Por las costas de Chile. — Mollendo. — El Callao. — Lima. — Espíritu
español. — Atraso político de los peruanos. — Gentileza de la gente
culta. — Problemas internacionales. — Panorama de la naturaleza y de
los pasajeros. — Un atormentado. — Panamá. — El Canal.
El camino más corto para ir desde Chile a los Estados Unidos es a
través del canal de Panamá. Los buenos vapores se demoran ya de
Valparaíso a Nueva York sólo diez y ocho días, y es probable que antes
de un año no necesiten más de quince y aún menos.
La rapidez y la economía que así resultan compensan la falta de otros
atractivos que pudieran deleitar a los viajeros a lo largo de la costa
del Pacífico meridional. Esta costa es monótona, y fuera de Valparaíso
y tal vez de Antofagasta, no ofrece grandes puertos que puedan
despertar la admiración o la curiosidad en algún sentido. Hablar de
grandes puertos, refiriéndose a los lugares chilenos nombrados, debe
entenderse dicho con relación a las ciudades, porque en cuanto puertos,
bien sabido es que son detestables y que difícilmente habrá otros
peores en el mundo. Si en cualquier peñón desierto en medio del océano
se levantara un poste con un letrero que dijera «Puerto», seguramente
resultaría más abrigado que cualquiera de los dos.
La costa occidental no presenta a la vista el regalo de algo semejante
a los panoramas encantados de Río de Janeiro, Santos y otros puntos
tropicales de la costa oriental.
Tampoco centellean de noche en ella los innumerables faros que animan
sin cesar las pobladas orillas del Mar del Norte europeo; ni aguzan
la vista de los pasajeros, como ocurría en este mar antes de la gran
guerra, el pasar continuo de transatlánticos ni el deslizarse en medio
de centenares de barquichuelos pescadores de pintorescas velas.
A bordo no se baila, y apenas se toca. Por lo demás, no es mucho lo que
perdemos con no oir más seguido el piano de nuestro vapor, el _Aysen_,
porque, por lo viejo, desafinado y chillón, resultan sus sonidos
capaces de hacer temblar de irritación a los nervios más bien puestos.
Un maestro se arrojaría al mar antes de poner las manos sobre ese
teclado. Entre los pasajeros hay sólo tres niñas, que son las que hacen
los gastos de nuestros escasos entretenimientos sociales con algún
encanto femenino.
No se divisan más de dos parejas que «flirtean». En la rada de
Coquimbo, primera escala del vapor, contemplaban un joven y su
compañera a las vendedoras que habían subido a vender frutas, dulce de
papaya, confitados, quesos, canarios, objetos adornados de conchas, etc.
--Estas cosas son traídas de La Serena y de los valles vecinos, le
dijo él. Por haber llegado tan tarde el vapor, me ha fallado uno de
los primeros números de mi programa de viaje. Tenía vivo interés en
alcanzar a visitar La Serena, que es mi pueblo natal, ver sus calles
coloniales adormecidas en su estagnación semi-secular; pero ya es de
noche. Tengo que contentarme con divisar sus luces que parpadean cerca
de la costa. Es un suplicio tantálico: anhelaba ir allá; tengo a la
vista el lugar de mi anhelo y sé que será imposible conseguirlo. Es una
imagen en pequeño de lo débiles que suelen ser nuestras fuerzas ante el
destino. En estas circunstancias las lucecitas de la ciudad querida me
parecen las miradas de una mujer que se desea y no se alcanza, aunque
ella misma quisiera ser alcanzada.
--Quién sabe si tanto en el caso de la mujer como en el de la ciudad es
lo mejor que pudiera ocurrir para no perder la ilusión, dijo suspirando
un señor maduro, que estaba cerca.
La niña sonreía sin entender tal vez la pena del joven ni el dolor que
palpitaba en la triste reflexión del señor maduro.
Uno de los «flirts» produjo resultados francamente saludables. Para
aliviarlo de una honda neurastenia, llevaba un padre a su hijo a
viajar; y el juego del amor, las dulces coqueterías de una simpática
niña, pudieron más para mejorarlo, sin duda junto con la acción del
descanso y del aire del mar, que todos los médicos que lo habían
atendido y drogas que había engullido antes. He considerado el caso
muy digno de ser mencionado, sin que piense que el remedio haya de ser
recomendado siempre.
* * * * *
Los pasajeros leen, se pasean, juegan a las cartas, al dominó, a los
dados para beber los indispensables aperitivos antes de almuerzo y
comida, o cualquier cosa a toda hora. Los norte-americanos dan pruebas
de mayores aficiones gimnásticas que los demás. Juegan al lanzamiento
de pequeños discos de madera en el puente, y lo hacen con grandes
gritos y alboroto y en mangas de camisa. También gastan más empeño
que otros en recorrer el vapor diariamente de popa a proa con trancos
elásticos.
Hay un japonés que no se mete con nadie. Retraído, huraño, fuma, toma
notas, y tiene una marcada fisonomía de bicho mal intencionado.
Viene un joven argentino, que es un pequeño «super-hombre». No muy
alto, delgadito, anguloso, muy metido en sí mismo, de pantalón blanco
irreprochablemente planchado y doblado abajo, de inmaculadas zapatillas
blancas con suave suela de goma; se pasea abstraído en sus hondos
pensamientos, muy derechito, lanzando las piernas como si obedecieran
a resortes muy bien montados. Protesta de que no le preparan el baño a
tiempo, llama a los mozos a grandes voces y habla de una comisión de
su gobierno que lo lleva a los Estados Unidos. Parece que tuviera en
sus manos los destinos de toda la América Española.
La costa de Chile va acompañada de cerros que en las latitudes del
norte acentúan su carácter árido, estéril, monótono. Aquí limitan
al desierto o a la pampa y son de un color café claro. Se presentan
formados de una substancia al parecer blanda, sin una planta,
repulsivos, contrarios a la vida, y como dispuestos a tragarse al
hombre que se atreva a aventurarse en medio de ellos. Y detrás de esta
barrera se encuentra el salitre, la inmensa riqueza que fecunda la
tierra y es fuente de vida.
Antofagasta, la principal ciudad chilena del norte, se levanta en
las faldas de estos cerros desolados. Contemplada desde a bordo, se
presenta como un pequeño pueblo ahogado en los brazos de la montaña
triste y aplastante. Mirada de cerca, ya es otra cosa. Pero no siempre
es fácil desembarcar y llegar a ella. Hay días,--y en el que nosotros
fondeamos fué uno de ellos,--en que el mar forma tantas olas aquí como
en el lugar más abrupto de la larga costa chilena. Los vapores fondean
lejos y danzan sin cesar, acompañados de los botes y vaporcitos que se
acercan a ellos, y suben y bajan diez o doce metros en un movimiento
continuo.
Los angustiados pasajeros, que desean o tienen que desembarcar, deben
esperar el momento preciso en que el bote se acerca a la base de la
escalera para saltar sin peligro, pero no sin que sea menester dar
pruebas de gran agilidad y acrobacia. Aun así no escapa el pasajero
libre de una buena mojada.
Las calles de Antofagasta son anchas, y en ellas reina la animación de
una ciudad activa y llena de vida. Se hallan pavimentadas de asfalto
de roca, hecho en mejores condiciones que en cualquiera otra ciudad
de Chile, y las recorren automóviles y victorias limpios, nuevos,
brillantes. La población tiene cincuenta años de existencia y cuenta
sesenta mil habitantes más o menos. Hay buen alumbrado eléctrico,
buen agua potable, y hasta jardines, quintas y parques preciosos. Los
chilenos han creado un oasis al borde del desierto.
Iquique, más que una ciudad, es un campamento. Le falta de la verdadera
ciudad el carácter de mansión definitiva, de lugar elegido por el
hombre para establecer su hogar. Es una plaza de tránsito en que los
hombres se congregan para enriquecerse y divertirse. Y en cuanto pueden
se marchan. Es un campamento que no tiene nada de desagradable y donde
se lleva una vida ligera y fácil. Cuenta con algunas calles amplias y
hermosas y con un bello paseo a la orilla del mar. Desgraciadamente,
según informaciones que recibí al pasar, en lo que más importa a la
vida no es un campamento nacional, sino extranjero. Las principales
industrias y el gran comercio se hallan en manos de extranjeros,
y hasta el agua que usan y beben los habitantes la suministra una
compañía foránea que cobra por ella los precios más exorbitantes que es
dable encontrar en el mundo.
Después de recorrer la costa desnuda de toda vegetación de Antofagasta
y Tarapacá, Arica se presenta a la vista como un pequeño vergel.
Arica es la puerta de algunos ricos valles de la provincia de Tacna
que producen, entre otras cosas, exquisita fruta. Las naranjas y
las chirimoyas del valle de Azapa son de una dulzura deliciosa e
insuperable.
Arica es un pueblo de calles estrechas, tristes, amodorradas,
pavimentadas con piedra de río, y con aceras angostas que se extienden
casi al mismo nivel de la calzada.
¡Qué laxitud se siente en la vida de este pueblo! La gente anda
despacio, no gasta prisa para nada. La gente del pueblo anda sucia,
desarrapada; y los ejemplares de la raza peruana que se encuentran
evocan la mísera imagen de los tipos sud-africanos. Parece que todos
vivieran en una _comadrería_ condescendiente y resignada.
Al alejarnos del último puerto chileno, contemplamos al Morro de Arica,
pelado, macizo, abrupto, teatro de las inmortales hazañas de nuestros
guerreros; lo juntamos en nuestra mente con otro escenario de valor
épico, la rada de Iquique, y sentimos que en estas tierras yérmicas
y escuetas, ha dejado el heroísmo chileno palpitaciones inmortales
y vigorizantes, que sumen el alma en un estado depurador de unción
patriótica, casi religiosa.
* * * * *
Mollendo, el primer lugar peruano en que tocamos, es un puertecito
enclavado en las faldas de los estériles cerros de la costa, que
continúa siempre desolada. El pueblo no tiene hacia donde extenderse,
abrigado entre el mar y la montaña. Sus casitas parecen palomares
colgados de las paredes de un barranco. Tampoco existe una bahía
propiamente dicha, y el mar se presenta de ordinario más agitado y
terrible que en Antofagasta, con lo que se dice todo. Los pasajeros,
para embarcarse o desembarcarse en el vapor o en el muelle, tienen que
ser izados o bajados amarrados en sillas.
El principal puerto del Perú, El Callao, nos ofrece en una mañana de
septiembre, ligeramente envuelta en leves brumas, su bahía amplia,
hermosa y tranquila. El puerto, con su desembarcadero propiamente
dicho, es muy bueno y seguro. Pero el pueblo es pequeño, bastante sucio
y sin importancia. Callao sufre con la proximidad de Lima, a la cual
está unido por buenos tranvías eléctricos que hacen el viaje entre
la capital y el puerto, en menos de una hora. Hay además carreteras
muy bien tenidas para automóviles y otros carruajes. Toda la gente de
cierta posición social prefiere no vivir en el puerto sino en Lima o en
algunos de los bellos y graciosos balnearios de los alrededores, como
Miraflores, Chorrillos, Barrancos. Entre Lima y El Callao se encuentran
además San Miguel y Magdalena, lugares de residencia también,
compuestos de pintorescos _chalets_, que aquí con cierta modestia y
dejo de casticismo se llaman «ranchos».
La vieja Lima es un encanto. Uno se cree en medio de esas seductoras
antiguas ciudades italianas que sugieren misterios, hacen convivir con
siglos pasados y hechizan la imaginación. Las calles son estrechas y
no bien pavimentadas; pero gustan mucho. Los balcones con vidrieras
corridas, o con espesas celosías, las rejas moriscas, los patios
andaluces producen una impresión artística propia, impresión de ensueño
y de tranquilidad sonriente.
De las ciudades importantes de la América Latina, Lima es,--cediéndole
el paso en esto tal vez a Méjico,--la que tiene más carácter
genuinamente español y colonial; y es, por lo mismo, más interesante a
los ojos del artista y del arqueólogo que otras ciudades como Buenos
Aires y Santiago, de muchísimo más valor desde otros puntos de vista.
Los principales monumentos de la época colonial que se señalan en
Lima son la catedral, el convento de San Francisco, el Palacio de
Torre-Tagle, la casa de la Perricholi, y el Palacio del Senado, donde
funcionaba la Inquisición.
La casa de la Perricholi fué hecha por el virrey Amat, en la segunda
mitad del siglo XVIII, en obsequio de su querida, la célebre artista
Villegas, a quien él, en los momentos de discordias semi-conyugales,
llamaba en su mal pronunciado castellano «Perricholi», por decir «perra
chola». Es una casa que se encuentra bastante en ruinas; no fué hecha
de material noble y durable; y aun en su tiempo debe haber sido más
pretensiosa que hermosa y recargada de colores y decoraciones. Hoy hace
la impresión de una mujer que, a pesar de sus muchos años, ha seguido
vistiéndose con telas claras un tanto raídas y conserva sin cesar en
sus arrugas restos de afeites.
La catedral es una fábrica perfectamente bien tenida, pero de estilo
poco definido, y tal vez algo pintarrajeada y sobrecargada de dorados.
La sillería del coro tiene tallados admirables que la hacen una valiosa
obra de arte. Entre las reliquias de la catedral se encuentran los
restos del conquistador Pizarro, conservados en una urna de vidrio.
En el mismo departamento hay un riquísimo altar de plata maciza y una
madona muy bella, que, según dicen, fué un obsequio de Carlos V. Es
una obra en que se ha combinado la pintura con el relieve. La virgen
está pintada al óleo, y lleva una diadema de verdadero oro realzado; el
conjunto da una impresión de armonía completa.
El palacio de los marqueses de Torre-Tagle data de 1735, y es la
mansión más importante y típica que conserva Lima de la época colonial.
Es una casa de dos pisos, de color obscuro, situada en el centro de la
ciudad. Su patio español, sus maderos ricamente labrados en cuanto se
ve de ellos, sus frisos de azulejos, sus azoteas, su fachada, hacen de
este palacio un monumento único. Ocupa el segundo piso de la fachada
un balcón corrido, sobresaliente a la calle, cerrado con espesas
celosías; y al contemplar éstas desde afuera o mirar a través de ellas
desde adentro, vuela la fantasía hacia el siglo XVIII y se complace en
forjar romances de amor. Como todos los obstáculos que se oponen a los
enamorados aumentan el incentivo de la pasión, las discretas celosías
deben haber prestado cierto misterio a los encantos de las limeñas
y enardecido los sentimientos de sus adoradores. Uno ve a un galán
pasando por la calle y renegando de la cortina de madera que le impide
disfrutar de los ojos de su amada; y ella, quizás una marquesita, que
no se atreve a abrir la celosía, sufre también. Y la imaginación se
representa este vulgar episodio de la eterna historia del corazón,
hermoseado con toques artísticos por la mágica pátina del tiempo.
El convento de San Francisco, fundado en el siglo de la conquista, goza
entre los peruanos de la fama de ser una maravilla en todo sentido. Sin
embargo, debo confesar que no me pareció así. No es una obra de arte
arquitectónico ni contiene grandes obras pictóricas o esculturales. La
sillería del coro se halla magníficamente tallada, aunque, según mis
recuerdos, los tallados no son de tanto mérito como los de la catedral.
El convento tiene, sí, la venerabilidad que prestan los siglos a todo
lo inanimado que se mantiene a través del tiempo sin cambiar. Según
las palabras del amable monje que me acompañaba, el convento se halla
tal cual fué en la centuria decimosexta. Y no cuesta creerlo. El siglo
de la conquista fué, sin duda, de fabulosas riquezas en la tierra de
los incas, pero ni el carácter de la época ni los medios disponibles
permitían emplear esa riqueza en hacer la vida confortable. Austeridad,
frialdad, desmantelamiento, son las impresiones que produce esta casa
de religiosos. La iglesia solitaria, el amplio coro, la alta sacristía,
envuelven el ánimo en una sensación de encogimiento triste. El espíritu
no se siente invitado a recogerse en sí mismo a meditar, porque quiere
huir de ahí. Los corredores están adornados de altos frisos de hermosos
azulejos; pero se hallan rodeados de rejas hacia el patio y la idea
de encontrarse en una cárcel oprime el corazón. En el patio, sobre el
suelo húmedo, languidece marchitándose, desplomándose, un pobre jardín.
Sin embargo, mi guía, que pasaba su vida entre esas paredes desoladas y
frías, no denotaba nada de tristeza. No era en verdad el tipo del monje
rechoncho, de carnes opulentas, que se nos suele pintar. Era pequeñito,
delgado, de faz anémica; pero de todo su ser emanaba una conformidad
risueña y se mostraba muy ufano del renombre y antigüedades de su
convento.
Me mostró el buen monje, por último, una capilla muy mona, en que había
una virgencita extremadamente milagrosa. Era el lugar predilecto de
las devotas limeñas de la buena sociedad. ¡Ah! en los días de grandes
fiestas, la capillita parecía un canastillo de flores y un rincón del
cielo lleno de soles y de estrellas. Una vez estalló un incendio que
amenazaba devorar la hermosa nave. La virgencita bajó entonces por sí
sola del alto sitial en que se encontraba, se puso a orar delante del
altar y las llamas detuvieron como por encanto su avance destructor.
Los que estaban empeñados en apagar el incendio, y vieron el prodigio,
corrieron a dar cuenta de lo ocurrido a otros monjes y al superior;
pero cuando volvieron, ya la virgen había subido de nuevo a su lugar,
también por sí sola, y estaba ahí tan serena como si nada hubiera hecho.
Al monje no le asaltaba la menor duda sobre la veracidad de su relato.
Por mi parte, complacido en la contemplación de ese cerebro adulto
que se hallaba en tal estado de fe ingenua, me encontraba muy lejos
de querer, con observaciones inconvenientes, arrojar sombras sobre la
limpiedad de su creencia.
Y para corroborar que tal milagro cuadraba como si dijéramos en el
orden natural de las cosas que podían ocurrir en la capital peruana, el
monje agregó:
«Lima es un lugar de bendición, predilecto del Señor. No ve que ha
sido tierra de santos, como Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de
Molgrovejo (y nombró algunos más que no recuerdo). Aquí no hay pestes
ni calamidades de ninguna especie. Esta ciudad es un paraíso».
El viajero que pasa a la ligera por Lima no se resiste a aceptar que el
monje estuviera en lo cierto. Para ello se juntan a los encantos de que
ya he hablado la suavidad y dulzura del clima. Pero los que viven largo
tiempo aquí, saben muy bien que esa blandura es enervante, debilitante
y perjudicial para la salud, y que los habitantes del paraíso limeño
se hallan muy expuestos a ser víctimas del _paludismo_, fiebre maligna
causada por la picadura de un mosquito que se desarrolla en los
pantanos de los alrededores.
Dicho sea de paso que cultivando mejor los terrenos circunvecinos, se
obtendría la doble ventaja de aumentar la riqueza agrícola y de sanear
más esta parte del país. Uno no puede dejar de hacer tal apuntación al
observar cierto abandono en los campos que se extienden entre El Callao
y Lima.
El espíritu español subsiste en el Perú incorporado no sólo en las
cosas, sino en algunas costumbres. Y si no, díganlo las corridas de
toros. No me tocó la suerte de asistir a ninguna, pero es sabido que
las de Lima no le ceden en brillo, en importancia y en rendimiento
pecuniario a las más pintadas de España. Los jóvenes limeños de ambos
sexos adoran a los toreros famosos, y guardan sus retratos como los
de héroes y grandes artistas. Toreros ha habido que han levantado
fortunas de millones de soles, toreando en Lima. Un peruano cultísimo y
profesional distinguido me decía al respecto:
«Yo prefiero una tarde en la Plaza de Toros a cinco noches de ópera en
el Metropolitano de Nueva York; y usted haría lo mismo, agregaba, si
hubiera asistido siquiera una vez en su vida a una buena corrida».
El pueblo peruano encierra en los cuatro millones de almas que lo
forman, tres millones de raza india. Por esta razón tal vez es tan
frecuente en las clases bajas el tipo pequeño, endeble, casi negro,
que hace pensar en tipos sud-africanos. En los gendarmes de Lima se
observan generalmente estas características y no hay mucho que admirar
en ellos, por supuesto, en cuanto a apostura marcial.
Esta circunstancia racial debe ser también uno de los antecedentes que
han obrado para producir el atraso político, la falta de preparación
cívica en que aún se encuentra la nación peruana. El Perú no ha salido
todavía del período de las asonadas militares y de los gobernantes que
suben y bajan en virtud de afortunados golpes de mano y de motines
de cuartel, período por que pasaron en diferentes décadas del último
siglo todos los pueblos hispano-americanos y que un buen número de
ellos ha dejado atrás afortunadamente para siempre. Al parecer no hay
en este país partidos sólidamente organizados ni opinión pública con
fuerza bastante para servir de freno a los desmanes de los caudillos y
del militarismo. El pueblo, en el más perfecto sentido de la palabra,
entendido como concepto comprensivo de todas las clases sociales,
teniendo la conciencia de formar una comparsa que no puede influir en
la suerte de la República, permanece impasible ante las intrigas de
palacio que derriban y elevan mandatarios[1].
¡Qué personas tan finas, amables y de vivaz inteligencia son los
peruanos de las clases cultas! En este viaje no he tratado uno solo que
no me haya dejado tal impresión.
Aun para discurrir sobre las más espinosas y peliagudas cuestiones
internacionales, sobre aquellas que aprietan entre sus mallas el amor
propio nacional, he encontrado en ellos espíritus claros y serenos.
Charlando a bordo sobre tópicos de esta clase, me decía un diputado:
--El desenlace de la Guerra del Pacífico fué desgraciadamente una cosa
natural y lógica. Nosotros teníamos que ser vencidos por un motivo
racial. Como usted sabe, las tres cuartas partes de nuestra población
están formadas de indios y con la indiada no se pueden hacer buenos
soldados. ¿Cómo íbamos a combatir con éxito con el pueblo de ustedes,
compuestos de fuertes mestizos o de tipos de raza blanca?
Hablábamos en otra ocasión con otro distinguido peruano a propósito de
la, por parte de sus compatriotas, soñada intervención de los Estados
Unidos para solucionar la cuestión de Tacna y Arica. Y me decía:
--Es un recurso empleado por algunos politicastros para agitar la
opinión pública y mantenerla favorable a ellos, atizar la esperanza de
que en el arreglo de nuestros conflictos vamos a contar con el apoyo de
los norte-americanos. Esta es una pobre ilusión. Tal cosa no ocurrirá.
Nosotros debemos levantarnos en virtud de nuestras propias fuerzas, y
resolver directamente nuestros problemas, con cordura y equidad, sin
la intervención de nadie de fuera de la América Española.
Escuché con hondo regocijo estas palabras que me producían una
sensación de alivio y venían a confirmar y a dar más nitidez a muchos
juicios y sentimientos que yo ya sustentaba de antemano. Han estado
en lo cierto la inmensa mayoría de los chilenos que han considerado
insensato el odio a los peruanos. No revelaría hidalguía odiar a una
nación hermana que es militarmente más débil que nosotros. Es claro
que no es posible remontar el curso de la historia; y que Chile y el
Perú no pueden encontrarse de nuevo en la situación en que se hallaban
antes de 1879 o de 1873; pero, dentro de la aceptación de los hechos
consumados y del respeto a los derechos adquiridos, hay que buscar
una pronta solución al conflicto existente, solución que signifique
el principio de una nueva era en la historia de la América Española.
La grandeza futura de las naciones de este Continente descansa en
la unión de la América Latina. De otra suerte, serán fácil presa de
los extranjeros, primeramente en el orden económico, y quién sabe
después en cuántos sentidos más, lo que puede no permitirles llegar a
desarrollar una personalidad vigorosa y acentuada en el concierto de
los pueblos civilizados.
* * * * *
Para muchos, el viaje se prosigue dentro de la monotonía de una vida
siempre igual. Todos los días los mismos paseos, los mismos juegos,
las mismas comidas, el mismo matar somnoliento de las horas en las
cómodas sillas de cubierta, el mismo esperar lánguido de la próxima
distribución.
Sin embargo, la monotonía es en muchos aspectos sólo aparente. Las
bellezas naturales, el mar y el cielo que en su grandeza nos arrastran
hacia las misteriosas vaguedades de lo infinito, sobrepasan el concepto
de lo monótono. El mar es un objeto que invita a la contemplación
serena y plácida, al arrobamiento, no al hastío, ya se presente con la
tranquila magnificencia de un lago sin límites, ya se agite en olas
irritadas por la acción levantisca del viento, ya tomen sus aguas
tintes verdosos de algas, o azules obscuros, tenebrosos, que hacen
pensar en algún líquido abetunado, pegajoso.
Navegamos casi siempre en un mar tranquilo, muy digno de su nombre
de Pacífico. Sólo entre Antofagasta y Mollendo un viento sur fuerte
nos azotó algo de costado, encrespó el mar de manera formidable e
hizo bailar al vapor como un barquichuelo insignificante. Aquí fué el
protestar de la gente mareada. Muchas señoras creían morirse y no pocos
señores también, y clamaban en contra de lo pequeño, de lo inseguro y
de lo inestable del buque. Este resultaba el fracaso más completo de la
arquitectura naval. Pero el mal tiempo fué cuestión de dos o tres días
y pasó.
La naturaleza volvió a recobrar su hermosa placidez. En Paita se nos
presentó con todas las galas de una belleza tropical, brillante,
nítida, transparente. Era una noche placentera, tibia, amorosa. La
bóveda azulada parecía una tersa piedra preciosa en que estuvieran
engastadas, centelleantes, la luna y las estrellas. Se sentía un aire
grato que envolvía en laxitud. Las aguas se mecían balanceando en
sus ondas los rayos de la luna: correspondían con la suavidad del
movimiento a la caricia de la luz. El alma se sentía inclinada a
caer en adoración y a divinizar el mar, las estrellas, la luna, como
deidades palpitantes de amor, sonrientes y benévolas.
Paita es famosa por tres capítulos: por la luna, los sombreros de
jipijapa y la chancaca. En esta ocasión sólo de esta última no pudimos
dar fe. Ya hemos visto cuán justificada es la fama de la luna, tomada
como representativa de un cielo tropical esplendoroso. Por lo que
respecta a los sombreros, una nube de vendedores subió al vapor a
ofrecerlos. Eran individuos de tipo indio muy acentuado, aunque no
enteramente puro y con caracteres de mestizos. Traen los sombreros en
bolsas de tela y algunos son tan finos que se pueden doblar como el más
delicado tejido de seda o de hilo. Pero se permiten pedir por éstos de
ocho a diez libras esterlinas. Con el regateo bajan a cinco, a cuatro,
y cuando el vapor va ya a levar anclas es fácil obtener alguno bastante
bueno por dos libras.
* * * * *
Así como el panorama de la naturaleza no resulta monótono para el que
sabe mirarlo con amor e interés, de igual manera el panorama, por
decirlo así, que van presentando las personas de los viajeros ofrece
siempre algo de nuevo si se le observa con atención. Nunca alcanza a
conocer uno a todos sus compañeros de viaje ni siquiera de vista en
los primeros días. A lo mejor, extrañado de una facha que no ha visto
antes, se pregunta: ¿Y este señor de dónde salió? Otros van subiendo y
bajando en los puertos en que se hace escala. Hay contactos de almas
que duran el fugaz minuto de una cortesía, y luego se apartan en
diversas trayectorias, tal vez para siempre. Los hay también un poco
más largos, lo suficiente para que se alcancen a tejer las etéreas
fibras de una mutua simpatía; pero también viene luego el apartamiento,
a menudo para siempre. En general el trato con los demás resulta,
con raras excepciones, provechoso. Acercándose a las personas y
penetrándose de lo que son, se desvanecen prejuicios, esquiveces, y se
las juzga con más ecuanimidad y justicia.
¡Cuántas veces bajo un cielo azul bruñido, que es una lluvia de dicha
para los que saben recibirla, y sobre un mar que se mece con suaves
ondas de ensueño, soplan a bordo en los corazones vientos de tormentas
pasionales horrorosas, vientos de tragedia!
A este respecto, me interesó hondamente la situación espiritual
desgarradora de un joven médico en quien no había reparado en
los primeros días, el doctor N. Era un hombre de aspecto sereno,
pero, observándolo con cuidado, se veía que un hondo desgano, una
displicencia que le venía de las entrañas, le encogían el ánimo y que él
luchaba para mantener por lo menos en apariencia el equilibrio de su
alma. Le faltaba la alegre espontaneidad característica de las personas
que gozan de plena salud corporal y espiritual.
Notando el interés que me inspiraba, empezó a ser franco conmigo, y una
tarde me abrió su pecho en una dolorosa confesión:
--Estoy desesperado, amigo mío, me dijo. La idea del suicidio me
obsesiona, me ahoga el corazón, me tiene seco el cerebro, me impide
pensar en cualquier cosa e interesarme por nada. Cuando me paseo solo,
sobre todo en las tardes y en las noches, las aguas ya obscuras del mar
y la estela que va dejando el vapor, me atraen. Siento que lo mejor, lo
mejor que podría hacer, sería arrojarme a ellas y acabar de una vez.
No llevo cuenta de las veces que he deseado tener un revólver y de
las en que me lo he puesto imaginariamente en las sienes. Mi fantasía
se ocupa en combinar las mejores maneras de terminar instantáneamente
con mi vida. Pienso en lo eficaz que sería sentarme en la barandilla
de popa, pegarme un tiro y caer al mismo tiempo al mar. Pero sería un
escándalo, y esto no se aviene con mis sentimientos. Busco un suicidio
que pudiera pasar por un accidente natural. La idea del escándalo
me aterra. ¡Oh, qué golpe significaría esto para mi pobre madre, mis
hermanitos, algunos de mis amigos!
--Veo que usted ha empezado por hacer lo que debe hacer toda persona
que se encuentre en el malhadado caso de usted: luchar con la obsesión
y dejar siempre para el día siguiente la ejecución del nefando
proyecto. ¿Pero su situación tendrá algunos antecedentes?
--¡Ah! sí, muy fáciles de exponer, pero no de remediar, como es fácil
que se diga porque alguien tiene tuberculosis en último grado y que,
con diagnóstico y todo, no haya salvación para el enfermo.
--Creamos que su mal no sea de último grado.
--En mí han obrado la acción disolvente y morbosa de un mal estado
espiritual general, y el dominio de una pasión que entró en mi corazón
con alborozos y resplandores de celestial aurora; y luego me ha
deshecho lo que me quedaba de voluntad y carácter; ha deshecho mi vida.
Sin duda lo primero que me ocurrió fué que insensible, paulatinamente,
fueron secándose en mí las fuentes vivas de un idealismo sólido y
desinteresado. El mundo sensual y frívolo, la falta de una religiosidad
honda, el espectáculo de una moral hipócrita y de un patriotismo y
civismo declamatorios, dieron los primeros golpes a la contextura de
mi alma. Luego la ciencia pura, imposible de acompañar por sí sola
con alguna concepción ética salvadora, y cierta literatura hicieron
tambalear más aún las amarras ideales a que yo me aferraba. Pocas
obras más funestas para el mantenimiento de la voluntad y de la fuerza
moral que las de Eça de Queiroz, de Anatole France y otros franceses
por el estilo, y las de algunos españoles. No niego las grandes
cualidades artísticas y literarias que casi siempre las adornan. Pero
el escepticismo que campea en ellas, la ironía y el sarcasmo que gastan
en sus pinturas de la vida humana, la insistencia con que presentan a
sus héroes dominados por las pasiones sensuales, dejan en el alma una
impresión de vacío, un estado abúlico, un desprecio de los hombres y un
menosprecio de la vida que abisman. La conciencia herida de esta suerte
mira con sonrisa de duda cualquier gesto noble, cualquier esfuerzo
levantado, cualquier sacrificio, se pregunta ante ellos: «¿Para qué
sirve eso?», «_A quoi bon?_» y el veneno del desánimo y de la apatía
que la ha emponzoñado, sugiere la respuesta de: «Para nada, al fin todo
será igual».
--¡Cuánta razón tiene usted! ¡Qué descripción y qué diagnóstico tan
bien hechos! Pero lo que importa es salir de ese estado.
--¿Dónde encontrar una filosofía sólida de la vida, una filosofía que
nos conforte y nos haga avanzar con esperanzas por los senderos del
tiempo? ¡Ah, las religiones! Felices los que creen. Mientras nuestros
cuerpos marchan en la tierra con planta segura, nuestros espíritus
andan a tontas y a locas. La tierra, sólida para los pies, es frágil
para el alma, y ésta se debate desolada entre la insuficiencia de
nuestro planeta y los misterios del cielo. Me imagino a los hombres y
a sus obras como insignificantes monigotillos que se agitan y tejen
débiles telarañas en tinieblas y entre dos abismos.
--Todo esto puede ser muy cierto desde un punto de vista cósmico
y eterno, haciendo tabla rasa de toda palpitación de un corazón
humano. Pero el valor de la vida no depende de su comparación con
las dimensiones del cosmos y de la eternidad, sino de nuestros
sentimientos. Se puede defenderla indudablemente con argumentaciones
y razonamientos sólidos; pero cualquiera alegación, por bien fundada
que sea, no es lo esencial de ella. El valor íntimo de la existencia
resulta simplemente y siempre de la afirmación categórica del ser que
vive, como se ve en la graciosa ingenuidad de un niño que hace de todo
motivo de juego, en las abnegaciones inagotables de una madre, en la
virtud de una joven que trabaja alegremente día a día sin preguntarse
jamás para qué sirve la vida.
--Es cuestión de sentimiento, quizás de amor.
--Sí, sí; pero distingamos, no se trata del amor sexual.
--Sin embargo, ¡cuántas veces es el amor de una mujer lo que presta su
encanto supremo a la vida!
--En ciertas edades, por supuesto.
--Y si él no es correspondido o no es posible, caemos en un limbo de
tedio y desesperación. Es lo que me ha ocurrido a mí. Hace algunos años
conocí una mujer, una señora, cuya hermosura, gracia, talento y trato,
me atrajeron. Empezó por ser un pasatiempo delicioso. Luego estar con
ella, verla, oirla, eran las mejores horas de mis días. A ella le
gustaba también mi compañía. Con el tiempo mi simpatía se convirtió en
una pasión arrebatadora que me elevó en un sueño de amor y vino a dar
nueva luz a mi existencia. ¿Y cómo no amarla? Había tan grande armonía
en su persona: la viveza de sus palabras, la frescura de su talento y
de su ingenio, lo sano y delicado de sus sentimientos, su capacidad de
amar: todo formaba un conjunto feliz que, cuando hablaba, su voz me
deleitaba el alma como las notas de una cajita de música espiritual.
Así solía decirle: «cajita de música». A menudo la llamaba también
«vidita» y cuando hacía esto, se me iba el alma por los labios. Perdone
que entre en estos detalles, tal vez pueriles, pero ¡qué quiere! me
complazco tanto en recordarlos. No ir a verla, a veces me causaba un
dolor como si me desgarraran las entrañas. Yo estaba loco de pasión,
pero ella tenía un concepto demasiado claro de sus deberes para que
nuestro cariño pudiera conducir a algo ilícito. Jamás pasé más allá de
besarle la mano. Tomando del sentimental libro «La Sombra Inquieta»,
pensamientos de Fogazzaro, nos decíamos que seríamos «esposos sin
bodas, que nos querríamos como se quieren los astros y los planetas, no
con el cuerpo, sino con la luz, como las palmeras, no con las raíces,
sino con las ramas más altas de sus copas».
Yo tenía que ir a Europa a estudiar los últimos adelantos de la cirugía
y debimos separarnos. Lo hicimos en una despedida dolorosa que ha
significado tal vez un adiós para siempre.
He quedado, como le decía al empezar esta confesión, herido de muerte,
con una congoja que me atenacea sin cesar el corazón, me aprieta la
garganta y hace que mi vida sea como un prolongado sollozo interior.
¡Qué de lágrimas he vertido hacia adentro que me ahogan el pecho! Y ve
usted la ironía del destino: en tal estado voy a buscar la mejor manera
de curar las heridas corporales de los hombres.
--Y así paulatinamente curará también la de su alma. Si no un cirujano,
el tiempo es sin duda por lo menos un gran médico. Pero hay que
ayudarlo con la voluntad y la reflexión, y con la suspensión de todo
acto que pueda significar una sugestión de mera impulsividad.
En este momento, pasaron corriendo por delante de nosotros un joven
sud-africano y una niñita americana, muy dije, encantadora, de ocho a
diez años de edad, a quien él llamaba en broma _sweetheart_[2]. Él era
un tipo sanote; gordo, macizo como un toro, rebosaba salud y alegría.
De maneras un tanto bruscas, con todos charlaba, a todos embromaba: no
conocía las penas. Pasaron ambos con gran algazara, ella casi llevada
en el aire por él y con su preciosa cabellerita rubia suelta al viento,
a sentarse en el extremo de proa, a gozar de la tarde que estaba
espléndida.
El médico había extendido los brazos y hecho amago de coger a la niñita
al pasar.
--Criaturas como éstas se me hace que fueran hijas de la mujer amada
y me las comiera a cariños. Con qué fruición sumerjo mis manos en las
onditas de su pelo rubio, cuando la tengo a mi alcance. Sin duda que de
las cabelleras de los niños se desprenden flúidos que confortan y hace
bien bañar las manos en ellas.
La travesía del trópico no había tenido esta vez los inconvenientes
del gran calor que durante ocho días suele agobiar a los pasajeros en
estas latitudes. Navegábamos ya en el golfo de Panamá. Invité al médico
a que fuéramos también a proa, pensando que, al alivio que pudiera
haberle traído su confesión, se agregara el del espectáculo de una
naturaleza espléndidamente majestuosa y serena. La tarde se presentaba
en verdad con una serenidad imponente, el cielo ligeramente gris y
las aguas tranquilas, obscuras, con cierta pesadez de alquitrán. El
vapor avanzaba lentamente. Sentado a proa, a la puesta del sol, creí
encontrarme en un sitio ideal para gozar de la paz suprema que puede
acordarse a un ser humano. La brisa templada no hacía más que acariciar
el rostro. Las nubes en el poniente formaban castillos de hadas
iluminados fantásticamente.
--¿No siente usted, pregunté a mi compañero, que esta hora derrama un
bálsamo sobre el espíritu y lo substrae a sus inquietudes?
Me dió una mirada en que había un destello de luz, que envolvía casi
aquiescencia a mi afirmación y se sonrió débilmente sin decir palabra.
* * * * *
El día siguiente llegamos a Panamá; pero no fondeamos ni en este lugar
ni en Balboa, que es el puerto de la Zona del Canal por el lado del
Pacífico.
Era una mañana radiante. Bajo un cielo claro y envuelta en una
atmósfera cristalina, deleitosa, se ofrecía la tierra a uno y otro
lado. El mar hacía resaltar en el azul de las ondas el verde vivísimo
de los numerosos y pintorescos islotes e islas de que se halla sembrado
y la costa regalaba la vista con su vegetación paradisíaca.
La entrada del Canal se halla cerrada por cordones de minas que se
abren para dar paso a las embarcaciones que tienen la autorización
respectiva.
Sin exageración, cabe decir que el Canal de Panamá es una de las obras
más maravillosas de todos los tiempos y que significa una gloria
para la ciencia y el arte contemporáneos, y para el gran pueblo
norte-americano, que con su capacidad técnica y su colosal potencia
económica, ha podido llevarla a cabo.
El vapor avanza primeramente por un corto canal natural, para entrar
a la primera de las exclusas, la de Miraflores. La obra en todo su
trayecto presenta sólo en las exclusas el aspecto de grandes canales
artificiales. En las demás partes, por colosales que hayan sido los
trabajos realizados, como no hay grandes murallas de piedra ni de
concreto, se conservan las apariencias de cauces naturales.
El Canal, como tal vez se sabe, no es una corriente de aguas de un
mismo nivel, de uno a otro océano. Las aguas en la parte central, en
una extensión que viene a ser más de la mitad de la longitud total del
canal, se encuentran a un nivel superior en más de ochenta pies al
del Océano Pacífico, y un poco más todavía al del mar antillano. Las
exclusas tienen precisamente por objeto levantar los buques al nivel
más alto de las aguas del medio.
Las exclusas son grandes canales de concreto de ciento diez pies de
ancho más o menos, con gigantescas compuertas de fierro que se abren
y cierran herméticamente por medio de la electricidad. Al buque que
se acerca lo detiene, antes de que se abra la compuerta, una gran
cadena de hierro que tiene por objeto resguardar la entrada por si
la embarcación pudiera no venir bien manejada. Paradas las máquinas
del buque, se le ata con gruesos cables de hierro a cuatro pesadas
locomotoras, dos en cada orilla, que deben remolcarlo lentamente; y
una vez en el interior y detenido de nuevo, se cierra la compuerta que
ha quedado atrás, y, por medio de magníficos mecanismos interiores, se
hace subir rápidamente el agua al nivel requerido. Otra vez se ponen
en movimiento las locomotoras de las orillas y remolcan el vapor fuera
de la exclusa.
No falta en las exclusas la sencilla elegancia, compatible con la
severidad propia de la obra. En las orillas alternan armónicamente los
colores blancos del concreto con el verde de los prados artísticamente
dibujados a lo largo de la construcción, y toda ella va acompañada a
ambos lados por altas columnas, también de concreto, que sostienen
dobles focos de luz eléctrica, lo que presta al conjunto cierto aspecto
de esplanada de paseo.
Después de un corto trayecto fuera de las exclusas de Miraflores, se
entra a las de Pedro Miguel, donde se repite más o menos la misma
operación que ya he descrito.
El Corte de la Culebra, que viene en seguida, es un largo canal cuyos
bordes los forman los terrenos mismos, sin revestimientos especiales. A
uno y otro lado no se extienden bosques tropicales, sino que la vista
se dilata en verdes colinas cubiertas en gran parte de palmeras y de
otros árboles y arbustos de no muy crecida talla.
Soportando el calor en gracia de lo mucho que había que ver, los
pasajeros permanecían afuera afirmados en las barandillas, contemplando
ya el paisaje, ya las grandiosas construcciones. De máquinas
fotográficas no hablemos. Estábamos en tiempo de guerra y por orden
superior habían sido todas quitadas a sus dueños y guardadas durante
la travesía a fin de que no se tomaran vistas del Canal.
A popa se había formado un pequeño grupo íntimo en que se encontraba el
doctor N. Alguien le dijo a éste:
--¿No le levanta el espíritu, doctor, la contemplación de estas obras
del esfuerzo, de la ciencia y del ingenio humanos, la contemplación de
esta maravilla de nuestra época?
--¡Oh, sí, cómo nó!, contestó maquinalmente el aludido.
--Hombre, usted está terrible, nada le entusiasma, repuso el
interlocutor, que era un joven de aspecto muy sano y vivaz. Le
recomiendo que en cuanto llegue a Nueva York no deje de ir a los
«cabarets».
--Los conozco ya.
--Pueda ser que ahí encuentre remedio para sus males.
El joven tenía razón. Parecía que el doctor había perdido la facultad
de admirar y que todo lo percibía como si estuviera en un estado de
sonambulismo. Recibía las impresiones de las cosas que pasaban por
delante de él y formaba los juicios correspondientes más o menos
acertados, pero la serpiente de la pena que lo ahogaba no le permitía
experimentar grandes emociones fuera de su dolor y ante todo permanecía
tan frío como deben dejar a la cinta cinematográfica las imágenes que
registra.
--Usted, doctor, no sólo sufre de una pasión, le dije poco después,
sino que en parte por esto mismo, se halla enfermo de la voluntad y se
imagina, como todos los enfermos de esta clase, que recobrará el gusto
por la vida el día en que se mejore su ánimo, sin ver que precisamente
el principal remedio para que esa mejoría llegue es poner desde luego
en juego la acción, obrar. La actividad sana aleja poco a poco las
ideas que obsesionan, debilita los hábitos funestos que se habían ido
formando al calor de la pasión y va abriendo nuevos horizontes que
el enfermo no ha sospechado. Fuera de la gracia de que hablan los
teólogos, hay otra que toda persona puede alcanzar trabajando con
ahinco en su perfeccionamiento. El espíritu encierra tesoros que no se
divisan cuando las aguas del alma se hallan enturbiadas por la pasión,
y que a veces por desgracia no se revelan nunca si el mal se convierte
en empedernimiento. Volver su transparencia cristalina a las aguas
agitadas no es cuestión de un día; pero algo de esa luz interior se
va viendo a medida que la voluntad se afirma y orienta su actividad e
interés hacia fines lícitos y serenos.
--Bien por la receta psicológica, contestó el doctor con cierta malicia.
Volvimos nuestra atención al panorama.
Después de pasar el Corte de la Culebra, el canal sigue por una parte
siempre estrecha, aunque no tanto como la anterior, hasta que se
ensancha en el lago Gatún, que está cerrado por la exclusa del mismo
nombre, la última antes del término formado por la bahía de Limón en
las riberas del mar antillano.
--A propósito del Canal, recuerdo un rasgo que puede ser típico de
la psicología yanqui, me dijo el médico. Hay en el Museo de Historia
Natural de Nueva York, un gran mapa en relieve del istmo y del canal
con esta pomposa inscripción: «Obsequio hecho por los Estados Unidos
al mundo». ¿Qué tal? Si hubiera sido un editor de Chicago el autor de
tal leyenda puesta en un mapa hecho con colores llamativos, no habría
nada que decir. Se trataría de un negocio comercial, probablemente
de un recurso de reclamo. Pero es muy distinto el caso, presentado
como se encuentra en el primer establecimiento nacional de su clase.
Desde luego me parece bastante difícil que una nación hubiera dado
el zarpazo de Panamá sin otro objeto que el de hacer un obsequio al
mundo. Sería simpatizar demasiado con los procedimientos propios de un
bandido romántico. Los norte-americanos han hecho el canal por razones
comerciales y estratégicas: para que sus flotas mercantiles puedan
llegar fácilmente al Pacífico y a los puertos sud-americanos y para que
su marina de guerra pueda hacer lo mismo y, en cualquier evento, no
queden desguarnecidas las costas occidentales de la Unión. Han debido
tomar muy en cuenta también las Filipinas y el Extremo Oriente. Por lo
demás, es claro que la obra tiene importancia y proyecciones mundiales.
--¿Y cuál es el rasgo psicológico de que usted me hablaba?
--Franca e imparcialmente, ¿cómo se podría calificar en castellano
esto de llamar «regalo hecho al mundo» lo que ha sido realizado
ante todo por interés nacional? Yo no encuentro otros términos que
los de ingenuidad o fanfarronada. El pueblo norte-americano, que
es esencialmente bueno en el fondo, revela cierta tendencia a la
exageración que resulta tal vez de su disposición a la actividad. Esta
vendría a ser una de las características fundamentales y la exageración
una de las secundarias de su psicología.
Íbamos llegando a Colón. El vapor había tardado más o menos diez
horas en atravesar el Canal. Al considerar en conjunto esta obra,
fluye de toda ella, fuera de las cualidades de inmensidad, solidez,
prueba de habilidad técnica, que le son propias, cierta impresión de
belleza. Se ve que esta sutil condición de ser bellas no está vinculada
exclusivamente a las cosas creadas por el arte o a aquellas que
perduran respetadas por los siglos, como las ruinas y restos gloriosos,
ni a muchos aspectos de la naturaleza, sino que se infunde también en
todo lo que da testimonio de un gran esfuerzo humano, del heroísmo del
trabajo capaz de moldear y someter la substancia material a grandes
miras[3].