"Pronto llegó el médico seguido de varios estudiantes, que sin hacer
aprecio de mis quejidos, rodearon al cadáver y le introdujeron un fierro
en la herida; hablaron muchas palabras de medicina y dijeron que el
puñal de María Luisa debería ser más que un sable."
"Después platicaron iniquidades de aquella pobre mujer y refirieron
otros hechos de su mala conducta que yo no sabía."
"Respecto al muerto aseguraron, que á pesar de ser criollo, estaba bien
formado y que había sido un tonto."
"Después de hacer pedazos al muerto y cuestionar sobre cada intestino y
cada ojo que le sacaban, lo pusieron en una tabla para llevarlo al
panteón, sin que su familia se viera por allí."
"Yo había recobrado el habla, pero volví á perderla cuando aquellos
señores llegaron á martirizarme; todos me apretaban el brazo roto; unos
decían que sería preciso cortarlo y otros que no."
"Ya tenían puestos junto á mí muchos fierros, que me horrorizaron porque
algunos eran como mi puñal, cuando sonó una campana y se fueron diciendo
que volverían después de cátedra."
"Tres meses viví en el hospital desesperándome con mis dolores y oyendo
diariamente que iban á cortarme las piernas y un brazo."
"Mi consuelo único era el dueño de la casa donde había trabajado, que me
remitía un peso cada semana."
"Los remordimientos me hacían padecer más que la enfermedad; todas las
noches creía ver al muerto sentado en mi cama y la sombra de D. Carlos
que pasaba junto á mí reprochando mi maldad."
El mendigo se vió precisado á suspender su narración para secar el
llanto que involuntariamente derramaba y luego prosiguió:
"Por fin se contentaron los doctores con dejarme la pierna encogida y el
brazo seco."