Serían las siete de la mañana cuando fray Salví concluyó de decir su
última misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.
--El padre está enfermo,--decían las devotas;--no se mueve con la
pausa y elegancia de costumbre.
Despojóse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar á nadie,
sin hacer ninguna observación.
--¡Atención!--se cuchicheaban los sacristanes;--¡el barreno
progresa! ¡Van á llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!
Abandonó la sacristía para subir á la casa parroquial, en cuyo zaguán
escuela aguardábanle sentadas en los bancos unas siete ú ocho mujeres
y un hombre, que se paseaba de un extremo á otro. Al verle venir,
levantáronse, una mujer se adelantó para besarle la mano, pero el
religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio
de su camino.
--¿Habrá perdido un real Kuriput? [71]--exclamó la mujer con risa
burlona, ofendida de tal recibimiento. ¡No darle á besar la mano
á ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era
inaudito.
--¡Esta mañana no se ha sentado en el confesonario!--añadió hermana
Sipa, una vieja sin dientes;--yo quería confesarme para comulgar y
ganar las indulgencias.
--¡Pues os compadezco!--repuso una joven de cándida fisonomía;--esta
semana gané tres plenarias, y las dediqué al alma de mi marido.
--¡Mal hecho, hermana Juana!--dijo la ofendida Rufa.--Con una plenaria
había bastante para sacarle del Purgatorio; no debéis malgastar las
santas indulgencias; haced lo que yo.
--Yo decía: ¡cuanto más, mejor!--contestó la sencilla hermana Juana
sonriendo.--Pero, decid, ¿qué es lo que hacéis?
Hermana Rufa no contestó al instante: primero pidió un buyo, lo mascó,
miró á su auditorio que escuchaba atento, escupió á un lado, y comenzó
mientras mascaba tabaco:
--¡Yo no malgasto ni un santo día! Desde que pertenezco á la
Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 años de
indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas
limpias; no quiero engañar, ni que me engañen.
Hermana Rufa hizo una pausa y continuó mascando; las mujeres la
miraban con admiración, pero el hombre que se paseaba se detuvo,
y le dijo un poco desdeñoso:
--Pues yo, solamente este año, he ganado cuatro plenarias más que vos,
hermana Rufa, y cien años más, y eso que este año no he rezado mucho.
--¿Más que yo? ¿Más de 689 plenarias de 994,856 años?--repitió hermana
Rufa algo disgustada.
--Eso es, ocho plenarias más y ciento quince años más y en pocos
meses,--repitió el hombre, de cuyo cuello pendían escapularios y
rosarios mugrientos.
--No es extraño,--dijo la Rufa dándose por vencida;--¡sois el maestro
y el jefe en la provincia!
El se sonrió lisonjeado.
--No es extraño que gane más que vos, en efecto; casi, casi puedo
decir que aún durmiendo gano indulgencias.
--Y ¿qué hacéis de ellas, maestro?--preguntaron cuatro ó cinco voces
á la vez.
--¡Psh!--contestó el hombre haciendo una mueca de soberano desprecio;
¡las tiro por aquí y por allá!
--¡Pues en eso sí que no os puedo alabar, maestro!--protestó la
Rufa.--¡Iréis al purgatorio por malgastar indulgencias! Ya sabéis
que por cada palabra inútil se padecen cuarenta días de fuego, según
el cura; por cada palmo de hilo, sesenta; por cada gota de agua,
veinte. ¡Vais al purgatorio!
--¡Ya sabré yo salir de él!--contestó hermano Pedro con una confianza
sublime.--¡He sacado tantas almas del fuego! ¡He hecho tantos santos! Y
además, in articulo mortis puedo ganarme todavía, si quiero, lo menos
siete plenarias, y podré salvar á otros, muriendo!
Y dicho esto, se alejó orgullosamente.
--Sin embargo, debíais hacer lo que yo, que no pierdo un día y hago
bien mis cuentas. ¡No quiero engañar ni que me engañen!
--¿Qué hacéis?--preguntó la Juana.
--Pues debéis imitar lo que hago. Por ejemplo: suponed que gano un
año de indulgencias, lo apunto en mi cuaderno y digo: Bienaventurado
Padre Señor Santo Domingo, haced el favor de ver si en el purgatorio
hay alguno que precisamente necesite un año, ni un día más ni
un día menos. Juego cara y cruz; si sale cara, no; si sale cruz,
sí. Pues supongamos que sale cruz, entonces escribo: Cobrado; ¿sale
cara? entonces retengo la indulgencia, y de este modo hago grupitos
de cien años que tengo bien apuntados. Lástima que con ellos no se
pueda hacer lo que con el dinero: darlas á interés; se podrían salvar
más almas. Creedme, haced lo que yo.
--¡Pues yo hago otra cosa mejor!--contestó hermana Sipa.
--¿Qué? ¿mejor?--pregunta sorprendida la Rufa.--¡No puede ser! ¡Lo
que yo hago es inmejorable!
--¡Oid un momento y os convenceréis, hermana!--contesta la vieja Sipa
en tono desabrido.
--¡A ver, á ver! ¡oigamos!--dijeron las otras.
Después de toser ceremoniosamente, habló la vieja de esta manera:
--Vosotras sabéis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y
el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, se ganan diez
años por cada letra...
--¡Veinte!--No, ¡menos!--¡Cinco!--dijeron varias voces.
--¡Uno más, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado ó una
criada me rompe un plato, vaso ó taza, etc., le hago recoger todos los
pedazos, y por cada uno, aún por el más pequeñito, tiene que rezarme
el Bendita sea tu Pureza y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo
por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico á las almas. En
casa todos los saben, menos los gatos.
--Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana
Sipa,--objeta la Rufa.
--Y ¿mis tazas, y mis platos quién me los paga? Ellas están contentas
de pagarlos así, y yo también; no les pego, sólo algún coscorrón
ó pellizco...
--¡Os imitaré!--¡Haré lo mismo!--¡Y yo!--decían las mujeres.
--Pero ¡si el plato no se ha roto más que en dos ó tres pedazos,
ganáis poco!--observa aún la terca Rufa.
--¡Bah!--contesta la vieja Sipa,--les hago rezar también, hago colar
los pedazos y no perdemos nada.
Hermana Rufa no supo ya qué objetar.
--Permitidme que os someta una duda,--dice tímidamente la joven
Juana.--Vosotras, señoras, entendéis tan bien estas cosas del cielo,
purgatorio é infierno... yo confieso que soy ignorante.
--¡Hablad!
--Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo:
Tres padrenuestros, tres avemarías y tres gloriapatris...
--¿Y bien?...
--Pues quería saber cómo hay que rezarlos; ó tres padrenuestros
seguidos, tres avemarías seguidas y tres gloriapatris seguidos,
ó tres veces, un padrenuestro, un avemaría y un gloriapatri?
--Pues así es, tres veces un padrenuestro...
--¡Perdonad, hermana Sipa!--interrumpe la Rufa;--deben rezarse de
la otra manera: á los machos no hay que mezclarlos con las hembras:
los padrenuestros son machos, las avemarías son hembras y las glorias
son los hijos.
--¡Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemaría y gloria son
como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...
--¡Estáis equivocada! Ved solamente, vos que rezáis así no conseguís
nunca lo que pedís.
--¡Y vos porque rezáis así, no sacáis nada de vuestras
novenas!--replica la vieja Sipa.
--¿Quién?--dice la Rufa levantándose;--hace poco perdí un cerdito, recé
á San Antonio, y lo encontré, y tanto que lo vendí á un buen precio...
--¿Sí? ¡por eso decía vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!
--¿Quién? ¡La sinvergüenza! ¿Acaso soy yo como vos?...
El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba
de los padrenuestros, sólo se hablaba de cerdos.
--¡Vamos, vamos, no hay que reñir por un cerdito, hermanas! Las
Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le
han reñido á Nuestro Señor Jesucristo, que arrojó al agua una piara de
puercos que les pertenecían, y nosotros que somos cristianos y además
hermanos del Santísimo Rosario, ¿habremos de reñir por un cerdito? ¿Qué
dirían de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?
Calláronse todas admirando la profunda sabiduría del maestro, y
temiendo el qué dirán de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de
tanta obediencia, cambió de tono y prosiguió:
--Pronto nos hará llamar el cura. Hay que decirle qué predicador
elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dámaso, el padre
Martín ó el coadjutor. No sé si han elegido ya los Terceros; es
menester decidir.
--El coadjutor...--murmura tímidamente la Juana.
--¡Hum! ¡El coadjutor no sabe predicar!--dice la Sipa;--mejor es el
padre Martín.
--¿El padre Martín?--exclama otra con desdén;--no tiene voz: mejor
es el padre Dámaso.
--¡Ese, ese es!--exclama la Rufa.--¡El padre Dámaso sí que sabe
predicar, ese parece un comediante!
--¡Pero no le entendemos!--murmura la Juana.
--¡Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...
En esto llegó Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, dió los buenos
días á las mujeres y subió las escaleras.
--¡Aquella sube! ¡subamos también!--dijeron.
Sisa sentía latir con violencia su corazón mientras subía las
escaleras: no sabía qué iba á decir al padre para aplacar su enojo
ni qué razones iba á darle para abogar por su hijo. Aquella mañana,
con las primeras tintas de la aurora había bajado á la huerta para
coger sus más hermosas legumbres, que colocó en un cesto entre hojas
de plátano y flores. Fué á orillas del río á buscar pakô [72], que
sabía le gustaba al cura comer en ensalada. Vistióse sus mejores ropas,
y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar á su hijo, partió para
el pueblo.
Procurando hacer el menor ruido posible, subía las escaleras
lentamente, escuchando atenta por si acaso oía una voz conocida,
fresca, infantil.
Pero no oyó mi encontró á nadie, y se dirigió á la cocina.
Allí miró á todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron
con frialdad. Saludó y apenas la contestaron.
--¿Dónde podré dejar estas legumbres?--preguntó sin darse por ofendida.
--¡Allí... en cualquier parte!--contestó el cocinero sin mirarlas
apenas, atento á su faena: estaba desplumando un capón.
Sisa fué colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los
amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pakô
[73]. Después puso las flores encima, medio se sonrió, y preguntó á
un criado, que le pareció más tratable que el cocinero:
--¿Podré hablar con el padre?
--Está enfermo,--contestó éste en voz baja.
--Y ¿Crispín? ¿Sabéis si está en la sacristía?
El criado la miró sorprendido.
--¿Crispín?--preguntó frunciendo las cejas.--¿No está en vuestra
casa? ¿Lo querréis negar?
--Basilio está en casa, paro Crispín se ha quedado aquí,--repuso
Sisa;--quiero verle...
--¡Ya!--dice el criado;--se quedó, pero después... después se escapó,
robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta mañana temprano
al cuartel para dar parte á la Guardia Civil. Ya deben haber ido á
vuestra casa á buscar á los chicos.
Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron
en vano: no salió ningún sonido.
--¡Vaya con los hijos que tenéis!--añadió el cocinero.--Se conoce
que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre! ¡Cuidado
que el pequeño le va á sobrepasar!
Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sentada sobre
un banco.
--¡No lloréis aquí!--le gritó el cocinero:--¿no sabéis que el padre
está enfermo? Id á llorar en la calle.
La pobre mujer casi á empujones descendió las escaleras, al mismo
tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca
de la enfermedad del cura.
La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el
llanto.
Al llegar á la calle, miró indecisa en torno suyo, y después, como
si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.