;
pues bien, el acento de aquella madre era aún más lúgubre que esos
desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.
Así la sorprendió la noche. Quizás el cielo le concediera algunas
horas de sueño, durante las cuales el ala invisible de un ángel,
rozando su pálido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda á
dolores; quizás tantos sufrimientos no estarían á la medida de la débil
resistencia humana, é intervendría entonces la Madre Providencia con
su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso
que, al día siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando ó hablando
con todos los seres de la Naturaleza.