Dividíos é imperad.
(Nuevo Maquiavelo.)
¿Quiénes eran los caciques del pueblo?
No lo fué don Rafael cuando vivía, aunque era el más rico, tenía
más tierras, y casi todos le debían favores. Como era modesto y
procuraba quitar el valor á cuanto hacía, en el pueblo no formó nunca
su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron
vacilar.--¿Sería Cpn. Tiago?--Cuando llegaba, era en verdad recibido de
sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos:
las mejores frutas cubrían su mesa; si se cazaba un venado ó jabalí,
él tenía un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor,
media hora después lo veía en su cuadra: todo esto es verdad, pero
se reían de él y le llamaban en secreto Sacristán Tiago.
¿Acaso el gobernadorcillo?
Este era un infeliz que no mandaba, obedecía; no reñía á nadie, era
reñido; no disponía, disponían de él; en cambio, tenía que responder al
Alcalde Mayor de cuanto le habían mandado, ordenado y dispuesto como
si todo hubiese salido de su cráneo, pero, sea dicho en su honor, él
do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos
y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.
¡Vamos! ¡entonces será Dios!
¡Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueño de sus
habitantes: por lo menos no les hacía temblar, y si les hubiesen
hablado de El por casualidad en algún sermón, de seguro que habrían
pensado suspirando: ¡Si sólo hubiese un Dios!... Del buen Señor se
ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios
para aquella gente había pasado á ser como esos pobres reyes que
se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo sólo hace la corte á
estos últimos.
San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de
Rómulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando después, bañándose
en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma
contemporánea con la diferencia de que en vez de monumentos de mármol
y coliseos, tenía monumentos de saualî [47] y gallera de nipa. El
cura era el Papa en el Vaticano; el alférez de la guardia civil el
Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporción con el
saualî y la gallera de nipa. Y aquí como allá resultaban continuos
disgustos, pues cada cual, queriendo ser el señor, hallaba sobrante
al otro. Expliquémonos y describamos las cualidades de ambos.
Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que
ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase
mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento
P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo,
estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso
de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se
hicieron hermanos de la V. O. T. [48], con gran tristeza de su rival,
la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al
ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un
cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con
hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo
ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos
necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que
este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara
á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de
Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la
Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los
asuang [49] de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso,
que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos
brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa
sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado
ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no
quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.
Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes;
según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba--era muy
amigo de predicar--se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se
parecía á Nerón que no dejaba salir á nadie mientras cantaba en el
teatro; pero aquél lo hacía para el bien y éste para el mal de las
almas.--Toda falta de sus subordinados la solía castigar con multas,
pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba también mucho
del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba á puñetazos y bastonazos,
que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le
podía querer mal; estaba convencido de que sólo a palos se le trata
al indio; así lo había dicho un fraile que sabía escribir libros y
él lo creía pues no discutía nunca lo impreso: de esta modestia se
podían quejar muchas personas.
Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un viejo filósofo
del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba en cualidad, pero
tampoco por esto se le podía querer mal. Los ayunos y abstinencias,
empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente,
se le subía el viento á la cabeza. De esto venía á resultar que las
espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuando un cura ayunaba
mucho ó comía mucho.
El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal,
era, como ya dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres
que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido
á tentarle, fué cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón,
y sólo fué puesto en libertad después de nueve días.
Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo
de un hombre como tal, llega á tener peor fama que los mismos pobres
é incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora,
una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase doña
Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El
alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona
emborrachándose como una cuba, mandando á sus soldados hacer ejercicios
al sol, quedándose él en la sombra, ó más á menudo, sacudiendo á su
señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de
nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio,
si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella,
como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis
á los vecinos: concierto vocal é instrumental, á cuatro manos, piano,
fuerte, con pedal y todo.
Cada vez que estos escándalos llegaban á oídos del P. Salví, éste se
sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle
carca, hipócrita, carlistón, avaro; el P. Salví se sonreía también y
rezaba más. El alférez siempre contaba á los pocos españoles que le
visitaban, la anécdota siguiente:
--¿Va usted al convento á visitar al curita Moscamuerta? ¡Ojo! Si
le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece,
ponga atención. ¿Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de
chocolate, ¿eh? entonces quédese, sin temor, pero si dice: Fulanito,
haz una jícara de chocolate ¿ah? entonces coja usted el sombrero y
márchese corriendo.
--¿Qué? preguntaba el otro espantado ¿da jicarazo? ¡Caramba!
--¡Hombre tanto, no!
--¿Entonces?
--Chocolate ¿eh? significa espeso, y chocolate ¿ah? aguado.
Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma
anécdota se atribuye también á muchos curas. A menos que sea cosa de
la Corporación...
Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora,
que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación
pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y
salakot de nitô [50], pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se
vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba
disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se
subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban
los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su
cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los
impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto
como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le
zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa,
que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa,
que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví
le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus
cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez,
mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y
edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que,
si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.
Cuando el marido dormía el vino ó roncaba la siesta y doña Consolación
no podía reñir con él, entonces acomodábase en la ventana con su puro
en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar
á la juventud, dardea desde allí con sus ojos á las muchachas y las
moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos,
apresurando el paso y conteniendo la respiración. Doña Consolación
tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca un espejo.
Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.