Agesilao, después de haber llegado en otoño[121] a Frigia, gobernada
por Farnabazo, tala y saquea la comarca y se apodera de grado o por
fuerza de las ciudades. Habiéndole asegurado Espitrídates que si quiere
ir con él a Paflagonia, podrá tener fácilmente una entrevista con el
rey de aquella región y obtener su alianza; se pone en marcha esperando
obtener que abandone esta nación la obediencia del rey, cosa que
deseaba hacía mucho tiempo.
Así que llega a la Paflagonia, Otis se dirige a su encuentro para
negociar una alianza; había sido llamado por el rey pero no había
acudido a su llamamiento, y siguiendo los consejos de Espitrídates,
había, por el contrario, mandado a Agesilao mil caballos y dos mil
peltastas. Reconocido Agesilao al servicio prestado por Espitrídates,
le dice:
--«Espitrídates, ¿darías con gusto tu hija en matrimonio a Otis?
--Con mayor gusto --contesta este-- del que tendría aquel siendo rey de
un país vasto y poderoso en casarse con la hija de un desterrado.»
No se trató más de este asunto, pero cuando Otis se despide de Agesilao
para volverse a su país hace este que se retire Espitrídates, y delante
de los Treinta le dice:
--«Escucha, Otis: ¿es noble el linaje de Espitrídates?
--Tanto, contesta Otis, como el que más entre los persas.
--¿Viste cuán hermoso es su hijo? dice nuevamente Agesilao.
--Ya lo creo; anoche cené con él.
--Pues dicen que más hermosa es su hija.
--Por Júpiter, no dicen nada que no sea verdad.
--Pues bien --añade Agesilao--, ya que somos amigos, vería con mucho
gusto que te casases con ella, pues dices es tan hermosa, cualidad
que es la mejor condición para el esposo. Su padre es de elevado
nacimiento, y suficientemente poderoso para haber podido vengarse,
como ves, de las injusticias de Farnabazo, arrojándole de toda esta
comarca; fácilmente comprenderás, que así como ha podido vengarse de
este enemigo, podrá favorecer también al que esté ligado con él por
la amistad. Piensa además, que al realizar mis deseos, no solo entras
en la parentela de Espitrídates, sino también en la mía y en la de
todos los espartanos, y como que mandamos sobre toda Grecia, en la de
toda ella. ¿Quién habrá tenido unas bodas más espléndidas si a ello te
decides? y ¿qué novia habrá tenida jamás un cortejo tan numeroso de
caballeros, peltastas y hoplitas, como la tuya al ser conducida a tu
morada?
--Agesilao --dice entonces Otis--, ¿tiene la aprobación de
Espitrídates cuanto me dices?
--Por los dioses --contesta Agesilao--, no me ha indicado que te
hablase de ese asunto, pero yo, si tengo gran placer al vengarme de un
enemigo, mucho mayor le experimento cuando puedo hacer algún bien a mis
amigos.
--¿Por qué pues --dice Otis--, no te enteras si sería esto de su agrado?
--Herípidas y todos vosotros --dice Agesilao, dirigiéndose a los demás
que están con ellos--, id a verle y convencedle para que consienta en
lo que todos deseamos.»
Levántanse estos y le hablan de este asunto, pero como tardasen en
volver,
--«¿quieres Otis --dice Agesilao--, que le hagamos venir? Me parece que
le convenceremos más pronto que todos estos juntos.»
Hace llamar entonces Agesilao a Espitrídates y a cuantos habían ido a
hablarle. Cuando llegan, díceles Herípidas:
--«¿Para qué decirte, Agesilao, detalladamente cuanto hemos hablado?
Bástete saber que Espitrídates ha consentido en hacer cuanto desees.
--Paréceme pues, conveniente --dice Agesilao-- y cosa próspera y feliz
que des tu hija en matrimonio a Otis, y que tú, Otis, te cases con ella.
--Sin embargo, hasta la primavera próxima --dice Espitrídates-- no
podremos hacer venir por tierra a mi hija.
--Por Júpiter --exclama Otis--, si tú quieres puede venir
inmediatamente por mar.»
Después de esto, entrelázanse ambos las manos y acompañan a Otis a
su casa. Agesilao, viendo la impaciencia de Otis, hace equipar una
trirreme y da orden al lacedemonio Calias para que vaya a buscar a la
novia.
Adelántase él mismo hacia Dascilio donde se hallaban los palacios
de Farnabazo, rodeados de grandes poblaciones completamente
aprovisionadas, con caza abundante en los parques cerrados o en los
lugares descubiertos, atravesando por allí un río con toda clase de
peces, y aves de toda clase para quien quisiera cazarlas. En este lugar
es donde sitúa sus cuarteles de invierno alimentando a su ejército
con las expediciones de las partidas de forrajeadores. Hallábase el
ejército completamente descuidado y sin parar mientes los soldados en
su vigilancia por la falta de resistencia, cuando sorpréndeles un día
Farnabazo con diez carros armados de hoces y cuatrocientos caballos,
mientras se hallaban dispersos por la llanura en busca de víveres.
Al verle avanzar, los griegos se reúnen corriendo en número de unos
setecientos, pero esto no le detiene, sino que haciendo avanzar a los
carros y colocándolos detrás con su caballería, da la orden de ataque.
Lanzados los carros, ponen en confusión al grueso de aquella fuerza
y pronto la caballería les causa unas cien bajas, y los restantes se
refugian junto a Agesilao, que con los hoplitas no estaba lejos.
Tres o cuatro días después recibe Espitrídates noticia de que Farnabazo
se halla acampado en Cave, importante población situada a unos ciento
setenta estadios de donde se encontraban. Comunícalo inmediatamente a
Herípidas, el que deseando fogosamente distinguirse por alguna hazaña,
pide dos mil hoplitas y otros tantos peltastas a Agesilao así como la
caballería de Espitrídates, los paflagonios y cuantos griegos deseen
seguirle, obteniendo lo cual, ofrece el sacrificio que termina al
anochecer después de haber conseguido signos favorables. Manda que
después de la comida se reúnan los expedicionarios en las avanzadas,
pero como era ya muy oscuro salen solo la mitad de las tropas.
Temiendo Herípidas las burlas de los otros Treinta si se deja
intimidar, se adelanta con las tropas que tiene y al clarear la aurora
se arroja sobre el campamento de Farnabazo; perecen a sus golpes gran
número de misios que formaban la vanguardia, huyen los restantes y es
tomado el campamento, así como gran número de copas y otros objetos
de valor pertenecientes a Farnabazo; su bagaje y las acémilas que
lo llevaban. En efecto, Farnabazo temiendo siempre ser sorprendido
y sitiado al establecerse en algún sitio, atravesaba el país en
todas direcciones al modo de los nómadas, y tenía siempre oculto su
campamento. Al llevarse los paflagonios y Espitrídates las riquezas
de que se habían apoderado, Herípidas les despoja de ellas, colocando
convenientemente sus compañías a fin de poder entregar mucho botín a
los lafirópolas[122]; Espitrídates y los paflagonios no pueden tolerar
esta conducta, y por la noche levantan su campo y se dirigen a Sardes
entregándose a Arieo, que se había apartado de la obediencia del rey
y le hacía la guerra; al recibir Agesilao la nueva de la defección de
Espitrídates, Megabates y los paflagonios, experimenta el golpe más
rudo de toda la campaña.
Cierto Apolófanes de Cícico, ligado por hospitalidad desde largo tiempo
con Farnabazo, y que lo estaba asimismo desde poco con Agesilao, dice
a este le parece fácil conseguir de Farnabazo una conferencia para
ver de cesar en su enemistad. Después de oírle, decreta Agesilao una
tregua y dan su palabra a Apolófanes, quien lleva al lugar convenido
a Farnabazo, donde le aguardan Agesilao y los Treinta sentados en el
suelo sobre la hierba; Farnabazo vestía un traje cubierto de ricos
adornos y al ir a extenderle sus criados los almohadones en que
muellemente se sientan los persas, se avergüenza de parecer afeminado
ante la simplicidad de Agesilao y se sienta también en el suelo.
Principian por saludarse uno a otro y después, habiendo Farnabazo
tendido su mano a Agesilao, este se la da también a su vez. Hecho esto
principió a hablar Farnabazo, pues era el más anciano:
--«Agesilao, y todos los espartanos que estáis presentes, yo era
vuestro amigo y vuestro aliado cuando hacíais la guerra a los
atenienses; fortalecí vuestra flota dándoos dinero, he combatido a
caballo con vosotros y hemos perseguido juntos hasta el mar a los
enemigos. No podréis tampoco reprocharme como a Tisafermes el haber
obrado o hablado con doblez, y a pesar de esta conducta me habéis
reducido a no poder hallar de qué comer en mi mismo territorio, más que
recogiendo como los animales, lo que vosotros dejáis; cuanto me dejó mi
padre, hermosos palacios, parques, jardines y casas de todas clases en
que yo me complacía, todo esto lo veo arrasado e incendiado. Si acaso
ignoro lo justo y sagrado, enseñadme cómo pueden ser tales actos hijos
de hombres que no quieran ser tenidos por ingratos.»
Así dice, y los Treinta permanecen confusos y guardan silencio.
Agesilao contéstale al cabo de un rato:
--«Farnabazo, creo que no ignoras que en las ciudades griegas todos
los hombres se ligan con los lazos de la hospitalidad, y sin embargo,
cuando estas ciudades están en guerra, combaten todos por su patria
respectiva, y algunas veces acontece que a pesar de estar unidos
por la hospitalidad se matan unos a otros. Eso es lo mismo que nos
pasa hoy, pues haciendo la guerra a vuestro rey, necesariamente
debemos considerar como enemigo todo lo que a aquel pertenece, y sin
embargo, nada deseamos tanto como ser amigos tuyos. En modo alguno te
aconsejaría cambiaras la sumisión al rey con la nuestra, pero aliándote
con nosotros puedes ahora no tener que prosternarte ante nadie y vivir
sin ningún dueño que goce de lo que es tuyo, porque por mi parte
considero la libertad como superior a todos los tesoros, y sin embargo,
no te proponemos que al hacerte libre te empobrezcas, sino únicamente
que nos tomes por aliados a fin de aumentar, no el poder del rey, sino
el tuyo, y a subyugar tus compañeros de esclavitud para que puedas
convertírtelos en súbditos; y a la verdad, si pudieras hacerte libre y
rico a la vez, ¿qué te faltaría para ser completamente feliz?
--¿Debo manifestaros con franqueza --contesta Farnabazo-- lo que haré?
--Esto deseamos.
--Pues bien --dice--: Si el rey nombra otro general a cuyas órdenes
deba yo obedecer, quiero ser vuestro amigo y aliado; pero si me encarga
a mí el mando, a consecuencia de la emulación que nace de tal cargo,
debéis saber que tendré que emplear para haceros la guerra todos los
medios que estén a mi alcance.»
Al oír estas palabras Agesilao, tomole de la mano y díjole:
--«Ojalá puedas ¡oh amigo mío muy querido! ser de este modo nuestro
aliado, pero sabe que ahora voy a evacuar cuanto más pronto pueda tu
territorio, y que en adelante, aunque haya guerra entre nosotros, nos
abstendremos de ir contra ti y los tuyos mientras quede algún otro
enemigo.»
Dicho esto, dase por terminada la conferencia; Farnabazo sube de nuevo
a caballo y se aleja; pero el hijo que había tenido con Parapita y que
era un hermoso joven, quedándose y corriendo hacia Agesilao:
--«Agesilao --le dice--, quiero estar unido contigo por los lazos de la
hospitalidad.
--Yo te recibo como huésped.
--No lo olvides.»
Inmediatamente toma su lanza que era muy preciosa y la da a Agesilao;
este la recibe, y quitando los magníficos adornos del caballo de
su secretario Ideo, los da al joven, quien salta sobre su caballo
y corre para alcanzar a su padre. Posteriormente otro de los hijos
de Farnabazo, durante la ausencia del padre se apoderó del poder y
destierra al hijo de Parapita. Entonces Agesilao rodéale de cuidados y
hace cuanto puede para que el hijo del ateniense Evalces, de quien se
hallaba prendado, sea admitido en Olimpia al combate de la carrera, a
pesar de ser el de más edad entre los muchachos.
Conforme lo había ofrecido a Farnabazo, Agesilao evacuó en seguida el
territorio de aquel; acercábase ya la primavera. Llegado a la llanura
de Tebe, acampa junto al templo de Diana Astirene[123], y allí ocúpase
en reunir numerosas tropas de todas partes para aumentar las que tiene,
pues se preparaba para penetrar tan adentro como pudiera en el interior
de Asia, creyendo que cuantos pueblos dejase atrás se sublevarían
contra el rey.