AVENTURAS DE UN MAESTRO DE ESCUELA

El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

(Lope de Vega).

El lago, rodeado de sus montañas, duerme tranquilo con esa hipocresía

de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro á la

tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas

á los genios fosforescentes, se dibujan á lo lejos, casi en el confín

del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores

que recogen la red; cascos y paraos [74] que tienden sus velas.

Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el

agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven

de aspecto humilde y fisonomía melancólica.

--¡Aquí es!--decía este último;--aquí fué arrojado el cadáver de su

padre. ¡Aquí nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y á mí!

Ibarra estrechó con efusión la mano del joven.

--No tiene usted que agradecérmelo!--repuso éste.--Debía muchos favores

á su padre, y el único que le hice fué acompañarle al sepulcro. Había

venido sin conocer á nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin

fortuna, como ahora. Mi predecesor había abandonado la escuela para

dedicarse á vender tabaco. Su padre de usted me protegió, me procuró

una casa y me facilitó cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la

enseñanza; iba á la escuela y repartía algunos cuartos á los chicos

pobres y aplicados, los proveía de libros y papeles. ¡Pero esto,

como todas las cosas buenas, duró muy poco!

Ibarra se descubrió y pareció orar largo rato. Volvióse después á su

compañero y le dijo:

--Decía usted que mi padre socorría á los chicos pobres. ¿Y ahora?

--Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,--contestó el joven.

--¿Por qué?

--La causa está en sus rotas camisas y avergonzados ojos.

Ibarra guardó silencio.

--¿Cuántos alumnos tiene usted ahora?--preguntó con cierto interés.

--Más de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.

--¿Cómo es eso?

El maestro de escuela se sonrió melancólicamente y exclamó:

--Decirle á usted las causas es contarle una larga y fastidiosa

historia.

--No atribuya usted mi pregunta á una vana curiosidad,--repuso

Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.--He reflexionado

mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale más que

llorarle, mucho más que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza,

y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero

por su ignorancia, y respeto al segundo por su carácter, y porque

quiero que se respete la religión que educó á la sociedad. Quiero

inspirarme en el espíritu del que me dió el sér, y por esto desearía

conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.

--El país--dijo el maestro--bendecirá su memoria de usted, si realiza

usted los hermosos propósitos de su difunto padre. ¿Quiere usted

conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza? Pues bien, en las

circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza

nunca será un hecho; primero, porque en la niñez no hay aliciente

ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la

carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania

estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo;

¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen

tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y á

veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra;

¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?

--Y usted que ve el mal ¿cómo no ha pensado en remediarlo?

--¡Ay!--contestó moviendo tristemente la cabeza;--un pobre

maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas

influencias. Necesitaría antes que todo tener escuela, un local,

y no como ahora que enseño al lado del coche del padre cura,

debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta,

incomodan, como es natural, al padre, que á veces desciende nervioso,

sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta á mí á

veces. Comprenderá usted que así no se puede enseñar ni aprender; el

niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado

sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado,

para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio,

buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permítame usted que

le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y

se han reído de mí. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté

de enseñar el español á los niños, porque además de que el Gobierno

lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé

el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes

reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el

idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi me comprendían

y componían algunas frases.

El maestro se detuvo y pareció dudar; después, como si se hubiera

decidido, continuó:

--No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en

mi lugar se habría portado lo mismo. Como decía, principiaba bien;

mas, algunos días después, el padre Dámaso, el cura de entonces, me

hizo llamar por el sacristán mayor. Como conocía su carácter y temía

hacerle esperar, subí inmediatamente, le saludé y le dí los buenos

días en castellano. Él, que por todo saludo me alargaba la mano

para que se la besara, la retiró y sin contestarme, empezó á reir

á carcajadas, burlonamente. Quedéme desconcertado; delante estaba

el sacristán mayor. Al pronto no supe qué decir; me quedé mirándole

pero él siguió riendo. Yo ya me impacientaba y veía que iba á cometer

una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno á la vez no

son cosas incompatibles. Iba ya á preguntarle, cuando de repente,

pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronería: «¿Con que

buenos días? ¡buenos días! ¡gracioso! ¡ya sabes hablar español!»

Y continuó riendo.

Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.

--Usted se rie,--repuso el maestro riéndose también;--confieso que

entonces no tuve ganas de reirme. Estaba de pie; sentí que la sangre se

me subía á la cabeza, y un relámpago oscurecía mi cerebro. Al cura le

ví lejos, muy lejos; me adelanté hacia él para replicarle, sin saber

lo que iba á decir. El sacristán mayor se interpuso, él se levantó y

me dijo serio en tagalo:--«No me uses prendas prestadas; conténtate

con hablar tu idioma y no me eches á perder el español, que no es para

vosotros. ¿Conoces al maestro Ciruela? Pues Ciruela era un maestro que

no sabía leer y ponía escuela.» Quise detenerle, pero entróse en su

cuarto y cerró la puerta violentamente. ¿Qué iba yo á hacer, yo que

apenas tengo para vivir con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el

visto bueno del cura y hacer un viaje á la cabecera de la provincia,

qué podía yo hacer contra él, la primera autoridad moral, política y

civil en un pueblo, sostenido por su Corporación, temido del Gobierno,

rico, poderoso, consultado, escuchado, creído y atendido siempre por

todos? Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi

puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganaría la

enseñanza, por el contrario, todos se pondrían del lado del cura, me

execrarían y llamarían vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano,

mal educado, y cuando no, anti-español y filibustero. Del maestro

de escuela no se espera saber ni celo; sólo se le pide resignación,

humillación, inercia, y perdóneme Dios si he renegado de mi conciencia

y razón, pero he nacido en este país, tengo que vivir, tengo una

madre y me abandono á mi suerte como un cadáver que arrastra la ola.

--Y ¿por este obstáculo se ha desanimado usted para siempre? ¿Y así

ha vivido usted después?

--¡Ojalá hubiera escarmentado!--contestó;--¡se hubieran limitado á

eso mis infortunios! Verdad es que desde entonces cobré aversión á

mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el

trabajo, cuando se hace á disgusto y con vergüenza, es un martirio,

y porque la escuela me recordaba cada día mi afrenta, haciéndome pasar

horas muy amargas. Pero ¿qué hacer? No podía desengañar á mi madre;

tenía que decirle que sus tres años de sacrificios para darme esta

carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la

profesión es honradísima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de

flores; que el cumplimiento de mi deber sólo me produce amistades; que

el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario,

sin dejar de ser infeliz, haría otra desgraciada, lo que además de

ser inútil es un pecado. Permanecí, pues, en mi puesto y no quise

desanimarme: intenté luchar.

El maestro de escuela hizo una breve pausa y después prosiguió:

--Desde el día en que fuí tan groseramente insultado, me examiné

á mí mismo y me ví en efecto muy ignorante. Púseme á estudiar día

y noche el español y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el

viejo filósofo me prestaba algunos libros, leía cuanto encontraba,

y analizaba cuanto leía. Con las nuevas ideas que de una parte y otra

he ido adquiriendo cambió mi punto de vista, y ví muchas cosas bajo

un aspecto diferente del que tenían antes. Ví errores donde antes

sólo veía verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron

errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial eran

el distintivo de las escuelas, y que antes tenían por el único medio

eficaz de hacer aprender--así nos habían acostumbrado á creerlo,--me

parecieron después que, lejos de contribuir al adelanto del niño,

le inutilizaban considerablemente. Me convencí de que era imposible

raciocinar teniendo la palmeta ó las disciplinas á la vista; el miedo

y el terror turban al más sereno, además de que la imaginación del

niño es más viva, más impresionable. Y como, para que en el cerebro

se impriman las ideas, es menester que reine la calma, exterior

é interiormente, que haya serenidad de espíritu, tranquilidad

material y moral y buen ánimo, creí que ante todo debía infundir

en los niños confianza, seguridad y aprecio de sí mismos. Comprendí

además que el espectáculo diario de los azotes mataba la piedad en el

corazón y extinguía esa llama de la dignidad, la palanca del mundo,

perdiéndose con ella la vergüenza que vuelve ya difícilmente. He

observado también que cuando uno es azotado, halla un consuelo en

que los demás lo sean á su vez, y sonríe con satisfacción al oir el

llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece

el primer día con repugnancia, después se acostumbra y halla un

deleite en tu triste misión. El pasado me horrorizó, quise salvar

el presente modificando el antiguo sistema. Traté de hacer amable y

risueño el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro

y bañado en lágrimas de la niñez, sino un amigo que le va á descubrir

secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un

sitio de recreo intelectual. Suprimí, pues, poco á poco los azotes,

me llevé á casa las disciplinas y las reemplacé con la emulación y

el aprecio de sí mismos. Si se descuidaba una lección, lo atribuía á

falta de voluntad, nunca á falta de capacidad; les hacía creer que

tenían mejores disposiciones de las que en realidad podían tener,

y esta creencia que procuraban confirmar, los obligaba á estudiar,

así como la confianza conduce al heroísmo. Al principio parecía que

el cambio de método era impracticable: muchos dejaron de estudiar;

pero yo seguí y noté que poco á poco se iban levantando los ánimos,

acudían más niños y con más frecuencia; y el que una vez era alabado

delante de todos, al día siguiente aprendía el doble. Pronto se

divulgó por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar,

y temiendo yo otra escena, saludéle secamente en tagalo. Esta vez

estuvo él muy serio conmigo. Me dijo que echaba á perder á los niños,

que malgastaba el tiempo, que no cumplía con mi deber, que el padre

que perdonaba el palo odiaba á su hijo, según el Espíritu Santo,

que la letra con sangre entra, etc., etc.; me trajo una porción de

dichos de los tiempos bárbaros, como si bastase que una cosa haya sido

dicha por los antiguos para ser indiscutible; según esto, deberíamos

creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades

crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me

recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de

lo contrario daría parte al alcalde en contra mía. No quedó aquí mi

desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres

de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi

paciencia y resignación. Empezaron ponderándome los antiguos tiempos

en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado

sus abuelos. «¡Aquellos sí que eran sabios! decían; aquellos pegaban

y enderezaban el árbol torcido. ¡Aquellos no eran jóvenes, eran viejos

de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos

ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco

palos, y por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos

valían más que nosotros, sí, señor, más que nosotros.» Otros no se

contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que,

si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían

obligados á sacarlos de la escuela. Inútil fué razonar con ellos:

como joven no me concedían gran razón. ¡Cuánto hubiera yo dado por

tener canas! Citábanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano

y se citaban á ellos mismos, diciendo que, si no hubiera sido por

los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía

que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de

este desengaño.

En vista de esto, tuve que renunciar á un sistema, que después de

mucho trabajo empezaba á darme sus frutos. Desesperado, llevé al

día siguiente á la escuela los azotes, y comencé de nuevo mi bárbara

tarea. La serenidad desapareció y volvió á reinar la tristeza en los

semblantes de los niños que ya me empezaban á querer: eran mis únicas

relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes

y darlos con toda la lenidad posible, los niños se sentían sin embargo

vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me

llegaba al corazón, y aunque interiormente estaba irritado contra sus

estúpidas familias, no podía vengarme en aquellas inocentes víctimas de

las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón

no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la

hora y me fuí á mi casa á llorar á solas... Acaso le extrañe á usted

mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El

viejo don Anastasio me decía: «¿Piden azotes los padres? ¿Por qué no

se los dió usted á ellos?» De resultas de esto caí enfermo.

Ibarra escuchaba pensativo.

--Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos

reducidos á una quinta parte. Los mejores habían desertado á la vuelta

del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban á

la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó

alegría, ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que

sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo,

porque el sustituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces á

clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á

ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos

mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de

una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvió porque

se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes

no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.

--Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?--preguntó Ibarra.

--¿Podía hacer otra cosa?--contestó.--Sin embargo, como durante mi

enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí

una nueva esperanza é intenté hacer otra prueba para que los niños

no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los

azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún

fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al

menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos

amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están

en castellano los libros, á excepción del Catecismo tagalo, que

varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos

libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete,

de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En

la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos

libros, he procurado sustituirlos poco á poco por cortos trozos,

sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de

Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A

veces yo mismo traducía obritas como la historia de Filipinas del

padre Barranera y los dictaba después, para que los reuniesen en

cuadernos, aumentándolos á veces con propias observaciones. Como no

tenía mapas para enseñarles Geografía, copié uno de la provincia que

ví en la Cabecera, y con esta reproducción y las baldosas del suelo

les dí algunas ideas del país. Esta vez fueron las mujeres las que se

alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello

una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me

reprendió, me dijo que primero debía cuidarme de la religión, y que

antes de enseñar estas cosas, debían los niños probar en un examen

que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo

de la Doctrina Cristiana.

En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se

conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las

cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios

y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el

padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen aún

muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden

significar. ¡Y así moriremos y así harán los que han de nacer, y en

Europa se hablará del Progreso!

--¡No seamos tan pesimistas!--repuso Ibarra levantándose.--El

teniente mayor me ha pasado una invitación para asistir á una junta

en el tribunal... ¿Quién sabe si allí tendrá usted una respuesta á

sus preguntas?

El maestro se levantó también, pero sacudiendo la cabeza en señal de

duda, respondió:

--¡Va usted á ver cómo el proyecto ese de que me hablaron se queda

también como los míos! Y si no, ¡veámoslo!

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 45 / 139 题