En San Francisco. — Una tragedia amorosa. — ¿Libertad o sumisión? —
La influenza. — Los «christian science». — La bahía y la ciudad.
— Golden Gate. — Berkeley. — Ciudad universitaria. — Pruebas de
honradez. — La mujer americana. — La firma del armisticio. —
Thanksgiving day. — Año Nuevo. — En dos escuelas de Oakland. —
La democracia americana. — Un gran filósofo. — Sencillez y bonhomía.
Llegamos a San Francisco, enfermos de la tristemente famosa influenza
española, que venía a continuar en Estados Unidos los estragos que
había hecho en Europa. Mi mujer, nuestra amiga la señorita S. y yo,
caímos a la cama.
Este hecho baladí, porque no sufrimos mucho, y no nos morimos, y que
bien podía ser calificado así aunque hubieran ocurrido estas cosas, ha
constituído un recuerdo muy agradable y está ligado a un sentimiento de
gratitud hacia los norte-americanos.
Tuvimos la suerte de que no nos exigieran la ida a un hospital y de que
nos admitieran en el hotel a donde llegamos.
¿Cómo no evocar con cariño el recuerdo de esos días de principios
de otoño pasados en la paz de un hotel confortable en cuyas piezas,
a pesar de todo el mundo que se mueve afuera, no se siente el menor
ruido? Nuestro despertar por las mañanas era recibir al mismo tiempo
las caricias de una luz suave y del aire fresco que entraba por la
ventana abierta al patio, y el placer de mirar a la _nurse_ que nos
atendía. Bella y simpática, esbelta y rubia, era el tipo perfecto
de una norte-americana. Con su gorrito blanco bien aplanchado y su
delantal también blanco, despedía su persona un perfume de nitidez
y limpieza que atraía. Dos veces al día nos iba a ver un doctor que
nos habían recomendado en el hotel y que debíamos aceptar porque no
podíamos hacer otra cosa. Se llamaba el doctor Castle. No tuvimos más
que felicitarnos de haber caído en sus manos. ¡Qué hombre más amable,
más bueno y más eficaz para sanarnos! Charlaba con nosotros como un
viejo amigo y nos llevó a su señora para que nos conociéramos, una
dama hermosa y distinguida, ilustrada y graduada en dos universidades
importantes. Después de ocho días nos dió de alta y no pudimos
conseguir que nos cobrara absolutamente nada por sus delicadísimas
atenciones.
En estos días se comentó mucho en San Francisco y causó gran sensación,
un idilio amoroso que tuvo un fin trágico. Me lo refirió el doctor y ví
en los diarios el retrato de la heroína. Los protagonistas eran del
Este, una bella y rica heredera y un joven de alta posición social.
Dando pruebas de un espíritu libérrimo que no respeta nada fuera de
los dictados de la pasión, ni tradiciones ni leyes, ni preceptos
religiosos, ni miramientos sociales, resolvieron amarse en la soledad,
lejos de las hipocresías mundanas, consagrados por completo el uno al
otro. La estación era propicia para el proyecto. Se fueron a principios
del verano a una montaña solitaria del Oeste y llevaron durante tres
meses una vida deliciosa de simplicidad, de admiración de la naturaleza
y de adoración mutua. Era una renovación encantadora de los idilios
de amor y libertad de tiempos románticos y primitivos idealizados
por la leyenda. Su nido lo habían formado en una sencilla tienda de
campaña o dormían al aire libre, bajo el manto de las estrellas. Se
levantaban con el sol, despertados por el canto de las aves silvestres;
sus comidas eran frugales y las horas pasaban dulcemente, no contadas
por corazones que gozaban de la dicha suprema de un amor completo
y satisfecho. Pero llegaron las rachas frías del otoño y tuvieron
que descender de las alturas a hospedarse en el hotel de una ciudad
vecina. A los pocos días el joven dijo que se veía obligado a hacer
un viaje por motivos de negocios y que regresaría antes de cuarenta
y ocho horas. Pasó el tiempo y no volvió. Ella comprendió que el
corazón de su amante había cambiado y vió roto para siempre el sueño
de su vida. Criatura apasionada, de integridad de una pieza, que con
la más absoluta sinceridad había hecho de su amor el único fin de su
existencia, se dispuso a una resolución extrema. ¿Iría a acusar a su
amante ante los tribunales en la seguridad de que sería condenado, dado
lo favorables que son para la mujer las leyes norte-americanas? ¡Ah!
no; su corazón no ganaría nada con eso. Le escribió al infiel una carta
conmovedora en que le decía que consideraría una traición a lo más caro
de sí misma avenirse a la nueva existencia de desilusión que veía por
delante, y que estaba segura de que el recuerdo de ella lo acompañaría
siempre. Hecho esto, se envenenó.
Oí con pesar esta triste historia y me quedé pensando que podía ser
tomada por algunos como argumento para condenar una educación cuyo
ideal es dar una personalidad libre a la mujer. Cómo declamarían en
contra del exceso de libertad y preconizarían las saludables ventajas
de la disciplina que mantiene sujetas a las mujeres. Pero, en verdad,
un caso excepcional no es por sí solo un argumento; y, además, es
preferible la libertad con sus riesgos a la seguridad que resulta de la
sumisión y falta de iniciativas.
La heroína de este idilio trágico había hecho sin duda suya la divisa
del héroe de _La Comedia del amor_, de Ibsen:
«Y aunque así naufrague mi navío
Prefiero navegar a gusto mío».
Nosotros habíamos sido de las primeras víctimas de la influenza. El
flagelo tomó en los tres meses siguientes proporciones alarmantes,
tanto en California como en el resto del país. Los médicos no daban
abasto, no había lugar en los hospitales y faltaban enfermeras. Según
decían los diarios, la epidemia causaba más muertes que la guerra. Las
autoridades tomaron las medidas más enérgicas para combatir el mal. He
leído que en Nueva York se imponía una multa de quinientos dólares a
toda persona que al tiempo de estornudar o de toser no se llevara el
pañuelo a la cara. En San Francisco toda persona que tosa o estornude
es expulsada del teatro o del lugar de reunión pública donde se
encuentre.
En esta ciudad y en todas las de la bahía de San Francisco se hizo
obligatorio, bajo multa de cinco a diez dólares, llevar en la cara una
especie de bozal o antifaz de tela para cubrir la boca y las narices.
Al principio el espectáculo que ofrecía la gente parecía cómico y
carnavalesco; pero luego, con la costumbre, no llamaba la atención ver
en un teatro a toda la concurrencia con bozal, y verla de igual manera
en una conferencia, con el agregado de que el conferencista para poder
hablar se dejaba colgando de una oreja el antifaz. Al contrario, cosas
del hábito y de la imitación, el que andaba sin ese aditamento se
encontraba raro.
Fué, sin embargo, una medida muy discutida porque muchos ponían en duda
su eficacia. En el comité de salud pública hubo acalorados debates
sobre el particular, y especialmente los adeptos de la _Christian
Science_ la atacaron ardientemente. Los partidarios de esta doctrina
sostienen algunas ideas muy convenientes por su acción sugestiva
para la cultura espiritual y moral; pero que, exageradas, conducen
a absurdos. Ellos afirman que cuanto ocurre en nosotros es de orden
mental y que todo es posible arreglarlo en la vida como por ensalmo
con sólo pensar bien. Pero de esta proposición, que se puede aceptar
como un saludable resorte interior, pasan a defender que aun para
librarse de las enfermedades, lo esencial es pensar bien y no tener
miedo. De aquí que consideraran a los antifaces no sólo inútiles, sino
perjudiciales. Un médico les contestó que no podía creer que el miedo
fuera la causa de la influenza, ni que tuviera el poder de engendrar un
microbio cuyo germen no existiera. «Nuestros soldados, agregó, que no
han temido a los submarinos ni a las balas del Kaiser, han contraído,
sin embargo, la influenza y han muerto por millares a causa de ella».
Con todo, el uso del antifaz se mantuvo en vigor hasta año nuevo, y dió
en general buenos resultados.
* * * * *
La espléndida bahía de San Francisco es más bien un lago alargado de
norte a sur y comunicado con el Océano Pacífico por un estrecho canal,
que da con toda simetría a la parte media del lago, y se llama _Golden
Gate_ (Puerta de Oro). El lago queda así cerrado por el lado del mar
por dos penínsulas irregulares, y en el extremo de la meridional se
levanta San Francisco.
Esta es una pintoresca ciudad construída sobre colinas, y el hotel en
que nos alojábamos se halla en una de las más altas. ¡Qué magnífico
panorama se divisa desde su azotea! El hermoso azul del mar se ofrece
por tres lados: por el oeste en el Pacífico, cuyas aguas se extienden
sin límite hasta confundirse con las nieblas del horizonte; por
el norte en el Golden Gate, estrechamente encerrado entre orillas
de colinas altas; y por el este en la amplia bahía, cuyas costas
orientales se alcanzan a columbrar perfectamente. Aquí se levantan las
importantes ciudades de Oakland, Berkeley y Richmond, comunicadas con
San Francisco por un tráfico continuo de inmensos _ferryboats_ que
parecen enormes casas flotantes con dos chimeneas en el medio.
San Francisco es por sus colinas la ciudad de las montañas rusas
naturales. No es posible andar dos cuadras sin subir y bajar, salvo en
algunas grandes avenidas del barrio comercial. Por esta disposición
del terreno, algunas calles se continúan a través de largos túneles,
y muchas veces corre al mismo tiempo sobre el túnel otra empinada
calle. En el barrio comercial, los rascacielos dominan como inmensos
falansterios de forma cúbica. Las líneas de los techos y de los
ángulos, las divisorias de sus quince y veinte pisos, y las que forman
las innumerables hileras de ventanas, se cortan y se alargan todas
en perspectivas rectas y uniformes. Algunos se levantan, sin embargo,
como torres gigantescas coronadas de cúpulas hermosas. Otros edificios,
principalmente algunos Bancos y el del Palacio del Tesoro, ostentan
bellas fachadas de columnas, de una arquitectura sencilla y majestuosa,
con reminiscencias de estilos griegos.
Casi en el extremo de la sección comercial, pero siempre en una parte
muy central e importante de la ciudad, se encuentra _Chinatown_, el
barrio chino. Aquí, torres de cúpulas doradas y techos de puntas
arqueadas interrumpen la uniformidad de la edificación. Chinatown de
San Francisco no ha gozado de la fama siniestra de su hermana de Nueva
York, donde hasta hace poco menos de diez años no era posible entrar
aun de día sin peligro de ser asesinado.
En la parte occidental de la ciudad no se encuentran rascacielos: es
de residencias, con casas de dos o tres pisos, elegantes, bellas,
pintorescas, y rodeadas de jardines. Por este lado se va al hermoso
parque de San Francisco, que lleva el mismo nombre del canal de
entrada, _Golden Gate_, y llega hasta el mar. Aquí se encuentra el
principal museo de San Francisco. Sus jardines se hallan adornados con
magníficas estatuas. Las hay de Cervantes, de Goethe, de Schiller y de
una cantidad de personajes americanos. Lo visitamos en un hermoso día
de otoño. En las avenidas, de un color negruzco, se cruzaban en todas
direcciones los autos y jinetes de ambos sexos. Las amazonas llevaban
pantalones y cabalgaban como hombres. Mujeres, niños y hombres de todas
edades tomaban el sol sentados en los bancos de los bordes de los
caminos o tendidos en el césped. Nuestro auto tuvo que correr bastante
antes de llegar al mar. En la playa espaciosa de arenas blanquecinas
se nos ofreció el mismo espectáculo de la gente que disfrutaba de
las caricias del sol y del aire, acompañados esta vez por la música
imponente del océano.
* * * * *
Para conocer de cerca la Universidad de California, que era uno de los
principales objetos de nuestro viaje, nos trasladamos a Berkeley, el
pueblo del lado oriental de la bahía, que hemos mencionado ya. De ésta
y de otras importantes universidades norte-americanas he de hablar en
un librito especial. Por consiguiente, en estas líneas me limitaré a
consignar algunos recuerdos y observaciones que no encontrarían un
lugar adecuado en dicho estudio.
Berkeley es ante todo una ciudad universitaria. Su amor y su orgullo
se cifran en la Universidad, y ésta constituye el principal motivo
de su importancia y su centro de vida. Es una ciudad de clima suave,
de chalets y de jardines. En medio de un dilatado parque de terreno
graciosamente ondulado se alzan los edificios universitarios, y en
el centro de ellos se levanta el campanil de la Universidad, alto y
hermoso, como un obelisco blanco, dominando al pueblo todo, a las
ciudades vecinas y a la bahía entera, como una enseña de cultura e
idealismo.
En esta ciudad, fuera de algunos cinematógrafos, no hay teatros
ni _cabarets_, y no se puede tomar ninguna bebida alcohólica. Los
aficionados a estos placeres tienen que ir a satisfacerlos a San
Francisco o a Oakland, que se encuentran a media hora de distancia. La
gente de Berkeley es de costumbres sencillas. El ambiente universitario
penetra en todas partes, y, por lo general, en cada persona hay algo
de un buen estudiante. Las lecturas, las conferencias que se dan en la
Universidad y algunos conciertos, son los principales entretenimientos.
Se lleva también mucha vida al aire libre. Se juega tennis, golf, y
los hermosos alrededores de la ciudad se prestan para hacer agradables
excursiones a pie y en automóvil. Como casi todo el mundo tiene
automóvil, es uno de los placeres favoritos de esta gente recorrer a
todas horas las calles y avenidas perfectamente pavimentadas de la
ciudad.
Pruebas de la honradez general saltan a la vista en todas partes. Las
puertas y ventanas de los almacenes y tiendas no tienen cortinas de
hierro, y durante la noche quedan con los vidrios descubiertos sin
ningún cuidado. Los jardines que rodean a las casas no están cerrados
por rejas, y nadie se roba ni las plantas ni las flores. En los buzones
de correo, que existen en formas de pilastras en casi todas las
esquinas, no caben a menudo encomiendas relativamente grandes; y los
remitentes las dejan con toda tranquilidad afuera para que el cartero
las recoja al pasar por ahí. Muchas veces son depositadas en la noche
para que sean tomadas a primera hora de la mañana siguiente, y ninguna
se pierde. Nadie se aprovecha de la soledad y de la sombras nocturnas
para llevar a cabo un hurto que quedaría seguramente impune. Los
lecheros dejan la leche por las mañanas en pequeñas botellas al lado de
afuera de las puertas de las casas. Nadie se roba ni se toma la leche.
Casi todas las personas con quienes hemos tenido que tratar, nos han
parecido buenas, amables, francas y serviciales. En los matrimonios
hemos observado unión, cordialidad y bastante consideración mutua. Es
un hecho aceptado, sí, que la mujer es la que manda; y los hombres lo
reconocen con una sonrisita de resignación. Los maridos gastan con
sus mujeres ciertas cortesías muy delicadas. Jamás se sientan ellos
primero a la mesa. Se ponen ante todo de pie detrás de la silla de la
señora, la retiran por el respaldo cuando esta llega, y una vez que se
ha sentado y la han acomodado, van a ocupar su lugar. Fineza análoga
gastan al terminar la comida: se levantan primero y se ponen detrás
de ella para mover la silla oportunamente, a fin de que la señora se
moleste lo menos posible.
Berkeley, recostada en su nido de verdura, bajo el espléndido sol
californiano, tiene casi siempre un aspecto primaveral y sonriente.
¡Y qué bien encuadran dentro de este marco las muchachas estudiantes,
que son uno de los encantos característicos del pueblo! Bajan por
bandadas de las colinas universitarias, y alegran las calles con sus
trajes claros, ligeros, que dibujan sus formas jóvenes de Dianas. En
sus cuerpos y en sus rostros hay belleza o, por lo menos, las muestras
de una complexión fresca y de vida sana.
Existe entre nosotros la creencia de que la mujer de raza inglesa
es desgarbada y sin gracia. No sé lo que haya de cierto en cuanto a
las inglesas de Inglaterra, aunque me imagino que esa idea no ha de
pasar de ser una creencia infundada, una preocupación. Mas, por lo
que respecta a las americanas, tal idea es absolutamente falsa. Es
verdad que éstas sólo en parte son de raza inglesa. Las americanas son
elegantes, finas, amables, muy a menudo hermosas y tienen bastante de
lo que nosotros llamaríamos coquetería femenina, sin que esto se halle
reñido con el carácter e individualidad de que saben dar pruebas.
* * * * *
En octubre[4] empezaron a llegar las noticias de las negociaciones
iniciadas para poner término a la guerra. La gente, escéptica al
principio, entró luego a esperar con ansiedad el anuncio de la paz.
Corrió un día la nueva de que el deseado suceso se había verificado, y
hubo gran alboroto en la ciudad; pero luego se supo que había sido un
falso rumor, ¡y vuelta a esperar! En Nueva York fué tal el entusiasmo
producido por esta falsa noticia, que la Municipalidad tuvo que gastar
ochenta mil dólares en limpiar las calles de todos los papeles que se
habían arrojado en medio del delirio general.
Por fin sonó la gran hora. El 11 de noviembre fuimos despertados a
la una de la mañana por una fuerte detonación seguida de pertinaces
silbidos de locomotoras. Era el anuncio de la firma del armisticio.
Luego se sintieron los ruidos que hacía la gente que se levantaba,
gritos y cantos en las calles y el estrépito de las bocinas de los
autos y de las campanas de los carros bomberiles que parecían correr
como seres conscientes enloquecidos por el júbilo.
Cuando el ruido pasó, y volvió el silencio, se dejaron oir como una
lluvia argentina en la tranquilidad de la noche las campanas de la gran
torre de la Universidad, que venían con su armonía insuperable a dar el
conocimiento del fausto suceso de una manera digna de él. ¡Oh momento
inefable, oh música divina despertadora de las más puras emociones,
oh encanto, oh dulzura! Eran sonidos suaves, tristes y regocijados
al mismo tiempo, como sientan a una alegría espiritual. El campanil
parecía encerrar el alma de la Humanidad, que sonreía ante una nueva
aurora, pero no podía olvidar por completo cuánto había sufrido hasta
ese instante, el alma de una madre que, celebrando el advenimiento
de la paz, sintiera su corazón herido por el recuerdo de los hijos
muertos en la guerra. De las animadas campanas volaban las notas de
los himnos de las naciones aliadas. Al fin se oyó la _Marsellesa_; y
por efecto de sus acordes parecía que bajo las estrellas palpitaran en
el aire efluvios de heroísmo, y el alma, agitada con escalofríos de
emoción, se sumía en una onda de regocijo, de esperanza, de gratitud y
de aspiraciones nobles.
En la tarde fuimos a San Francisco.
La gran ciudad estaba loca de alegría en pleno carnaval. Su gigantesca
arteria, la Market Street, donde corren tres líneas de carros en el
medio y hay anchas calzadas a ambos lados, rebosaba de automóviles,
camiones y toda clase de carruajes. Las aceras, amplias, como de
bulevares, se hacían estrechas para contener una muchedumbre que se
estrujaba para avanzar con dificultad de un lado a otro. Una bulla
ensordecedora partía de cada punto y venía de todas partes de la
avalancha humana: el estrépito estaba en la atmósfera como si fuera
algo propio de ella. A las campanas de los tranvías y bocinazos roncos
de los autos, se unía la música más estrafalaria, si es que música
puede llamarse, producida con cuanto objeto sonoro se había encontrado
a la mano. A los autos, carruajes y bicicletas se habían atado tarros,
cacerolas, fuentes de lata y cucharones, que iban danzando con alegría
estruendosa en el cortejo triunfal. Carros con altísimas escaleras de
los que se usan para componer los alambres de la tracción eléctrica,
habían sido sacados y marchaban formando una pirámide humana de niñas
y de jóvenes. Clowns pintados de negro y rojo, llevando chisteras
inverosímiles, poco más grandes que una taza de café, conducían, con
pachorra imperturbable, carretelas atestadas de gente, que vociferaba a
todos lados. En una jaula, como las que usan en los circos para guardar
fieras, se paseaba ante la muchedumbre una efigie del Kaiser; y, por
otro lado, en un desvencijado, pero auténtico carro mortuorio, iba un
monigote que representaba el cadáver del ex-emperador alemán, que se
llevaba a enterrar. En las aceras todo el mundo agitaba cencerros y
campanillas, arrastraba tarros, y tocaba pitos, cornetas o matracas.
Raro era el que no llevaba banderitas americanas o de las naciones
aliadas. Muchos ostentaban en la cabeza, en lugar de sombrero, gorros
de papel con los colores nacionales. Tanto los hombres como las mujeres
hacían cosquillas a los que pasaban a su lado, metiéndoles plumeros
de papel por los ojos, las narices y el cuello. Había que aceptar
cualquiera broma como en carnaval. Serpentinas y confetis se lanzaban
en lluvia incesante.
La corriente humana, que había empezado al amanecer, no cesó en todo
el día, y siguió en la noche bajo las iluminaciones espléndidas de
las avenidas. En Market Street y en las calles vecinas el derroche de
luz por sí solo era una fiesta: los altos faroles de tres focos se
extendían en líneas interminables; los avisos en luces de colores y
perpetuo movimiento, parecían una combinación fantástica en que jugasen
las estrellas con las más ricas pedrerías; las torres gigantescas
estaban convertidas en pirámides de luz, y las torres chinas diseñaban
también con luz sus curvas mitológicas vueltas hacia el cielo.
Los restoranes se hallaban repletos. La gente ocupaba toda la acera,
haciendo cola para entrar a ellos y comer en un lugar donde continuara
el regocijo general. En estas condiciones tratamos de penetrar en tres
distintas partes y no lo conseguimos. Por fin, a la cuarta tentativa,
logramos abrirnos paso; pero era tal la apretura, que temimos dejar
entre la muchedumbre el sobretodo y los botones de la ropa y que el
vidrio del reloj quedara hecho harina. En el inmenso comedor a que
penetramos no había orquesta. Por lo demás, en el barullo reinante no
habría sido posible oirla. No se podía hablar ni con las personas que
estaban al lado de uno. En todas las mesas se gritaba y se las hacía
casi bailar golpeándolas con las manos. Otros hacían sonar los platos,
las tazas y las copas con las cucharas, tenedores y cuchillos. Otros
hacían girar matracas en el aire. Era una sala de locos que a uno lo
contagiaba y lo hacía entrar a meter bulla como los demás; pero era de
perder la cabeza.
Hay que reconocer que el pueblo norte-americano da muestras en sus
manifestaciones de regocijo de un temperamento vigorosamente alegre
y lleno de vitalidad, pero no de aficciones musicales. La alegría
popular se traduce en bulla ensordecedora, mas no se encuentran aquí
las partidas acompasadas formadas por dos o tres parejas, o por hombres
solos que, al són de un acordeón o de varios instrumentos, alegran
en el carnaval las calles de París y Colonia, bailando y cantando
armónicamente.
El regocijo de los americanos era justificadísimo. Habían contribuido
de una manera tan decisiva a la victoria. Habían dado la sangre de sus
hijos y todo el dinero que se les había pedido. Sólo para el cuarto
empréstito de la libertad, San Francisco contribuyó con ciento ocho
millones de dólares, reunidos en menos de quince días. Los diarios
proclamaban la importancia inmensa de la victoria, declaraban con
orgullo que no hay título más glorioso hoy día que el de ciudadano
norte-americano, e insistían en que los Estados Unidos fueron a
la guerra sólo como porta-estandarte de dos grandes ideales de la
humanidad: el triunfo de la democracia y la organización de la Sociedad
de las Naciones.
* * * * *
En el mismo mes de noviembre cae una fiesta muy popular en los Estados
Unidos. Es el Día de Gracias (_Thanksgiving day_), establecido por
los puritanos en el siglo XVII a poco de haber desembarcado en Nueva
Inglaterra, fijado por el Presidente Lincoln para el cuarto jueves
del mes nombrado y confirmado de nuevo en esta misma fecha por todos
los presidentes que han venido después. La firma del armisticio
constituía una circunstancia extraordinaria que venía a prestar relieve
a la acción de gracias el año pasado. Como la Pascua, es una fiesta
religiosa y del hogar. En este país, a semejanza de lo que pasa en
los pueblos del norte de Europa, la Pascua es una festividad íntima
en que la familia pasa la noche congregada al rededor del árbol
tradicional, resplandeciente de lucecitas de colores y cargado de
juguetes para los chicos y de otros obsequios para los grandes. En
el _Thanksgiving day_ no hay árbol. Su número característico es una
comida especial que congrega a la familia y a los amigos de la casa
alrededor de una mesa en que lo esencial es que no falte pavo. ¡Ah, el
pavo de _Thanksgiving day_! Me imagino que los norte-americanos gozan
de bastante holgura para que casi la totalidad de las familias puedan
cumplir con este sagrado y agradable rito. Y no puedo pensar otra cosa
a juzgar por el aspecto que presenta el comercio en las vísperas de la
fiesta. Los mostradores y vidrieras de los almacenes de comestibles se
ven atestados de los sabrosos bípedos ya desplumados y que han sido
sacrificados por millares a fin de regocijar a los hombres en el día
escogido para dar gracias a Dios.
* * * * *
La celebración del Año Nuevo, en cambio, es, como si dijéramos, fiesta
de la calle. Esta fecha forma un solo ciclo con la Pascua, en el cual
es de rigor hacer regalos a los miembros de la familia y a los amigos,
o enviar a éstos por lo menos tarjetas. En los días anteriores no es
fácil adquirir algo en los grandes almacenes porque se ven invadidos
por un mar de gente ansiosa de hacer sus últimas compras de obsequios.
Los buzones de correos presentan un aspecto curioso. No han cabido en
su interior la inmensidad de tarjetas que se despachan a última hora y
menos aun las encomiendas. Dejadas afuera por los remitentes, forman
un desparramado montón al aire libre, sobre la columna del buzón, como
un líquido espumoso desbordado de la botella, y esperan, sin que haya
temor de que se pierdan, hasta que el cartero pase a recogerlas.
Lo propio del Año Nuevo en San Francisco es que se celebra siempre como
lo fué el día del armisticio. El mismo carnaval bullicioso y turbulento
en las calles, en los restoranes, en los hoteles y en los teatros. Para
poder comer ese día en los principales restoranes es menester pedir
las mesas con una semana de anticipación y pagar primas por ellas. Con
gran dificultad conseguimos instalarnos en uno de los más renombrados.
Éramos cinco comensales, todos chilenos. Estaban con nosotros una
distinguida y hábil escritora, y un ex-ministro de Estado, joven
político, inteligente y simpático. En la mesa, fuera de platos, saleros
y otros adminículos, hay largos pitos de cartón y pequeños martillos
de madera para que cada cual meta ruido y coopere a la bulla general.
Hay también bonetes de papel de colores chillones a fin de que todos
tomemos un aspecto carnavalesco. La sala era una casa de locos en que
los acordes de la orquesta apenas se percibían en medio del bullicio.
Sentadas a las mesas había damas ampliamente escotadas y jóvenes de
smoking, todos con gorros de papel. No faltaban tampoco damas y señores
de más de sesenta años que sobre su cabellera cana se habían plantado
el bonete de la alegría. Entre plato y plato las parejas salían a
bailar como podían, apretándose unas con otras y riéndose. Nosotros
tocábamos también nuestros pitos para no ser menos, pero no nos
habíamos puesto los sombreros de papel. Entonces una simpática chinita
vestida de seda celeste vino quedamente por detrás y al ex-ministro
le puso un bonete rojo y a mi uno verde y así quedamos hasta el fin
de la comida divirtiéndonos con la batahola universal y con nuestras
ridículas fachas.
Los norte-americanos gastan en sus alegrías una _sans façon_ y bonhomía
a que los sud-americanos no estamos acostumbrados. Somos más graves y
a veces hasta campanudos. En cierta ocasión oí a una señora chilena
censurar a un embajador sud-americano, diciendo que no guardaba el
decoro que correspondía a su alto cargo.
--Calcule usted, observaba la señora, que ese embajador se puso en la
noche de Año Nuevo en el más elegante restorán de Washington un gorro
de papel. Era ridículo, impropio, chocante.
--Todo dependería, señora, le contesté, de cómo estaban los demás
embajadores y personajes que debía haber habido en el mismo lugar,
porque si ellos llevaban también el cómico bonete, no tenía nada de
particular.
A esta observación la señora no contestó nada, indicio más que probable
de que la falta que ella censuraba había sido general.
Después de comida nos fuimos a otro hotel donde íbamos a reunirnos
con más chilenos y entre ellos una distinguida familia compuesta de
la madre y dos niñas encantadoras. A la hora de la cena, nos sentamos
alrededor de una mesa redonda arreglada con sencillez y buen gusto.
De todas las mesas se lanzaban serpentinas. Nosotros entramos en la
batalla con un entusiasmo que no decayó un minuto, de tal suerte que al
poco rato nuestras copas y cubiertos apenas se veían; eran náufragos en
el mar de papelitos que lo cubrían todo. A las doce aumentó la algazara
con el himno nacional, los abrazos y las felicitaciones. Pero este fué
un instante muy breve, y la sala quedó por completo a obscuras por dos
o tres minutos, seguramente con el propósito de que las parejas jóvenes
se hicieran los votos de felicidad de una manera más íntima. Me imagino
que nuestra mesa fué una de las pocas en que no se sacó ningún provecho
de la obscuridad.
Por fin, bailamos hasta las dos de la madrugada. Habíamos pasado el más
alegre Año Nuevo de que teníamos recuerdo.
* * * * *
Las escuelas de San Francisco no gozan de tan buena reputación como
las de Los Angeles, la gran ciudad de California meridional, y las de
Oakland. Parece que en aquel pueblo la influencia de una politiquería
no muy limpia, las perjudica. En Oakland tuvimos oportunidad de visitar
dos establecimientos modelos en su género, la _Technical High School_
(liceo técnico) y la _Clawson School_ que es una especie de escuela
primaria superior (_Grammar School_).
La Technical High School ocupa un edificio de dos pisos de la más
original belleza. Su fachada se desarrolla en un semi-círculo de
columnas de magnífico efecto, que trae algunas reminiscencias del
exterior de la basílica de San Pedro en Roma. En esta escuela hay
coeducación y tiene capacidad para dos mil alumnos de ambos sexos.
Funcionan cursos diurnos y nocturnos. Sus cursos duran, como los de
la generalidad de los _high school_ cuatro años y comprende, fuera de
los estudios teóricos, curso de carpintería, herrería, maquinarias
y electricidad. Para que éstos se hagan de una manera completamente
práctica, cuenta la escuela con amplísimos talleres provistos de toda
clase de útiles y herramientas. Es de advertir que en los Estados
Unidos la mayor parte de las high-schools, sin que por eso se llamen
técnicas, disponen de tales talleres. La enseñanza de la física, de la
química y de la fisiología, se hace en bien dotados laboratorios en
que los niños trabajan personalmente. Observamos que no había muchos
aparatos guardados en los estantes.
La Clawson School es algo de lo más perfecto imaginable. Tiene
capacidad para ochocientos alumnos de ambos sexos y costó ciento
sesenta y cinco mil dólares. Su fachada es sencilla y elegante. El
arquitecto que la había hecho y que nos acompañaba nos dijo que en sus
planos él buscaba siempre la creación de algo nuevo, que jamás una
escuela se pareciese a otra.
El piso bajo contiene, fuera de espacios para juegos, los departamentos
de economía doméstica y artes domésticas, cafetería, kindergarten,
trabajos manuales, tocadores y baños de lluvia para los niños y niñas,
y los aparatos centrales que producen la calefacción y ventilación de
todo el edificio. Las salas de clases tienen, por un lado, ventanas
hechas en tal forma que se componen casi exclusivamente de cristales,
que, cuando se quiere, se pueden poner todos horizontalmente, y
permiten que la sala quede como una pieza al aire libre. Para la
colocación de los sombreros y abrigos de los muchachos las clases
tienen una especie de guardarropía con dos puertas. Los alumnos al
entrar pasan primero a la guardarropía, entran por una puerta, dejan
ahí sus cosas y salen por la otra. Todo se hace con suma facilidad y
comodidad. Los pisos de las salas y galerías se hallan cubiertos con
linóleo.
El Kindergarten que he mencionado es muy mono. Está hecho con un arte
empapado en amor a los niños. Se halla decorado con pinturas alegres
de animales y personajes de cuentos, como corresponde a la fantasía
de sus pequeños moradores. A pesar de tener calefacción central,
hay una amplia chimenea, donde en el invierno arde el fuego de los
clásicos hogares del norte y los pequeñuelos se agrupan alrededor de su
profesora a escuchar historias de navidad. Para entretener a los chicos
al aire libre en los días primaverales se levanta al lado de afuera un
magnífico pórtico, adornado de plantas en maceteros y enredaderas y que
hace soñar con lejanías griegas.
He hablado también de una cafetería. En casi todas las ciudades
norte-americanas y principalmente en las del oeste y del centro,
existen restoranes graciosamente llamados _cafetérias_ en el idioma
americano (con acento en la última e), cuya característica es que no
haya mozos y cada cual se sirva a sí mismo. Uno principia por tomar una
bandeja y cubierto: luego agrega los platos y postres que prefiere,
que se encuentran convenientemente distribuidos a lo largo de extensos
mostradores, y pasa por delante de una cajera, con la bandeja completa,
que le computa el gasto y le recibe la paga. Por último, uno elige su
mesa y se sienta a comer sin esperar mozo ni tener que dar propina. En
muchísimas universidades, colegios y escuelas hay _cafeterías_ en que
los profesores y alumnos pueden tomar el lunch y comer a precios muy
reducidos.
* * * * *
Los Estados Unidos, como se sabe, constituyen la más gran democracia de
nuestra época, y en algunos Estados del oeste es donde el viento de las
reformas avanzadas ha soplado con más fuerza. Entre las instituciones
californianas figuran la iniciativa, el _referendum_, el sufragio
femenino y el _recall_, que pueden señalarse como las innovaciones
políticas más radicales de nuestra generación. Las mujeres también
son elegibles y en noviembre[5] se dió por primera vez el caso de que
cuatro de ellas obtuvieran los sufragios necesarios para ser miembros
de la Asamblea del Estado de California.
El ejercicio de los derechos políticos dentro de las mismas condiciones
que los hombres, no ha hecho perder a las californianas ninguna de las
cualidades y virtudes propias de su sexo. Son finas y elegantes y viven
preocupadas de una multitud de obras de filantropía social. En ese
tiempo de guerra y de epidemia, han consagrado sus desvelos a la Cruz
Roja y muchas han tomado a su cargo desde acá huerfanitos de Francia
y Bélgica, a los cuales no conocen personalmente, pero hacen objeto
de sus cuidados y les envían ropa y otras cosas. Agréguese todavía
que casi todas ellas saben manejar un auto con tanta destreza como
cualquier varón.
Deseoso de conocer algunos detalles y juicios sobre la organización
democrática de la Unión y de California, le pedí un rato de charla al
profesor Reed del Departamento de Derecho Público de la Universidad.
Nos juntamos en su gabinetito particular, en uno de los pabellones
universitarios. En las universidades americanas cada profesor dispone
de una pieza privada con su biblioteca, donde puede trabajar tan bien o
mejor que en su casa.
--Los comienzos de la democracia americana, empezó a hablar Reed, se
remontan a la asamblea del pueblo de los sajones, a la Curia Regis
de la Inglaterra normanda. Los principios de libertad civil que se
encuentran establecidos en la Magna Carta, el Bill de los Derechos, el
Habeas Corpus y en la Common Law, fueron un patrimonio que los colonos
trajeron desde la madre patria a este continente. Ellos no entraron a
crear nada de nuevo, sino que bastaron sus tradiciones políticas para
que fundaran un gobierno libre. La misma constitución actual contiene
muy poco que no sea indígena; es anglo-americana desde el principio
hasta el fin.
Nuestra democracia descansa sobre una sólida base de autoridad.
Los poderes del Presidente de la República son más variados, más
comprensivos e importantes que los poseídos por el Ejecutivo de
cualquier otro país. El Presidente nombra a los miembros del Gabinete
sin tomarle la venia a nadie. Constitucionalmente la designación debe
ser ratificada por el Senado, pero éste jamás niega en este punto su
aquiescencia al Presidente. Los Ministros no deben formar parte de
las Cámaras, ni concurren a ellas, ni son responsables ante ellas. De
esta suerte, la administración pública forma un conjunto de funciones
coordinadas con el poder legislativo y no subordinadas a él.
--El régimen norte-americano es el presidencial, observé, que forma
uno de los tipos característicos del gobierno libre, siendo el otro el
parlamentario, del cual ofrece Gran Bretaña el ejemplo más acabado.
Ustedes han sabido combinar la democracia con la autoridad. ¿Qué puede
decirme sobre la iniciativa y el referendum?
--Son procedimientos por medio de los cuales los ciudadanos entran
a legislar directamente, manifestando su opinión en las urnas. La
iniciativa puede ser de dos clases: o los ciudadanos obligan a las
asambleas legislativas, por medio de su voto, a despachar una ley dada,
o ellos mismos, sin tomar en cuenta a las asambleas, se pronuncian
sobre algunas proposiciones y las convierten en ley. El _referendum_
consiste en el sometimiento a la rectificación de los electores de
algunos acuerdos de las asambleas para que tengan valor legal. Estos
procedimientos se han introducido hasta ahora en unos veintidós
Estados de la Unión. Pero debo confesarle que estas innovaciones no
me parecen bien. Las multitudes son incapaces de gobernar. Pueden tal
vez pronunciarse sobre problemas de carácter general y sencillo, pero
no entrar en las cuestiones técnicas de detalles. Le voy a contar un
caso de falta de criterio gubernativo de la masa. En la comuna de San
José, se acordó, por iniciativa de los electores, cerrar los _saloons_
o sea, cierta clase de restoranes, lo que disminuyó inmediatamente las
entradas del Municipio en ochenta mil dólares al año; y, a raíz de
esta merma, los propios ciudadanos resolvieron que se elevaran los
sueldos de las policías y otros empleados, debiendo empezar a pagarse
el aumento desde el instante de su aprobación, a mediados de año. Como
el presupuesto estaba vigente hacía seis meses y las entradas habían
disminuído considerablemente, fué aquello un desbarajuste total.
La iniciativa debería en todo caso empezar por presentar al cuerpo
legislativo el proyecto que los ciudadanos desean ver convertido en
ley. Si la asamblea lo desatendiera, habría llegado el momento de
proceder directamente.
--¿Y el recall?
--Es el proceso por medio del cual un funcionario electivo, cuyos
servicios no resultan satisfactorios para los electores, puede ser
removido por éstos antes de la expiración de su período. Los jueces
y los gobernadores están así a merced de los ciudadanos o de lo que
puede ser a veces el capricho o el apasionamiento de las masas. Este
procedimiento se ha implantado sólo en nueve Estados y mucho me temo
que haya sido por lo general un completo fracaso. No le diré lo mismo
del sufragio femenino que debemos estimarlo como un éxito. ¿Y qué me
dice usted de su país?
--En nuestro país padecemos de un parlamentarismo _sui generis_ que se
entromete en todos los detalles de la administración pública, se da el
placer de derribar varios ministerios en el año y no puede despachar
leyes de importancia porque no hay clausura de los debates y cualquier
grupo de senadores o diputados, por pequeño que sea, está en situación
de obstruir indefinidamente el despacho de todo proyecto que no le
convenga. Así nosotros tenemos menos autoridad que ustedes y también
menos democracia.
--Por virtud de nuestra historia y de nuestra educación, la
democracia está en la sangre de nuestra sociedad, y, por lo mismo,
los que disponen de cualquiera parte de la autoridad, la ejercen sin
contemplaciones. Ya hemos visto que nuestro Presidente es quizás el
soberano más poderoso de la tierra; pero no hay para qué ir tan arriba.
El guardián de la calle, el conductor de un tren, el negro camarero de
un _sleeping-car_, el modesto conductor de un tranvía, son dictadores
en su esfera de acción, y en lo que ellos estiman el cumplimiento de
su deber, lo cual no quita que se conduzcan con amabilidad y presten
ayuda a las señoras, a los niños y a los enfermos. En los trenes de
Nueva York usted va a encontrar este letrero: «Se prohibe escupir en el
suelo. El infractor de esta regla queda sujeto a la pena de prisión y a
quinientos dólares de multa». Y se cumple. Ahí no se ruega o se indica
lo que se debe hacer. Se ordena y se pone la sanción al lado.
Otra muestra de nuestro espíritu democrático es la cooperación de todas
las clases sociales en las cosas de interés público. Usted ha visto de
qué manera se ha levantado aquí el cuarto empréstito de la libertad.
Los bonos no se han colocado por medio de las oficinas fiscales o de
los bancos únicamente, sino por la acción de todo el mundo. En cada
esquina ha habido garitas donde señoras y niñas ofrecían los bonos.
A la entrada de los hoteles había también vendedoras y en las aceras
scouts y policiales le ofrecían a usted los papeles de la libertad. Por
lo demás, cada cual se apresuraba a comprar para llevar en el ojal el
botoncito azul correspondiente en prueba de que era un buen ciudadano.
* * * * *
Entre los profesores que conocí en la Universidad hay un filósofo que
puede ser considerado como el compendio en las regiones de la alta
cultura de las cualidades de la democracia americana. Me refiero a Juan
Dewey, de la Universidad de Columbia, que había sido invitado por la de
California a hacer un curso extraordinario de seis meses. Después de la
muerte de William James y de Josiah Royce, pasa Dewey por ser el primer
filósofo norte-americano de la época actual. Goza además de una inmensa
autoridad como autor de obras pedagógicas fundamentales, entre las
cuales podemos citar «Democracia y Educación»[6]. No es naturalmente
una personalidad popular. Los filósofos nunca lo son, y en este país,
como en todas partes, el aura del renombre callejero, está reservado
para los archimillonarios y los grandes políticos.
Dewey es una persona sin la menor _pose_ y de una bondad encantadora,
que se transparenta en sus ojos claros, en sus palabras y en sus
ademanes. Su sencillez por lo que respecta a su indumentaria, raya a
veces en el descuido.
Para que charláramos sin perder tiempo, me invitó a tomar el lunch un
día en el Club Universitario. Hablamos de educación, de filosofía y de
arte.
--Me parece que uno de los fines principales de las universidades es,
me dijo, la formación de una dirección intelectual para la democracia,
cuidando al mismo tiempo de mantener viva en las masas del pueblo la
idea de que la educación superior se halla enteramente abierta para
ellas, de manera que puedan aspirar a los más altos rangos en la vida
social. De esta suerte se estimulan el esfuerzo personal y la ambición,
y se evita la formación de castas sociales. Nuestras universidades
son más instituciones sociales que intelectuales. Ellas promueven el
compañerismo y estrechan asociaciones entre sus miembros, y, aunque la
riqueza y el nacimiento no dejan de ejercer influencia, los más de los
_colleges_ se vanaglorian de funcionar sobre una base democrática y de
apreciar ante todo el mérito y el valor personal.
--Se me hace, le expuse, que en este país predominan mucho los valores
económicos, éticos y sociales sobre los artísticos pongo por caso. Sin
perjuicio de que ya se noten manifestaciones de que la arquitectura y
la escultura empiezan a ser cultivadas con brillo aquí. Probablemente
éstas van a ser las bellas artes americanas por excelencia.
--Pienso, más o menos, lo mismo, repuso Dewey.
Luego entró a hablar sobre las principales escuelas filosóficas de los
Estados Unidos y dijo que se podían distinguir tres: la pragmatista, la
idealista y la neo-realista. Él mismo es un pragmatista, aunque no a la
manera exagerada de William James.
--Me parece, observé, que a pesar de todas las diferencias de nombres
con que designan sus teorías, ha habido una tendencia común en los
pensadores norte-americanos. No han perdido de vista el fin práctico:
todos son algo pragmatistas. Emerson era un moralista; James sacrificó
la filosofía a la moral, y usted mismo, por lo que sé de usted y le
he oído en sus conferencias, es un idealista social. El idealismo
social se me presenta como uno de los resortes fundamentales del alma
americana, doctrina que el sociólogo Lester F. Ward designaba con el
término de _meliorismo_.
Corroborando lo que yo acababa de decir, agregó Dewey que las
lucubraciones metafísicas ocupaban en efecto muy poco lugar en las
orientaciones de pensamiento americano.
Me despedí del filósofo y he conservado una impresión indeleble de su
espíritu claro, puro y sinceramente bueno.
* * * * *
Para que se vea que la sencillez no es una virtud rara entre los
profesores norte-americanos, voy a contar un caso que me ocurrió en el
mismo club universitario. Prueba además que estos profesores, aunque
no sean catedráticos de ramos filosóficos, poseen la mejor de las
filosofías, la sabia filosofía de tomar acertadamente las cosas de la
vida. Fué en un _lunch_ a que me había invitado el Decano del Colegio
de Ciencias y Letras, en compañía de tres profesores más.
Los norte-americanos son por lo general sobrios en sus comidas y muy
pacientes con la servidumbre. Esta virtud se ha acentuado aun con la
guerra. Jamás se oyen en los restoranes palmadas o gritos para llamar
a los mozos. Es costumbre servir todas las cosas que se han pedido de
una sola vez y traen juntos los guisos con los postres y el té o el
café, de manera que hay que resignarse a tomar algo frío, que es lo que
ocurre casi siempre con las bebidas finales.
Las invitaciones se llevan a cabo también en condiciones de notable
frugalidad, que es más acentuada aún en los círculos docentes. Nada
extraordinario se agrega en honor del invitado; se le ofrece la
lista corriente. Se invita por sociabilidad para aprender algo más,
para oir cosas nuevas y para decirlas; no a hartarse de comida o a
paladear guisos exquisitos y bebidas refinadas. Los mozos se hallan
tan acostumbrados a esta manera de ser que en los restoranes jamás
preguntan. «¿Qué vino desea usted?», sino que para empezar sirven una
copa de agua.
Sentados alrededor de la mesa, tomó el Decano la lista y me fué
preguntando lo que deseaba comer para ordenarlo. En cada sección de la
lista hay diferentes cosas entre las que se puede elegir.
--¿Qué quiere, me dijo, ternera, cerdo o salmón?
--Salmón, le contesté.
--¿_Pie_ (especie de empanada de frutas), uvas o budín?
--Uvas.
--¿Café, té o leche?
--Leche.
Al poco rato llega la muchacha que nos servía y le dice al Decano:
--Ya no hay más salmón, profesor S.
Y sin alterarse ni lamentarse, volviéndose a mí repite éste:
--Ya no hay salmón, profesor Molina, ¿qué prefiere usted entonces?
--Ah, un poco de ternera.
Al cabo de algunos minutos se acercó de nuevo la niña y le dijo al
Decano:
--No hay uvas, profesor S.
Y éste con la misma calma anterior me repitió:
--No hay uvas, profesor Molina, ¿qué quiere ahora?
Otro profesor y yo que habíamos pedido uvas dijimos entonces:
--Budín.
No habían transcurrido tres minutos sin que la niña tornara a entrar y
dijera:
--Se acabó el budín, profesor S.
Y éste nos repitió tranquilamente:
--No más budín.
Nos reímos todos y como ya no quedaba otra cosa que elegir pedimos
_pie_.
Aún alcanzó a volver una vez la muchacha y dijo:
--No hay leche.
--No hay leche, profesor Molina, fué el eco.
Pedí té.
Todo esto había ocurrido sin que hubiera la menor señal de incomodidad
o impaciencia de parte del anfitrión y de sus compañeros, sin ningún
asomo de protesta, sin llamados al mayordomo o administrador del club.
Eran pequeños accidentes sin importancia. Por mi parte me pareció el
hecho muy digno de no ser olvidado y de referirlo a algunos señores de
mi país que con mucho menos que eso se habrían congestionado de ira y
habrían puesto el grito en el cielo en contra de la administración y
servidumbre del establecimiento.