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Rafael Conte. José M. Capmany.
_GUERRA
DE RAZAS_
_(NEGROS CONTRA BLANCOS EN CUBA)_
[Illustration]
HABANA.
Imp. MILITAR de Antonio Perez. Muralla 40.
1912
DEDICATORIA
_Al Mayor General José de Jesús Monteagudo,
Comandante en Jefe del Ejército Cubano, á su lugarteniente,
el Brigadier Pablo Mendieta, á los brillantes
jefes y oficiales y heroicos y abnegados soldados
de la República, que, al aplastar la revolución
racista, salvaron á Cuba de la anarquía interior y la
ingerencia extranjera._
_Rafael Conte._
_José M. Capmany._
_Dos palabras._
_Fué nuestra primera idea al dar á la publicidad el presente libro, hacer
lo que podríamos llamar la pulimentación literaria de nuestros trabajos;
pero como hemos creído que esto vendría á alterar los conceptos de los
episodios de la guerra, resultando unos más opacos y otros de mejor
colorido, hemos optado por dejar las reseñas periodísticas tal cual se
escribieron en los días de ardorosa lucha, para que nuestros lectores no
vean en este libro otra cosa que la verdad de los hechos tal como en el
desenvolvimiento de la revolución racista acontecieron._
_No presentamos esta obra como un dechado de literatura, porque esto no
es posible cuando se escribe al día, pero sí podrán nuestros lectores
encontrar en ella la historia verídica de casi todos los combates
librados y de las principales causas del movimiento._
_Muchos otros trabajos inéditos hemos creído prudente intercalar, con
ilustración de datos, seguros que con ésto complaceremos la natural
curiosidad de la opinión y del país, que está ávido de conocer con
certeza todos los pormenores del nefasto movimiento racista, ya
dominado, por fortuna._
_No se nos oculta que algunos, y acaso muchos, de nuestros juicios han de
parecer excesivamente severos; pero tal consideración no puede
inducirnos á modificarlos, pues si tal hiciéramos dejaríamos de ser
sinceros._
_Al ofrecer al público este modesto libro, nos propusimos, ante todo,
decir la verdad; y creemos haber cumplido fielmente nuestros honrados
propósitos._
I
LUCHA DE RAZAS
El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen
todavía las montañas orientales, ha sido un brote racista, una protesta
armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra
los antiguos señores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carácter, sería
pueril y absurdo, y acusaría un desconocimiento absoluto del más
trascendental y difícil de nuestros grandes problemas nacionales.
No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan
la República de Cuba se han declarado recíprocamente la guerra, han
venido á las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy más, el
profundo recelo de los blancos servirá de contrapeso al odio
inextinguible de los negros.
Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir ó someterse:
pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es
pretender lo imposible.
Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912,
porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se
detestaban, habían logrado mantenerse dentro de los límites de la
prudencia; pero hoy, después del choque armado, después de la agresión
brutal y del terrible escarmiento, no es lógico ni humano suponer que la
paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de
los campos ensangrentados de la lucha.
En todo caso, los blancos, vencedores á muy poca costa, podremos
olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han
sentido de nuevo en sus espaldas el infamante látigo del dominador, ni
olvidarán el afrentoso castigo, ni perdonarán nunca á sus implacables
ejecutores.
No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se
sientan dispuestos á reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no
significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros
soldados en las abruptas serranías del Oriente deban considerarse como
decisivas.
Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido
resuelto, no está sino planteado. Tardará más ó menos tiempo en surgir
un nuevo Estenoz, pero surgirá; y si para entonces no estamos
convenientemente preparados, las consecuencias serán funestas.
Por lo demás, el conflicto no es nuevo, ni obedece (como propalan
algunos maliciosos) á determinadas causas de orden local. Los cubanos
caucásicos y los cubanos africanos luchan entre sí por las mismas
razones que desde que el mundo es mundo han tenido para combatir y
exterminarse los hombres de distinto origen. Es el problema eterno:
desde los tiempos más remotos, toda la historia de la humanidad se ha
reducido á una perpetua é implacable lucha de razas. Cuba no ha podido
sustraerse á la ley general. Y menos mal que se tratara de grupos
étnicos afines, oriundos de una misma raza madre, pues en este caso
podría esperarse que con el transcurso de los siglos acabarían por
mezclarse y confundirse, como se confundieron y mezclaron los blancos
germánicos de Ataulfo y Alarico, con los blancos latinos de las
provincias romanas; pero, tratándose como se trata de caucásicos y
etiópicos, la mezcla es imposible, puesto que ni aun por medio del
cruzamiento continuado y científico, puede lograrse la desaparición
total de una de las dos razas en provecho de la otra.
II
UNA LEYENDA DESVANECIDA
La llamada campaña de Oriente ha servido, entre otras cosas, para
destruir muchos prejuicios y disipar numerosas tradiciones de "la Cuba
que se fué", y casi casi nos atrevemos á decir "la Cuba que hizo bien en
irse".
Creíamos, por ejemplo, y nadie que se considerase bien enterado lo
hubiera puesto en duda, que el negro era más valiente, más fogoso y más
insensible á las fatigas y privaciones que el blanco. Recordábamos el
comportamiento heroico, la acometividad, la audacia y el valor casi
salvaje que habían desplegado los hombres de piel obscura en nuestras
guerras emancipadoras, y llegamos en nuestra exaltación tropical á creer
que eran ellos los únicos cubanos capaces de soportar sin abatirse las
crudezas de una campaña militar bajo los abrasadores rayos del sol de
los trópicos.
Los negros orientales, sobre todo, se nos antojaban punto menos que
invulnerables titanes; y muchas veces, al meditar sobre las posibles
contingencias de una lucha de razas, temblábamos de espanto ante la
terrible perspectiva de vernos atacados al machete (¡nada menos que al
machete!) por los legendarios escuadrones de negros montañeses, que en
nuestra encendida fantasía nos parecían capaces de derribar con sus
aceros las murallas seculares de la Cabaña y el Morro.
El movimiento estenocista ha servido para destruir esta épica leyenda.
Los negros orientales, los legendarios negros del indomable Oriente, no
han dado muestras, en esta ocasión al menos, de su decantado valor.
Lamentamos sinceramente tener que decir esto, y no tanto por lo que con
ello podamos mortificar á los GUERREROS racistas, como porque, hasta
cierto punto, podrían interpretarse nuestras palabras en sentido
desfavorable para el valiente Ejército de la República, puesto que al
rebajar la calidad de los enemigos con quienes tuvieron que habérselas,
parece como que se desmerita un tanto la labor heroica realizada por las
tropas.
Afortunadamente, como tendremos ocasión de demostrar, el mérito de los
soldados cubanos en esta campaña no se basa en los triunfos militares, á
causa de la misma despreciable condición del enemigo. Y por otra parte,
¿quién nos dice que la poca acometividad de los alzados no obedeciera á
que desde los primeros momentos se dieron cuenta de que tenían que
habérselas con un contrario formidable?
Hay que confesar que los negros de Oriente, los mismos que al alborear
nuestra gloriosa guerra de Independencia, se lanzaban sin armas ni
pertrechos contra los valerosos soldados españoles, para arrancarles á
viva fuerza los fusiles de que carecían, no han mostrado ahora el valor
heroico, desesperado, salvaje, si se quiere, que hizo de ellos en
aquella época un objeto de admiración y de terror.
Es innegable que los 10.000 soldados regulares de la República, que con
facilidad pasmosa aplastaron la rebelión, tenían sobre los españoles la
ventaja (la única ventaja) de ser naturales del país, y poder, por lo
mismo, soportar mejor las inclemencias de la campaña; pero esto no
justifica la falta de empuje, total, absoluta de los rebeldes. Ni una
sola vez se atrevieron á cargar al machete; ni en una ocasión tan
siquiera hicieron frente á las tropas leales, ni tuvieron valor para
levantar un rail, ni llevaron su osadía hasta el extremo de detener un
tren de viajeros. Todos sus rasgos de audacia quedaron limitados al
saqueo é incendio parcial de La Maya, que realizaron gracias á la
cooperación de algunos negros habitantes del lugar y aprovechando la
ausencia del destacamento de rurales que lo guarnecía, y á la
destrucción de lugarejos indefensos y estaciones aisladas y desprovistas
de toda protección.
Esta cobardía, (no encontramos palabra más adecuada para expresar la
timidez de los soldados estenocistas) ha sido objeto de muchos y muy
encontrados comentarios y ha dado origen á inacabables controversias.
Atribúyenla algunos á las eficaces combinaciones militares del General
Monteagudo y á la pericia y el valor de sus oficiales y soldados. Los
que así opinan, afirman que los cabecillas de la rebelión fueron
derrotados con sus propias armas, merced á la _táctica mambisa_ que
emplearon las tropas. Otros, en su inútil afán de restarle importancia y
gravedad al alzamiento, despojándolo de su carácter racista, aseguran
que los rebeldes no hacían armas contra el ejército leal, porque les
repugnaba derramar sangre de hermanos. Y por último, los más radicales,
los más escépticos (y según ellos los más lógicos) afirman
categóricamente que lo sucedido no les ha causado mayor sorpresa, por
ser cosa demostrada que el negro, capaz de acometer las más heroicas
empresas cuando se siente dirigido y amparado por el blanco, se
convierte en el ser más inofensivo de la creación al encontrarse solo y
sin más guía que su propia iniciativa.
Los que tal dicen traen á colación y en apoyo de sus teorías, las
famosas exploraciones de Livingston y Stanley al "Africa Tenebrosa".
En aquellos peligrosos viajes á través de inmensos territorios
desconocidos, los intrépidos exploradores, á fuerza de dádivas y
halagos, lograron la amistad de algunos indígenas, tan salvajes, tan
cobardes y tan abyectos como los demás, y que sin embargo, no bien se
vieron junto al _hombre blanco_, convirtiéronse en verdaderos héroes y
llegaron á inspirar invencible terror á los tribeños, á los cuales
vencieron con facilidad pasmosa, no obstante conservar sus primitivos
armamentos.
Los autores de este libro, modestos periodistas que no abrigan al
publicar esta obra otro pensamiento ni persiguen otra finalidad que
reseñar fielmente lo que vieron durante su permanencia en las montañas
Orientales, no son los llamados á pronunciar la última palabra en
cuestión de tanta trascendencia como la que sirve de tema á este
capítulo.
Nosotros nos limitamos á consignar que los negros rebeldes de Ivonet y
Estenoz no desplegaron ninguna de las legendarias dotes de energía y
audacia que caracterizaron en otros tiempos á los montañeses
orientales.
Por lo que hace á las causas que hayan podido motivar esta carencia
absoluta del legendario valor, ya hemos dicho que nos son desconocidas,
y no tenemos el menor interés en averiguarlas.
III
A CADA CUAL LO SUYO
Se ha repetido con marcada insistencia, que la suprema aspiración de
Evaristo Estenoz y sus lugartenientes (Ivonet, Lacoste, Surín y otros)
consistía nada menos que en el establecimiento de una república negra,
calcada sobre los moldes de Haití.
Nada más lejos de la verdad: Estenoz, sobre todo, era demasiado sagaz
para no darse cuenta de lo absurdo y descabellado de semejante
propósito; y podemos asegurar sin temor á equivocarnos, que en todo
pensaba él, menos en convertir á Cuba en una edición de bolsillo de la
Nigricia.
Sabía el astuto cabecilla, y de fijo que no lo ignoraban sus edecanes,
que aun en el caso--muy improbable por otra parte--de obtener un triunfo
completo y decisivo sobre los blancos, no les habría sido posible
constituir una república de negros, puesto que á ello se hubieran
opuesto resueltamente los norteamericanos, que, como se sabe, no se
distinguen por su amor á los hombres de piel obscura.
Otra era, á juicio nuestro, la finalidad que perseguía Estenoz; y aún á
trueque de que se nos tache de excesivamente crédulos--de cándidos, si
se quiere--afirmamos sin vacilar que su sueño dorado consistía en
obtener la derogación de la llamada "Ley Morúa".
Evaristo Estenoz, hombre ambicioso y de muy elástica moral, producto
acabado y típico de una gigantesca revolución ultrademocrática que
trastornó por completo la vida social y política del país, encumbrando á
los menos capacitados y hundiendo en las sombras del olvido los más
brillantes talentos y los más sólidos prestigios; Estenoz, que sin estar
dotado de verdadera inteligencia poseía la vivacidad característica del
politicastro surgido de los comités de barrio, era tal vez entre todos
los suyos, el único que aspiraba con toda sinceridad á obtener la
derogación de la expresada ley, que inspirada acaso en el deseo de
contener á los blancos, sólo ha servido, á juzgar por los hechos, para
exasperar á los negros.
Si Estenoz hubiera obtenido la derogación de la Ley Morúa, bien por
medio de la propaganda pacífica, bien empleando la violencia, se habría
convertido en jefe nato de los negros que habitan la isla, y que
constituyen un crecido tanto por ciento de su población total, lo que
equivale á decir que el ambicioso cabecilla hubiera dispuesto á su
antojo de una fuerza electoral irresistible, que ora empleada en
beneficio de su raza, ora valiéndose de ella para robustecer á
cualquiera de los partidos legítimamente constituídos, habría jugado, en
todos los casos, un papel decisivo en la política cubana.
Los conservadores para obtener el poder y los liberales para
conservarlo, hubieran pagado á cualquier precio la cooperación de
Estenoz; y el _leader_ de los titulados _Independientes de Color_,
cargado de honores y riquezas, habría llegado á ser la figura central de
todas las situaciones.
Con esto, sin embargo, poco ó nada adelantaban los miles de negros,
analfabetos en su inmensa mayoría, que seguían las inspiraciones del
audaz jefe racista: esos desventurados, no obstante su ignorancia, se
daban cuenta de que la derogación de la Ley Morúa ningún beneficio
directo habría de reportarles: individual y colectivamente, ellos
continuarían siendo los más humildes, los más desgraciados, los más
perseguidos por el destino adverso.
Fué, pues, necesario, para obtener la cooperación entusiasta de esos
hombres, ofrecerles algo que estuviera más en consonancia con sus deseos
y aspiraciones; y......
* * * * *
¿Será necesario repetir aquí lo que sabe todo el mundo y nadie se atreve
á negar?
Estenoz, Ivonet, Surín, Lacoste, todos los llamados jefes del _Partido
Independiente de Color_, que habían de convertirse poco después en
cabecillas del movimiento armado, convencidos de que con promesas de
futuras ventajas políticas no lograrían despertar el dormido entusiasmo
de sus parciales, recurrieron al criminal expediente de excitarlos á la
lucha, propalando las más calumniosas especies contra los blancos, y
ofreciéndoles como horribles trofeos de victoria, el saqueo de nuestros
hogares, la sangre de nuestros hombres y la honra de nuestras mujeres.
Todavía resuenan en nuestros oídos aquellas insultantes palabras que
profiriera el cabecilla racista en la tribuna de Guantánamo, cuando en
medio de los aplausos y rugidos de una multitud frenética y enardecida
por el alcohol y la lujuria, aseguró que, _después del triunfo del
Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente
habían sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, nacerían de
la unión del negro con la blanca_.
Eugenio Surín, por su parte, predicaba abiertamente la guerra de razas;
y en una ocasión, que recordamos perfectamente, se interrumpió en medio
de uno de sus discursos incendiarios, para decir que no podía continuar
en el uso de la palabra, porque el cuello de la camisa, por ser blanco,
le asfixiaba.
El movimiento estenocista no tuvo, pues, como se empeñan algunos en
afirmar, un carácter francamente político. Los únicos que tal vez
obraban con sinceridad al combatir la _Ley Morúa_ eran Estenoz y sus
principales lugartenientes, por ser ellos los únicos á quienes la
derogación de la tal Ley interesaba.
Los otros, es decir, la inmensa mayoría, la casi totalidad, los seis ó
siete mil negros que respondieron al llamamiento, se marcharon al campo
de la revolución impulsados por un solo sentimiento: _odio al blanco_,
al blanco que en nada les había ofendido; que después de darles la
libertad, hizo cuanto pudo por levantarlos del bajo nivel en que
yacían...
IV
UN VIAJE TERRIBLE
Santiago de Cuba, Junio 7, 1912.
¡Vivo!... qué inmensa felicidad! No me han matado, ni me han herido ni
me han dado un arañazo... ni siquiera se han atrevido á tirotear el
tren.
Hablando con toda franqueza, me alegro de que no me hayan causado el más
leve daño; pero eso de no detener la locomotora me tiene desconsolado.
Yo esperaba por lo menos un tiroteo, un ¡alto!, un ¡viva el ejército
reivindicador!, algo, en fin, que me facilitase tema para inaugurar mi
vida de corresponsal en campaña con un telegrama de esos que obligan á
los regentes y empleados de la imprenta á registrar todas las gavetas
del almacén en busca de tipos gruesos como puños.
¡Calculen ustedes lo hermosa que hubiera lucido la primera página de _La
Prensa_, con títulos como estos:
_El tren Central atacado por Estenoz. Heróica defensa de los
pasajeros_.--_Nuestro querido compañero Fulanito de Tal, fué la estrella
de la jornada, y á su buena puntería y control con hombres en bases se
debió la victoria.... Ya no desembarcarán los
americanos_.--_Presentación de Ivonet_.--_Campos Marquetti defiende la
Ley Morúa_.--_Nuestro Corresponsal, con sus disparos de Shrapnell
criollo, causó ciento noventa muertos vistos al enemigo y ocupó el
dedo gordo del pie derecho de un cabecilla_.
Todo esto y mucho más hubiera podido anunciar á mis ansiosos lectores, y
para ello habría bastado que un grupo de alzados detuviera el tren.
Pero, ¡quiá!: los alzados no detienen nada, y todas las peripecias de mi
viaje desde _la siempre fiel á la siempre rebelde_ se redujeron á tres ó
cuatro momentos de pánico, pronto disipado, y á una serie que parecía
interminable de escenas cómicas, la primera de las cuales se desarrolló
en Villanueva y la última en la estación de esta ciudad.
En el andén de Villanueva, desde una hora antes de la salida del tren,
se advierte inusitada animación. Los viajeros y los curiosos se saludan,
se confunden, forman grupos, hablan y discuten sobre los sucesos de
actualidad, y hay momentos en que todos, hasta los bulliciosos
maleteros, parecen héroes.
Héroes he dicho, y tengo que hacer una pequeña aclaración: en estos
momentos de prueba, todo el que adquiere un boletín de la Habana á
Santiago, es un valiente por los cuatro costados.
Sin duda por esta causa, son muchos los que hacen el viaje hasta la
Ciénaga ó Luyanó, después de despedirse de amigos y familiares con los
ojos arrasados por las lágrimas, y gritando desde la plataforma que
telegrafiarán, en cuanto lleguen á Songo.
A las diez en punto, y en medio de un silencio sepulcral (ese silencio
solemne que precede á todos los hechos terribles ó heróicos) se pone en
marcha el tren, y apenas se deja á retaguardia la Quinta de los Molinos,
empiezan los viajeros á identificarse.
Un caballero de aspecto pacífico y eminentemente mercantil es el que
primero rompe el fuego, con estas palabras, que nos dejan sorprendidos.
--Ahora que se han suspendido las garantías constitucionales, van á
saber esos pillos lo que es bueno.
--Hay que dar mucho machete, prorrumpe otro amable sujeto haciendo un
gesto terrible, capaz de hacer presentar á Ivonet.
El reporter (futuro corresponsal en campaña) aguza el oído, y se dispone
á la _interview_.
--¿Fuma usted? pregunta sacando la tabaquera y ofreciéndola á uno de los
belicosos interlocutores.
Este y su compañero (el del machete) aceptan el obsequio; y ya el
periodista se regocija pensando que tiene que habérselas con dos héroes
que viajan de incógnito, cuando sus aguerridos compañeros de viaje le
manifiestan que solo van á Matanzas.
--¡Cómo! ¿Nada más?
--Pues, ¿qué creía usted?
--¡Hombre! yo me había figurado que ustedes irían por lo menos hasta La
Maya.
Desde aquel momento, ni el reporter ni nadie vuelve á hacer caso de
_esos dos bobos_ que solo van hasta Matanzas.
Porque la calidad de los pasajeros del central se mide en estos dias por
la distancia que van á recorrer. Uno que se queda en Jovellanos, no vale
gran cosa; el que llega á Santa Clara tiene más derecho á la admiración
de sus compañeros y los que pasan de Camagüey son unos valientes. Ni que
decir tiene que los que declaran con solemne acento que el término de
su jornada es San Luis, el Cristo ó el propio Santiago, son los _amos
del tren_. Para éstos se reservan todas las atenciones, todos los
agasajos, todas las demostraciones de afecto.
--¿Ves ese hombre gordo?, dice un marido á su mujer: tiene que ir á La
Maya.
--¡Ay, el pobre!, exclama con tono doliente la señora.
Por lo demás, las primeras horas del viaje son bastantes divertidas,
sobre todo para los coleccionistas de armas de fuego.
--¿Lleva usted revólver?--pregunta un pasajero á su vecino.
Y el interpelado, que no desea otra cosa que exhibir su 44, saca del
cinto un enorme Bulldog, sucio y descuidado, con el cual, según afirma,
peleó muy duro en la escolta de Máximo Gómez. Esta primera demostración
armada es la señal; y pronto todos los viajeros agitan en sus manos
revólvers y pistolas de todas clases.
--Esta belga de setenta tiros, dice uno, es capaz de acabar con una
partida de negros.
--Ríase usted de pistolas automáticas, exclama otro; no hay arma más
fija que esta.
Y se pone á apuntar á derecha é izquierda con un Colt.
--Papá, yo tengo miedo!, grita un niño.
--El conductor interviene y todos los "escupe plomos" vuelven á sus
fundas.
Es consolador, ensancha el corazón y levanta el ánimo el aspecto marcial
y la resolución que se advierte en todos los pasajeros.
No hay uno entre ellos, que no desee tropezarse con los alzados, "esos
canallas, miserables, traidores, que no pagan ni fritos lo que están
haciendo".
Lo malo es que aquella actitud y este lenguaje solo prevalecen hasta que
llega el tren á Camagüey. En ese lugar, bien porque la horrible comida
que se sirve en la estación haya deprimido los ánimos, ó bien porque
empiece á sentirse la cercanía del peligro, el caso es que las lenguas
enmudecen.
Y pasan estaciones: Guarina, Mambí, Palo Seco... empiezan á notarse
síntomas de inquietud, que va en aumento, hasta que, al llegar á Alto
Cedro, que es donde empieza la "zona peligrosa" solo se oyen frases de
prudencia, de igualdad política y social, de boberías entre cubanos,
etc., etc.
Los viajeros blancos encuentran justificada, hasta cierto punto, la
protesta de Estenoz, "porque caballeros, después de todo, no hay que
olvidar que los negros pelearon mucho".
Los que más belicosos se habían mostrado entonces, empiezan á decir que
ellos se lavan las manos, y no faltan quienes esconden el pistolón, la
belga ó el Smith and Wesson, "porque no conviene que lo cojan á uno con
armas encima."
Por su parte, los viajeros negros, que saben lo de las garantías y no
ignoran que se acercan también á la zona del peligro, declaran á voz en
cuello que Estenoz é Ivonet son un par de sinvergüenzas.
Se sale de Alto Cedro. ¡Qué momento! Se apagan las luces del tren. Los
soldados de la escolta se forman en línea de batalla junto á las
ventanillas; la locomotora marcha á paso de tortuga...
Llegamos á San Luis, y renace nuevamente la calma; en San Luis está
Mendieta con su columna, y también está Capmany, el héroe de Yarayabo,
irreprochablemente vestido de facineroso.
¡Por fin! ¡¡Santiago!! La bella Santiago, como la bella Habana, no ha
perdido su aspecto normal. Para mí, que estuve aquí hace dos meses en
misión sportiva, solo presenta un cambio: que todos mis amigos, los
"igorrotes", á quienes encontré en mi viaje anterior armados de bates y
pelotas, pasean ahora por las calles, con camisa azul y pantalón de
kaki, llevando el fusil al hombro...
Los bates han desaparecido; las pelotas no. La capital de Oriente ha
sido siempre notable por su desmedida afición al base-ball...
V
HANDS ACROSS THE SEA
Dice un refrán castellano
que Dios aprieta y no ahoga;
pero estoy viendo la soga
y el movimiento de mano
Estenoz.
San Luis, Junio 12, 1912.
Ya tenemos á los galos en Roma; y aunque los asustados gansos del
Capitolio han dado la voz de alarma, difícil me parece que podamos
sustraernos á los terribles efectos de la invasión.
Tanto los cablegramas de Washington como los jefes y oficiales que por
aquí se encuentran y los que acabo de ver en Guantánamo, afirman
categóricamente que los Estados Unidos no tienen el propósito de
intervenir en Cuba, lo cual es muy posible; pero, sea éste ú otro el fin
que se persigue, el caso es que ya los acorazados y cruceros de la Unión
ocupan nuestros puertos y que las tropas yankees, con el pretexto de
proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos de la Gran República,
se han internado en territorio cubano, y establecido guarniciones y
destacamentos en los lugares más á propósito para precipitar el mejor
día un conflicto de todos los demonios.
Aquí mismo, en el ingenio "Unión", á medio kilómetro de esta sucursal
de la Cafrería que se llama San Luis, se halla una fuerza americana de
150 hombres, con artillería, y sus tiendas de campaña y el humo de sus
vivacs se distinguen con toda claridad desde los acantonamientos cubanos
del general Mendieta.
Podemos, desde luego, estar tranquilos por lo que á nuestros soldados se
refiere; ellos no provocarán el más leve rozamiento ni darán lugar con
su conducta, que es intachable, á que los estadistas de la Casa Blanca
encuentren un nuevo pretexto; pero, ¿puede decirse lo mismo de los
otros? Hasta el presente--dicho sea en honor de la verdad--todos los
militares del Tío Sam, desde los de más elevada jerarquía hasta el más
humilde soldado, han procedido con exquisito tacto y corrección
intachable; pero ya conocemos á los americanos del ejército, sabemos lo
impertinentes que suelen ponerse, y cualquiera impertinencia en los
actuales momentos podría originar un verdadero lío de funestas
consecuencias para todos.
Yo no acierto á comprender (lo digo con toda sinceridad) la razón que
haya podido tener el gobierno americano para precipitar sobre Cuba su
escuadra y ocupar militarmente una porción no pequeña de nuestro
territorio. ¿Qué se propone la Gran República, qué fines persigue, á
impulsos de qué sentimientos obra?
Se sabe de manera indubitable que el primer grito de alarma lo dió Mr.
Brooks, ó hablando con más propiedad, el señor Brooks, convertido en
_mister_ por impulso espontáneo de su libre albedrío. Este caballero, ó
por mejor decir, este _gentleman_, que lamenta de todo corazón el haber
nacido en Cuba, desempeña en la Nigricia criolla, esto es, en
Guantánamo, las funciones de cónsul de S. M. Británica, y se siente más
sajón que el rey Haroldo.
El, como muchos que adquirieron patente mambisa en la revolución del 95,
no tiene ni tuvo nunca otro ideal que derribar el imperio español para
levantar el imperio yankee. Sin duda que el señor de _mister_ Brooks, en
su calidad de _British subject_, hubiera preferido un nuevo Transvaal á
una segunda edición de Puerto Rico; pero á falta de pan, buenas son
tortas; y ya que no es posible cantar el _God save the King_, bien puede
un sajón, por honorario que sea, darse por satisfecho cantando el _My
country it is of thee_; después de todo, la música es igual, y el _Hail
Columbia_ y el _Rule Britannia_ vienen á ser una misma cosa......
_Que la voz de la sangre es la más fuerte,
y hands across the sea_
Volvamos al _señor de mister_ Brooks.
No ha sido ésta su primera demostración anexionista. Hace algún tiempo,
como recordarán de fijo mis lectores, estuvo á punto de provocar un
conflicto, por haber solicitado del jefe de la estación naval el
inmediato desembarco de tropas, sin otra causa que haber ocurrido varios
desórdenes sin importancia en Guantánamo.
En aquella ocasión no desembarcaron en Cuba soldados americanos gracias
á la digna y enérgica actitud del capitán York, que se opuso á ello
resueltamente.
Ahora no ha hecho sino ratificar con un nuevo acto de franca hostilidad
el poco cariño que le inspira la República cubana, y esto no debe
sorprender á nadie, del mismo modo que no debe causarnos extrañeza que
el ministro Beaupré y el mamarracho de Caldwell, corresponsal en esa
capital de la Prensa Asociada, hayan sido los responsables de que un
almirante y dos grandes acorazados de los Estados Unidos se encuentren
hoy en la bahía de la Habana, pues ambos se han distinguido siempre
por.... por.... ¡bueno! por lo mismo que se distingue el flamante Cónsul
de la Gran Bretaña en Guantánamo.
Repito que la actitud de tan distinguidos anexionistas no me sorprende;
pero si hay en este mundo algo que yo no pueda explicarme, es que hoy,
cuando forzosamente tienen que haberse convencido de que las tropas de
Cuba Libre bastan y sobran para meter á los alzados en cintura, insistan
los americanos en permanecer en territorio cubano, con lo cual--bueno es
que se sepa--no han conseguido otra cosa que crear dificultades á
nuestro gobierno, herir á nuestro pueblo en sus más hondos sentimientos
y retardar la pacificación del país.
No hay que hacerse ilusiones; mientras que Ivonet, Estenoz, y los
principales cabecillas del movimiento no se convenzan de que los yankees
no tienen el propósito de intervenir, se guardarán bien de rendir las
armas, pues pensarán que el gobierno, al verse seriamente amenazado por
una nueva intervención, acabará por concederles todo cuanto piden.
Tan convencido estoy de lo que digo, tan absolutamente seguro de que si
se mantienen en las montañas es sólo por la razón que dejo expuesta, que
no tengo el menor inconveniente en afirmar que la retirada de los buques
y soldados yankees traería como consecuencia inmediata el cese de la
rebelión.
VI
UN ACCIDENTE
Para dirigirse á Guantánamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado
comandante militar, el coronel de Infantería Jefe del Segundo Regimiento
Sr. Carlos Machado y Morales, había tomado pasaje en el tren que parte
de Santiago de Cuba á las 2 y 15 de la tarde, en unión del Teniente de
Sanidad Militar Dr. José A. Cabrera y el Segundo Teniente señor Alfonso.
El convoy que los conducía hubo de sufrir en El Cristo un retraso como
de media hora, pues en la vía se encontraba un tren de carga que había
tenido un percance. Este inesperado retraso hizo que dichos militares
llegaran á San Luis con mucha demora, por lo que el tren que á las 3 de
la tarde sale para Guantánamo ya había partido, lo que obligaría al
coronel Machado y sus acompañantes á permanecer en San Luis hasta el día
siguiente. Pero el coronel Machado, que es hombre que no se detiene ante
ningún obstáculo para llegar al fin, y que comprendía lo necesario de su
llegada á Guantánamo ordenó que la Compañía del Este pusiera á su
disposición una cigüeña de vapor para hacer el viaje en unión de sus
compañeros. El hacer el viaje de San Luis á Guantánamo en el tren era
cosa en extremo peligrosa, pues raro era el día que los rebeldes no lo
tirotearan ó quemaran un puente, una alcantarilla, y hasta alguna
estación. Esto no obedecía á otra cosa que al hecho de que la zona que
el tren atravesaba era la más frecuentada por las partidas rebeldes,
dándose el caso repetidas veces de que los alzados plantaran su bandera
sobre las lomas en las cercanías de las paralelas del ferrocarril.
Estos peligros, perfectamente conocidos por el coronel Machado, no le
hicieron desistir de su propósito; y á las 4 y 25 de la tarde salían en
la mencionada cigüeña automóvil el coronel Machado y los Tenientes
Cabrera y Alfonso, con una pareja de la Guardia Rural, en dirección á
Guantánamo.
Nada anormal ocurrióles durante el trayecto de San Luis á Bayate. Ya era
de noche cuando atravesaron este paradero, por lo que enviaron á buscar
algo que comer, que confortara sus estómagos. Terminada esa pequeña
comida, volvieron á ocupar su cigüeña, emprendiendo de nuevo la marcha.
El jefe de ese paradero les había advertido que tuvieran cuidado, pues
por la tarde había estado allí una gruesa partida de rebeldes, los que
siguieron por la línea, en la misma dirección que ellos llevaban. Hacía
ya más de 30 minutos que se encontraban en marcha, cuando atravesaban
con bastante velocidad un puente muy largo, y sin baranda, en el medio
del cual la cigüeña sufrió un choque terrible; todos cayeron unos encima
de otros, y el que guiaba la máquina lanzaba lastimeros ayes; la cigüeña
se había detenido en su marcha. La primera impresión fué terrible, todos
creyeron que las partidas de alzados que merodeaban por aquellos lugares
les habían tendido un lazo para capturarlos vivos; pero poco á poco
fuese aclarando el misterio, y se pudo ver lo que había producido aquel
espantoso choque: era un toro que se paseaba por el puente y al que la
velocidad con que marchaba la cigüeña le impidió salir de él.
Desgraciadamente no fué solo el toro el que pagó las consecuencias de la
violenta acometida; la cigüeña también se había destrozado, y todos sus
pasajeros hubieron de descender de ella internándose en la manigua, pues
debían buscar una posición que estuviera en condiciones de poderse
defender, caso de que alguna partida tratara de atacarles. Mas cual no
sería la sorpresa de los excursionistas al ver que á medida que se
internaban en el monte, se presentaban ante su vista pequeñas casitas de
yagua, y el humo que despedían las candeladas; todo eso demostraba que
horas antes había estado acampada allí alguna numerosa partida de
alzados, por lo que hubieron de abandonar aquel lugar teniendo en cuenta
que sólo eran seis hombres, de los cuales solamente dos usaban arma
larga. Después de enviar á la siguiente estación al conductor de la
cigüeña, se emboscaron todos detrás de una cerca, esperando el momento
de morir matando, pues en el caso probable de que hubieran sido atacados
por los alzados éstos al ver á sus enemigos en número inferior, los
hubieran tratado de capturar y como consecuencia se habrían defendido
hasta disparar el último tiro. Allí pasaron 5 horas sin tomar agua ni
probar ninguna clase de alimentos, y en medio de las mayores
incomodidades. Por fin, un resplandor se deja ver por la manigua, las
paralelas comienzan á producir ruido, un tren se aproxima, y á medida
que la potente máquina avanza, van aquellos bravos militares, que
hubieran sabido morir heróicamente antes que caer vivos en poder del
enemigo, recuperando la confianza de vivir, que durante siete horas
habían perdido.
A una señal se detuvo la locomotora, y todos reanudaron el interrumpido
viaje á Guantánamo, donde llegaron á las dos de la madrugada.
Así terminó ese incidente, que pudo haber costado seis vidas y hubiera
producido un efecto moral desastroso para la causa del orden.
VII
EL FUEGO DE BOQUERON POR FUERZAS DEL COMANDANTE CASTILLO
Esta acción, que ha sido sin duda alguna de las más importantes de las
efectuadas en la intentona racista, ha pasado casi inadvertida, debido á
que en los días que se efectuó todos los diarios habaneros estaban
preocupados con el problema de la Intervención Americana, al que
dedicaban todas sus páginas, haciendo caso omiso de lo que las fuerzas
armadas de la República hacían por la región oriental.
La columna del comandante Rafael del Castillo, se encontraba acampada en
el pequeño pueblecito de El Palmar, lugar pintoresco situado al pie de
las estribaciones de las lomas de "Los Ciegos". Al amanecer, las alegres
notas de la diana despertaban á todos aquellos bravos soldados de su
sueño, y de sus pequeñas tiendas de campaña iban saliendo todos ya con
sus equipos preparados y sus armas en la diestra. Repartiose el café en
las Compañías, y apenas la aurora se dejaba entrever en el horizonte, ya
los soldados emprendían la marcha, dejando detrás El Palmar, que durante
toda aquella noche les había servido de agradable campamento.
No habían andado más de 20 minutos, cuando los exploradores de la
Guardia Rural al mando del sargento Rizo y cabo Fifí, del Tercer
Regimiento, rompían fuego contra un grupo de negros que, subidos en una
loma inaccesible, les respondían á balazo limpio.
Entonces el comandante Castillo, que con el corneta de órdenes había
ocupado una posición sobre una altura, ordenó que la Infantería,
perteneciente á la Compañía del Capitán Almeyda, avanzara sobre la
posición ocupada por el enemigo. El fuego de la infantería comenzó tan
pronto esta fuerza hubo coronado una loma, en cuya parte superior había
una pequeña casa de guano, en la que se encontraban refugiados cuatro
rebeldes, que al verse sorprendidos por la tropa, corrieron con tanta
velocidad, que llegaron con la rapidez vertiginosa de un rayo á la
orilla de la manigua, donde desaparecieron, no sin antes dejar uno de
ellos varios cartuchos y un estandarte del "Partido Independiente de
Color", barrio de Casisey Arriba.
De las lomas que rodeaban el camino salían multitud de disparos de los
alzados, y por todas partes las fuerzas del comandante Castillo
escuchaban tiros.
Otra orden hizo que la Compañía del Capitán Navarro con el Teniente
Ramos, avanzara sobre el lugar llamado Alto de Boquerón, con objeto de
evitar la retirada del enemigo; estas fuerzas fueron hostilizadas
durante todo el camino por los pequeños grupos de rebeldes que creyeron
imposible que una columna se atreviera á correr la aventura de entrar en
aquellos estratégicos lugares, pues todos recordaban que durante la
guerra de Independencia, todas las fuerzas españolas que intentaban
entrar en Boquerón, desistían de su empeño, después de horas enteras de
lucha, llevándose siempre gran número de bajas.
El tiroteo arreciaba. Los soldados, tendidos á la larga en el suelo,
disparaban con sus magníficas armas sobre los lugares de donde se veía
salir el humo, producido por los disparos de los alzados. Había
ocasiones en que el fuego cesaba durante breves momentos, y entonces se
percibía con toda claridad la voz de los rebeldes que gritaban: ¡Abajo
la Ley Morúa! ¡Vengan para aquí, c.......! ¡al machete! y el fuego se
reanudaba con la particularidad de que las tropas leales, á medida que
iban disparando sus armas, avanzaban de 80 á 100 metros sobre las
posiciones ocupadas por el enemigo, para lo que tenían que subir
empinadas lomas, que á simple vista parecía imposible que los hombres
pudieran escalarlas. Pero nuestros soldados, con sus oficiales á la
cabeza, corrían sobre las bocas de las armas enemigas, disparando al
propio tiempo las suyas, cuyas balas hacían un efecto desastroso,
mermando las filas rebeldes.
Mientras el fuego arreciaba, en la entrada de Boquerón, Eugenio Lacoste
(a) "El Tullido", abandonaba su casa del cafetal "Dios y ayuda",
siguiendo con ocho hombres que lo llevaban cargado por el camino de las
lomas "Felicidad" rumbo al Guayabal de Yateras, donde debía días después
ser capturado con su consentimiento, por las mismas fuerzas del
comandante Castillo.
La Compañía que mandaba el Capitán Almeyda había sostenido fuego con los
insurrectos al tratar de retirarse éstos por la parte en que la tropa se
encontraba, y la caballería, flanqueando los caminos, protegía el
avance de la infantería. El fuego de los alzados iba poco á poco
apagándose, y momentos después la corneta volvía á dejar oir sus notas
bélicas, ordenando ¡alto el fuego! Prueba evidente de que la victoria
había coronado el esfuerzo de los soldados.
Ya no se sentían tiros, sólo se escuchaba el clamor de los soldados que
en lo alto de las lomas ocupadas dos horas antes por los rebeldes,
gritaban alegremente, celebrando con alborozo el triunfo alcanzado.
Todos descansaron un rato reuniéndose poco después en el cafetal "Dios y
ayuda", donde acamparon las fuerzas, ordenándose pasar lista para saber
quiénes faltaban. Comenzada esta operación, todos los soldados
respondían gozosos con un ¡aquí!, cuando se les nombraba.
Terminada la lista, pudo comprobarse que nadie faltaba, que las balas de
los alzados no habían hecho heridos, y esta noticia fué recibida con
tanto gozo por todos los soldados, que éstos se abrazaban y pedían á sus
oficiales perseguir á los alzados, para reanudar así el combate.
Aquel día se sirvió un almuerzo que á todos pareció suculento, la
alegría reinó en todo el campamento y á la mañana siguiente, 30 hombres
de infantería al mando del valeroso oficial Estévez, hicieron un
minucioso reconocimiento por los lugares donde el día anterior se había
librado la batalla, encontrando 12 muertos y gran número de charcos de
sangre.
Una orden llegada de Guantánamo hizo que la columna regresara á esa
ciudad, y al siguiente día entraba en ella, donde permaneció dos días
descansando. Bien se lo merecían aquellos bravos soldados que supieron
tomar al enemigo posiciones que siempre fueron creídas inexpugnables por
todos que las conocían.
VIII
IMPREVISION
Son tantos y de índole tan diversa los asuntos de que puede tratar un
periodista profesional que tenga la suerte de hallarse en estos momentos
en la bella y hospitalaria Santiago, que al poner manos á la obra de
confeccionar, de prisa y corriendo, como por lo común se hacen estos
trabajos, una correspondencia, se siente uno perplejo, sin saber por
dónde empezar ni á qué temas dar la preferencia.
Así, por ejemplo, yo daría cualquier cosa por estar dotado del
inapreciable don de condensar en el espacio de ocho ó diez cuartillas
todas mis impresiones, las buenas lo mismo que las malas, y referir las
mil y una peripecias que me han ocurrido, desde el último abrazo que me
dió Hernández Guzmán en el andén de Villanueva, hasta el último timbrazo
inútil que acabo de dar para que me traigan una pluma algo más digna de
su nombre que este horrible mocho de escoba que me facilitaron en la
carpeta del hotel en que me hospedo.
Santiago de Cuba, destinada, por lo visto, á sufrir todos los rigores de
las campañas militares que se libran en nuestra patria, ofrece en estos
momentos el extraño aspecto de un vasto campamento, y raro es encontrar
por calles y paseos un hombre que no vista de uniforme.
Y no vaya á creerse que me refiero á los uniformes de la Rural ó el
Permanente, los cuales, (dicho sea en honor de nuestro ejército regular)
no son los que más abundan, por la sencilla razón de que casi todas las
tropas están en operaciones.
Los uniformados que pululan por estas pintorescas calles (que más que
otra cosa parecen montañas rusas de asfalto) son los milicianos--la
"Guardia Blanca" Oriental--unos soldados que han abandonado los libros,
las oficinas, los talleres, el hogar tranquilo y venturoso, para empuñar
el rifle; soldados improvisados que merecen bien de la patria, y que
tanto por los valiosísimos servicios que prestan, como por la
compostura, disciplina y seriedad de que hacen gala, se confunden con
los militares de profesión.
El Ejército, por su parte, ha demostrado hasta la saciedad que no tiene
superior en el mundo; y si sufridos, heroicos é incansables son los
soldados, brillante y digna de encomio es la oficialidad.
Pero yo no he venido á Oriente para fungir de monigote y por lo tanto
paréceme oportuno echar á un lado el incensario, para entregarme á la
inefable tarea de criticar.
¿A quién, á quiénes? ¡Qué sé yo! A nadie en concreto y á todos en
conjunto.... á tí, lector querido, á mí, á todos, en fin, los que
tenemos el honor de haber nacido en esta tierra y ser miembros de una
raza llena de virtudes, pero desgraciadamente no exenta de defectos,
entre los cuales ninguno está á mi juicio tan arraigado como el de la
falta de previsión.
Es doloroso tener que confesarlo, pero ¿qué le vamos á hacer? Los
cubanos, como nuestros excelentes papás los españoles, somos muy poco
prácticos; y esta es la causa de que nos pasemos la vida haciendo todo
menos aquello precisamente que debiéramos hacer.
Ese optimismo exagerado que nos ciega, impidiéndonos ver las cosas bajo
su verdadero aspecto, ha sido y es la causa principal de casi todos
nuestros males; y del mismo modo que los españoles perdieron su imperio
colonial, sus soldados, sus buques, sus millones y cuanto tenían que
perder, por haberse obstinado en no prestar atención á las reiteradas
advertencias que se les hacían, nosotros, sus hijos, no hacemos más que
salir de una situación difícil, para caer en otra. Y todo, ¿por qué?:
pues, porque lo mismo que ellos, no queremos, ó no sabemos interpretar
las señales de los tiempos.
No creo que sea este el momento de depurar hechos para fijar
responsabilidades, y no seré yo por cierto quien tal haga, con tanto
mayor motivo cuanto que sinceramente creo, como ya dije, que la culpa de
cuanto en estos momentos ocurre no puede en justicia atribuírsele á
nadie.
Todo obedece.... ¡bueno!, _¡chi lo sa!_ á que somos así; trátase de una
causa ingénita, y hasta cierto punto somos irresponsables.
El convulsionismo--nadie lo ignora--es el más terrible de los males
morales que nos aquejan; y lógico y natural sería que mostrásemos empeño
en hacerlo desaparecer y en impedir sus brotes.
Por desgracia, hacemos todo lo contrario, y en no pocas ocasiones tal
parece que nuestra única misión sobre la tierra consiste en estimular á
los revoltosos.
El actual levantamiento de Estenoz, que es (aunque los espíritus
pusilánimes lo nieguen) una revolución de negros contra blancos, ha sido
posible y casi, casi hasta de fácil realización, porque no hay un solo
cubano que no esté plenamente convencido de que en este desgraciado
país, el medio más seguro de encumbrarse y obtener lo que se quiere
consiste en apelar á la violencia y amenazar. Si una vez constituida la
República se hubiera castigado sin misericordia al primero que intentó
sublevarse contra los poderes constituídos, el convulsionismo, que aquí
como en todas partes es tan fácil de intimidar como difícil de someter
una vez que ha estallado, no habría tomado el incremento que hoy tiene,
por la sencillísima razón de que todo el mundo, antes de lanzarse á
peligrosas aventuras, lo pensaría mucho, por temor á las poco agradables
consecuencias que sus diabluras podrían acarrearle.
Son muy numerosos los ejemplos que pueden citarse; pero quiero--al menos
por el momento--concretarme al caso de Estenoz. Este sujeto, hombre de
escasa mentalidad y que ni siquiera gozaba de prestigio entre los de su
clase, ha conseguido llegar hasta donde ha llegado merced á los
miramientos y consideraciones que con él se tuvieron y á la importancia
que se le dió á raíz de haber iniciado su propaganda racista. Fracasado
en aquella ocasión, el gobierno pudo haberse servido de él para hacer un
saludable escarmiento, que por lo menos hubiera alejado durante algún
tiempo el conflicto en que hoy nos vemos envueltos. En lugar de proceder
en la forma indicada, Estenoz, que no era después de todo más que un
pobre diablo, se encontró convertido de la noche á la mañana, y sin que
él mismo, tal vez, pudiera explicarse la metamorfosis, en todo un
personaje ilustre, al que se rendía la innoble pleitesía del miedo, y el
resultado fué que él y los suyos, al darse cuenta de que se les temía,
cobrasen nuevos bríos y se mostraran cada vez más audaces y decididos,
hasta el extremo de no ocultarse ya para conspirar contra los blancos,
es decir, contra la inmensa mayoría de los habitantes de la isla.