DE COLÓN A SAN FRANCISCO

El infierno de Colón. — Los primeros funcionarios norte-americanos.

— Submarinos y camouflage. — A obscuras. — ¿Dónde principian

los Estados Unidos? — Nueva Orleans. — Hoteles norte-americanos.

— Tres días en tren.

El muelle a que atracamos en Colón podría ser tomado sin dificultad

por la antesala del infierno. Los negros que se movían por doquiera

serían los demonios y la temperatura era muy digna equivalente de la

que suponemos reinante en aquella mansión de pecadores. ¡Qué calor y

qué batahola! Un calor asfixiante, desesperante, que agota las fuerzas,

descompone el carácter y no da punto de tregua ni de día ni de noche.

El muelle estaba formado por un amplio malecón y un galpón inmenso

atestado de mercaderías. Millares de negros en camisa o con los brazos

descubiertos se ocupan en mover las mercaderías de un punto a otro,

usando principalmente pequeños carros automóviles. Los negros son

generalmente delgados, pero bien musculados y altos. Parecen hechos

de bronce obscurecido o de terracota café, y el sudor que les corre

por todo el cuerpo les da el aspecto de recién barnizados. Hablan un

inglés también infernal, pronunciado a golpes y a gritos. Era aquello

de volverse loco.

A pesar de haber fondeado a las cinco de la tarde, no se nos permitió

desembarcar y tuvimos que quedarnos a bordo en razón de la cuarentena

a que nos sometieron. No era muy agradable dormir ahí con el calor que

se nos esperaba y el ruido ensordecedor del muelle. Recién entrada

la noche, empezaron a verse las partes de afuera del vapor, puentes

y cubierta, llenas de colchones que los pasajeros sacaban de sus

camarotes y colocaban sobre sillas o escaños para dormir al aire

libre. Pronto no hubo sitio desocupado. Un miembro del Departamento de

Bosques de la Universidad de Yale le echó el ojo a un sofá del salón

y a fin de evitar más tarde desazones y conflictos, tomó muy temprano

posesión de lo que necesitaba. Los muchos pasajeros que aún se paseaban

pudieron ver ahí tendida su larga figura, sin más ropa que una bata

que le dejaba descubiertos los pies descalzos y las piernas hasta

cerca de las rodillas, piernas encanijadas y velludas, muy parecidas a

las que hubiera exhibido don Quijote en aventuras semejantes. Pero el

universitario no se preocupó del mundo y durmió con toda tranquilidad.

Al día siguiente los pasajeros nos separamos. Unos íbamos a Nueva

Orleans y otros se dirigían a Nueva York. Entre éstos se contaba

nuestro amigo, el médico. Nos despedimos cordialmente y le manifesté mi

confianza en que la vida le iría ofreciendo alivio para sus pesares.

El primer contacto que tuvimos con algunos empleados y funcionarios

norte-americanos, no fué de lo más favorable para que nos formáramos

una alta idea de su cultura. ¡Qué tipos algunos de ellos, tan bruscos,

tan ordinarios, tan sin maneras! No digo que no cumplieran con su

deber; me refiero a sus formas. Para decir sí, no, u otra cosa

cualquiera, se puede ir desde una nota dulce hasta la rudeza, dejando

en el medio la entereza serena y seria. En esta gama, las voces y

modos de aquellos sujetos estaban acordados generalmente al tono de

la rudeza. El empleado de la Compañía Norte-americana, que subió a

bordo para entregar los pasajes ya pedidos para los nuevos vapores que

debíamos tomar y colocar los camarotes disponibles, trataba a la gente

como si la Compañía fuera a hacerles el favor de conducirla gratis, y

como si todos los que íbamos del hemisferio meridional fuéramos unos

semi-bárbaros.

Los oficiales de la aduana no alcanzaban seguramente la cumbre de mala

educación en que culminaba ese señor; pero se hallaban muy lejos de ser

modelos de cortesía. No obstante los alegatos que hacemos exhibiendo

los pasaportes otorgados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y

por la Embajada Norte-americana, revuelven el contenido de todas las

maletas, arrojan las ropas al sucio asfalto del malecón, examinan pieza

por pieza, rebuscan los papeles y hojean libros y cuadernos, a la caza

de algún contrabando o de alguna carta comprometedora.

Pero nada igual a un jefe de policía con quien tuvimos que entendernos.

Con las horas que nos había tomado el examen del equipaje en la aduana,

disponíamos de muy poco tiempo para una cantidad de diligencias que

debíamos hacer antes de embarcarnos al día siguiente a las 8 de la

mañana, y sin las cuales no nos dejaban entrar al vapor. Las oficinas

a donde teníamos que ir se cerraban a las cinco y, viéndonos tan

apurados, un empleado de la compañía de vapores nos dijo que iba a

conseguir que en la oficina de registro, anexa a un departamento de

policía, nos despacharan aunque fuéramos después de esa hora. Habló por

teléfono y manifestó que estaba todo arreglado. Un joven de la misma

compañía nos condujo al lugar a donde debíamos ir, que no se encontraba

distante. Era una especie de comisaría, y entramos a una sala sencilla

que en una esquina tenía una puerta de pesadas rejas de fierro, que

conducía indudablemente a calabozos. Divisamos aún a algunos de los

reos encarcelados. A un empleado, vestido de uniforme caki y con

sombrero de scout, que trabajaba detrás de un alto escritorio, le

preguntamos por el jefe y nos contestó que estaba ocupado y vendría

pronto. Después de media hora de espera volvimos a preguntar otra

vez y supimos que la ocupación era que estaba tomando un baño. Nos

resignamos a seguir esperando, y al cabo de otra larga media hora

apareció por fin nuestro hombre. Aunque recién bañado, venía al parecer

de mal humor, a causa sin duda de que queríamos conseguir algo fuera

de las horas ordinarias. Entró a la sala sin sacarse el sombrero, se

dirigió a nosotros, y con un tono que podría emplear un juez de campo

o un comandante de policía rural para tratar a homicidas o salteadores

de camino cogidos _infraganti_, midiéndonos con una dura mirada de

alto abajo, nos preguntó:--¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen, qué

quieren?

Una simpática profesora chilena que iba con nosotros sintió que ante

ese bárbaro no había ninguna garantía y alcanzó a imaginarse reducida

a prisión y metida detrás de las tristes rejas que habíamos estado

contemplando.

Le explicamos que se trataba de la revisión de nuestros pasaportes y

de que se nos hicieran las demás interrogaciones requeridas. Entre los

datos exigidos figuraba la toma de la impresión digital.

--Ya es muy tarde, señor, vuelva mañana, nos contestó.

--Pero, señor, hemos estado esperando más de una hora, porque se nos

dijo que usted podría atendernos.

Sacó el reloj, miró la hora y perentoriamente terminó:

--Ya es hora de comer, señor; no trabajo hasta mañana. Y nos volvió la

espalda sin un saludo, sin una venia, sin un amago de cortesía.

No hubo más remedio que marcharse. Nuestra compañera salió levantando

los brazos y diciendo «Jesús, Jesús».

Sería una inferencia inexacta pensar que estos procederes fueran

característicos de todos los funcionarios norte-americanos.

Probablemente las avanzadas de la gran nación en el istmo se consideran

en tierra conquistada y toman los humos y las actitudes de soldadesca

imperialista.

Colón es un pueblo principalmente de negros, que forman el ochenta

por ciento de una población total de treinta mil habitantes más o

menos. Se ven negros por todas partes, en mangas de camisa, o más

desnudos aún, brillantes, sudorosos: se ven en medio de las calles

para tomar el mayor fresco posible, en las cantinas, que abundan

en la ciudad panameña por lo que faltan en la sección americana; y

mezcladas con ellos, las negras jetonas, flacas o gordas, algunas de

abominable gordura, y vestidas de colores chillones que se mueven

bajo el sol tropical como alegres manchas blancas, amarillas, azules,

verdes, rojas. Aparecen a veces apiñadas en racimos a las puertas

de habitaciones que, por lo que se alcanza a ver, son miserables e

inmundas. Hay además muchos indúes, algunos chinos y el resto de la

población lo forman los hispano y norte-americanos. Es en cierto

sentido, Colón, una ciudad cosmopolita, sin unidad de idioma, sin

autonomía y casi sin patria.

La parte de Colón, que se halla dentro de la Zona del Canal, ha sido

llamada Cristóbal por los norte-americanos, quienes han hecho aquí

un puerto admirable. Posee más o menos diez grandes muelles que se

internan en el mar lo suficiente para que puedan atracar buques a

los tres lados que tocan el agua. Cada uno de los muelles dispone al

mismo tiempo de un inmenso galpón para la recepción y depósito de las

mercaderías.

Creo que la acción progresista de los norte-americanos, no se ha

dejado sentir únicamente en la zona que les pertenece sino también en

la ciudad panameña. Todas las calles de ésta se encuentran muy bien

pavimentadas y regularmente alumbradas con luz eléctrica.

* * * * *

Partimos a Nueva Orleans en un vapor de la _United Fruit Co._,

tristemente pintado con fajas negras, azules, grises y blancas, no sólo

en el casco sino también en los camarotes y en todo lo perceptible

desde afuera. Era el pintado caprichoso y sombrío de una zebra

gigantesca e irregular; era el _camouflage_ ideado para que no dieran

en el blanco los submarinos alemanes, cuya posible presencia en los

mares antillanos constituía la pesadilla de estos viajes.

Por lo mismo, de noche el vapor navegaba a obscuras. Algunas débiles

ampolletas daban una luz tímida en los sitios más interiores del barco

y las muy pequeñas de los camarotes habían sido empañadas de azul. Una

vez puesto el sol y hecha la última comida, todo es tenebroso a bordo,

menos tal vez para los pocos jóvenes que han enhebrado algún _flirt_

y encuentran que las tinieblas prestan un particular encanto a sus

coloquios. En el salón de fumar, hay también escasas luces encendidas y

las puertas, ventanas y persianas se mantienen estrictamente cerradas:

que no vaya un indiscreto rayo de luz a delatarnos. Los hombres en

mangas de camisa, unos recostados, otros sentados sobre las mesas o

alrededor de ellas, juegan, beben y fuman sus pipas. Me imagino que

fuera en un barco de contrabandistas o de piratas y que esos individuos

corpulentos y de vigorosos brazos, cuyas figuras parecen crecer en

la semi-claridad en que estamos, van a dejar, a un toque de alarma

próximo, el vaso que están empinando, para tomar el hacha o el arcabuz

y lanzarse al combate.

En las cubiertas los pasajeros se pasean con los brazos estirados y

moviendo las manos como antenas para no romperse las narices en alguna

pilastra de hierro y evitar encontrones con otros paseantes.

La gente de cierta edad prefiere colocar sus sillas en sitios apartados

del movimiento y matar el tiempo dormitando. En un rincón se agrupan

algunas señoras peruanas y rezan el rosario. En el silencio y la

obscuridad se percibe el balbuceo monótono de sus voces apagadas y

gangosas, que suben y bajan rítmicamente, como acompañamiento regular

de las trepidaciones de las máquinas del vapor. Bajo las escaleras

o en otro lugar escondido, ha puesto sus sillas alguna pareja de

enamorados que cuchichean deliciosamente y lanzan de vez en cuando

risas regocijadas.

Hay una pareja formada por un joven de Valparaíso y una encantadora

inglesita, que tiene una voz magnífica. Su belleza, su juventud, su

canto y su carácter espontáneo hacen de ella el centro de la alegría.

Tiene marcada predilección por su amigo porteño; pero cuando se refiere

a él lo llama «este pobre diablo», como para probar su indiferencia y

que el galán se halla rendido a sus plantas.

El personal de los pasajeros se había modificado un tanto. Venían

ahora un sacerdote católico y un pastor protestante. El primero era un

señor de aspecto serio y discreto, que saludaba muy cortesmente, pero

se portaba con retraimiento y le gustaba pasearse solo. Sin embargo,

aceptaba bromas y las seguía. Un joven norte-americano, que había

vivido mucho tiempo en el Perú, le dijo una vez:

--He sabido, señor, que usted va a colgar las sotanas en Nueva Orleans.

Los circunstantes se rieron y uno de ellos observó:

--¡Qué barbaridad, hombre! ¿Tanto poder van a tener las americanas?

El sacerdote se sonreía.

--Pero, señores, continuó el joven, no tomen mis palabras en mal

sentido. Lo que he dicho significa solamente que los sacerdotes no

pueden en los Estados Unidos, como tampoco en Europa, andar de traje

talar y sombrero de teja.

--Así lo he entendido yo, repuso el sacerdote, y ya tengo listos una

flamante levita, un sombrero de pita que me compré en Paita y cuellos

de guillotina abrochados atrás.

El pastor era un viejecito norte-americano que desempeñaba las

funciones de su magisterio en una ciudad argentina. Se lo pasaba

leyendo, era muy amable y servicial, y vivía preocupado de darnos

informaciones y cartas y tarjetas de introducción a los que íbamos

a los Estados Unidos. Un domingo en la tarde congregó a la grey

evangélica que pudo juntar a bordo y celebró un servicio religioso.

Predicó un sermón a propósito de un pasaje bíblico y los demás cantaron

coros, en los cuales sobresalía la hermosa voz entera y argentina de la

inglesita que he mencionado.

Entre los hombres ocurren muy a menudo cosas que, no por substraerse

a toda expresión por medio de palabras, dejan de ser reales. La

influencia de la personalidad, la confianza en el carácter, la

antipatía y la simpatía suelen ser de esta clase. El viejecito pastor

no sugería la fe que predicaba. Sin el menor asomo de duda, era

sincero; pero a su alma, gastada por la vida, le faltaba la unción

comunicativa. ¡Cuántas veces, más que las palabras, dan prueba de

eficacia para encender la fe y la confianza, el silencio y una sonrisa

tranquila, espejos de un alma segura de sí misma!

* * * * *

--¿Dónde principian los Estados Unidos?

Hé aquí una pregunta que me hacía una de estas noches en que no había

más alternativa que dormir o pensar, y era demasiado temprano y hacía

mucho calor para irse a la cama.

El que se encamina a la gran república lleva la idea de que se

encontrará con un país colosal en muchos sentidos si no en todos.

Y está en lo cierto. A medida que se avanza en la jornada se va

confirmando esta impresión y se va sintiendo la acción no sólo

espiritual sino política de los tentáculos del coloso, que llegan

lejos, muy lejos, mucho más allá de las fronteras propiamente dichas

de la Unión. En El Callao se nos examinan nuestros pasaportes, no

para impedirnos o autorizarnos a pisar tierra peruana, sino para que

podamos seguir viaje a Panamá. Es una manifestación de influencia

norte-americana.

Panamá vive bajo la tutela de los norte-americanos, quienes han anulado

y repetido elecciones a su antojo en la seudo-república. Lo propio

ocurre en Cuba. El Presidente Menocal ha continuado en el poder por la

voluntad del gobierno norte-americano. Fué elegido por el voto popular,

la primera vez; pero en el próximo período la elección favoreció a

Sallas. Mas los Estados Unidos anularon la elección y siguió gobernando

Menocal. El Ministro norte-americano Mr. González se permite lanzar

proclamas directamente al pueblo cubano. Los norte-americanos

ejercerían un control sobre la vida económica de Cuba favorable ante

todo a los grandes intereses de ellos. En Guantánamo, en el extremo

oriental de la isla, poseen una estación naval.

Nicaragua se encuentra bajo un franco protectorado de los Estados

Unidos. En los últimos días de la administración Taft, firmó Nicaragua

un tratado en que por tres millones de dólares dió a Estados Unidos lo

siguiente: 1.º el exclusivo y perpetuo derecho de construir un canal

inter-oceánico a través de su territorio; 2.º el derecho de usar el

golfo de Fonseca en el Pacífico como base naval; y 3.º el control de

las finanzas y de las relaciones exteriores. En realidad es el caso de

la venta de la independencia por un plato de lentejas.

Santo Domingo y Haití se encuentran también en manos de los

norte-americanos desde 1905 y 1915, respectivamente. Tomaron posesión

de ellas un poco a la sordina y se han hecho ahí amos y señores en

virtud de la aplicación de la doctrina de Monroe, entendida en el

sentido de que para impedir que las naciones europeas intervengan en

este continente, es menester evitar los pretextos de intervención que

puedan tener y apresurarse a arreglar las finanzas y hacer que cumplan

sus compromisos los pequeños Estados desordenados y malos pagadores.

Por lo demás, no hay que olvidar que la doctrina de Monroe tiene que

mostrarse muy celosa en las vecindades del Canal.

De aquí que a la pregunta inicial de este párrafo haya que contestar

diciendo que aquel país principia por lo menos en Balboa, en la boca

occidental del Canal.

Antes de llegar a Nueva Orleans, tenemos que hacer detalladas

declaraciones por escrito, sobre nuestro equipaje para la aduana de

este puerto donde se practica una nueva prolija revisión; y debemos

dar también informaciones completas, sobre nuestras personas, en unos

papelitos curiosamente largos, en que figuran preguntas tan singulares

como las siguientes: ¿Sabe usted leer y escribir? ¿Es usted anarquista?

¿Ha estado usted en la cárcel? ¿Es usted bígamo? ¿Cuántas mujeres tiene?

El mar Caribe que, por el fantasma de sus huracanes, suele ser el

terror de los viajeros, se había portado muy bien, como asimismo el

golfo de Méjico. Habíamos tenido una navegación muy tranquila.

El vapor era inferior al chileno en que habíamos llegado hasta Colón,

tanto en muchos detalles de confort como en la comida. El servicio se

hace en los vapores norte-americanos por negros, y sin negar que hay

muchos de ellos bastante activos, inteligentes y hasta simpáticos,

no resulta su trabajo como el hecho por empleados de nuestra raza.

Lamentábamos los chilenos que la Compañía Sud-americana, dadas sus

buenas condiciones, no fuera capaz de llegar con sus vapores y nuestra

bandera a los puertos norte-americanos, a San Francisco, a Nueva York,

o por lo menos a Nueva Orleans.

* * * * *

Después de veinte días de viaje, en la mañana del dos de octubre,

entramos al delta del Mississipi, que no ofrece a la vista nada de

grandioso, como uno se lo imagina, sino un solo brazo de río no muy

ancho, con tierras bajas a ambos lados, monótonas uniformes, cubiertas

de una alfombra de pasto o de vegetación arborescente raquítica.

Sube a bordo un médico, en uniforme militar; nos forma a todos en

una de las cubiertas, y nos examina, poniéndole a cada pasajero un

termómetro en la boca.

Bajo una atmósfera pesada y gris, por el calor y por el humo, nos vamos

acercando al puerto, que se señala por los grandes edificios que se

destacan en ambas orillas, fábricas, almacenes, grúas gigantescas.

Poco después de medio día atracamos al muelle, y antes de permitírsenos

desembarcar, una comisión militar investigadora entró a examinar una

vez más nuestros papeles y pasaportes y a hacernos mil preguntas.

¡Otra vez sujetos en uniformes cakis y sombreros de scouts y qué tipos

tan mal agestados y de actitud tan desconfiada! Para ellos cada uno

de nosotros era un individuo sospechoso, tal vez un espía. Colocados

ellos detrás de diferentes mesas nos mandan a los supuestos reos de

una a otra, para someternos a diversos interrogatorios y confrontar

lo que decimos con lo que se halla en nuestros pasaportes, en

nuestras declaraciones escritas o con los datos que ellos tienen.

Para comprender y tal vez excusar este proceder no olvidemos de que

nos encontramos en tiempo de guerra y de que el temor de los espías

alemanes ha sacado de quicio a los norte-americanos.

Pero a todo esto las horas se iban pasando, la noche se nos viene

encima y nosotros continuábamos encerrados a bordo, sin probar nada

desde la hora de almuerzo, y sin poder encontrar tampoco a ningún

precio algo que comer o beber. La compañía había creído cumplir con

el último de sus deberes con amarrar el vapor al muelle y de nuestra

suerte no volvió a acordarse más. Por fortuna un pasajero descubrió un

racimo de plátanos que es uno de los principales artículos de tráfico

de la compañía; los repartimos entre unos cuantos y los devoramos.

Así pudimos pisar tierra americana más entonados, cuando al fin,

después de las ocho, nos dejaron en libertad.

Nueva Orleans, no obstante ser el principal puerto meridional de la

República, y con una población de trescientos cincuenta mil habitantes,

dista mucho de figurar entre las grandes ciudades de la Unión. Hay

catorce ciudades más pobladas que ella. La forman dos partes muy

diversas: la antigua, ocupada principalmente por familias de origen

francés, y la moderna, que es más propiamente americana, con grandes

avenidas muy animadas por el movimiento de gentes y de carruajes,

limpias, espléndidamente alumbradas y muy bien pavimentadas. Aquí

se encuentra concentrado casi todo el comercio y algunos rascacielos

levantan aisladamente su mole inmensa en diversos puntos. La sección

antigua es de calles estrechas con casas generalmente de dos pisos,

de balcones corridos, como los de la colonia en Sud-América. ¿Son

estos barrios pintorescos y tal vez poéticos? Desgraciadamente no.

Su vejez no contiene nada de lo venerable y artístico que uno admira

en Florencia, en Roma, en Colonia o en Lima. Es una vejez sucia,

abandonada y mal oliente.

Una de las cosas más notables de los Estados Unidos son sin duda

los hoteles y es difícil que haya otros mejores en el mundo. Son

espléndidos aun los de las ciudades medianas y pequeñas. El que

conocimos en Nueva Orleans ocupa un magnífico edificio de catorce

pisos. El altísimo y vasto hall, artísticamente decorado, hace pensar

en una mansión regia. Del artesonado techo cuelgan las banderas de

todas las naciones aliadas. Como el hotel tiene entrada por dos

calles, el hall es un pasaje y un hervidero humano. Por ahí cruzan sin

cesar soldados americanos y _poilus_ que han venido en misión a este

país. Rara vez deja de ir cada uno con una amiga, a menudo hermosa,

vestida con sencilla elegancia, ágil, alegre y que se muestra dichosa

de ir del brazo de un valiente. Gusta ver a esos soldaditos chicos,

de capote caki o gris, cubiertos de medallas, que pasan al lado de

uno mirando con clara sencillez y acompañados de cierta aureola de

heroísmo, que fluye de la idea de los cruentos sacrificios que han

debido afrontar. En los amplios sillones y sofás conversan y fuman una

multitud de personas. Otras leen y escriben en las salas de lectura y

escritorios que dan al hall. No importa que no sean pasajeros. Es una

bella característica de los hoteles americanos que constituyan lugares

hospitalarios, abiertos para todos, donde puede entrar cualquiera,

como un socio a su club, sentarse a descansar, tener citas, y escribir

cartas y tarjetas, usando papel y sobres del hotel sin pagar nada por

ellos.

Cuatro ascensores dirigidos por muchachas en uniforme, suben y

bajan sin cesar. En un extremo del hall se encuentra un _cabaret_,

de donde llegan los acordes de los bailes apresurados de moda, las

notas descoyuntadas, de ritmo monótono, de interrupciones bruscas del

_one step_ y del _fox trot_. En el otro extremo hay un restaurant

también con orquesta. Un coro de niñas canta aquí conmovedoramente

la Marsellesa en homenaje a los _poilus_. El soplo guerrero que hace

temblar al mundo se siente palpitar en la atmósfera con alientos de

ideal y confianza.

* * * * *

El calor de Nueva Orleans era insoportable, estuvimos sólo tres días en

esta ciudad y partimos a San Francisco.

Poco después de haber partido de Nueva Orleans el tren íntegro fué

trasportado de un lado al otro del Mississipi en un gran barco. No se

ha construído un puente para no dificultar la navegación del río.

Los wagones de los trenes norte-americanos y especialmente los carros

dormitorios son muy semejantes a los de los trenes de Chile. Pero los

camareros negros que sirven en los carros dormitorios son menos amables

y fáciles que nuestros camareros blancos. A las nueve, por ejemplo, se

ponen a hacer las camas, y tempranito a dormir todo el mundo, quiérase

que no se quiera.

Los trenes norte-americanos son mejor construídos y andan con más

regularidad que los nuestros. No tienen tercera ni segunda clase y no

hay más diferencias que las que resultan de ir en carro dormitorio o en

_pulman_.

Anduvimos tres días y tres noches con un calor infernal. En los dos

primeros atravesamos soledades quemadas por el sol en los Estados de

Nuevo Méjico y Arizona. La vista no divisa más que colinas áridas,

llanuras desiertas y montañas amarillentas de tierra infecunda. Y

en medio de este malestar abrasador no encontrábamos ni frutas ni

refrescos en las estaciones desoladas que cruzábamos, y era imposible

conseguir una limonada o naranjada en el _dining car_, ni aun

pidiéndola como remedio para mi compañera que iba con fiebre. Por

el estado de guerra el Gobierno había puesto límites inexorables al

consumo del azúcar, del pan y otros comestibles.

El tren anda con una rapidez a que no están acostumbrados nuestros

expresos chilenos, y metiendo un ruido de fierros y sufriendo balances,

vaivenes y sacudidas bruscas que hacen pensar en que se puede desarmar.

Pero no hay temor: la macicez y la solidez son características de las

construcciones yanquis y los trenes participan de ellas.

Después de la peregrinación por el desierto, se llega en la historia

bíblica a la tierra prometida, y así fué esta vez también para

nosotros, cabiéndole la merecida gloria de ser la tierra de promisión

a la rica y feraz California, paraíso del Far West. A través de sus

campos admirablemente cultivados hicimos el último día de viaje. Se

descansa de la monotonía aplastante por que se ha pasado en los días

anteriores, se respira con placer al contemplar, bajo la impresión

de una temperatura agradable, esos terrenos cubiertos de bellas

plantaciones, de árboles esbeltos. Carreteras magníficas cruzan en

todas direcciones. Son lisas, llanas, limpias, parecen hechas de goma y

por ellas se deslizan rápida y suavemente, sin trepidar, automóviles,

camiones y otros carruajes. A través de una atmósfera transparente y

acariciadora se dilata la vista a lo lejos, hasta llegar al límite del

horizonte, cerrado por suaves colinas y montañas que hacen soñar con

paisajes del valle central de Chile.

Llegamos a San Francisco muy cerca de la media noche.

[Ilustración]

Por las dos Américas · 第 15 / 32 题