Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego [43] en medio
de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los
vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de
los labradores.
Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la
torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan,
entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la
hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel
cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro [44], separados por
huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño
nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero
follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la
Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga,
una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en
la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de
roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre
dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de
raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha
y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde,
desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues
ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para
acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y
vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio
magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es
de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan,
con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza,
ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.
Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de
bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares,
de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la
altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe
y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y
la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se
deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves
siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente:
matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras,
pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las
raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta
sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas,
y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las
hojas del árbol hospitalario.
Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas,
pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece
ser la siguiente.
Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas, y en
las mal llamadas calles crecía aún abundante la hierba, en aquellos
tiempos en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegó
un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante
bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios
sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían
aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo
lo adquirió en cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin
saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando
un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención
de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de
putrefacción, colgado de la rama de un balitî [45]. En vida ya daba
miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y
aquella risa sin sonido; pero ahora, habiéndose suicidado, turbaba el
sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron
la ropa, y desde que el cadáver fué enterrado al pie mismo del balitî,
ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que
buscaba á sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos,
y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la
atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol
arrollando á su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida,
que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corrían aún
sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.
Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo
ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose
á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino
era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero
era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre,
que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una
joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.
Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos:
la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló
rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos,
el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la
aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero
el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos
se atreven á veces, armados de palos y piedras, á vagar por los
alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi [46], etcétera,
y ocurría que en lo mejor de la ocupación, ó cuando contemplaban
silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una ó
dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el
viejo! ¡el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles,
corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque,
pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.