AL AZAR DEL CARNET

En viaje. — Chicago. — «La soledad del alma». — Niágara Falls. —

Hospitalidad neoyorquina. — El reino de los débiles. — Cabarets.

— En Washington. — El monumento del héroe. — El Capitolio. —

La Biblioteca del Congreso. — El Palacio de la Unión Pan-Americana.

— Falta O'Higgins. — El renombre de Boston. — Su Museo de Bellas

Artes. — «Invocando al Gran Espíritu».

Hicimos el viaje de San Francisco a Chicago, que dura tres días, por

la línea que pasa por Sacramento y el Gran Lago Salado. Después de

atravesar las pintorescas tierras de California, pintorescas y variadas

a pesar del invierno, el tren anduvo todo el segundo día y parte del

tercero a través de llanuras que ocultaban su desolación bajo el blanco

manto de la nieve que las cubría. Algunos montes bajos y colinas daban

de trecho en trecho ondulación al terreno. Se adivinaba que el panorama

que se presentaba monótono en invierno, debía ser desesperante en

verano por la falta de árboles, la aridez del suelo, el calor y el

polvo.

El tren cruza medio a medio el Gran Lago Salado por un puente de

más de doce millas de largo, que es una atrevida obra de ingeniería

y se demora cerca de una hora en recorrer. Aquí sentimos el peso

de un clásico paisaje de invierno. Los campos de nieve pueden ser

monótonos, pero su blancura deja una impresión de luz que no es

enteramente triste. Ahora, a pesar de no estar avanzada la tarde,

todo era gris obscuro. A ambos lados del tren se extendía el lago

interminable, tranquilo, sin una rizadura, como un cristal negruzco.

Sobre su superficie no había una sola embarcación, no saltaba un

pescado; ninguna vela agitaba su silueta a lo lejos, y no se divisaba

la tierra. El cielo, de un color gris parejo aplastante, comunicaba

un tinte sombrío y uniforme a todo el horizonte. Las aguas tenían una

serenidad adusta que hacía pensar en poderes ocultos, misteriosos, que

amenazaran con daños no conocidos. Aquí cabía decir «Del agua mansa,

líbrame Señor»... Sólo al ponerse el sol iluminó con algunas manchas

sangrientas la faz ceñuda de la naturaleza.

Nuestros compañeros de viaje eran en su mayor parte señoras. Amables y

simpáticas, se nos hizo liviano el viaje charlando agradablemente con

ellas y obsequiándonos con _bombones y candis_.

A medida que nos acercábamos a Chicago, podíamos notar que dejábamos

atrás la llanura desolada e íbamos entrando en territorios ricos

para la agricultura. Aumentaban los caseríos, había en la tierra

innumerables muestras de labranza y había árboles. Estos se presentaban

con sus ramas escuetas, arqueadas hacia arriba y esmaltadas de blanco

por la nieve, como gigantescos candelabros de múltiples brazos o como

esqueletos de verdaderos árboles.

Chicago es una especie de Londres del _Middle-West_ americano.

Es un gran emporio industrial, comercial y agrícola y posee el

department-store o almacén universal más grande del mundo, Marshall

Field and Co., que ocupa dos inmensas manzanas y tiene a la venta de

todo. Estando a las orillas del lago Michigan, es Chicago el centro del

tráfico entre los grandes lagos y el resto de la Unión. Forma también

el más importante centro ferroviario del país, adonde convergen todos

los trenes de la región. Yendo en cualquiera dirección, al llegar a

Chicago hay que cambiar de tren y tomar otro, cuya hora de salida ha

sido acordadamente combinada con otras de llegada. Ningún tren pasa de

largo. La capital de Illinois es el punto definitivo de arribo para

todos. Aun tomando pasaje directo de San Francisco a Nueva York o

viceversa, es de rigor el trasbordo en Chicago.

Las gentes de California se hallan tan convencidas, y con razón,

de la bondad del clima de su estado que ponderan las crudezas de

los inviernos del centro y del este del país. Tiritan con horror al

acordarse de los vientos y fríos de Chicago. Talvez por esta razón nos

parecieron más suaves de lo que creíamos, aunque pudimos experimentar

varias veces que el cierzo helado hacía doler los huesos y partía la

piel de la cara, penetrando en las carnes como el filo de innumerables

cuchillos. La escarcha pegada en las aceras y en las calles, restos de

nevazones anteriores, se conservaba por el frío, dura como roca; pero

en los días que permanecimos en la ciudad no llovió ni nevó. El cielo,

sin embargo, se mantuvo siempre gris. Aumentan su tono sombrío el humo

de las locomotoras y de las innumerables fábricas de la población.

Las calles son rectas y cortadas por bloques o manzanas rectangulares

de inmensos rascacielos de piedra obscura, revestida de pátina de

hollín. Las cúpulas y últimos pisos se pierden en la altura, esfumados

no se sabe si en las nubes del cielo o en las de humo que envía la

ciudad; que todas se confunden arriba en una sola masa negruzca. El

humo es tanto que después de andar un rato por las calles, quedan las

manos y la cara pringadas de hollín y un gusto acre en la garganta como

si se hubiera hecho un largo viaje en tren sin tomar un trago de agua.

Poned en medio de esto los mil ruidos ensordecedores producidos por

los trenes elevados, los tranvías, los camiones, los autos, los gritos

de los cocheros y conductores de otros carruajes; agregad todavía los

movimientos de los gigantescos guardianes en las boca-calles, el andar

precipitado, a veces corriendo de la gente, los codazos y encontrones

inevitables, el continuo mirar azorado a la derecha, a la izquierda

o hacia atrás por el temor de ser atropellado, y podréis formaros una

idea de la batahola endemoniada que es el _loop_ o sea la parte más

céntrica de la ciudad, donde hasta las cabezas más sólidas se sienten

mareadas al principio.

Es verdad que algo igual ocurre en Nueva York, Filadelfia, San

Francisco y otras grandes ciudades de la Unión; pero en ninguna con

tanta nota gris, tanto humo y tanta bulla como en el _loop_ de Chicago.

Lo dicho no quita que Chicago posea grandes parques y hermosas avenidas

y bulevares, como _Michigan Avenue_ y el _Grand Boulevard_, por lo que

ha sido llamada la Ciudad Jardín. Pero sólo en primavera y verano debe

ser posible apreciar bien estas bellas cualidades y gozar de ellas.

En Chicago se cultiva el arte musical con mucho empeño; cuenta la

población con magníficas orquestas, y algunas señoras me dijeron en una

audición verificada en el Mandel-Hall de la Universidad de Chicago,

que su ciudad iba en camino de ser el primer centro de la música en la

Unión.

Hay también un magnífico Instituto de Bellas Artes, con ricas

colecciones de cuadros, esculturas y reproducciones del arte europeo.

Entre las obras originales del arte americano, descuella una escultura,

_La Soledad del Alma_, obra del escultor Lorado Taft. Es una creación

de un simbolismo psicológico triste y hondo. En bloque de mármol han

sido talladas cuatro figuras humanas, dos mujeres y dos hombres,

que forman en conjunto un círculo, en que los cuerpos se presentan

desnudos de frente y se vuelven mutuamente las espaldas, que permanecen

adheridas a la piedra. El mármol se extiende un poco sobre las cabezas,

como para imponerles una carga inevitable. Los hombres y las mujeres

están tomados de la mano en una ayuda resignada para sobrellevar mejor

su común destino señalado implacablemente por la piedra que los oprime

y los ata. En todos palpita una expresión de conformidad dolorida. El

autor ha sabido esculpir una verdad honda: que el alma suele sentirse

de una manera desgarradora íntimamente sola, aunque exteriormente

ligada para siempre a otros seres. El grupo constituye al mismo tiempo

una preciosa enseñanza sobre las limitaciones de la libertad humana.

De Chicago pasamos a Madison para visitar la famosa Universidad

de Wisconsin, de la cual hablaremos en nuestro estudio sobre las

universidades norte-americanas; y seguimos a Nueva York, pasando por la

ciudad de Niágara Falls, a fin de no dejar de ver las famosas cataratas

del Niágara.

Niágara Falls es una ciudad muy pintoresca, compuesta en su mayor parte

de chalets. Debe ser un bello lugar de veraneo. Se halla formada de dos

partes, la una estado-unidense y la otra canadiense. Lo mismo ocurre

con las cataratas, siendo más hermosa la sección canadiense.

Como en todos los lugares donde hay bellezas naturales en los

países civilizados, la explotación del extranjero se encuentra aquí

minuciosamente organizada. Apenas habíamos descendido del tren, a eso

de las siete de la mañana, cuando un señor se nos acerca, y, dando

pruebas de un golpe de vista bien ejercitado y certero, nos dice:

«Ustedes vienen a ver las cataratas; hay que tomar un auto; no se puede

ir a pie; necesitan un guía que los conduzca a los diferentes puntos

de vista desde donde se debe contemplar el espectáculo; el auto que

tengo aquí los llevará, en primer lugar, a un buen hotel, después a las

cataratas, y los irá a buscar por último para traerlos de nuevo a la

estación a la hora que ustedes indiquen».

Era de una solicitud aplastante el señor. Casi sofocado, le dije:

«Pero, señor, déjenos respirar primero, por favor, déjenos dar

algunos pasos y mirar un poco por nosotros mismos». Mas, nuestro

hombre no cedió un punto y estrechó el sitio. No había posibilidad

de reflexionar, de elegir, de optar, no había otros empresarios a

quienes dirigirse; todo estaba prescrito y ordenado y había que dejarse

conducir.

Fuera de la falta del placer de vagar a su antojo, para lo cual

no había tampoco mucho tiempo, el desarrollo del programa formado

por nuestro hombre nos resultó satisfactorio y conforme a lo que

deseábamos, salvo que los precios del hotel fueron bastante elevados.

Vimos las cataratas en un claro y frío día de febrero. La gigantesca

masa de agua al caer levanta nubes de partículas líquidas que van tan

alto, que el que se acerca muy a la orilla las recibe en seguida como

lluvia. Al llegar ésta a la tierra, se hiela rápidamente, y el suelo,

los árboles y las barandillas de los puentes y de las balaustradas

se presentan cubiertos de un esmalte blanco de superficie líquida y

resbaladiza. El espectáculo es bellísimo, grandioso, y carece de verdad

aquello que se ha solido decir de que las obras de los hombres lo hayan

empequeñecido y privado de su imponente majestad.

Hubo un detalle del programa en que el propósito de explotación se

veía muy manifiesto, sin perjuicio de que deba reconocerse en justicia

que bien merecida se la tenían los que, como nosotros, se dejaban

seducir por la tentación que se les ofrecía. Nos condujo el chauffeur

a ver, por el lado canadiense, unos rápidos que forma el río poco

después de las cataratas, y cuya belleza nos ponderó. Descendimos por

un carro de cremallera bastante inclinado a la orilla misma del río,

que se precipitaba como un torrente espumoso entre dos riberas muy

escarpadas. El paisaje nos evocó en parte la imagen del curso superior

de algunos ríos del sur de Chile, que bajan las montañas andinas

también como torrentes imponentes ansiosos de llegar al valle central.

Mas faltaba aquí la selva magnífica, a cuya sombra deslizan sus ondas

las corrientes chilenas en un ambiente de misteriosa alegría. No

obstante de no carecer de belleza el lugar, se nos había conducido a

él, sin duda, porque había ahí una tienda de objetos de recuerdos y un

establecimiento fotográfico. Se hallaba éste en una sala sencillamente

instalada, cuyas paredes estaban cubiertas de muestras de fotografía

que se habían sacado otros turistas en los más bellos sitios de las

cataratas. Había algunas tomadas en islotes y rocas y teniendo en el

fondo como hermosa cortina la gigantesca caída de agua, orlada de

espuma y de polvo líquido. ¡Oh, eran preciosos recuerdos! ¡Retratados

en las cataratas del Niágara!

--«Es muy fácil hacer esto aquí mismo, nos dijo el fotógrafo, sin que

se molesten con ir a las cataratas. Elijan ustedes los paisajes que

prefieran y a ellos adaptaremos las fotografías que tomemos. En una

semana más podemos enviárselas al punto que nos indiquen». Escogimos

efectivamente algunos paisajes, teniendo cuidado de que no fueran de

verano, ya que estábamos en invierno. Luego salimos afuera, y, puestos

de espaldas a las piedras del barranco, como individuos a quienes iban

a fusilar, nos tomaron las fotografías que debían transformarse después

en bellos cuadros del Niágara, que llevarían nuestras imágenes en lugar

espectable. Pagamos anticipadamente, y nos fuimos. A la vuelta de

quince días recibimos las deseadas vistas. Eran unos mamarrachos que no

valía la pena conservar.

* * * * *

¡Qué feliz fué nuestra llegada a Nueva York! A pesar de ser mediados

de invierno, la gran metrópoli del Atlántico se nos ofreció como una

ciudad de luz y de sol, bajo un cielo capaz de rivalizar con los más

bellos de Italia y de Chile. No había aquí nada del humo ni de las

neblinas de Chicago. Nueva York no es sólo una urbe gigantesca de

rascacielos, sino también una _city_ de calles y avenidas hermosas,

claras y amplias.

El clima es, por lo general, variable, inclemente y extremado; pero la

mañana en que llegamos era tan agradable, fresca sin ser fría, y con

tal dulzura en el ambiente, que Nueva York nos pareció una ciudad muy

hospitalaria.

Mas, la hospitalidad se encontraba, por decirlo así, sólo en los

elementos de la naturaleza, lo que, de todas maneras, no era poco. En

los hombres no pudimos admirar esa virtud en los primeros días. Los

hoteles y las casas de departamentos y piezas para arrendar se hallaban

totalmente ocupados. Se refería entonces que se habían inaugurado hacía

poco dos grandes hoteles, con dos mil habitaciones cada uno, y que

todas habían sido tomadas en un mismo día.

Buscando piezas en uno de los mejores barrios (en _Uptown_, entre

Broadway y Riverside), llegamos a una casa donde salió a recibirnos un

señor de muy buena traza y con un perfecto aire de _gentleman_, que

vivía solo con su señora. Ambos nos mostraron una pieza muy confortable

de que disponían; pero después de sus primeras palabras nos produjeron

una impresión de desconfianza e inseguridad, que luego se acentuó al

ver cómo procedían en la fijación de los precios. No era difícil que

ellos notasen en nuestro acento que éramos extranjeros, de suerte que

empezaron por poner la puntería muy alta y nos pidieron al comenzar

treinta y cinco dólares mensuales por la pieza. Para tentarnos, fueron

bajando de _motu proprio_ a treinta primero y luego a veinticinco. Esta

falta de seriedad, y el observar que el señor se hallaba medio ebrio,

nos hicieron retirarnos muy pronto, no poco desagradados de una de

nuestras primeras experiencias neoyorquinas.

Corrimos todavía otra aventura antes de instalarnos definitivamente.

Leíamos con avidez todos los días los centenares de avisos de los

diarios relativos a pensiones, departamentos y piezas de arriendo; y

uno nos tentó. Se ofrecía pieza y pensión en una de las mejores calles

de _Uptown_, y, según decía el aviso, los dueños de casa formaban un

hogar cristiano, circunstancia que nos pareció una garantía en medio

de la babilonia neoyorquina. Agréguese que tendríamos oportunidad

de practicar el inglés a las horas de comida. Predispuestos de esta

suerte, aceptamos sin mucha dificultad los precios elevados que nos

fijó la señora, quien se encargó de repetirnos lo que ya habíamos

inferido de la lectura del aviso periodístico. «En mi casa se lleva

vida de familia», nos dijo. Y, en efecto, no se podía negar que el

personal de la casa era gente bien, y poco numeroso.

Pero muy pronto pudimos notar que las cosas no iban aquí por el

camino de lo confortable, ni de lo abundante, ni de lo cómodo. ¡Cómo

nos acordábamos de las que ahora considerábamos esplendideces de los

hoteles de Berkeley y de Chicago, y a menor precio, se entiende! No

había más que una sirvienta, una _maid_, para todo el servicio. Era

una criatura regalona que hacía el favor de servir y a quien la señora

consideraba más que a cualquiera de sus pensionistas. Era tan difícil

encontrar empleados en Nueva York, decía la señora, que en caso de

perder a su _maid_, sería casi imposible reemplazarla. La doncella no

servía por nada comidas en las piezas, ni aun en caso de enfermedad.

Debiendo por este motivo guardar cama varios días mi señora, tenía

yo que bajar tres veces diariamente a buscar el desayuno, el lunch

y el _diner_ para ella, y subir a nuestro piso con la bandeja llena

de platos y cubiertos. Creo que llegué a adquirir cierta destreza

en el manejo de estos adminículos. Era capaz de llevar la bandeja

equilibrándola perfectamente en alto en la palma de la mano derecha,

y comprendí entonces cuánto hay de pose en el aire con que sirven los

mozos de los grandes hoteles y restoranes.

Al ajustar nuestras cuentas, la señora me hizo presente que el servicio

en las piezas era extra, es decir, me cobró veinticinco centavos más

por cada vez que yo había subido con la bandeja. Esto me pareció un

colmo, y no muy de acuerdo con lo que debe ser la vida de familia, y

más, de familia cristiana.

Movidos por estas impresiones ingratas, resolvimos mudarnos, y al fin

encontramos un bello departamento con una buena casera, donde nos

quedamos hasta los últimos días de nuestra permanencia en los Estados

Unidos.

* * * * *

Este país, que en tantos sentidos se podría llamar la tierra de la

fuerza, es al mismo tiempo el reino de los débiles. No lo es, sí, el de

los fracasados.

Los débiles que no tienen la culpa de serlo, las mujeres, los niños,

los ancianos, se encuentran aquí en el mejor lugar que puede ofrecerles

nuestro planeta. Sabido es que los maridos, por término medio, le

andan mirando la cara a sus mujeres para adivinarles los deseos, y es

frecuentísimo encontrar en las calles a los hombres de la clase media

llevando a sus bebés en brazos o arrastrando el cochecito en que los

sacan a paseo. Los ancianos son objeto de delicadas atenciones y ayuda

en todas partes. Los niños juegan a sus anchas en las calles donde

no hay mucho tráfico comercial. Ocupan las aceras con sus cuerdas

para saltar y tiran las pelotas por encima de las cabezas de los

transeuntes, sin que éstos en ningún caso se molesten o impacienten. El

niño es soberano. Los policiales cuidan especialmente de que mujeres,

niños y ancianos atraviesen sin peligro las avenidas y calles en los

puntos de mucho movimiento.

* * * * *

No en todas las ciudades norte-americanas se encuentran _cabarets_.

Estos han prosperado sólo en aquellas en que la riqueza derivada de la

intensa actividad comercial, la falta de prohibición alcohólica y un

cosmopolitismo libre de ciertas tradiciones religiosas puritanas, han

permitido el florecimiento de la alegría fácil y de la vida mundana.

En tal caso, se encuentran principalmente Nueva York, Chicago y San

Francisco. Desde este punto de vista, Washington es una pequeña ciudad

que se aburre un poco de noche en medio de sus virtudes de abstinente,

y Boston es demasiado severa para que dentro de sus paredes vetustas

puedan oirse los cantos y desarrollarse las danzas que después de las

horas de trabajo, divierten a las poblaciones de los tres primeros

centros nombrados.

Un cabaret es un restorán generalmente amplio y muy a menudo recargado

de decoraciones y pinturas de mal gusto. En el fondo se levanta un

proscenio, y se deja además un espacio libre, de forma ovalada, en

medio de las mesas, para que se ejecuten los diversos números de la

_show_ o espectáculo y bailen después los comensales mismos.

El derroche de luz principia en la calle. Los anuncios de los cabarets

son vistosos, llamativos, con luces de diversos colores en movimiento,

como corrientes de pedrerías. En el interior arañas y lámparas de

formas fantásticas y no pocas veces extravagantes alumbran plenamente

el recinto. La sala se obscurece ligeramente cuando es menester hacer

proyecciones coloreadas sobre las cantatrices y danzantes.

No hay que esperar oir ahí gran música. La orquesta es por lo

común sonora, bizarra, a menudo estridente y las piezas que ejecuta

con frecuencia son los aires pegadizos de los descompasados bailes

americanos.

El programa de la _show_ comprende números de acrobacia, de canto,

de bailes individuales, de violín y otros instrumentos de música.

En algunos cabarets el piso de la parte central está arreglado de

manera que puede helarse, y se ofrece entonces el espectáculo de

destrísimos patinadores. Pero lo esencial es la exhibición de mujeres

con frecuencia muy hermosas, de bellos cuerpos delgados y flexibles, y

elegantemente vestidas. Cantan en coro con el conocido sonsonete de las

canciones americanas, y se mueven a compás, casi siempre lentamente,

como siguiendo el paso de un fox-trot tranquilo y haciendo figuras para

lucir sus formas esculturales sin exhuberancia de carnes y sus ricos

trajes. No es raro que se busque el representar con éstos, diversas

épocas históricas o acontecimientos de carácter patriótico.

Hay cabarets tan grandes, que el espectáculo tiene que repetirse de un

lado a otro de la sala, para que lo vean todos los comensales. Otros

ocupan tres o cuatro pisos de un mismo edificio y en cada uno de ellos

se ofrecen diversas _show_ simultáneamente.

Terminado el programa le llega su turno al público mismo, que se

entrega al baile entre plato y plato, o entre copa y copa. Las parejas

bailan como mejor les acomoda, no hay reglas fijas y lo esencial es

seguirse. Cada cual toma como compañera a su mujer o alguna amiga: no

es permitido sacar a una dama que no se conoce, costumbre muy razonable

porque los bailes americanos tal como se practican aquí, son ante

todo de carácter bastante íntimo. En ocasiones los cuerpos se mueven

demasiado juntos, e inclinándose él sobre ella o ella sobre él, los

pechos y los rostros se tocan a menudo en un abandono lánguido.

No es fácil entrar en apreciaciones acertadas sobre el valor moral de

las artistas de cabarets, pero nunca observé en estos sitios otras

cosas que las que dejo descritas. Aun más; en uno de los mejores de

Nueva York pude cierta vez admirar a una joven y hermosa bailarina

que danzaba con particular donaire. Vestida de una túnica ligera

se diseñaban claramente al través de ella las formas de su cuerpo

delicado. A poco de terminada la show me llamó la atención una niña

sentada a una mesa vecina de la nuestra. El humo lanzado por unas

damas que fumaban, no permitía ver en un principio; pero luego me pude

convencer de que la niña era la misma bailarina que había admirado

hacía poco. Nadie lo habría creído. Vestía sencillamente, se notaba en

toda su persona cierto aire de puro recato, estaba acompañada de gente

al parecer seria, y al lado de ella un joven en uniforme, tal vez un

amigo o un _sweetheart_, un novio. Me dejó la impresión de una modesta

obrera que después de hacer su labor se ponía a descansar, y que bailar

en el cabaret era para ella simplemente una manera de ganarse la vida

que en nada comprometía su honestidad.

* * * * *

Algunas ciudades han tenido la suerte de ser fundadas en lugares

privilegiados, que son como la embocadura de las corrientes de

la fortuna y adonde llegan fácilmente los elementos para un gran

desarrollo. Constantinopla y Alejandría constituyen ejemplos clásicos

de este hecho en el Mediterráneo oriental y Londres, París y Hamburgo,

lo son en la Europa occidental. El Nuevo Mundo nos ofrece casos

análogos en las metrópolis gigantescas de Nueva York y Buenos Aires.

Washington, la capital federal, no puede figurar en este grupo. Ha sido

levantada, es verdad, en una posición céntrica de la región oriental y

en un hermoso terreno llano o de suaves colinas a orillas del Potomac;

pero ni por sus industrias, que son muy pocas, ni por su animación

puede competir con los grandes emporios de la Unión. Washington es una

ciudad artificial creada por la voluntad del estado americano para

servir de sede al Gobierno de la República, al Parlamento Federal y

a los representantes de las naciones extranjeras. Carece de aquellas

formas de vida que resultan del crecimiento espontáneo de los pueblos;

pero sí, posee lo que las riquezas de un fisco fabulosamente opulento

han podido hacer; y la capital es una población de bellas avenidas, de

parques, de magníficos palacios oficiales y que cuenta en cantidad y

calidad con monumentos como no los hay en ninguna otra parte del país.

Una amiga e inteligente escritora chilena me decía con mucha sal que

Washington le había parecido una ciudad de día domingo.

En uno de los extremos de la Avenida de Pennsilvania, que es la

principal de Washington, se alza el vasto y magnífico palacio del

Capitolio, donde se hallan instaladas la Cámara de Senadores, la de

Representantes y la Corte Suprema de Justicia. Esta grandiosa fábrica

es de estilo renacimiento y su altísima y conocida cúpula se destaca en

el fondo de la avenida como una decoración insuperable.

Del palacio se desciende por escalinatas monumentales al vasto y

hermoso parque que lo rodea. En los días en que andábamos de visita

por aquí, que eran del mes de Mayo y de insoportable calor, el parque

del Capitolio, como los otros de la ciudad, constituía un refugio

para los sofocados habitantes. Ahí se les veía en mangas de camisa de

espaldas en el césped o sentados a la sombra de los frondosos árboles

y tirándoles miguitas de pan a las simpáticas ardillas que, con toda

confianza, saltaban alrededor de ellos.

Así como en los países europeos, y especialmente en los del norte,

se halla consagrado el estilo ojival como el propio de los palacios

consistoriales y otros de carácter público, en los Estados Unidos han

recibido consagración análoga para las casas de Gobierno los edificios

de estilo renacimiento revestidos de gigantescas cúpulas. De esta

suerte encontramos imitaciones más o menos bellas del Capitolio en

Oakland, en Sacramento, en Madison y otras partes.

La Biblioteca del Congreso, ubicada no lejos del Capitolio, separada

de él por un regular espacio del parque mencionado, es también un

amplio y bello edificio. No tiene las proporciones de grandiosidad

externa que distinguen a aquel palacio, pero en hermosura interior lo

supera con mucho. Los mármoles más ricos y de variados colores han sido

prodigados y artísticamente combinados en pisos, escalinatas, columnas

y pisos. Las bóvedas, galerías y salas, se hallan decoradas con

admirables pinturas murales que simbolizan los estados más importantes

de la cultura humana. Sirve de salón de lectura una imponente rotonda

octogonal de jaspe amarillo, extensa, alta y majestuosa como un templo.

A ella puede entrar cualquiera persona que desee consultar o leer

alguno de los dos millones de volúmenes con que cuenta la biblioteca.

A la altura del segundo piso, la rotonda forma una galería o tribuna

circular a que tienen acceso los visitantes que no van a leer, y en

cuyo antepecho se levantan como adornos cerca de veinte estatuas de

poetas, filósofos y escritores, en bronce y de porte natural.

No vacilo en decir que el vestíbulo es de una belleza deslumbrante,

y que todo el edificio por su riqueza y valor artístico debe ser

el primer monumento arquitectónico de los Estados Unidos. Su

magnificencia sólo puede ser comparada con la de la basílica de San

Pedro en Roma o la del Teatro de la Opera de París.

La biblioteca posee también riquísimas colecciones de mapas y grabados.

Otro importante edificio de la capital, y de especial valor para los

hispano-americanos, es el palacio de la Unión Pan-Americana. Se ve que

se ha querido darle un carácter representativo. La construcción es de

un estilo que podríamos llamar tropical del coloniaje. El centro de

la casa lo forma un gran patio español en el cual se mantienen como

adornos, plantas de la zona tórrida. En medio de ellas dan realce a la

escena algunos vistosos papagallos. ¿Por qué se ha elegido lo tropical

como representativo de toda la América Latina? ¿Los papagallos están

ahí como cifras simbólicas de la supuesta verbosidad de los pueblos de

este continente y de su disposición a repetir lo que los demás dicen?

Quizás no haya habido tal maliciosa ironía, y la preferencia en favor

de las plantas y pajarracos de la región ecuatorial haya resultado de

que se ajustan mejor que otros a propósitos decorativos en un espacio

reducido.

En la cornisa que rodea al patio, se destacan los nombres y los

escudos de las naciones latino-americanas y en una galería adyacente,

puestos en columnas de mármol, se ostentan los bustos de los héroes

de la independencia de estos pueblos: Bolívar, San Martín, Artigas y

tantos otros. Una columna se ve desocupada en espera de su busto.

¿Fué destinada quizás por un error a un pueblo desgraciado que no ha

tenido héroes? ¡Ah! no. Es la que debe sustentar la imagen del héroe

chileno O'Higgins. Mientras tanto, nuestro padre de la patria, algo

del espíritu de Chile, está ausente de aquella congregación sagrada de

mármoles venerables.

No podemos ocultar que nos dió pena esta muestra de tanta negligencia.

Desde todos los puntos que hemos recorrido, desde todas las calles,

plazas y parques, se divisa dominante el monumento del héroe epónimo de

la ciudad, del héroe nacional, del gran Washington. ¡Qué concepción más

original y grandiosa!

Más allá de un umbroso parque en los bordes de la población por el lado

sudoeste, se alza en una despejada elevación natural del terreno la

colosal obra de granito. Es un obelisco inmenso de quinientos cincuenta

y cinco pies de alto, que se eleva hasta el cielo como un ástil

enorme, cortando la bóveda azulada con sus líneas rectas, majestuosas

y ligeramente convergentes hacia arriba. La ideación de este monumento

revela cierta audacia artística e intuición psicológica. No era fácil

adivinar en la simple contemplación de un plano el efecto maravilloso

que iba a producir en la realidad dentro de su extremada desnudez:

de aquí que fuera audacia concebirlo; y por lo mismo corresponde

admirablemente, como tal vez ninguna otra cosa pudiera haberlo hecho

mejor, a la grandeza, sólida sencillez y rectitud del héroe que

inmortaliza: de aquí su mérito psicológico. En sus caras lisas de

dura piedra gris, no se encuentra ninguna inscripción, ningún relieve,

ningún medallón representativo. La columna se yergue soberana sobre

la capital y la planicie como un gigante silencioso, reconcentrado

y bueno, encargado con su actitud de proclamar por la eternidad la

gloria de un grande hombre; como un gigante que despidiera efluvios

bienhechores y obrara en los espíritus por la evocación de valores

morales. «No os admiréis, parece decir, de mi mudo continente acerca

de mi significación. A mí no me hacen falta caracteres escritos, ni

cifras, ni retratos, ni vanos adornos. Vosotros que pisáis esta tierra

del héroe no podéis ignorar porque estoy aquí. Miradme, meditad y

elevad vuestros corazones en una oración de civismo».

* * * * *

Boston goza del renombre de la ciudad más intelectual de los Estados

Unidos y sus habitantes pasan por ser los que hablan el más atildado

inglés del país. Boston es la capital del Estado que cuenta tal vez

con el mayor número de colegios y de los más afamados. En la ciudad

misma encontramos la Universidad que lleva su nombre, y en Cambridge,

separada de ella sólo por el río Saint Charles, se hallan la célebre

Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusets,

el primero en su género en el continente. Lo que hace un total de

tres grandes universidades para la ciudad, circunstancia que viene a

corroborar los renombres que he mencionado.

Las calles del viejo Boston, ocupadas principalmente por los barrios

comerciales, son tortuosas e intrincadas. Mientras en Nueva York es

muy fácil orientarse, en las calles de la capital de Massachusets es

muy fácil perderse. _Downtown_ en Boston forma un dédalo. Tal vez

algún aficionado a investigaciones complejas se sentiría inclinado a

buscar una relación de causalidad entre lo laberíntico de las calles

bostonianas y la intelectualidad de sus pobladores. Y luego, por un

salto de imaginación, podría considerar la monotonía de las rectilíneas

calles de los pueblos hispano-americanos y llegar a conclusiones

contrarias. Pero me parece que éstas serían conexiones aventuradas,

fundadas en accidentes superficiales y que ningún lógico de la

Universidad de Harvard se atrevería a autorizar.

Boston posee un Museo de Bellas Artes, riquísimo en obras de todos los

tiempos.

Admirable es la colección de acuarelas de Edward Boist, que

representan paisajes y pueblos. El arte en estos cuadros se manifiesta

principalmente como un resultado de la técnica del artista. El colorido

es magnífico. El procedimiento de Boist consiste en el empleo y

aplicación de anchas rayas y grandes puntos, combinados con manchas de

color. No hay ningún cuadro que sea un caso de inspiración propiamente

dicha.

Llaman la atención también las acuarelas de John Sargent, que se

hallan al frente de las anteriores. Muchas representan paisajes, pero

otras están consagradas a reproducir escenas sencillas de la vida y

revelan una delicada inspiración. Algunos hay que prueban una vez más

cuán cierto es aquello de que no existen asuntos triviales y pequeños

para el arte cuando el artista es capaz de sentir y expresar la belleza

que esos asuntos encierran.

Entre éstas recuerdo «La Lavandería». En un campo verde y pendiente

de un arbusto algo seco y con hojas amarillas se extiende una soga en

dos direcciones formando un ángulo agudo. Ahí se han puesto a secar

una cantidad de piezas de ropa blanca que se destacan con matices

ligeramente azulados. Esto es lo esencial del cuadro y resulta

bellísimo.

Merece ser igualmente llamada hermosa la colección de pasteles de

Juan Francisco Millet. Millet es también artista de cosas modestas, y

sus cuadros, que representan escenas sencillas de la vida del campo

y pastoril, constituyen una glorificación del trabajo humano en sus

formas más humildes. Sus pastores y sus pastoras revelan, dentro de su

modestia, la dignidad que acompaña siempre a las personas puras. Por lo

demás, el paisaje, el escenario en que estos personajes se encuentran

colocados, es generalmente maravilloso. Hay un cuadro intitulado

«Puesta de sol, pastora y ganado», que me detuve a contemplar abstraído

y con delectación. Se nota en la pastora cierta noble actitud de

místico recogimiento ante el astro poniente, que se despide en una

gloria de rayos dorados; pero su figura se destaca de tal suerte que

parece que fuera más bien el sol el que se inclinara a adorar a esa

criatura humana realzada en toda la majestad de su labor sencilla.

En la plazoleta que se extiende por delante de la escalinata de entrada

del Museo, se puede admirar la preciosa obra del escultor Cyrus E.

Dallin, llamada «Invocando al Alto Espíritu». No es posible entrar y

salir del Museo sin quedar encadenado en la contemplación sugestiva

de ese grupo genial. He hablado en líneas anteriores del simbolismo

psicológico que encierra el grupo «La Soledad de las almas» del

escultor Taft y que constituye una de las pruebas del vigor manifestado

por los pocos escultores norte-americanos que se destacan. La obra

de Dallin confirma esta impresión. Palpitan en ella las vaguedades

del misterio, lo cual no quita que al mismo tiempo en la ejecución de

los detalles, la mano del artista haya sido guiada por el amor al más

perfecto realismo. El grupo en bronce y de porte natural representa

a un indio a caballo que con los brazos abiertos dirige sus miradas

arriba e implora al cielo.

El caballo no tiene nada de aquella apostura arrogante, en que parece

que se estuviera sofrenando una exuberancia de energía, y que se

usa generalmente para representar a sus congéneres en las estatuas

ecuestres. Es un pobre caballejo flaco y vulgar, que revela estar en

la actitud más tranquila posible, sin ningún movimiento, la larga

cola caída, las piernas traseras juntas, las delanteras también y el

cuello y la cabeza inclinados con simpática resignación. Es un animal

de trabajo y de lucha. Da muestras de comprender, por lo demás, la

situación de su amo y que el momento no es propicio para ninguna clase

de escarceos. El artista podía haber esculpido al indio invocando al

cielo de pie. No habría tenido tal actitud nada de irreal; pero no

habría sido lo mismo. De pie o de rodillas, el indio pudiera hacer

pensar en la ejecución de una ceremonia ritual, mientras que tal como

está a caballo, se ve que no se trata de un rito, sino que la angustia

le apretó el corazón en plena vida y que lanza su queja a las alturas

infinitas en un momento de desolación. El indio no se dirige a un

fetiche o a un ídolo, sino al más alto espíritu. Esta estatua entraña

una significación comprensiva de una situación humana de todos los

tiempos. Si el personaje esculpido hubiera sido un hombre de nuestros

días, no habría sido así y tal vez no habríamos traspuesto, al admirar

la obra de arte, los límites de nuestra época contemporánea. Ese

indio, ese hombre primitivo, representa el alma humana recién abierta

a la vida y ya herida por el misterio; la representa en su primera

tribulación mística; y las almas que hoy día, después del correr de los

siglos, aun sufren de esas tribulaciones no pueden dejar de contemplar

con emoción y simpatía, con ternura de hermano, a ese bárbaro sencillo,

que inició el gesto de interrogación desesperada que la humanidad ha

venido repitiendo sin cesar y que nosotros solemos formular todavía

ante los enigmas, los vacíos y los dolores de la vida.

La estatua de Dallin hay que agregarla a la cuenta del espíritu

religioso de los norte-americanos.

[Ilustración]

Por las dos Américas · 第 20 / 32 题