Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con
otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo:
habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que
la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y,
azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada
á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena
de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba
el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido,
queja al parecer, gemía plañidero.
En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que
vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes
ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de
su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la
mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían
pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un
trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad
se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia,
empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de
vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar
el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.
--¡Tira de tu cuerda, Crispín!--dijo el mayor á su hermanito.
Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó
al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.
--¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!--suspiró el pequeño
mirando á su hermano; allí no tendría miedo.
El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y
parecía preocupado.
--¡Allá nadie me dice que robo!--añadió Crispín; ¡madre no lo
permitiría! Si supiese que me pegan...
El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo
con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando
oir una sonora vibración.
--¿Vamos á vivir siempre así, hermano?--continuó hablando
Crispín.--¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una
larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al
convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también,
hermano, debías enfermar conmigo.
--¡No!--contestó el mayor;--nos moriríamos todos: madre de pena,
y nosotros de hambre.
Crispín no replicó.
--¿Cuánto ganas tú este mes?--preguntó al cabo de un momento.
--Dos pesos: me han impuesto tres multas.
--Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones;
¡págalo, hermano!
--¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor
dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.
El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.
--¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,--murmuró después
pensativo.--Y cada peso... ¿cuántos cuartos?
--Ciento sesenta.
--¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y
¿cuántos son ciento sesenta?
--Treinta y dos manos,--contestó el mayor.
Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.
--¡Treinta y dos manos!--repetía;--seis manos y dos dedos, y cada
dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos
cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar
chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el
sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y
madre y...
Crispín se puso pensativo.
--¡Ahora, siento no haber robado!
--¡Crispín!--le reprendió su hermano,
--¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece
el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si
muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!
El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:
--¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!
--¿Lo crees tú?--preguntó el pequeño sorprendido.--Tú dirás que á mí
ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo
roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y
el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre
no lo va á creer, no lo creerá!
--Si el cura lo dice...
Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:
--Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy
enfermo; no quiero retirarme.
--¡Crispín, no llores!--dijo el mayor.--Madre no lo creerá; no llores;
el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...
Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:
--¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer
hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le
dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también,
que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro
padre es un vicioso que...
Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que
conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló
la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca,
con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo
tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido,
sin prevenir.
Los dos hermanos se quedaron fríos.
--¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á
compás!--dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.--Y
tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.
Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.
--Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,--murmuró
tímidamente Basilio.
--¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!
--Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.
--Y ¿me querrás tú mandar á mí?--le preguntó irritado aquel hombre. Y
cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.
--¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra
madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.
El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á
Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía
á su hermano:
--¡No me dejes, me van á matar!
Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo,
desapareciendo entre las sombras.
Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que
daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla,
un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos
acentos desgarradores.
El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente
abiertos, y los puños cerrados.
--¿Cuándo podré arar un campo!--murmuró entre dientes, y bajó
precipitadamente.
Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su
hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se
extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando,
detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le
escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de
la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco
estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían
rejas.
De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde
ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los
badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban
y no por las lágrimas.
La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco
á poco.
Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla,
y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la
obscuridad.
Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron
voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra
vez en silencio.