En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero
un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de
polvo y los caballos sudaban.
Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un
gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.
--¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!--decía
el anciano tímidamente;--capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer
levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.
Ibarra no contestó.
--¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!--continuó el criado,
señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.
Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de
algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le
siguieron con la vista llenas de curiosidad.
El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas
que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro
tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales
condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á
todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba
huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.
--¿Es aquí?--murmuraba entre dientes:--no, es allá, pero ¡la tierra
está removida!
Ibarra le miraba angustiado.
--¡Sí!--continuó,--recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era
un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un
aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.
Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.
Este les saludó quitándose el salakot.
--¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?--preguntó
el criado.
El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.
--¿Una cruz grande?
--Sí, grande,--afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente
á Ibarra, cuya fisonomía se animó.
--¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?--volvió á preguntar
el sepulturero.
--¡Eso es, eso es, así, así!--y el criado trazó en la tierra un dibujo
en forma de cruz bizantina.
--Y ¿en la tumba había flores sembradas?
--¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!--añadió el criado lleno
de alegría, y le ofreció un tabaco.
--Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.
El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:
--Pues la cruz... ¡yo la he quemado!
--¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?
--Porque así lo mandó el cura grande.
--¿Quién es el cura grande?--preguntó Ibarra.
--¿Quién? El que pega, el padre Garrote.
Ibarra se pasó la mano por la frente.
--Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis
recordar.
El sepulturero se sonrió.
--¡El muerto ya no está allí!--repuso tranquilamente.
--¿Qué decís?
--¡Ya!--añadió el hombre en tono de broma;--en su lugar enterré hace
una semana una mujer.
--¿Estáis loco?--le preguntó el criado;--si todavía no hace un año
que le hemos enterrado.
--¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura
grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero
como era pesado y aquella noche llovía...
El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud
de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y
sacudiéndole.
--Y ¿lo has hecho?--preguntó el joven con acento indescriptible.
--No os enfadéis, señor,--contestó palideciendo y temblando;--no le
enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos,
dije para mí, y arrojé el muerto al agua!
Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo
con una expresión que no se puede definir.
--¡Tú no eres más que un desgraciado!--dijo, y salió precipitadamente,
pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.
El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:
--¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de
bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste
á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos
españoles! Todavía voy á perder mi oficio.
Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le
seguía llorando.
El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo
hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y
hacía gemir á los cañaverales.
Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho
no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la
sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó
el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa
que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro
donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas
se abrían: el ilang-ilang [52] se balanceaba agitando alegremente
sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor
del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.
Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al
antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote,
que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego,
aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El
aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón
se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados
y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán [53]
con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.
Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito;
fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.
Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente,
le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz
apenas inteligible.
--¿Qué has hecho de mi padre?--preguntó.
Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se
pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como
paralizado.
--¿Qué has hecho de mi padre?--le volvió á preguntar con voz ahogada.
El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía,
hizo un esfuerzo y contestó:
--¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!
--¿Que no?--continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de
rodillas.
--¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...
--¡Ah!--exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la
frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente
hacia su casa.
El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.