"En la mañana de un viernes me llamó mi madre y haciéndome una de esas
caricias que sólo las madres saben hacer, me entregó una pequeña bolsa
con dinero, diciendo:--Recuerda que tu padre acostumbraba dar limosna
todos los viernes á los pobres que venían........ Imitando los buenos
ejemplos que te dejó, ve á repartir esto en memoria suya; Sebastián irá
contigo."
"Bien recordaba yo que cada ocho días se llenaban el zaguán y el
corredor de la casa con un sinnúmero de mendigos; á cierta hora, cuando
ya el portero los tenía formados en línea, bajaba mi padre á darles
algunas monedas de plata; yo iba las más veces con él y aunque no dejaba
de mortificarme el aspecto de aquel conjunto de individuos mal vestidos
y sucios, de ambos sexos y diversas edades, al fin quedaba satisfecho
habiendo escuchado sus repetidas palabras de bendición."
"Aquel día volví á ver á los mismos ciegos, á los mismos inválidos y los
ancianos encorvados que socorría mi padre."
"Algunos me saludaron diciendo mi nombre en diminutivo, otros lloraron
al verme y algunas buenas mujeres dijeron cuando pasé junto á
ellas:--¡Dios lo guarde!"
"Aquel cuadro de dolores y desventuras, me recordaba semanariamente la
época no muy lejana en que yo también había comido de limosna, y deseaba
tener más dinero para socorrer mejor á los infelices."