"Sí Padre. ¡Aquella mujer era mi vida y no puedo olvidarla porque no
puedo morir!"
"Este amor insensato es un fuego deletéreo, un elemento corrosivo que me
martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza ó agobiado
por tenaz misantropía quiero huir de mí mismo y á veces pido y lloro en
el templo como si me hubieran robado la última esperanza de mi
salvación."
Su voz se ahogó en un sollozo y arrojándose en los brazos del anciano,
apenas pudo decirle:--¿Que hago, Padre? ¿Qué hago?
El sabio Guardián que conocía maravillosamente el corazón humano, abrazó
al pobre joven y permaneció en silencio esperando únicamente la acción
de la Providencia.
Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar;
alejándose trémulos y mudos, fueron á perderse como dos sombras á través
de una calle de álamos que terminaba en la escalera del claustro.