Ibarra subió á su cuarto que da al río, y dejóse caer sobre un sillón,
mirando al espacio que se ensanchaba delante de él, gracias á la
abierta ventana.
La casa de enfrente, á la otra orilla, estaba profusamente iluminada
y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su
mayor parte.--Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, más
curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba
en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas
visiones, una de esas apariciones mágicas que á veces se ven en
los grandes teatros de Europa, en que á las apagadas melodías de una
orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada
de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa
gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo,
rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: á su presencia brotan las
flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos,
ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan
panderetas, hacen evoluciones y depositan á los pies de la diosa cada
cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta,
vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro
de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y
moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos,
militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El padre Dámaso estaba al lado
de aquella beldad; el padre Dámaso sonreía como un bienaventurado; fray
Sibyla, el mismo fray Sibyla le dirigía la palabra, y doña Victorina
arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y
brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella
era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre
los tenía bajos, enseñaban un alma purísima cuando los levantaba,
y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes,
podía decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil,
un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña [14]
y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen
los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo
hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir:
era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la
contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.
Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra cosa. Cuatro
desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio; en uno de
aquéllos, allá arriba, había una reja; sobre el sucio y asqueroso
suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el
anciano, que respiraba con dificultad, volvía á todas partes la vista
y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía de
cuando en cuando el ruido de una cadena ó un gemido al través de la
pared... y luego allá á lo lejos un alegre festín, casi una bacanal,
un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las flores á los aplausos y
á la embriagada risa de los demás. ¡Y el anciano tenía las facciones
de su padre, el joven se le parecía á él, y el nombre que aquél
pronunciaba llorando era el suyo!
Esto era lo que veía el desgraciado delante de sí. Se apagaron las
luces en la casa de enfrente, cesó la música y el ruido, pero Ibarra
oía aún el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su
última hora.
El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía
dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar
con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta
del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba á asomarse; todo
parecía descansar; sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado
quizás de sus tristes pensamientos ó del viaje.
Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso
en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo
sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido
rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso á lo lejos
una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideció
y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante;
pero el fraile no se movió de su sitio: miraba al lejano horizonte
que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan,
hacia el mar que dormía aún.