TODOS LOS SANTOS

Lo único que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el

culto que rinden á los que dejaron de ser. Y ¡cosa extraña! esta

costumbre aparece tanto más profundamente arraigada cuanto menos

civilizados son los pueblos.

Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas

veneraban y deificaban á sus antepasados; ahora sucede lo contrario:

los muertos tienen que encomendarse á los vivos. Cuentan también

que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos

y mantienen con ellos conversación; la mayor parte de los pueblos

de Asia, Africa y América les ofrecen los platos más exquisitos

de sus cocinas ó los que fueron en vida su comida favorita, y dan

banquetes á que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban

palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro

en esta materia y que ha conocido mejor el corazón humano es el de

Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; así, pues,

dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre

la tumba á todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabrá

cómo distraerse en la otra vida, le envían cada año un correo bajo

la piel de un esclavo decapitado.

Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las

tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en

paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el

Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por

muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias

y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya

que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino

el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa

en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y

un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle

del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos

cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones

en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera

sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja

de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en

el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que

el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí

esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino

la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten

y laven aquellas frías desnudeces.--En los alrededores recientes

excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña

colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî [51]:

el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el

segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía

bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que,

como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador:

la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de

los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se

encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda

fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y

terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales;

sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con

brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca,

levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

--No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse:

el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja

vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro

está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

--¡Oye!--dice el que fuma, en tagalo.--¿No sería mejor que cavásemos

en otro sitio? Esto es muy reciente.

--Son tan recientes unas fosas como otras.

--¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y

esos cabellos?

--Pero ¡qué delicado eres!--le reprocha el otro.--¡Ni que fueras

tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo

lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras,

lloviendo... Se apagó mi linterna.

El otro se estremeció.

--El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú

que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

--¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

--¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

--¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su

compañero.

--¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después

un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro:

me lo mandó el cura grande.

--¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?--continuó preguntando

el delicado.

--¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que

verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el

cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los

chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos

está lejos...

--¡No, no! ¡yo no cavo más!--interrumpió el otro, lleno de horror,

soltando la pala y saltando de la fosa;--he partido un cráneo y temo

que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se

alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de

luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre

sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se

arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para

sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar;

oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó

reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se

rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía

no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón

de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo

entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno

tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas,

movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente

se levantó y se dirigió al sepulturero.

--¡Oye!--le dijo.

Este levantó la cabeza.

--¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del

coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la

cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

--¡Mira!--añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;--no tengo

más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario

y dijo:

--¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.

--¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,--continuó

el viejo.--Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

--¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.

--¡Eres como la tumba que cavas!--le apostrofó el viejo

nerviosamente;--no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es

la fosa?

--¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!--contestó malhumorado el otro.

--¡Como la tumba, como la tumba!--repitió el viejo riendo

secamente;--ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!

Y se volvió dirigiéndose á la puerta.

El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos

de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó

de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido

cuanto en su derredor pasaba.

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 31 / 139 题