La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias
que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al
sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario
con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera
delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido
con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían
las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra
en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena
de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente
como la humana.
Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene
que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le
dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los
poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias
de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si
ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas
en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias,
ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para
los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los
entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora
por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios
pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa
lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y
vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre,
proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim
[60], ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos,
de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín,
que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para
la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al
oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo
tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?
La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa
en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del
difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para
mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes,
un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»--«Pero es menester
que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es
menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te
salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La
debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que
enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es
caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!
Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig
[61], donde está tendida la humilde estera, del palupu [62] de donde
cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y
reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos:
sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que
le han dado los hermanos mayores.
Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y
continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la
zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el
chacón [63], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica
voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros
ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo
escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las
sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de
los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!
Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la
madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la
cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al
gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido
despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando
la sufrida Sisa [64] ya no poseía nada para sostener los caprichos
de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con
más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su
marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta
qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los
falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.
Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más
sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio,
continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si
ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada
situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir
en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El
marido tampoco dijo nada.
Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas
brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba
Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que
medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos
angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en
donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las
que se venden tres dos cuartos.
Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama
amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían
pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del
gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una
vez. El muchacho decía:
Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá
Nang malaó y kumara kará [65].
Era aún joven y se conocía que un tiempo debió ser bella y
graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella á sus hijos,
eran hermosos, de largas pestañas y profunda mirada; su nariz era
correcta; sus pálidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los
tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un
color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor, ó acaso el
hambre, empieza á socavar las pálidas mejillas, la abundante cabellera,
en otro tiempo gala y adorno de su persona, si está aún aliñada no es
por coquetería, sino por costumbre: un moño muy sencillo sin agujas
ni peinetas.
Había estado varios días sin salir de casa, cosiendo una obra que
le habían encargado concluyese lo más pronto posible. Ella, para
ganar dinero, dejó de oir misa aquella mañana, pues habría empleado
en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:--¡la pobreza obliga á
pecar!--Concluído su trabajo, lo llevó al dueño, pero éste sólo le
prometió pagar.
Todo el día estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus
hijos iban á venir, y pensó regalarles. Compró sardinas, cogió de su
jardinito los tomates más hermosos, porque sabía que eran la comida
favorita de Crispín; pidió á su vecino, el filósofo Tasio, que vivía
á medio kilómetro, tapa de jabalí y una pierna de pato silvestre,
los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coció el más
blanco arroz, que ella misma había recogido en las eras. Aquello era,
en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.
Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comió el
arroz, la tapa de jabalí, la pierna del pato, cinco sardinas y los
tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareció que la comían á ella
misma. Harto ya él, se acordó de preguntar por los hijos; entonces
Sisa pudo sonreir y, contenta, prometió en su interior no cenar
aquella noche, pues de lo que quedaba no había para tres. El padre
preguntó por sus hijos, y esto para ella era más que comer.
Después él cogió su gallo y quiso marcharse.
--¿No quieres verlos?--preguntó temblorosa;--el viejo Tasio me ha
dicho que se retardarían un poco; Crispín ya lee y... ¡quizás Basilio
traiga su sueldo!
A esta última razón el marido se detuvo, vaciló, pero triunfó su
ángel bueno.
--¡En ese caso guárdame un peso!--dijo, y se marchó.
Sisa lloró amargamente, pero se acordó de sus hijos y secóse las
lágrimas. Coció nuevo arroz, y preparó las tres sardinas que quedaron:
cada uno tendría una y media.
--¡Traerán buen apetito!--pensaba;--el camino es largo y los estómagos
hambrientos no tienen corazón.
Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas;
fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.
El kalao [66] cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la
lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.
Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se
acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de
distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz,
y cuando sus hijos la oían cantar kundiman [67] lloraban sin saber por
qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.
Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía
del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas
hojas de los plátanos.
De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal
rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se
la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.
Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre
presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró
precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche
favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.
Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de
sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó
el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones
de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en
sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos,
sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía
á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para
charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes
ojos pensativos, y sonreía.
--¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!--decía la voz de Basilio desde fuera.
Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.