LA JUNTA EN EL TRIBUNAL [75]

Era una sala de doce á quince metros de larga por ocho á diez de

ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al

carbón, más ó menos feos, más ó menos indecentes, con inscripciones que

completaban su sentido. En un rincón y adosados ordenadamente al muro,

se veían unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roñosos,

espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros

[76].

En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se

escondía colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato,

sobre una tarima de madera, un viejo sillón abría sus destrozados

brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada

y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las

tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas

desvencijadas completaban el mueblaje.

Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aquí

conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido

de los viejos no se mezcla con el de los jóvenes, y unos y otros no

se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal,

sólo que sus luchas adquieren en los pueblos un carácter extremado.

--¡La conducta del gobernadorcillo me escama!--decía don Filipo, el

jefe del partido liberal, á sus amigos;--lleva un plan preconcebido en

esto de dejar hasta la última hora la discusión del presupuesto. Notad

que apenas nos quedan once días.

--¡Y se ha quedado en el convento á conferenciar con el cura que está

enfermo!--observó uno de los jóvenes.

--¡No importa!--repuso otro;--todo lo tenemos ya preparado Con tal

que el proyecto de los viejos no obtenga la mayoría...

--¡No lo creo!--dijo don Filipo;--yo presentaré el proyecto de

los viejos.

--¿Cómo? ¿qué decís?--preguntaron sus oyentes sorprendidos.

--Digo que si hablo el primero, presentaré el proyecto de nuestros

enemigos.

--Y ¿el nuestro?

--De presentarlo os encargaréis vos,--contestó el teniente sonriendo

y dirigiéndose á un joven cabeza de barangay [77]; hablaréis después

que haya yo sido derrotado.

--¡No os comprendemos, señor!--decían los interlocutores, mirándole

llenos de duda.

--¡Oid!--dijo don Filipo en voz baja á dos o tres que le

escuchaban.--Esta mañana me encontré con el viejo Tasio.

--Y ¿qué?

--El viejo me dijo: «Vuestros enemigos os odian á vos más que á

vuestras ideas. ¿Queréis que una cosa no se haga? pues proponedla,

y aunque fuese más útil que una mitra será rechazada. Una vez que

os hayan derrotado, haced que exponga lo que queríais el más modesto

de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarán.»

Pero guardadme el secreto.

--Pero...

--Por eso propondré el proyecto de nuestros enemigos exagerándolo

hasta el ridículo. ¡Silencio! ¡El señor Ibarra y el maestro de escuela!

Ambos jóvenes saludaron á unos grupos y otros sin tomar parte en

sus conversaciones.

Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado:

era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada

cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco á poco

el silencio.

Sentóse el capitán [78] en el sillón colocado debajo del retrato de Su

Majestad, tosió cuatro ó cinco veces, pasóse las manos por la cabeza

y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió á toser

y así sucesivamente.

--¡Señores!--repuso al fin con voz desfallecida:--me he atrevido

á convocaros á todos para esta junta... ¡ejem! ¡ejem!... tenemos

que celebrar la fiesta de nuestro patrón San Diego, el 12 de este

mes... ¡ejem! ¡ejem! hoy estamos á dos... ¡ejem! ¡ejem!

Y aquí le atacó una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.

Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta

años, de aspecto arrogante. Era el rico capitán Basilio, contrario

del difunto don Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de

Santo Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia adelante,

y que desde que él dejó San Juan de Letrán, la humanidad empezó

á retroceder.

--Permítanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan

interesante,--dijo.--Hablo el primero, si bien otros de los que aquí

están presentes tienen más derechos que yo, pero hablo el primero

porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa

que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco

que sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de

una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al último, y por

eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me

permitirán pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo

muy notabilísimas personas como el capitán actual; el capitán pasado,

mi distinguido amigo don Valentín; el capitán pasado, mi amigo de

la infancia don Julio; nuestro célebre capitán de cuadrilleros, don

Melchor, y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero

mentar, que VV. SS. ven aquí presentes. Suplico á VV. SS. que me

permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría

yo la fortuna de que la Junta accediese á mi humilde ruego?

Y el orador se inclinó respetuosamente sonriendo.

--¡Ya podéis hablar, que os escuchamos con ansia!--dijeron los amigos

aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los viejos

tosían con satisfacción y se frotaban las manos.

Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de

seda, prosiguió:

--Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi

humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que á otro

cualquiera de los que aquí están presentes, me aprovecharé de este

permiso, tan generosamente concedido, y voy á hablar. Me imagino con

mi imaginación que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado

romano, senatus populusque romanus que decíamos en aquellos hermosos

tiempos, que fatalmente para la humanidad no volverán ya, y pediré á

los patres conscripti, que diría el sabio Cicerón, si estuviera en mi

lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como

decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su

parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.

Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se

sentó no sin dirigir una mirada de superioridad á Ibarra que estaba

sentado en un rincón, y otra de mucha significación á sus amigos como

diciéndoles: «¡Ah! ¿He hablado bien? ¡ah!»

Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los

jóvenes como para matarlos de envidia.

--Ahora puede hablar el que quiera, ¡ejem!--repuso el gobernadorcillo

sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.

A juzgar por el silencio, ninguno quería dejarse llamar uno de los

patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovechó

la ocasión y pidió la palabra.

Los conservadores guiñaron los ojos y se hicieron señas significativas.

--Yo voy á presentar mi presupuesto, señores, para la fiesta,--dijo

don Filipo.

--¡No lo podemos admitir!--contestó un viejo tísico, conservador

intransigente.

--¡Votamos en contra!--dijeron los otros adversarios.

--¡Señores!--dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;--aún no he

expuesto el proyecto que nosotros, los jóvenes, traemos aquí. Este

gran proyecto, estamos seguros de que será preferido por todos al

que idean ó pueden idear nuestros adversarios.

Este presuntuoso exordio acabó de irritar los ánimos de los

conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible

oposición. Don Filipo prosiguió:

--Tenemos 3,500 pesos de presupuesto. Pues bien, con esta cantidad

podremos celebrar una fiesta que eclipse en magnificencia á todas las

que hasta aquí se han visto, ya en nuestra provincia ya en las vecinas.

--¡Hum!--exclamaron los incrédulos;--el pueblo A. tenía 5,000, el

B. 4,000, ¡hum! ¡hambuguería! [79]

--¡Oidme, señores, y os convenceréis!--continuó don Filipo

impertérrito.--¡Propongo que se levante un gran teatro en medio de

la plaza, que cueste 150 pesos!

--¡No bastan 150, hay que poner 160!--objetó un tenaz conservador.

--¡Apuntad, señor director, 200 pesos para el teatro!--dijo don

Filipo.--Propongo que se contrate á la comedia de Tondo para que dé

funciones por siete noches seguidas. Siete funciones á 200 pesos noche,

hacen 1,400: ¡apuntad 1,400, señor director!

Viejos y jóvenes se miraron sorprendidos: sólo los que estaban en el

secreto no se movieron.

--Propongo además grandes fuegos artificiales; nada de lucecitas ni

de ruedecitas que gustan á niños y solteras; nada de esto. Nosotros

queremos grandes bombas y colosales cohetones. Propongo, pues, 200

grandes bombas á dos pesos una, y 200 cohetones del mismo precio. Los

encargaremos á los castilleros de Malabón.

--¡Hum!--interrumpió un viejo:--una bomba de á dos pesos no me espanta

ni deja sordo; tiene que ser de á tres pesos.

--¡Apuntad 1,000 pesos para 200 bombas y doscientos cohetones!

Los conservadores ya no pudieron contenerse; algunos se levantaron

y conferenciaron entre sí.

--Además, para que vean nuestros vecinos que somos gente espléndida y

nos sobra dinero,--continuó don Filipo levantando la voz y lanzando una

rápida mirada al grupo de los viejos,--propongo: 1.o cuatro hermanos

mayores para los dos días de fiesta, y 2.o que cada día se arrojen

al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones,

como lo hacía Sila, contemporáneo de ese Cicerón, de quien acaba de

hablar Cpn. Basilio.

--¡Eso es, como Sila!--repitió Cpn. Basilio lisonjeado.

El asombro subía por grados.

--Como va á acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles

de pesos y sus mejores gallos, y el liam-pó [80] y las cartas, propongo

quince días de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...

Pero los jóvenes le interrumpieron levantándose: creían que el teniente

mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.

--Y por último, para no descuidar los placeres del alma...

Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones

de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que

un tumulto.

--¡No!--gritaba un intransigente conservador;--¡no quiero que se

alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!

--¡Don Filipo nos ha engañado!--decían los liberales. ¡Votaremos en

contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!

El gobernadorcillo, más abatido que nunca, no hacía nada para

restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.

El capitán de cuadrilleros pidió la palabra; se la otorgaron, pero

no abrió la boca y volvió á sentarse confuso y avergonzado.

Por fortuna se levantó Cpn. Valentín, el más moderado entre todos

los conservadores, y habló:

--No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por

parecernos una exageración. Tantas bombas y tantas noches de comedia

sólo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar

muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He

consultado la opinión de las personas sensatas, y todas desaprueban

unánimemente el proyecto de don Filipo. ¿No es esto, señores?

--¡Sí! ¡sí!--dijeron jóvenes y viejos á una voz. Los jóvenes estaban

encantados de oir hablar así á un viejo.

--¿Qué vamos á hacer nosotros con cuatro hermanos mayores?--prosiguió

el anciano.--¿Qué quieren decir esas gallinas, capones y lechones

arrojados al lago? ¡Hambuguería! dirán nuestros vecinos, y luego

ayunaremos medio año. ¿Qué tenemos que ver con Sila ni con los

romanos? ¿Nos han invitado acaso alguna vez á sus fiestas? ¡Yo, por

lo menos, no he recibido ningún billete de su parte y cuidado que ya

soy viejo!

--¡Los romanos viven en Roma, donde está el Papa!--le murmuró por lo

bajo Cpn. Basilio.

--¡Ahora lo comprendo!--exclamó el anciano sin turbarse.--Celebrarían

sus fiestas en vigilia y el Papa mandaría arrojar la comida al mar

para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de

fiesta es inadmisible, imposible, ¡es una locura!

Don Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su proposición.

Los conservadores más intransigentes, satisfechos de la derrota de

su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse á un joven cabeza

de barangay y pedir la palabra.

--Pido á VV. SS. me excusen, si, joven como soy, me atrevo á hablar

delante de tantas personas respetabilísimas tanto por su edad, como

por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos

juzgan; pero puesto que el elocuente orador, Cpn. Basilio, ha invitado

á todos á manifestar aquí sus opiniones, sirva su autorizada palabra

de disculpa á la pequeñez de mi persona.

Los conservadores movían la cabeza satisfechos.

--¡Este joven habla bien!--¡Es modesto!--¡Raciocina admirablemente!--se

decían unos á otros.

--¡Es lástima que no sepa gesticular bien!--observó Cpn. Basilio.--Pero

¡ya se ve! no ha estudiado á Cicerón y aún es muy joven.

--Si os presento, señores, un programa ó proyecto,--continuó el

joven,--no lo hago con el pensamiento de que lo encontraréis perfecto,

ni lo aceptaréis; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez más

á la voluntad de todos, probar á los viejos que pensamos siempre

como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan

elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.

--¡Bien dicho, bien dicho!--decían los lisonjeados conservadores.

Cpn. Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover

el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el

gobernadorcillo, distraído ó preocupado: ambas cosas parecía. El

joven prosiguió, animándose:

--Mi proyecto, señores, se reduce á lo siguiente: inventar nuevos

espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día,

y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste

vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad

para todos.

--¡Eso es! ¡eso es!--asintieron los jóvenes;--eso queremos.

--¡Muy bien!--añadieron los viejos.

--¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente

mayor? ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan

cortar la cabeza á sus hijas ó las cargan en un cañón y luego el

cañón se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni

tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué

son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y

mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles,

como seducidas del Tikbalang [81]? En nuestras costumbres amamos la

dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos

de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de

un moro ó gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al

hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez,

ó rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la

pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios

y defectos y ensalzar las buenas cualidades?

--¡Eso es! ¡eso es!--repitieron sus partidarios.

--¡Tiene razón!--murmuraron pensativos algunos viejos.

--¡En eso no había yo pensado jamás!--prosiguió Cpn. Basilio.

--Pero ¿cómo vais á hacer eso?--le objetó el intransigente.

--¡Muy fácilmente!--contestó el joven.--Traigo aquí dos comedias,

que seguramente el buen gusto y conocido discernimiento de los

respetables ancianos, aquí reunidos, encontrarán muy aceptables

y divertidas. Titúlase una «La Elección del Gobernadorcillo;»

es una comedia en prosa, en cinco actos, escrita por uno de los

presentes. La otra en nueve actos, para dos noches, es un drama

fantástico de carácter satírico, escrito por uno de los mejores poetas

de la provincia, y se titula Mariang Makiling [82]. Viendo nosotros

que se retardaba la discusión de los preparativos de la fiesta, y

temiendo que nos faltase tiempo, hemos buscado en secreto nuestros

actores y les hemos hecho aprender sus papeles. Esperamos que con una

semana de ensayo, tendrán más que lo suficiente para salir airosos de

su cometido. Esto, señores, además de ser nuevo, útil y razonable,

resulta económico: trajes no necesitamos, los nuestros sirven, los

de la vida común.

--¡Yo costeo el teatro!--exclamó entusiasmado Cpn. Basilio.

--¡Si salen soldados, presto los míos!--dijo el capitán de

cuadrilleros.

--Y yo... y yo... si necesitan un viejo...--balbuceaba otro, y se

erguía con prosopopeya.

--¡Aceptado! ¡aceptado!--gritaron muchas voces.

El teniente mayor estaba pálido de emoción; llenáronse de lágrimas

sus ojos.

--¡Llora de despecho!--pensó el intransigente y gritó:

--¡Aceptado, aceptado sin discusión!

Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario,

el hombre empezó á elogiar el proyecto del joven. Este prosiguió:

--Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para

distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela,

al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en

el río y en el lago, carreras de caballos, levantar cucañas é instituir

otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo

que por razón de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos

artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectáculos muy hermosos

y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso

el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de música son

suficientes; así, evitamos esas riñas y enemistades, que hacen de los

pobres músicos, que vienen á alegrar nuestras fiestas con su trabajo,

unos verdaderos gallos de pelea, retirándose después mal pagados, mal

alimentados, contusos y á veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar

se puede principiar la construcción de un pequeño edificio para servir

de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos

la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer

orden, nuestros niños aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He

aquí el proyecto á la ligera: el perfeccionarlo será la obra de todos.

Un alegre murmullo se levantó en la sala: casi todos asentían á lo

dicho por el joven; sólo algunos murmuraban:

--¡Cosas nuevas! ¡cosas nuevas! En nuestra juventud...

--Aceptémoslo por ahora,--decían los otros;--humillemos á aquél.

Y señalaban al teniente mayor.

Cuando se restableció el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba

la decisión del gobernadorcillo.

Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y

por fin pudo tartamudear con los ojos bajos:

--Yo también estoy conforme... pero ¡ejem!

El tribunal le escuchaba en silencio.

--¿Pero?--preguntó Cpn. Basilio.

--¡Muy conforme!--repitió el gobernadorcillo:--es decir... no estoy

conforme... sí, pero...

Y se frotó los ojos con el dorso de la mano.

--Pero el cura,--continuó el infeliz,--el padre cura quiere otra cosa.

--¿Paga el cura la fiesta ó la pagamos nosotros? ¿Ha dado un cuarto

siquiera?--exclamó una voz penetrante.

Todos miraron hacia el sitio de donde partieron estas preguntas:

allí estaba el filósofo Tasio.

El teniente mayor estaba inmóvil con los ojos fijos, mirando al

gobernadorcillo.

--Y ¿qué quiere el cura?--preguntó Cpn. Basilio.

--Pues el padre cura quiere... seis procesiones, tres sermones,

tres grandes misas... y si sobra dinero, comedia de Tondo y canto en

los intermedios.

--¡Pues nosotros no los queremos!--dijeron los jóvenes y algunos

viejos.

--¡El padre cura lo quiere!--repitió el gobernadorcillo.--Yo he

prometido al cura que se cumpliría su voluntad.

--Entonces ¿por qué nos habéis convocado?

--Precisamente... para decíroslo.

--Y ¿por qué no lo habéis dicho desde un principio?

--Quería decirlo, señores, pero Cpn. Basilio habló y no he tenido

tiempo... ¡Hay que obedecer al cura!

--¡Hay que obedecerle!--repitieron algunos viejos.

--¡Hay que obedecer! de lo contrario el Alcalde nos encarcela á

todos,--añadieron tristemente otros viejos.

--¡Pues obedeced y haced la fiesta vosotros!--exclamaron los jóvenes

levantándose.--Nosotros retiramos nuestra contribución.

--¡Todo está cobrado ya!--dijo el gobernadorcillo.

Don Filipo se le acercó y le dijo amargamente:

--Sacrifiqué mi amor propio en favor de una buena causa; vos

sacrificásteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo

lo derribásteis.

Ibarra decía al maestro de escuela:

--¿Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto

inmediatamente.

--¿Tiene usted un negocio?

--¡Tenemos un negocio!--contestó Ibarra con misterio.

Por el camino decía el viejo filósofo á don Filipo, que maldecía

su suerte:

--¡La culpa es nuestra! ¡Vosotros no protestásteis cuando os dieron

por jefe un esclavo, y yo, loco de mí, lo he olvidado!

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 47 / 139 题