La vida es sueño.
Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dejó caer en los brazos
de su madre.
Un frío inexplicable se apoderó de Sisa al verle llegar solo. Quiso
hablar, pero no halló sonidos; quiso abrazar á su hijo, pero tampoco
halló fuerzas; llorar, érale imposible.
Pero á la vista de la sangre que bañaba la frente del niño, pudo gritar
con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazón:
--¡Hijos míos!
--¡No temáis nada, madre!--lo contestó Basilio;--Crispín se ha quedado
en el convento.
--¿En el convento? ¿se ha quedado en el convento? ¿Vive?
El niño levantó hacia ella sus ojos.
--¡Ah!--exclamó pasando de la mayor angustia á la mayor alegría. Sisa
lloró, abrazó á su hijo cubriéndole de besos la ensangrentada frente.
--¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás
herido, hijo mío? ¿Te has caído?
Y le examinaba cuidadosamente.
--El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría
salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me
dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una
bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar
el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.
--¡Dios mío, Dios mío!--murmuró la madre estremeciéndose.--¡Tú le
has salvado!
Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:
--¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles
no piensan en las madres!
--Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí
perseguido.
--¿Por qué se ha quedado Crispín?--preguntó Sisa, después que hubo
hecho la cura á su hijo.
Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le
refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las
torturas que hacían sufrir á su hermanito.
Madre é hijo confundieron sus lágrimas.
--¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres,
y los pobres tenemos que sufrirlo todo!--murmuraba Sisa, mirando con
sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy [68], cuyo aceite se acababa.
Así permanecieron algún rato silenciosos.
--¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.
--No tengo ganas; agua, quiero agua no más.
--¡Sí!--repuso la madre con tristeza;--ya sabía yo que no te gustaban
las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu
padre, ¡pobre hijo mío!
--¿Vino padre?--preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y
las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón
de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:
--Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha
hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse
con nosotros.
--¡Ah!--interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.
--¡Hijo!--le reprendió ella.
--¡Perdonad, madre!--repuso seriamente:--¿no estamos mejor nosotros
tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.
Sisa suspiró.
--¿No cenas? Entonces acostémonos, que ya es tarde.
Sisa cerró la choza y cubrió las pocas brasas con ceniza para que no
se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma:
cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que
no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.
Basilio murmuró sus oraciones y acostóse cerca de su madre, que
rezaba arrodillada.
Sentía calor y frío; procuró cerrar los ojos pensando en su hermanito
que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora
lloraría y temblaría de miedo en un rincón obscuro del convento. Sus
oídos le repetían aquellos gritos, como los había oído en la torre,
pero la cansada naturaleza principió á confundir sus ideas, y el
espíritu de los sueños descendió sobre sus ojos.
Vió una alcoba donde ardían dos velas. El cura, con el bejuco en
la mano, escuchaba sombrío al sacristán mayor, que le hablaba en un
extraño idioma, con gestos horribles. Crispín temblaba y volvía los
ojos llorosos á todas partes como buscando á alguien ó un escondite. El
cura se vuelve á él y le interpela irritado, y el bejuco silba. El
niño corre á esconderse detrás del sacristán, pero éste le coge,
le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea,
grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae
y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente
aullando. ¡Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza,
ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta;
loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la
mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristán mayor
coge un bastón, le da un golpe en la cabeza, y el niño cae aturdido; el
cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita:
rueda por el suelo como una masa inerte y deja un húmedo rastro [69]...
La voz de Sisa le llamó á la realidad.
--¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?
--¡Soñé!... ¡Dios mío!--exclamó Basilio incorporándose cubierto de
sudor.--Fué un sueño, decid, madre, que no fué más que un sueño,
¡un sueño no más!
--¿Qué has soñado?
El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el
sudor. La choza estaba toda á obscuras.
--¡Un sueño, un sueño!--repetía Basilio en voz baja.
--¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!--decía la madre cuando
su hijo volvió á acostarse.
--Pues,--dijo éste en voz baja,--soñé que fuimos á recoger
espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres
tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos
llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre,
no me acuerdo de lo demás!
Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.
--Madre, he formado un proyecto esta noche,--dijo Basilio después de
algunos minutos de silencio.
--¿Qué proyecto?--preguntó ella.
Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía
más juiciosos que ella misma.
--¡Ya no quisiera ser sacristán!
--¿Cómo?
--Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo
del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues
bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que
ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle
á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó
carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa
del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea
el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más
pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le
he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se
arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán,
se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se
quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe,
me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para
tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás
os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la
engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las
venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta,
y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos
monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré
también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y
así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un
pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que
coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos
carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos
los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín
tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré
trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?
--¿Qué he de decir? ¡Que sí!--contestó Sisa abrazando á su hijo.
Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el
porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.
Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los
años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía sí,
todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre
los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que
nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de
alegres pinturas.
Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay [70] y
otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las
mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban;
bañábanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las
piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos
les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas
de monedas y frutas. Luego vió una campana, colgada de un árbol,
y una cuerda larga para tocarla: á la cuerda había atada una vaca
con un nido de pájaros entre las astas, y Crispín estaba dentro de
la campana, etcétera. Y así fué soñando.
Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora,
no dormía.