La Academia de Milton. — El Colegio de Wellesley. — ¿Cómo nos juzgan a
nosotros? — Psicología de los latino-americanos según el profesor
W. R. Shepherd. — El pan-americanismo. — La doctrina Monroe.
Los campos de Massachusets están sembrados de muy buenos colegios. Me
tocó en primavera visitar dos de ellos, la Academia de Milton, para
niños y el Colegio de Wellesley, para niñas.
A veinticinco minutos de Boston cerca de la aldea de Milton se
encuentra la Academia de este nombre. Es una escuela de enseñanza
secundaria con internado y medio pupilaje. También admite niñas en
calidad de externas; pero no hay propiamente coeducación, porque se las
educa en pabellones separados, salvo en la sección preparatoria, adonde
concurren niñitos y niñitas de menos de doce años conjuntamente. Esta
sección es igualmente sólo para externos.
El establecimiento y los alrededores que le pertenecen presentaban el
día que fuí a verlo un bellísimo aspecto. Sólo por la muchachada que se
ve jugando en los campos adyacentes puede pensar uno que se halla en un
colegio. Por lo demás, nada se ofrece a la vista que evoque las formas
generalmente severas, a veces lóbregas y tristes, de los colegios
ubicados en los pueblos. Las avenidas por que se hace el tránsito desde
la estación, están orladas de árboles en flor; la tierra, de suaves
colinas, cubiertas de un tapiz verde brillante, es un deleite para los
ojos; y de todo fluye, estimulado por el sol primaveral, un perfume
penetrante, tibio y entonador, el rico y sano perfume de los campos y
de la vida que se renueva.
En medio de este ambiente, diseminados entre prados, se levantan los
edificios de la academia que consisten principalmente en tres chalets,
que sirven de residencia para los internos, un pabellón, donde se
encuentra el comedor para todos y la cocina, dos pabellones donde se
hallan las salas de clases y gabinetes, el gimnasio y la enfermería.
En cada chalet (_dormitory_) viven de quince a veinte alumnos bajo la
dirección de un _master_ que es al mismo tiempo profesor. El primer
piso está ocupado por un saloncito, una espléndida biblioteca, y un
salón de reuniones en cuyas mesas se encuentran revistas, periódicos y
juegos de diferentes clases. En el segundo piso están los dormitorios.
Cada estudiante tiene su piececita que adorna y decora a su gusto. En
el centro hay baños de tina de mármol.
Como he dicho, la academia es una escuela secundaria; pero comprende
seis años de estudio y no cuatro como ocurre en la generalidad de las
de su clase en los Estados Unidos. También se diferencia de estas
últimas en que, según se desprende de su nombre, es del tipo clásico,
académico, que predominaba en el país a principios del siglo XIX.
Las reformas de la enseñanza han introducido sucesivamente diversas
categorías de establecimientos de instrucción secundaria, como
ser el liceo comercial (commercial high-school), el liceo técnico
(technical high-school), del cual vimos un modelo en Oakland y el
liceo integral[7] (cosmopolitan high-school), que comprende dentro
de un mismo instituto toda clase de cursos, desde los que tienden a
suministrar una instrucción liberal o clásica hasta los destinados a
dar una preparación vocacional. Estos son los planteles que cuentan a
la fecha con más aceptación en el concepto público, y se pueden citar
como más afamados dentro de este orden a los de San Luis y Cincinnati.
En el plan de estudios de la Academia de Milton en cambio no figuran
ramos comerciales, ni técnicos, ni industriales, ni dispone el
establecimiento de talleres de carpintería, herrería y electricidad,
tal cual se ven en muchas otras escuelas del mismo grado. Tiene, sí,
bien montados laboratorios de física, química y biología. El plan de
estudios comprende las siguientes asignaturas:
En primer año: Inglés, Historia, Geografía, Latín y Matemáticas.
En segundo año: se agregan a las anteriores Francés y Alemán.
En tercer año se agregan Griego y Ciencias Elementales.
En cuarto año se mantienen las anteriores y en lugar de Ciencias se
introduce Biología.
En quinto año se cambia Biología por Química.
En sexto año se cambia Química por Física.
No deja de aplicarse hasta cierto punto en la academia el procedimiento
aceptado hoy por doquiera en los Estados Unidos de la electividad de
algunos ramos. Así tenemos que los estudiantes pueden tomar Francés o
Alemán, Griego o Ciencias o Biología o Historia. Química es también un
ramo electivo y los que entran a estudiarla pueden dejar a un lado la
Historia o el Latín.
Fuera de la importancia dada a los estudios liberales y científicos,
cabe señalar como otra característica de la academia el interés
dedicado a la educación física. Ya hemos mencionado el pabellón de
gimnasia. Para ejercicios al aire libre cuentan los alumnos con
magníficos campos de juego, de foot-ball, de tennis y con una amplia
laguna para patinar en el invierno. Generalmente después de las dos de
la tarde no hay clases y los muchachos pueden entregarse a toda clase
de deportes.
Profesores y estudiantes forman parte de la Asociación Atlética de la
Academia de Milton y del Club Científico. Los alumnos han organizado
también el «Club de la Mandolina», el _Glee Club_ (club de la alegría
o de los alegres) y el Comité Dramático que tiene a su cargo los
entretenimientos teatrales.
Los internos pagan mil dólares al año por instrucción y pensión, los
medio-pupilos de los cursos superiores trescientos cincuenta y los de
los cursos inferiores, trescientos[8].
Se llama «colegio» en los Estados Unidos a un establecimiento que viene
después de la escuela secundaria y forma los departamentos básicos del
edificio universitario.
El Colegio de Wellesley es, como he dicho, para niñas y figura entre
los más afamados de Nueva Inglaterra. Se halla situado cerca de la
aldea de su nombre, a cuarenta minutos de Boston.
Visitarlo fué motivo para mí de un mayor encanto aun que el que me
había causado la Academia de Milton. Los campos de Wellesley son más
hermosos y el terreno, de ondulaciones más pronunciadas que en Milton,
ofrece más bellas perspectivas con prados magníficos y numerosos
árboles.
Desde muchos sitios elevados se divisa un precioso lago que se
encuentra dentro de los lindes del colegio. En nuestro camino
encontramos niñas en bicicleta que corren por las avenidas.
Una vez en medio de los pabellones del colegio, los trajes claros y
alegres de centenares de niñas hacen una fiesta de luz y de colores
bajo el sol primaveral.
Algunas de las alumnas andan en traje de montar. A nuestro regreso, una
partida de ellas pasa al trote de sus cabalgaduras bajo los árboles.
De todos los edificios, el más hermoso es el «Tower Court», donde
tienen sus dormitorios alrededor de doscientas niñas. Es un verdadero
palacio de estilo gótico, debido a la munificencia de una señora. En el
primer piso se encuentran amplios y elegantísimos salones y comedores y
en los pisos superiores se hallan las piezas de las niñas que son una
monada y de cuyas ventanas se goza del apacible y seductor paisaje de
los campos adyacentes.
Fuí invitado por la directora a tomar el lunch en compañía de varios
profesores y profesoras. Como siempre ocurre en las comidas escolares
de este país, la sobriedad fué la nota característica. Se sirvió
una crema, un guiso del cual se ofreció repetición porque no había
ninguna otra cosa sólida que comer y, por último, una sencilla compota
de postre, y café. Todos los comensales se manifestaron deseosos de
conocer algo sobre la educación pública de Chile y les hice una sucinta
reseña sobre el particular para satisfacerlos de la mejor manera que me
fué posible.
Muchas niñas viven en _sororities_ o hermandades en pequeños pabellones
dentro de los terrenos del colegio. Hay una que lleva el nombre de
Shakespeare y su hall ha sido construído imitando la vieja casa del
gran poeta.
El colegio admite internas, medio-pupilas y externas. Las primeras
pagan seiscientos dólares al año, las segundas cuatrocientos sesenta y
cinco, y las terceras doscientos veinticinco.
Para los cuatro años de estudio se ofrecen los siguientes cursos:
Arqueología clásica, Astronomía, Botánica, Química, Economía y
Sociología, Educación, Inglés, Francés, Español, Italiano, Alemán,
Griego, Latín, Geología y Geografía e Historia, Higiene, Matemáticas,
Filología, Filosofía y Psicología, Física, Arte de hablar, Fisiología y
Teología y Música.
Cada uno de estos cursos se subdivide a su vez en gran variedad de
asuntos. Dentro de ellos deben las alumnas elegir el número necesario
para completar la cantidad de unidades requeridas para graduarse.
El colegio confiere los títulos de Bachiller en Artes y de Maestro en
Artes.
Las jóvenes tienen a su disposición una rica biblioteca de 90.000
volúmenes.
Es muy interesante una institución de las alumnas por medio de la cual
cooperan al buen gobierno del establecimiento.
De acuerdo con la dirección, han formado ellas una llamada «Asociación
en pro del Gobierno del Colegio de Wellesley», que tiene como órganos
directivos un Gabinete y una Cámara de Representantes, compuestos de
miembros elegidos entre los estudiantes y un Senado en que, además de
cierto número de alumnos, figuran algunos individuos de las facultades.
Las atribuciones de estos cuerpos se hallan claramente especificadas
en sus estatutos. De esta suerte las alumnas toman vivo interés en la
marcha del colegio, y se ejercitan al mismo tiempo en las prácticas de
la autonomía o _self-government_, lo que no puede ser sino favorable
para su educación.
* * * * *
--¿Qué dicen de nosotros por allá, cómo nos juzgan? suele ser una
preocupación de los hispano-americanos.
Y la primera de las verdades es que en los Estados Unidos impera por lo
común la más perfecta ignorancia sobre nuestros países.
--¿Qué cantidad de indios bravos tienen ustedes en su territorio? me
preguntaba un profesor de un colegio de California.
--No, señor, tuve que contestarle, no hay indios bravos entre
nosotros... ni negros[9]. Fuera de unos pocos miles de indios más
o menos civilizados, el núcleo de la población es de raza blanca
homogénea, con un pequeño tanto por ciento de mestizos.
También es cierto que desde la gran guerra ha aumentado visiblemente el
interés por nuestro continente, y, en consecuencia, por el estudio del
idioma español.
Conocí en San Francisco a una distinguida señora que me llamó mucho
la atención. Bajo sus canas de abuela, conservaba notables rasgos de
belleza y era sumamente vivaz en su trato y en sus maneras. «Mi marido,
nos dijo, no reclama de mí muchos cuidados especiales; todos mis hijos
están casados; así fué que de repente me encontré con que no tenía nada
que hacer, y para dar un empleo a mi vida, me he puesto a estudiar
español. Ustedes ven que no lo hablo tan mal. Estoy dichosa».
Luego sacó de su maletín un librito que llevaba en él y agregó:
--«Es una obra en castellano. Yo no pierdo el tiempo; y, de vuelta, en
el auto o en el tranvía, me voy leyendo».
De todo el ser de la señora brotaba la más sana y contagiosa alegría,
tan propia de la gente norte-americana, aunque haya llegado a una edad
avanzada.
Esta señora estudiaba castellano sin duda por deporte. Unos pocos se
dedican a él teniendo en vista el profesorado o el amor a las letras;
pero los más lo hacen con el propósito de entregarse a los negocios en
el continente meridional.
En casi todas las universidades que visité había cursos de español y en
algunas eran bastante numerosos, como por ejemplo en la de California,
que contaba con más de trescientos alumnos.
En esta Universidad y en la de Cornell he visto reunirse fácilmente
audiencias de más de doscientos estudiantes, y otras personas capaces
de seguir y entender perfectamente conferencias en español. También
las alumnas del curso superior del Colegio de Wellesley dieron pruebas
de poseer la preparación suficiente para entender un discurso que
se les pronunció sobre cosas de Chile. El profesor F. B. Luquiens,
de la Universidad de Yale, está empeñado en enseñar el castellano
siguiendo más bien las formas del idioma hispano-americano y no las del
peninsular propiamente dicho. Busca para esto como base los libros y
las revistas sud-americanas.
En las escuelas secundarias de Nueva York, el idioma extranjero que
más se cultiva es el español. Hay 25.000 estudiantes que siguen esta
lengua, mientras el francés cuenta sólo con 20.000, el latín con
15.000 y el alemán con 3.000.
* * * * *
Es claro que no puede haber unanimidad de pareceres para juzgarnos
entre los que se han ocupado de nosotros. No han faltado quienes
se hayan expresado en términos encomiásticos sobre algunos países
de la América Latina, como Rowe, Elihu Root y Roosevelt. Otros han
distinguido muy acertadamente entre las naciones del sur del continente
y las de los trópicos. Así Eduardo Ross, al afirmar que los pueblos
sud-americanos padecen de anemia cerebral, a causa de la obsesión
sexual que los domina, tiene el cuidado de agregar que se exceptúan
de esta falla orgánica Chile, la Argentina, y el Uruguay[10]. Que
haya encontrado por mi parte acertada la distinción entre pueblos
meridionales y tropicales, no significa que acepte por completo la
afirmación de Ross en lo que se refiere a las gentes tropicales.
Otros no se detienen en distinciones para juzgarnos y nos pasan a
todos los hispano-americanos por el mismo rasero. E. L. Bogart, con
motivo de entrar a tratar del desarrollo económico de los Estados
Unidos, dice: «Sólo cuando los dones de la naturaleza son abundantes
e inteligentemente utilizados por el hombre, puede una nación llegar
al más alto grado de fuerza y de prosperidad. La existencia por sí
sola de grandes tesoros naturales no ha sido bastante para lograr
el desarrollo de una raza débil y amante de la comodidad como los
latino-americanos»...[11].
El profesor William R. Shepherd de la Universidad de Columbia, ha
publicado un estudio sobre la psicología de los latino-americanos, en
que los rasgos con que quedamos pintados no son más halagadores que los
anteriores[12].
«Los principales aspectos en que la psicología del latino-americano,
dice Shepherd, difiere de la nuestra, son su egoísmo, impulsividad
e inmoralidad». Hace el autor algunas sutiles disquisiciones para
dar a entender que estos términos no deben ser tomados al pie de
la letra sino, como si dijéramos, en un sentido menos amargo; pero
lo cierto del caso es que no encuentra otras expresiones para las
cualidades que él señala como características. «El egoísmo del
latino-americano se presenta ordinariamente en un triple culto: el de
la persona, el de las formalidades y el del exclusivismo. Se atribuye
a sí mismo una superioridad innata y es, en consecuencia, orgulloso,
vanidoso y arrogante. Celoso de su dignidad personal en una forma
ultra-aguda, exige que se la respeten absolutamente, sin atenuaciones
circunstanciales. Así como en otros días en España y Portugal había
el afán de ser hidalgo o fidalgo, de igual suerte el latino-americano
necesita ahora figurar como la cabeza de cualquier cosa o, por lo
menos, estar seguro de que su nombre ha de aparecer en forma prominente
en conexión con alguna importante empresa. Es una especie de manía
o enfermedad la de tener algún puesto público. Aparte de esto, se
manifiesta el impulso egoísta en un exagerado formalismo, en el rigor
con que deben ser observadas las reglas de conducta oficial y social.
En todo se revela el triunfo de lo artificial. De aquí proceden el
bien pronunciado decoro y etiqueta, la corrección estiradísima, el
ceremonial puntilloso que disuenan en países republicanos de donde
monarcas y cortes, nobleza y aristocracia, fueron desterrados hace
cien años. La conservación también de títulos pomposamente laudatorios
para funcionarios e instituciones, de brillantes uniformes para los
diplomáticos, de un complicado tren y escoltas militares para los
presidentes y aun la banda de seda de colores nacionales y con el
escudo patrio bordado en ella que lleva el jefe del Estado en ocasiones
solemnes, son incompatibles con la simplicidad democrática. ¿Y qué
decir de la costumbre de ponerse frac en pleno día para asistir a
funciones oficiales»?...
Se nota la delectación con que el señor Shepherd ha hecho este cuadro
en que no ha escatimado el colorido. Un norte-americano puede hacerlo
porque pertenece a un pueblo que es efectivamente sencillo y poco
ceremonioso; pero no es raro que caiga en exageraciones.
Veamos cómo sigue la pintura:
«Tan poderoso es el convencionalismo en la conducta social que hace
virtualmente imposible toda adaptación a condiciones especiales
que puedan presentarse. Sería una exageración sin duda afirmar
que, mientras el norte-americano sabe mostrarse serio y revestido
de dignidad en los momentos oportunos, el latino-americano escoge
precisamente para ello los más inoportunos. (El señor Shepherd ha
tenido el cuidado de colocar al principio de la frase la palabra
«exageración»; pero este es un recurso literario para suavizar el
golpe: la afirmación queda y se corrobora con ejemplos como se verá en
seguida). Cuando entre los latino-americanos se juntan hombres y niños,
aquellos se apartan de éstos en lugar de tomar parte con sana alegría
en sus juegos y deportes. No sería compatible con la respetabilidad de
gente grave proceder de otra manera. Un norte-americano en un picnic se
divierte; un latino-americano se aburre. Aún en un banquete, o en otra
comida más o menos festiva, cuando llega el momento de los discursos,
la jovialidad que ha podido reinar antes, debe ceder su lugar a
una apropiada seriedad; el flujo oratorio que se va a descargar no
aguanta bromas. Un extranjero se complace en salpicar su discurso con
historietas interesantes; pero un latino-americano quiere mantenerse
necesariamente sólo en el plano de la grandilocuencia».
Pasemos a otro aspecto.
«Es propio de los latino-americanos rechazar todo pensamiento de
cooperación y carecen, por lo mismo, de verdadera solidaridad social.
En lugar de unirse a otras personas en un plan de colaboración mutua,
prefieren empequeñecer lo que otros hacen. Se hallan animados de un
criticismo que siempre destruye y nunca construye».
Este último rasgo es desgraciadamente a menudo muy cierto; pero luego
vuelve el autor a las exageraciones y cae en una afirmación falsa en
sus dos términos, tomados en conjunto, como la siguiente:
«Tan arraigada se encuentra esta inclinación a empequeñecer que da
lugar a una paradoja. Visita un latino-americano a Nueva York y su
actitud es la de un hipercrítico ante todo lo norte-americano. Una
vez de regreso en su país entra a censurarlo y vilipendiarlo todo
comparándolo con lo que dice haber visto en Norte América».
Criterios llevados a uno o a otro extremo me ha tocado encontrar
algunas veces; pero jamás me ha sido dado apreciar que una misma
persona haya asumido las dos actitudes. El alma humana es tan compleja,
sin embargo, que no sería imposible que se presentara el caso; pero es
proceder un poco a la ligera señalar esa característica como propia de
un grupo entero de naciones.
Ya hemos expresado que los latinos-americanos son impulsivos.
«Una faz de su impulsividad, dice Shepherd, la hallamos en su
verbosidad. En la casa, en la calle, en los negocios, en los halls
del congreso reina como soberana la locuacidad. Hacer discursos en
cada ocasión y a la más leve provocación es la orden del día. Si,
como ocurre muy a menudo, el discurso puede ser leído, tanto mejor
porque una larga extensión y la posibilidad de variadas digresiones
se encuentran asegurados de esta suerte. Lo último le encanta al
latino-americano y él lo llama pintorescamente «mariposear», es decir,
pasar de un tópico a otro, como mariposa de flor en flor, sin ahondar
ni detenerse por mucho tiempo en ningún tema».
«...El resultado neto del discurso es abundancia de palabras en lugar
de ideas, hablar largo y tendido en vez de hablar bien y concretarse a
la cuestión».
«El latino-americano es elocuente, sí; pero su elocuencia toma a
menudo la forma de una retórica florida, de un derroche de brillante
palabrería en que se nota la falta de originalidad. Tanto a su oratoria
como a su literatura le faltan espontaneidad ingenua, naturalidad,
simplicidad y concretación. Reflejan ellas más sentimentalidad que
sentimiento; el pensamiento queda escondido o su ausencia disimulada en
medio de la extravagancia y de la exageración lingüística y se echa de
menos una verdadera facultad creadora».
¿Acaba de hablar el señor Shepherd de la exageración en el lenguaje
como de un rasgo distintivo de la literatura hispano-americana? Sería
de creer que él en sus viajes por los países de nuestro continente y
en su trato con algunos libros sud-americanos se hubiera dejado picar
por ese bicho que debe poner vidrios de aumento en los ojos ya que
hemos visto no pocas manifestaciones de su influencia en el ensayo que
analizamos.
No se puede negar que los juicios que pronuncia el señor Shepherd
sobre la literatura latino-americana son en gran parte exactos; pero
me parecen incompletos. Se refieren exclusivamente al tropicalismo.
Me imagino al señor Shepherd a este respecto, sentado en su gabinete
de trabajo en Nueva York y mirando hacia el sur, para hacer sus
observaciones. Escudriña y escudriña; pero, mareado por las selvas
ecuatorianas, su vista no alcanzó a percibir nada más allá del trópico,
donde, por lo menos la sobriedad en el lenguaje literario no es una
cosa rara.
Veamos otros caracteres.
«En lugar de examinar de antemano, lenta, paciente, sistemáticamente
la practicabilidad de una medida propuesta y sus posibles resultados,
el latino-americano necesita que su panacea se ensaye sobre la marcha,
sea que se trate de algo que él ha leído en los libros, o que ha oído
como llevado a cabo en otros países. Si esto es aplicable o no a su
propio país, le importa poco. Su razonamiento es muy elemental, de la
más simple analogía; se reduce a lo siguiente: si una cosa ha sido
implantada con éxito en otra parte, puede serlo también entre nosotros».
«El latino-americano, de esta suerte, desea las innovaciones, pero
toma a menudo como un progreso lo que es sólo un experimento. No la
posibilidad de duración que permite a lo nuevo madurar y llegar a ser
realmente sistemático constituyen su objetivo; los cambios producidos
por una gran cantidad de proyectos que nunca se convierten en hechos
realizados, son su encanto. No es extraño así que sus constituciones
políticas no pasen de ser mucho papel en lugar de formar los
fundamentos prácticos de sus gobiernos, y que sus instituciones sean
únicamente un andamiaje, dentro del cual no se ha podido levantar
todavía ningún edificio sólido».
Muy bien; pero una vez más las selvas tropicales perturbaron la vista
del autor, lo absorbieron por completo y le impidieron ver la totalidad
del campo que ha pretendido estudiar.
«Marcha a la par con todo esto el quijotismo de los latino-americanos,
o sea la ausencia de cierta cordura que impide soltar la riendas del
dominio de sí mismo. Les seduce tentar lo imposible e ignoran la
desproporción que hay entre lo que uno pretende y lo que puede hacer.
No van tras la ejecución de una empresa que, aunque difícil, sea
realizable, sino que los enamoran lo impracticable y los espejismos de
visionarios».
«Así como la impulsividad da lugar a una moción muy repentina, de igual
modo el esfuerzo que produce se agota rápidamente y pronto vienen a
sucederle la indiferencia y, a veces, la más positiva inercia. El
apasionado entusiasmo con que el latino-americano principia cualquier
cosa pronto decae. Formará sociedades, asociaciones, ligas, institutos
y cuanto queráis, y tomará todos los acuerdos del caso; pero una vez
publicados los nombres y retratos de los organizadores e iniciada la
indispensable, aunque laboriosa y obscura obra del comité, los grandes
hombres (_big-men_) dejan de manifestar interés y lo mismo hacen los
pequeños hasta que todo el negocio se hunde en el limbo del olvido. Con
poca disposición, al parecer, para toda tarea larga y difícil, regular
y continua, el latino-americano vuelve entonces sus ojos al Gobierno,
para que éste haga lo que debía haber sido hecho por iniciativa
privada».
Desgraciadamente esto es también muy a menudo cierto.
Vamos a llegar a los últimos toques del cuadro.
«Parece que les faltan a los latino-americanos la conciencia moral,
el sentimiento de la responsabilidad personal, un claro sentido de
distinción entre lo justo y lo injusto, antes que entre lo correcto
y lo incorrecto, y una apreciación vigorosamente concreta de las
cualidades más esenciales para la diaria tarea del progreso individual
y social. Igualmente, por el lado ético de su psicología, se nota
la carencia o el insuficiente desarrollo de la tenacidad en los
propósitos, de voluntad indomable, de precisión y claridad en lo que
se proyecta y se ejecuta y de fuerza de carácter. Así ocurre que el
sentido moral en estos pueblos tiende a asumir más bien una forma
artística o estética. El latino-americano prefiere, para llegar a un
fin, no el más conducente y seguro de los caminos, sino el más fácil y
el más bonito».
Después de este párrafo sería de pedirle al señor Shepherd que dijera
qué les queda a los latino-americanos en materia de buenas cualidades.
El mismo señor Shepherd ha comprendido que tal pregunta iba a brotar
necesariamente en busca de desahogo, y asume en el último momento
una actitud curiosísima e ingenua. Ha comprendido que era menester
calmar el escozor de tanto latigazo y no ha encontrado mejor medio
que esparcir sobre los verdugones el aceite balsámico de la duda.
Tras todas sus afirmaciones contundentes se convierte en una especie
de Montaigne, suelta de su mano la balanza de los valores morales
y sociales, y dice con toda frescura: «Si los diferentes rasgos
constituyen verdaderos defectos o no, si el latino-americano posee
virtudes en abundancia para compensarlos en el primer caso, si nosotros
mismos tenemos tantos o más defectos de otro orden, son cuestiones que
no atañen al asunto principal que se ha tenido en vista. No se trata
aquí de la superioridad de los norte-americanos o de la inferioridad de
los sud-americanos, sino simplemente de diferencias entre ellos».
«Sin quererlo, escuché una vez en la casa en que vivía en Nueva York,
una conversación que un señor sostenía por teléfono con alguien que
debía de ser su confidente o amigo». «Le manifesté, decía el señor, con
el tono de las más suave unción, con un tono de sacristán santurrón,
que no se metiera más en mis asuntos... ¡Ah! sí, se resistió, lloró
(se trataba sin duda de una pobre mujer); pero le dí un poco de
dinero y tuvo que conformarse». Y continuó el señor hablando con su
voz meliflua, untuosa, satisfecho y tranquilo, como si nada grave
hubiera ocurrido. Entre tanto, yo veía el drama de una infeliz criatura
abandonada y el hombre que hablaba me pareció un traidor que hubiera
dado una puñalada por la espalda y que se imaginaba que desaparecía el
dolor causado por él, gracias a la beatitud de su palabrería calmada y
falsa.
Felizmente el caso no tiene con el del señor Shepherd otra analogía
que la del engaño sufrido por ambos sobre la virtud supuesta a las
palabras. ¿De manera que, al fin de cuentas, resulta para el señor
Shepherd que el egoísmo, la impulsividad, inmoralidad, versatilidad,
falta de solidaridad social y tantas otras características por el
estilo de los latino-americanos pueden ser defectos o nó? ¿Resulta
que el altruismo, reflexión, moralidad, energía, constancia, fuerza
de voluntad y carácter de los norte-americanos, pueden ser virtudes
o nó? ¿Resulta que entre los dotados con aquellas cualidades, y los
adornados con éstas no hay razones de superioridad o inferioridad, sino
simplemente de diferencia?
El autor que había formulado en el curso de su estudio, proposiciones
tan categóricas y mostrado una conciencia ética tan sólida, concluye
por negar todos los valores. ¿Puede significar este cambio la
expresión de un estado real de espíritu? Imposible. Lo que ha habido
es que el señor Shepherd no se ha resignado a mantener hasta el fin el
tono de su trabajo, y, en servicio del pan-americanismo, como veremos
luego, ha preferido terminarlo como acaban las discusiones en un salón,
con un «Ah, sí, estamos de acuerdo, todo depende del punto de vista»,
dicho en medio de la más plácida sonrisa de los circunstantes, sin que
nadie quede convencido y para que siga la fiesta.
El señor Shepherd es un distinguido e ilustrado profesor de historia,
tenido como una autoridad en la que se refiere principalmente a los
pueblos del Nuevo Mundo. Es, además, una simpática persona de gentil
figura, coronada por una cabeza hermosa, fuerte y prematuramente
blanca. Al recorrer el estudio psicológico que acabo de analizar, no
he podido representarme al autor, sin embargo, con el continente grave
del catedrático y bajo la inspiración, por decirlo así, del espíritu
científico y ecuánime de un Aristóteles, sino que sonriéndose bajo
la influencia del demonio travieso de Aristófanes o de un sainetista
cualquiera. Hay en realidad en el ensayo mucho de la burla risueña, a
veces también sangrienta, de la comedia o del sainete.
Suele advertirse, además, falta de ahonde psicológico. Ha dicho el
señor Shepherd que los latino-americanos se retraen de jugar con los
niños porque son muy ceremoniosos y temen menoscabar su gravedad, si
así lo hicieren. Me parece que la causa de ese hecho es más profunda,
y por desgracia, más lamentable. La gente adulta que no juega con
los niños, procede así, no por respeto a un ridículo decoro externo,
sino porque ha perdido cierta sana y pura ingenuidad que le permitiría
ponerse en armonía con los pequeños, porque sus espíritus estragados
sufren el hábito de los placeres mundanos demasiado salpimentados y no
saben encontrar goce en los movimientos sencillos de los niños.
Habiendo ido a ver al señor Shepherd, me pidió mi opinión sobre su
estudio.
--Es una caricatura, no un retrato, le dije. Es como si nosotros
pretendiéramos hacer una silueta de la mujer norte-americana diciendo,
porque hemos visto algunas en esta facha, que es una mujer pintada y
mal vestida, que goza de la compañía de un perrito que lleva de una
cadena, pudiendo agregar todavía que hay veces en que suele llevar de a
dos.
--La culpa la tienen ustedes mismos, amigo mío, me contestó. Todas
mis informaciones las he tomado de autores sud-americanos como Bunge,
Colmo, Arguedas, F. García Calderón y otros.
No puede caber duda sobre que esto sea verdad; pero también es cierto
que el historiador debe hacer la crítica de las fuentes que utiliza,
valorizarlas y rectificarlas con investigaciones más completas.
* * * * *
¿Qué ocurriría con el pan-americanismo si el folleto del señor
Shepherd fuera leído por todos los habitantes de ambas Américas y sus
proposiciones aceptadas como verdades inconcusas?
No en un caso de difusión tan vasta, pero sí en algún efecto sobre el
particular debe de haber pensado el señor Shepherd, porque termina con
las siguientes palabras:
«Si tanto los latino-americanos como nosotros manifestamos un espíritu
tolerante y amistoso hacia los aspectos de nuestra mutua divergencia,
y si ambos nos abstenemos de herir los lados sensibles que dicha
divergencia engendra, cuidando más bien de respetarlos, tanto más
clara se presentará la perspectiva de esa cordial, completa y genuina
inteligencia y cooperación entre las naciones del Nuevo Mundo que hará
del pan-americanismo una realidad».
Muy bien dicho; pero, de acuerdo con este párrafo, lo mejor habría
sido--para abstenernos de herir los lados sensibles que la divergencia
engendra--que el señor Shepherd hubiera resistido a la tentación de
escribir su ensayo psicológico.
Este párrafo final se halla colocado a continuación de aquella frase
que hemos examinado hace poco en que el señor Shepherd dice que
las diversas cualidades de los norte y sud-americanos no entrañan
razones de superioridad o inferioridad para unos o para otros, sino
simplemente motivos de diferencia. Como estas palabras, se encuentran
las anteriores despegadas del contenido sustancial del artículo y casi
en contradicción con él: son margaritas puestas sobre un sarmiento.
De todas maneras, debemos agradecer cordialmente al señor Shepherd lo
que él desea que ocurra entre los pueblos del Nuevo Mundo; pero la
verdad es--contestando la pregunta que formulábamos antes--que si el
ensayo de nuestro autor fuera leído y aceptado como cierto por los
americanos del norte y del sur, el pan-americanismo sería poco menos
que imposible.
Para que subsista una institución como el pan-americanismo, que ha de
ser lazo de unión, solidaridad y cooperación entre las naciones de este
continente, es menester que haya estimación entre ellas. Y me parece
que si los norte-americanos nos creyeran poseedores de los caracteres
con que nos pinta el señor Shepherd, no podrían estimarnos.
Por otra parte, una unión fundada tan sólo en la conveniencia
de los norte-americanos y en la superioridad de ellos, no sería
pan-americanismo, ni cabría que fuera aceptada por nosotros.
Pero me imagino que afortunadamente los más de los norte-americanos que
se preocupan de estas cosas, no piensan como el señor Shepherd y nos
ven con mejores ojos, sobre todo a las naciones meridionales de nuestro
continente. De esta suerte trabajan en los Estados Unidos en pro del
pan-americanismo un núcleo apreciable de estadistas, de escritores y
de profesores. Debo decir que en casi todos los profesores que conocí
encontré los mejores sentimientos hacia los hispano-americanos. Como el
pan-americanismo presenta igualmente un aspecto industrial y comercial,
que no es de los de menos monta, figuran también entre sus propulsores
caracterizados financieros y hombres de negocios[13].
Perturba el franco desarrollo de un verdadero pan-americanismo la
propia debilidad de los pueblos hispano-americanos que engendra
suspicacias respecto de la política de los Estados Unidos. Esta
suspicacia, no se puede negar, ha sido a veces muy justificada de parte
de las naciones del mar antillano y de algunas de los trópicos en lo
que se refiere sobre todo a la actitud del partido republicano que ha
manifestado por lo común tendencias imperialistas.
Para que termine la situación de inferioridad de los pueblos
hispano-americanos, no bastarán el crecimiento y los progresos
aislados que ellos pueden alcanzar. Es menester que se unan y den
lugar a la formación del latino-americanismo, que entraría a ser un
miembro poderoso del pan-americanismo, capaz de presentarse dentro de
él como una entidad más o menos equivalente a la fuerza enorme que
significa la gran República del Norte. Y no se diga que se oponen a
la consecución de tan elevado ideal rivalidades y enconos incurables
que obran entre los pueblos de este continente, porque semejante aserto
puede ser verdadero sólo en lo que se refiere al momento actual o a una
perspectiva de corto tiempo; pero las naciones son organismos seculares
y se debe pensar en orientar las almas de estos pueblos hacia fines que
las edades por venir han de llevar a cabo. Entre Francia e Inglaterra y
entre Francia y España, ha habido muchísimas más odiosidades y guerras
en el curso de la historia que entre Chile y el Perú, lo cual no ha
obstado a que lleguen a convivir en nuestros días en una situación de
sincera amistad. ¿Por qué desconfiar de que el tiempo y la sabiduría
de los hombres lleguen a producir una armonía análoga o superior entre
nuestras colectividades separadas hasta ahora por agrios pleitos?
La política de los demócratas de los Estados Unidos ha sido favorable
al pan-americanismo, por cuanto no se ha dejado llevar por fantasías
imperialistas. En dos discursos pronunciados en ocasiones solemnes, uno
en Mobile en octubre de 1913, y el otro en Washington en enero de 1916,
con motivo del Segundo Congreso Científico Pan-americano, el Presidente
Wilson ha hecho declaraciones importantes y tranquilizadoras sobre
las pretensiones de los Estados Unidos, que no significarían ninguna
amenaza para la integridad territorial e independencia de las naciones
latinas del Nuevo Mundo.
Pero de todas maneras, si éstas no se unen y no elevan de este modo su
poder e importancia, sería de temer que el pan-americanismo no fuera
nada más que una asociación formada por una gran nación rodeada de una
clientela de pequeños estados.
No vendría sino a confirmar este temor la actitud de rechazo del
tratado de paz asumida por la mayoría del Senado norte-americano, entre
otras razones, por una celosa defensa de la doctrina Monroe.
Es sabido que en el tiempo en que fué formulada por el Presidente
que le dió su nombre, vino esta doctrina a satisfacer una necesidad
vital de los nacientes estados del Nuevo Mundo. Significó el «América
para los americanos» un grito de política genial, un arma defensiva
alzada para resguardar de las ambiciones europeas la autonomía y los
territorios de las repúblicas de este lado del Atlántico que entonces
se debatían en medio de las dificultades y debilidades de sus primeros
ensayos de vida libre; fué un «vade retro» lanzado por las nuevas
democracias en contra de las viejas monarquías absolutas de derecho
divino agrupadas en la Santa Alianza.
Tuvo en aquellos momentos la doctrina exclusivamente el carácter
político que le correspondía, y en nuestros días, a falta de
otra aplicación mejor, ha tomado también caracteres económicos.
Con el trascurso de los años y el afianzamiento de los estados
hispano-americanos, desapareció la posibilidad de que los europeos
pudieran establecer colonias propias en el Nuevo Mundo; pero no por
esto ha dejado de ser el monroísmo una preocupación constante de los
políticos norte-americanos. Mas la doctrina ha perdido por completo
en su concepción la claridad que la distinguía en un principio,
cuando tenía un fin también claro que llenar y ha sido objeto de las
más variadas lucubraciones respecto de su significado. Dicen ahora
los monroístas que la inversión de capitales extranjeros en un país
atrasado puede conducir fácilmente a la absorción económica y que ésta
se convierte pronto de una manera abierta o disimulada en tutelaje
político. Agregan que en la América Latina abundan las oportunidades
para tales manipulaciones y que los Estados Unidos deben estar, en
consecuencia, muy listos para intervenir a tiempo.
De aquí seguramente la nerviosidad con que la mayoría del Senado ha
defendido el mantenimiento de la doctrina de Monroe dentro de la
interpretación exclusiva del gobierno norte-americano; pero creemos que
los pueblos latino-americanos que tienen que considerar esa doctrina
como un principio que ya cumplió con su misión, no pueden dejar de
estimar tal exclusivismo como contrario a la igualdad y confraternidad
pan-americana e inaceptable para su independencia y soberanía.