El extraño viejo vagaba distraído por las calles.
Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por
obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de
capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que
él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un
sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser
sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado,
optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año,
buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la
gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios
y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se
arruinó poco á poco.
Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo
Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco,
por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.
Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos
iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada
y el aire sumamente bochornoso.
El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera:
ahora sonríe mirando las obscuras nubes.
Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta
de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón
de borlas, insignia de la autoridad.
--¿Parece que estáis alegre?--preguntóle éste en tagalo.
--En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.
--¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?
--¡La tempestad!
--¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?--preguntó el
gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.
--Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una
basura,--contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo,
mirando en la cara á su interlocutor;--pero espero otra cosa mejor.
--¿Qué, pues?
--¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!--contestó
seriamente el filósofo.
--¡Pedid de una vez el diluvio!
--¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo,
tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino;
yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la
compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes,
y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día
de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila
para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso
tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año
70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y
destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?
En aquel momento brilló un relámpago.
--¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!--murmuró el
gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.
Tasio soltó una carcajada.
--¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!--dijo en castellano
dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.
Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en
candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de
otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá
se veían calaveras pintadas.
--¿Es por las almas ó por las velas?--preguntó.
Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro
aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de
los sacristanes.
--¿Venís conmigo, muchachos?--les preguntó.--Vuestra madre os tiene
preparada una cena de curas.
--¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho,
señor!--contestó el mayorcito.--Espero cobrar mi sueldo para dárselo
á nuestra madre.
--¡Ah! y ¿á dónde vais?
--A la torre, señor, para doblar por las almas.
--¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas
durante la tempestad.
Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una
mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras
para dirigirse al coro.
Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:
--Ahora sentiría que cayesen rayos.
Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la
población.
--¡Pase usted antes!--le dijo en español una voz desde una ventana.
El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta
y cinco años que le sonreía.
--¿Qué lee usted ahí?--preguntó Tasio señalando hacia un libro que
el hombre tenía en la mano.
--Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas
del Purgatorio!--contestó el otro sonriendo.
--¡Hombre, hombre, hombre!--exclamó el viejo en diferentes tonos de
voz entrando en la casa;--el autor debe ser muy listo.
Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de
la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella
doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un
partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que
haya partidos en los pueblos de Filipinas.
--¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael,
que acaba de llegar de Europa?
--Sí, le ví cuando bajaba del coche.
--Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió
haber sido terrible.
El filósofo se encogió de hombros.
--¿No se interesa usted por esa desgracia?--preguntó la joven señora.
--Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver;
fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el
mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación,
y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle
en su muerte.
--¿Entonces?
--Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía
hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado,
pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no
al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por
sus obras, pero no por las de los otros.
--¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo
aconsejaba ayer?--preguntó la mujer cambiando de conversación.
--¡No!--contestó el viejo sonriendo.
--¡Lástima!--exclamó ella con verdadero pesar;--dicen que hasta
mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios
de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros
días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.
--¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que
aprovechar?
--¡Pero, Doray!--intervino don Filipo;--ya sabes que don Anastasio
no cree en el purgatorio.
--¿Que no creo en el purgatorio?--protestó el viejo medio levantándose
de su asiento.--¡Hasta sé algo de su historia!
--¡La historia del purgatorio!--exclamaron llenos de sorpresa ambos
consortes.--¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!
--¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus
penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar,
tendremos tiempo de no aburrirnos,--contestó Tasio poniéndose un
momento á meditar.
Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á
su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba
á decir. Este comenzó de la siguiente manera:
--El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo
N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según
el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que
nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien;
¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio
del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana,
que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.
--Podría haber existido in potentia, pero no in actu,--objetó el
teniente mayor.
--¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron
como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro,
que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos
puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios,
existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos,
pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto
de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil
quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo
cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba
los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de
los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas
obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente
hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y
duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en
el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran
negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde
reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues,
que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen,
se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella
religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento,
como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc.,
resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí
verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien
con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.
Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray,
quien dijo santiguándose:
--¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita
y encender candelas de perdón.
La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió,
mientras miraba alejarse á la joven:
--Ahora que no está, podemos hablar de la materia más
razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena
católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y
sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como
una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los
confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio
es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron
y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en
el abuso que de él se hace.
Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no
existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni
Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que
citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué
declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia
Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana
tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de
Virgilio de Aliæ panduntur inanes [54], que diera ocasión á S. Gregorio
el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en
su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los
bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma
su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No
hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas
religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos,
si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no
han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse
en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del
mediodía.--Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían
en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara
á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo
mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo,
quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía
aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos
á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba
su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días
en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba
de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección
de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso
[55] parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio,
pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible,
suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que
en ésta recibimos por nuestros pecados.
--¡Diantre con San Agustín!--exclamó don Filipo;--¡no estaba satisfecho
con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!
--Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que
San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis
esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, [56] nada hubo
sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más
tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un
fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de
Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente
el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y
tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza:
Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc. [57], en donde
dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras
obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas,
si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes
no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan
de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo
para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque
ligaberis in terra... [58] no quiere decir usque ad purgatorium,
etc. [59]; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio
en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de
san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que
sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la
materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos
libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la
piedad de los cristianos permite el robo,--ustedes, las autoridades,
lo dejan,--y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos,
los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una
obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar,
es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.
--Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?--preguntó sonriendo
Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma
que despedían humo fastidioso y agradable perfume.
--¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!--respondió el viejo
Tasio pensativo.--Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor;
haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.
--Y ¿qué pensamiento es ese?
--Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre
estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los
católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de
creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse
condenado millares de millares de hombres durante los innumerables
siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo,
después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo
conseguiría salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente
no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que
vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible,
creerlo es blasfemar, no, no!
--¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...
--¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de
la creación!--contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.--La
creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios
no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar
á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas
ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo
que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese
Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que
se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas
entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres,
ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una
débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.
Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo
á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.
Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando
el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las
manos al cielo, gritaba:
--¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte
El Bueno!
Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...