Fray Sibyla parecía muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus
contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén; hasta se
dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaña, que respondía por
monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un
humor espantoso, pegaba puntapiés á las sillas que le obstruían el
camino y hasta dió un codazo á un cadete. El teniente, serio; los
otros hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de
la mesa. Doña Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz,
pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada: en
efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del vestido.
--Pero ¿es que no tiene usted ojos?--dijo.
--Sí, señora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando
esos rizos,--contestó el poco galante militar, y se alejó.
Instintivamente los dos religiosos se dirigieron á la cabecera de
la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que
con los opositores á una cátedra: ponderan con palabras los méritos
y la superioridad de los adversarios, pero luego dan á entender todo
lo contrario, y gruñen y murmuran cuando no la obtienen.
--¡Para usted, fray Dámaso!
--¡Para usted, fray Sibyla!
--Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad,
dignidad y gobierno...
--¡Muy viejo que digamos, no! en cambio, ¡es usted el cura del
arrabal!--contestó en tono desabrido fray Dámaso, sin soltar la silla.
--¡Como usted lo manda, obedezco!--concluyó el padre Sibyla
disponiéndose á sentarse.
--¡Yo no lo mando!--protestó el franciscano;--¡yo no lo mando!
Iba ya á sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando
sus miradas se encontraron con las del teniente. El más alto oficial
es, según la opinión religiosa en Filipinas, muy inferior al lego
cocinero. Cedant arma togæ, decía Cicerón en el Senado; cedant arma
cottæ dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona
fina y repuso:
--Señor teniente, aquí estamos en el mundo y no en la iglesia; el
asiento le corresponde.
Pero, á juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le correspondía á
él. El teniente, bien sea por no molestarse, ó por no sentarse entre
dos frailes, rehusó brevemente.
Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la
casa. Ibarra le vió contemplando la escena con satisfacción y
sonriendo.
--¡Cómo, don Santiago! ¿no se sienta usted entre nosotros?
Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa
de Lúculo.
--¡Quieto! ¡no se levante usted!--dijo Cpn. Tiago poniendo la mano
sobre el hombro del joven.--Precisamente esta fiesta es para dar
gracias á la Virgen por su llegada de usted. ¡Oy! que traigan la
tinola. Mandé hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la
habrá probado.
Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar
el Benedícite al que casi nadie supo contestar, principió á repartir
el contenido. Pero sea por descuido ú otra cosa, al padre Dámaso le
tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello
desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas
y pechugas, principalmente Ibarra á quien le cupieron en suerte los
menudillos. El franciscano lo vió todo, machacó los calabacines,
tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido, y empujó
bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído
hablando con el joven rubio.
--¿Cuánto tiempo hace que falta usted en el país?--preguntó Laruja
á Ibarra.
--Casi unos siete años.
--¡Vamos, ya se habrá usted olvidado de él!
--Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado,
siempre he pensado en él.
--¿Qué quiere usted decir?--preguntó el rubio.
--Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí,
de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe
cuándo ni cómo murió su padre.
--¡Ah!--exclamó el teniente.
--Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?--preguntó doña
Victorina.--Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula [10].
--Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en
Alemania y en la Polonia rusa.
El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar,
creyó conveniente decir algo.
--Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia,
llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por
ventura?--preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.
--Es muy posible,--contestó con amabilidad Ibarra;--pero en este
momento no lo recuerdo.
--¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!--añadió el doctor
que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.
--Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una
palabra de español más que en algunos consulados.
--Y ¿cómo se arreglaba usted?--preguntó admirada doña Victorina.
--Me servía del idioma del país, señora.
--¿Habla usted también inglés?--preguntó el dominico que había estado
en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English [11], esa adulteración
del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.
--He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban
el inglés.
--Y ¿cuál es el país que más le gusta á usted en Europa?--preguntó
el joven rubio.
--Después de España, mi segunda patria, cualquier país de Europa libre.
--Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, ¿qué es lo más
notable que ha visto usted?--preguntó Laruja.
Ibarra pareció reflexionar.
--Notable ¿en qué sentido?
--Por ejemplo..... en cuanto á la vida de los pueblos..... vida social,
política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...
Ibarra se puso á meditar largo rato.
--Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo
nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar
su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo hallaba
natural; he visto siempre que la prosperidad ó miseria de los pueblos
están en razón directa de sus libertades ó preocupaciones, y por
consiguiente, de los sacrificios ó egoísmo de sus antepasados.
--Y ¿no has visto más que eso?--preguntó con risa burlona el
franciscano, que desde el principio de la cena no había dicho una
sola palabra, distraído tal vez por la comida;--no valía la pena de
malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: ¡cualquier bata [12]
de la escuela lo sabe!
Ibarra se quedó sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban
al uno y al otro, y temían un escándalo.--«La cena toca á su fin y
S. R. está ya harto», iba á decir el joven, pero se contuvo, y sólo
dijo lo siguiente:
--Señores, no extrañen ustedes la familiaridad con que me trata
nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para S. R. en
vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo
aquellos días, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y
honraba la mesa de mi padre.
El dominico miró furtivamente al franciscano, que se había puesto
tembloroso. Ibarra, continuó, levantándose:
--Ustedes me permitirán que me retire, porque, acabado de llegar
y teniendo que partir mañana mismo, quédanme muchos negocios por
evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y
apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!
Y apuró una copita, que hasta entonces no había tocado. El viejo
teniente le imitó, pero sin decir palabra.
--¡No se vaya usted!--decíale Capitán Tiago en voz baja.--Ya llegará
María Clara: ha ido á sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su
pueblo, que es un santo.
--¡Vendré mañana antes de partir! Hoy tengo que hacer una
importantísima visita.
Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba.
--¿Usted lo ha visto?--decía al joven rubio, gesticulando con el
cuchillo de postres.--¡Eso es por orgullo! ¡No pueden tolerar que
el cura los reprenda! ¡Ya se creen personas decentes! Es la mala
consecuencia de enviar los jóvenes á Europa. El gobierno debía
prohibirlo.
--Y ¿el teniente?--decía doña Victorina haciéndole coro al
franciscano;--en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha
hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!
La señora no podía olvidar la alusión á sus rizos y el pisoteado
encañonado de sus enaguas.
Aquella noche escribía el joven rubio, entre otras cosas, el capítulo
siguiente de sus Estudios Coloniales: «De cómo un cuello y un ala de
pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegría de
un festín.» Y entre sus observaciones había éstas: «En Filipinas la
persona más inútil en una cena ó fiesta es la que la da: al dueño
de la casa pueden empezar por echarle á la calle y todo seguirá
tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles
un bien el no dejar á los filipinos salir de su país, ni enseñarles
á leer...»