PRÓLOGO.

Jenofonte ha sido siempre conocido y admirado por tres de sus obras:

la _Anábasis_, o expedición de Ciro, la _Ciropedia_ y las _Memorias

socráticas_; pero la gloria que estas obras han proporcionado a

su autor, han perjudicado a sus restantes escritos, pues los han

oscurecido. Y no es porque no les correspondan, así por el estilo,

como por la propiedad del lenguaje, ya por la fluidez y galanura de

la narración o por la elevación de sus ideas; antes al contrario, con

justicia puede decirse de este autor lo que no puede afirmarse de casi

ningún escritor, es a saber: que en cualquiera página que se abra la

colección de sus obras, siempre y en todas partes merece el dictado de

_abeja ática_, que ya le dieron sus contemporáneos por su fluidez y

gracia en el decir.

Cierto que, así por la importancia del objeto como por el elevado

fin que se proponen, son aquellas obras superiores a los _pequeños

tratados_ de Jenofonte, el _Agesilao_, la _república_ ateniense

y lacedemonia, la _Apología_, el _Económico_, el _Comandante de

caballería_, etc.; pero no puede decirse lo mismo respecto de sus

_Helénicas_, es decir, la historia de Grecia y en especial de la guerra

del Peloponeso durante los años 411 a 362, antes de Jesucristo, que

escribió nuestro autor como continuación a la de Tucídides. Y, sin

embargo, pocos son los que piensen en Jenofonte al mencionarse aquella

celebérrima guerra en que, con ardor digno de mejor causa y con lances

variadísimos y verdaderamente épicos, se desangraron y desunieron todos

los estados, grandes y pequeños, de Grecia, preparando su decadencia y

su sujeción al coloso macedonio.

Pero en España tiene este olvido mayores proporciones, pues no se ha

publicado hasta hoy ninguna traducción de esta obra que hubiera dado a

Jenofonte tantos lauros como cualquiera de las ya citadas y por todos

tenidas como sus obras maestras. De ahí que con muy buen criterio el

editor de esta _Biblioteca clásica_, le haya dado cabida en ella para

que acompañe a las restantes obras de Jenofonte ya publicadas, la

_Anábasis_ y la _Ciropedia_, y para que pueda verse a nuestro autor

bajo un prisma casi por todos aun ignorado.

La principal causa de este olvido estriba en la comparación que se

establece por todo crítico entre los ocho libros de la historia

de la guerra del Peloponeso por Tucídides, y los siete libros de

las _Helénicas_ que hoy publicamos. Pero esto es únicamente una

preocupación que no tiene razón de ser, pues no solo difieren ambos

autores en el estilo, sino también en su idiosincrasia especial, si se

me permite la frase, por lo cual ningún resultado positivo puede dar su

comparación.

Es verdad que cuantos busquen en Jenofonte aquella sobriedad en el

estilo y aquella plenitud del período, así como aquel lujo de detalles

que todos admiramos en Tucídides, tendrán que sufrir un desencanto y

una decepción, pues no son las condiciones peculiares y características

de nuestro autor; pero, en cambio, la magistral fluidez y la suavidad

inimitable en el decir, y la galanura en las imágenes, y la elocuencia

en los discursos, y la precisión en el lenguaje, y el orden y

encadenamiento en los sucesos, estas condiciones, unidas a un sinnúmero

de otras que podríamos citar, se hallan todas en las _Helénicas_ de

igual modo que se hallan en todas las obras de Jenofonte.

No carece tampoco de variedad en la narración y de imaginativa en

los episodios; antes al contrario, estas cualidades son las que más

avaloran esta obra, y para que no se diga que nos hemos contagiado del

_panegirismo del propio autor_, de que habla uno de nuestros mejores

humoristas, vamos a comprobarlo con un ligero y superficial análisis

de las _Helénicas_, y con una breve enumeración de las más capitales

bellezas que contiene.

Comienza la narración de Jenofonte en el año 411, antes de nuestra era

y poco después del combate naval del cabo del Sepulcro del Perro, entre

Míndaro y Trasíbulo, en que perdieron 21 naves los lacedemonios, acción

con que termina Tucídides su historia. Ábrese el relato de la de su

sucesor, con las brillantes proezas de Alcibíades en Abido y Cícico,

con la muerte de Míndaro y derrota de Farnabazo, y la retirada de Agis,

que abandona el cerco de Atenas ante la entereza de Trasilo, quien al

año siguiente experimenta una derrota en Coreso, junto a Éfeso, cuyos

efectos no son muy desastrosos, pues no impiden se apodere de cuatro

naves siracusanas frente a Metimna, ventaja seguida de otras victorias

que Alcibíades alcanza sobre Farnabazo y de la toma de algunas

ciudades importantes, y en especial de Bizancio.

Todas estas proezas sirven de preparación al regreso de aquel general

a Atenas, y a su nombramiento de generalísimo revocado algunos meses

después por el pueblo al ser conocido el revés sufrido por la flota

ateniense en Notio, eligiéndose entonces diez nuevos generales y

retirándose aquel jefe a su castillo del Quersoneso, mientras se

pone Conón al frente de la flota, que experimenta otro descalabro de

consideración en el Helesponto.

No desmayan por eso los atenienses, pues al divulgarse nuevas tan

aflictivas, decretan un socorro de 110 naves, que se equipan en treinta

días y logran obtener una gloriosa victoria naval sobre Calicrátidas

junto al cabo Maleo, con muerte del general lacedemonio y perdiendo

unas 70 naves la flota espartana. Pero no habiendo cumplido Terámenes y

Trasíbulo con el encargo que les hicieron los ocho generales en aquella

acción presentes, de salir en auxilio de los náufragos por hallarse la

mar muy gruesa, son juzgados todos ellos por el pueblo y condenados a

muerte en medio de escenas tumultuarias que con gran sobriedad, pero

con no menor exactitud, describe nuestro autor, poniendo en boca de

Euriptólemo, hijo de Pisianacte, uno de los mejores discursos que nos

presenta esta obra.

Así termina el primer libro, no sin que nos diga Jenofonte, a tenor de

sus ideas filosófico-religiosas, la suerte final que obtuvieron los

instigadores principales de aquel injusto y revolucionario desacierto,

y el pronto arrepentimiento que sintió el pueblo ateniense por haber

muerto a sus generales, cuando las derrotas sufridas hicieron que los

echase de menos.

Comienza el libro segundo con la conjuración de los soldados de

Eteónico, cortada en sus comienzos gracias a la energía y prudencia

de este general, y el regreso de Lisandro a la flota. Las sabias

medidas de este, y el dinero de los persas, le permiten reorganizarla y

levantar el abatido espíritu de sus soldados, así como obtener ventajas

de consideración por mar y tierra sobre los atenienses, tomándoles

varias ciudades y derrotándoles cerca de Egospótamos, a pesar de los

consejos de Alcibíades, que no quieren escuchar los generales de la

flota ateniense, de la cual solo ocho naves dejan de caer en poder del

enemigo.

Consecuencia de esta derrota y de las restantes ventajas obtenidas por

los lacedemonios, es el abandono en que toda Grecia, a excepción de los

samios, deja a Atenas, cuyo pueblo comprende ha sonado para él la hora

de la expiación y del castigo.

Pausanias, al frente de un numeroso ejército de peloponesios, comienza

el sitio de aquella población, mientras Lisandro, después de una

brillante expedición, que mejor podría llamarse marcha triunfal, por

entre las islas, fondea junto al Pireo, con ciento cincuenta naves, y

cierra por mar el bloqueo de Atenas. Agotados todos los recursos, y

después de unos meses de asedio, tienen que capitular los atenienses,

aceptando las humillantes condiciones que les imponen los éforos, que a

causa del hambre son recibidas con verdadero júbilo.

Síguese a esta rendición, el año llamado de la _anarquía_ y la

entronización de los _Treinta tiranos_, la descripción de cuyos actos,

que ocupa el capítulo tercero de este libro, da ocasión a Jenofonte

para escribir unas cuantas páginas que por sí solas bastarían para

dar fama a cualquier escritor. En efecto, la enemistad de Critias y

Terámenes, así como la acusación y condena del último, y su discurso

de defensa, están escritos de mano maestra y evocan el recuerdo de

hechos bastante análogos en la celebérrima revolución francesa y en los

años del _Terror_, que en realidad ofrecen muchos puntos de contacto

con aquella época de convulsión popular.

Tales atropellos e iniquidades apresuran la vuelta de los desterrados,

aumentando el número de los descontentos y de los que desean un

gobierno regular. Pónese Trasíbulo a su frente, y después de unas

ligeras escaramuzas, en las que son favorecidos los desterrados,

no solo por su valor y esfuerzo, sino también por el terreno y

las variaciones atmosféricas, acorralan en Eleusis a los treinta

tiranos, en favor de los cuales poco hacen los mismos lacedemonios,

pues Pausanias, uno de sus jefes, favorece pasivamente la vuelta

de los fugitivos, y procura se arreglen las cosas de manera que

cese aquel estado de perturbación, para lo que, después de dar al

olvido las antiguas disensiones, se restablece por completo la paz,

constituyéndose el gobierno del mismo modo que estaba antes del sitio,

y poniéndose Trasíbulo a su frente, con lo cual termina el libro

segundo, acaso el más bello de la obra, ya que no sea también el más

importante.

Cambia de lugar la escena al comenzarse el libro tercero, pasando

a Asia Tibrón, y más tarde su sucesor Dercílidas, que tomó «nueve

ciudades en ocho días», no realizándose hechos de gran importancia,

gracias a la enemistad latente entre Tisafernes y Farnabazo, que saben

avivar arteramente los jefes espartanos, quienes consiguen con astucia

hacerles firmar una tregua que debía ser precursora de la paz.

Tienen lugar también en esta misma época varias expediciones de los

espartanos contra los eleos, bajo el mando de Agis, quien muere poco

después de su regreso a Esparta, sucediéndole su hermano Agesilao,

a pesar de las pretensiones de Leotíquides, que decía ser hijo del

difunto rey. Nárrase después la conjuración de Cinadón, descrita

con vigoroso pincel, y que pinta con pocos, pero seguros rasgos, el

carácter espartano y el de su constitución social y política.

Refiérense después las victorias de Agesilao en Asia, describiéndose su

previsión, prudencia y energía, así como sus dotes de gran general en

la guerra y de buen gobernante en la paz, terminando el libro tercero

con la funesta expedición contra Tebas dirigida por los espartanos, que

experimentan una seria derrota en Haliarto, donde perece Lisandro, uno

de sus jefes.

Continúa el libro cuarto relatando las proezas de Agesilao en Asia

y la tregua celebrada con Farnabazo, interrumpidas aquellas por el

llamamiento que le hace su patria por necesitar de sus servicios.

Recrudécese mientras tanto la lucha entre Tebas y Esparta, en la

que, prescindiendo de otros secundarios combates, tiene lugar el

desastre naval de Cnido, donde entre otras pérdidas experimentaron los

espartanos la de su general Pisandro, y la batalla de Coronea, en que

obtiene Agesilao una señalada victoria sobre los tebanos, atenienses y

demás aliados.

Tiene después lugar la guerra junto a Corinto, consiguiendo los argivos

y lacedemonios algunas ventajas, gracias principalmente a Praxitas

y Agesilao, oscurecidas en parte por el desastre experimentado por

la cohorte del Lequeo, que viene a acibarar las glorias del último,

quien, para evitar la irrisión y las burlas de los mantineos al pasar

en retirada por su territorio, tiene que entrar de noche en las

poblaciones que atraviesa, y salir de ellas al clarear el día. Siguen

después las expediciones contra los acarnanios y argivos, llevadas a

cabo respectivamente por Agesilao y por Agesípolis, quien comienza a

actuar de esforzado y pundonoroso capitán.

Después del combate naval de Cnido, dan la vuelta Farnabazo y Conón

a las islas y ciudades marítimas, arrojando de ellas a los harmostas

lacedemonios, y haciendo nulas las ventajas obtenidas últimamente por

los jefes espartanos, si bien todos sus esfuerzos se estrellan en Sesto

y Abido, gracias a la energía de su gobernador Dercílidas.

Conciertan después ambos jefes, el persa y el ateniense, lo que mayores

daños pueda causar a los espartanos, y terminada su expedición por las

islas, resuelven la reconstrucción de los muros de Atenas, que habían

sido derribados cuando los espartanos tomaron la ciudad. Logra con esto

Conón que los atenienses recuperen la fuerza moral que habían perdido

con los desgraciados sucesos de los años anteriores, y temiendo los

espartanos empeorar su situación, envían a Asia a Antálcidas con objeto

de proponer al rey la paz, bajo condiciones las más ventajosas para él;

pero no consiguen su objeto, pues los demás estados beligerantes no se

adhieren a ellas.

Termina el cuarto libro con la narración de algunos otros hechos

secundarios, acaecidos en Rodas, en el Helesponto o en Asia, y que,

prósperos unas veces, y otras adversos, no hacen inclinar la victoria

ni en favor de los atenienses ni en favor de los espartanos.

Ábrese el quinto libro con las alabanzas que tributa Jenofonte al

general lacedemonio Teleutias, quien regresa a su patria, una vez

terminado el plazo de su mando, en medio de las aclamaciones de sus

subordinados y de los aplausos de los extraños. Relátanse algunos de

los hechos realizados por Gorgopas y Cabrias en Egina, que no ofrecen

grande importancia, volviendo Teleutias a ponerse al frente de la

flota espartana, a gusto y satisfacción de todos. Bajo su mando tiene

lugar la atrevida y arriesgada expedición al Ática y al mismo Pireo,

mientras Antálcidas se apodera astutamente de las 8 naves de Trasíbulo

de Colito, con lo cual dominan en la mar los espartanos, y todos

tienen que aceptar las condiciones de la paz llamada vulgarmente de

Antálcidas, que en nombre del rey propone Tiribazo a los griegos.

Todo sonreía a los lacedemonios; las ventajas obtenidas en la guerra se

habían aumentado con las alcanzadas por la paz; los tebanos la aceptan

con solo saber se dirige Agesilao contra ellos, y los argivos se

retiran de Corinto, dejándola completamente autónoma, al solo anuncio

de que Esparta les declarará la guerra; pero el orgullo ciega a los

espartanos y presta manifiesta ocasión a nuestro autor para que vea el

dedo de la Providencia en los hechos que posteriormente tienen lugar

entre Tebas y Esparta.

En efecto, vencida Mantinea, que tiene que sujetarse a la voluntad

de Agesípolis, su vencedor, y reclamado por los de Acanto y Apolonia

el auxilio de Esparta contra las exigencias de Olinto, decrétase una

expedición contra esta ciudad bajo las órdenes de Eudámidas. Salen con

este las tropas disponibles, pero queda encargado su hermano Fébidas de

recoger las fuerzas restantes y conducirlas a su destino. Este último,

a su paso por Tebas, arrastrado por su ambición y por su carácter

aventurero, escucha las proposiciones de Leontíades, que, movido de

su enemistad contra Ismenias y su partido, le entrega la acrópolis y

hace prender a su rival. Sancionan con su aprobación los éforos esta

injusta acción, que se convierte en causa de infinitas contrariedades

para Esparta, pues todas las guerras relatadas en los siguientes libros

hasta terminar la obra, no son más que consecuencias de aquel hecho.

Pónese Teleutias, hermano de Agesilao, al frente de las tropas enviadas

contra Olinto, y consigue algunas ventajas, hasta que en cierta

ocasión, cegado por la cólera producida por la derrota de uno de sus

lugartenientes, se arroja inconsideradamente contra los olintios,

pereciendo bajo los golpes de estos, que derrotan por completo a su

ejército. Sucédele en el mando Agesípolis, quien muere al poco tiempo a

consecuencia de una ardiente fiebre que le origina el inconstante clima

de aquella región. Polibíades, que le sucede en el mando, obliga a los

olintios a ajustar la paz y a jurar la alianza con los lacedemonios,

mientras Agesilao, después de un año y ocho meses de asedio, logra

rendir el valor de los fliasios y hacer que se entregue Fliunte, que no

había querido acceder a las proposiciones que sobre la admisión de los

desterrados le había hecho Esparta.

Siete conjurados bastan para rescatar a la acrópolis de Tebas, arrojar

de ella a los lacedemonios, y una vez reconstituido el gobierno,

oponerse e inutilizar por completo la expedición que contra ellos

dirige Cleómbroto, hermano y sucesor de Agesípolis. Consiguen también,

a fuerza de dinero, que Esfodrias, gobernador espartano en Tespias,

simule un ataque al Pireo, a pesar de hallarse Atenas en paz con

Esparta, y no habiendo sido castigado este jefe por el senado, los

atenienses entran en campaña contra su antigua rival. Dirige después

Agesilao dos expediciones contra Tebas, consiguiendo algunas ventajas,

contrarrestadas en la primera por la derrota y muerte de Fébidas, su

lugarteniente, y en la segunda por lo avanzado de la estación y la

desunión de los habitantes de Tespias y de las demás ciudades en que

se apoyaban. No consiguen tampoco ninguna ventaja los lacedemonios con

la nueva expedición decretada contra Tebas y que dirige Cleómbroto,

después de lo cual, cansados los aliados, piden se active la guerra o

se haga la paz, por lo cual renuévanse las expediciones marítimas, en

las que sufren algunos descalabros los espartanos en los combates que

sostienen con Cabrias y Timoteo, jefes de las flotas atenienses.

Así termina el quinto libro. Favorecidos los tebanos por la suerte

y por su valor, salen de la oscuridad en que hasta entonces habían

estado sumidos, y se prevé comienza para ellos el brillante, aunque

breve resplandor que sabrán dar a su ciudad dos de sus más notables y

eminentes hijos: Pelópidas y Epaminondas.

Ábrese el libro sexto de las Helénicas con la embajada del tesalio

Polidamante, que viene a implorar el auxilio de los lacedemonios contra

el creciente poder de Jasón de Feras, descrito con mucha precisión y

gran colorido en el discurso de aquel ante el senado. Este tiene la

franqueza de confesar al enviado tesalio la imposibilidad en que se

encuentra de auxiliarle, y le aconseja procure sacar todo el partido

que pueda en su alianza con aquel tirano.

Cansados los atenienses de la guerra, y siendo los tebanos los únicos

que obtendrán por ella alguna ventaja positiva, ajustan la paz con

Esparta, paz que dura muy poco, convirtiendo los lacedemonios en teatro

de la guerra a la isla de Corcira, primera causa ocasional de la larga

lucha entre las dos repúblicas rivales. Sufre Esparta un verdadero

descalabro con la muerte de su general Mnásipo, y reembarcados los

soldados expedicionarios, dominan los atenienses en la mar, y su

general Ifícrates, con su prudencia y esfuerzo, somete las ciudades de

Cefalenia, y se apodera de diez naves siracusanas que enviaba Dionisio

a los lacedemonios.

Los excesos que cometen los tebanos con los aliados cuando les

sonríe la fortuna, ocasionan el aislamiento en que les dejan los

atenienses y demás pueblos griegos, que ajustan la paz con Lacedemonia,

comprometiéndose a declarar la guerra a todo el que no se someta a las

condiciones del tratado. Quedan con esto los tebanos solos enfrente

de toda Grecia; pero sin desanimarse, y sabiendo sacar partido de

todo, aun de los mismos rumores que hacen propalar para animar a sus

soldados, consiguen en Leuctra una de las más famosas victorias que se

registran en los griegos anales, que sume en estupor a Grecia toda,

pero que no es obstáculo para que se conserve Atenas fiel a su nueva

alianza con Esparta.

La intervención de Jasón de Feras, que se apresura a socorrer a los

tebanos, hace que se suspendan las hostilidades y se negocie una tregua

que todos acogen con júbilo, pudiendo volverse aquel tirano a sus

dominios, donde a poco es asesinado, como lo son algo más tarde sus

sucesores Polidoro y Polifrón, y su sobrino Alejandro de Feras.

Los disturbios de los tegeatas y la muerte de Próxeno por los

partidarios de Estásipo, así como el auxilio prestado por los mantineos

a los enemigos del último, dan ocasión a una nueva ruptura de las

hostilidades entre Esparta y Mantinea y a una expedición de Agesilao

a Arcadia, que no produce a la primera república ningún resultado

positivo y que fue seguida de la primera invasión de Laconia por los

tebanos y arcadios coaligados. Llega el ejército invasor hasta la

misma Esparta, abatiendo con ello el orgullo lacedemonio y despojando a

los espartanos de la aureola de invictos e inexpugnables con que hasta

entonces se habían envanecido. Al saberse en Atenas estos sucesos,

vacila el pueblo entre su deber de aliado de Esparta y el recuerdo

de sus antiguos odios; pero hácense oír las voces de sus oradores,

y decrétase ir en masa a socorrer a su antigua rival, poniéndose al

frente de la expedición al general Ifícrates, que perdiendo el tiempo

en los preparativos y en la marcha, llega a Laconia cuando ya se habían

retirado los enemigos.

Comienza el séptimo y último libro de las Helénicas con la alianza

celebrada entre Atenas y Esparta para oponerse a los tebanos, alrededor

de los cuales se había agrupado considerable número de estados griegos,

siempre dispuestos a aliarse con el atleta naciente que comienza a

derrocar a los viejos colosos, si bien las ventajas de los tebanos

se amenguan ante la naciente rivalidad de los arcadios, que les

impide sacar toda la utilidad que podían esperar de la influencia y

consideración que alcanza Pelópidas con el rey de Persia en la embajada

que para conseguir la paz mandan a este los principales estados griegos.

Dedica Jenofonte el cap. II de este libro a narrar las proezas de la

ciudad de Fliunte, cuyo relato y los encomios que tributa a dicha

ciudad son más bien un canto épico en prosa dirigido a ensalzar el

valor y la fidelidad, entusiasmado ante la heroicidad de un puñado de

hombres libres que todo lo sacrifican en aras de su libertad y de su

fidelidad a los amigos que se hallan en la desgracia.

Ocúpase luego en describir los disturbios que ocurren en Sición,

motivados por la ambición de Eufrón, quien sufre el merecido castigo

de sus injusticias al ser asesinado públicamente ante el senado de

Tebas, donde había ido a sobornar a los magistrados para tiranizar a

sus conciudadanos, hecho al que siguen poco después las diferencias que

se agitan entre los arcadios y los eleos, a quienes con varia fortuna

auxilian los lacedemonios, diferencias que terminan con la celebración

de la paz entre ambos estados, si bien la injusticia del gobernador

tebano de Tegea hace que se rompan nuevamente las hostilidades y da

lugar a la célebre expedición de Epaminondas al Peloponeso y hasta el

mismo corazón de Esparta, y después de una derrota de la caballería

tebana por la ateniense, a la célebre batalla de Mantinea, una de las

más importantes que tuvieron lugar en Grecia, en la cual tomaron parte

cerca de 60.000 hombres, y que a no ser por la muerte del general

tebano, hubiera acaso influido de un modo decisivo en la suerte de

todos los estados griegos.

Con esta batalla termina Jenofonte su historia, cuyo breve resumen

basta para que se comprenda la importancia capital de los sucesos

narrados por nuestro autor y la variedad de asuntos de que se ocupa.

Muchas páginas debiéramos escribir si quisiéramos consignar todos los

pasajes que se destacan en las Helénicas, pero no podemos dejar de

consignar, aunque muy a la ligera, pues va haciéndose este prólogo

excesivamente largo, algunos de los más capitalísimos y que dan

preclaro timbre de gloria a su autor.

La descripción de la opinión en Atenas a la vuelta de Alcibíades, el

juicio de los generales atenienses por no haber recogido los náufragos

en el combate naval del cabo Maleo y el justo e intencionado discurso

de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, así como el rasgo de haber sido

Sócrates el único ciudadano ateniense que sin dejarse llevar por la

corriente revolucionaria se opuso a cuanto pudiera ser ilegal en aquel

juicio, es de lo más importante y bello del libro primero.

En el segundo destácase en primera línea la lucha entre Critias y

Terámenes, dos de los _Treinta_, y el discurso del último que no

puede impedir su muerte, pero que llena de infamia a su rival. El

sitio de Atenas y la desesperada situación de sus habitantes, así

como la relación de las negociaciones para la paz, son también de

gran importancia estética, de igual manera que el pintoresco relato

de la conjuración de los soldados de Eteónico en Quíos, el regreso

de Trasíbulo a Atenas y las arengas que dirige a sus soldados para

animarles y a los ciudadanos todos para que reine entre ellos la

concordia.

Las bellezas más capitales del tercer libro son, entre otras, el

episodio de Manía la _gobernadora_ de la satrapía de Eólida, los

discursos de los diputados tebanos en Atenas, la humorística disputa

entre Agesilao y Leotíquides acerca de sus derechos al trono de

Esparta, y sobre todo, la gráfica y bella descripción de la abortada

conjura de Cinadón y la rivalidad noble y digna entre Agesilao y

Lisandro.

El episodio de Otis y Espitrídates, así como la entrevista entre

Farnabazo y Agesilao y la hospitalidad que contrae este con su hijo,

el certamen guerrero que abre en Asia el general lacedemonio, las

operaciones de guerra que tienen lugar junto a Corinto y la conducta

hábil y valiente de Dercílidas en Abido, es de lo mejor que nos ofrece

el cuarto libro de la historia de Jenofonte.

Lo propio sucede respecto al quinto con los discursos de Teleutias a

sus soldados, y de Clígenes, enviado de Acanto y Apolonia ante el

senado espartano, con la astuta traición de Leontíades en Tebas, con

la pintorescamente descrita revolución de esta ciudad que dirigen

Fílidas y Melón, y con el relato de los esfuerzos de Cleónimo, junto

a Arquidamo, para salvar a su padre Esfodrias, que ha incurrido en la

justa indignación de los éforos.

El discurso vivo y descriptivo del farsalio Polidamante, la táctica

prudente y previsora de Ifícrates en su expedición a Corcira, los

discursos de los atenienses enviados a Lacedemonia para ajustar la

alianza entre las dos repúblicas, así como el pánico de los espartanos

al ver en su territorio a los tebanos, su heroica resistencia ante

el peligro de la patria y los discursos pronunciados en la asamblea

ateniense al discutirse si se auxiliará a su rival, avaloran en gran

manera el libro sexto.

Finalmente, en el séptimo los discursos de los enviados a Atenas

para celebrar la alianza entre varios estados griegos, la conducta

esforzada de Arquidamo, la narración de las proezas de Fliunte, la

muerte de Eufrón y la defensa de su matador, así como el elogio de la

última campaña de Epaminondas, es todo ello digno remate de la obra de

Jenofonte, y aquilata la verdad de nuestro aserto al afirmar que no

desmerece de las tres obras maestras del mismo autor.

Al terminar estas líneas, réstanos únicamente manifestar que hemos

seguido los textos más modernos y apreciados (principalmente el de

Reiske), de los que podemos decir no hemos discrepado más que en alguno

de los lugares más controvertidos y oscuros, cuando a nuestro entender

no ofrecían un sentido claro y terminante, en cuyo caso, hemos seguido

otra variante, aunque expresándolo casi siempre en nota.

Permítasenos también consignar, como declaración última para terminar

este prólogo, que aunque hubiéramos deseado verter al castellano, no

solo las ideas de Jenofonte, sino también su galanura en el decir, nos

daremos por muy satisfechos si el público nos reconoce, además del

buen deseo que nos ha animado en nuestro trabajo, el constante empeño

que hemos puesto para darle una traducción lo más ajustada posible

al original griego, con objeto de que, ya que no reúna otro mérito

literario, le permita hacerse cargo de los sucesos de la guerra del

Peloponeso, narrados por Jenofonte.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 3 / 52 题