El cielo empezaba á teñirse de un color anaranjado, la suave luz del
crepúsculo dibujaba en líneas indecisas á través de una niebla ligera,
el panorama de la ciudad con sus jardines, sus casas blancas y sus
torres encarnadas.
Las aves al despertar hacían salir armoniosos murmullos de las copas de
los árboles.
El río de Atoyac, brillante y perezoso, parecía una serpiente de plata
durmiendo á los piés de la vieja ciudad, y en el fondo de aquel cuadro,
el monte azul de San Felipe ocultaba sus altas crestas entre nubes de
aljofarada filigrana.
El Padre permaneció un momento sereno y pensativo.
Sebastián temblaba cubriéndose el rostro con las manos.
El uno dirigía la última mirada á la tierra de la hospitalidad; el otro
ya no quería ver más el lugar donde quedaba la mitad de su corazón.
De repente dijo el Padre al inválido con voz emocionada:
--Hermano: Adelante...... No tengas cuidado, en todas partes hallaremos
á Dios y su Providencia.
Y continuaron su camino en busca de una nueva patria.
* * * * * *
Nota del Transcriptor:
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