VI

Susana Esteven repasaba al piano una sonata de Beethoven. Antes de salir

a compras, en compañía de Angelita, su madre le había dicho:

--¡Me atacas la cabeza, Susana, con esa sonata! Parece que tocas a

ánimas o que llamas a misa. Esta música alemana no puedo sufrirla. ¿Por

qué no estudias un valsecito francés, alegre, o un aire de opereta?

Mira, ¡Madame Angot! eso es música.

Susana era muy bonita y muy simpática; un terroncito de azúcar, una

paloma, un dije: todas las hipérboles de la comparación, no alcanzarían

nunca a dar una idea exacta de lo que era esta niña hechicera, sin hiel

y sin malicia. Tenía más de los Vargas que de los Esteven, aunque nada

de su madre, Gregoria, la excepción de la familia; aquella dulzura de

carácter le venía de su tía Casilda, y era más blanda que ella todavía,

más sumisa, más dócil, quizá porque las contrariedades de la vida no

habían llegado a agriarla, y del tío Pablo Aquiles esa debilidad que

parece ser patrimonio de la bondad, generalmente, y por eso dicen que

los buenos son los tontos. No lo era Susana, sin embargo, aunque buena y

débil; en la casa era ella el ama de llaves, la que lidiaba con

sirvientes, la que organizaba y dirigía todo. Venía Jacinto:

--Nanita, vas a pegarme este botón, ¿verdad? y luego me das una puntada

en este ojal y otra en el forro del chaqué. Eso es; así me gusta.

--Nanita--decía Angela, la menor, una niña que entre otros defectos que

ya irán saliendo, tenía el horrible e imperdonable de comerse las

uñas,--Nanita, vas a desenredarme el pelo y hacerme la trenza. Así;

perfectamente.

Misia Gregoria llegaba:

--Anda, hija mía, ve cómo esa condenada de cocinera prepara el

escabeche; tú entiendes de guisos.

Y raro era el día en que el padre no la dijera:

--Hijita, vas a ponerme en limpio ese manuscrito que está sobre la mesa

del escritorio; tu letra es más clara que la de Jacinto, y no echas

borrones, ni haces raspaduras.

A todos atendía Susana, y todo lo ejecutaba a maravilla. Y en el salón,

en el escritorio, en el tocador y en la cocina, siempre era la misma,

dispuesta y viva, amable y afectuosa. Se levantaba la primera, y ya

lavada y peinada, iba a ver preparar el desayuno de la familia; que el

chocolate de don Bernardino, y el mate de la madre, y el te con leche de

los hermanos, estuvieran en el punto en que el capricho de cada cual lo

exigía; daba prisa a los criados, y les amonestaba, suavemente.

--Bernardo, ¿quiere usted hacerme el favor de darme el jarro de la

leche? Muchas gracias. ¿Ha llevado ya al niño los diarios? ya sabe usted

que él gusta de leerlos en la cama. Manuela, ¡ha dejado usted _cortar_

el chocolate! un poquito de más cuidado, se lo ruego a usted.

Si no había criado, ella lo hacía, y arreglaba los cuartos y tendía la

mesa; una vez, se despidió a la cocinera, y como el servicio anda así,

como Dios quiere, Susana tuvo que ir a la cocina y preparó un almuerzo

que daba gloria.

--¡Esta Susanita--decía el padre,--es tan buena! si ella faltara, no sé

qué sería de la casa.

Misia Gregoria la daba a arreglar los vestidos que la modista no había

conseguido sacar a su gusto. Y todavía tenía tiempo para repasar sus

lecciones de idiomas, y acompañar a su hermana al paseo, o a tiendas, o

a visitas, y también a su madre. Ella se complacía en ser útil, en

servir; no tenía más ambición que agradar a todos. Por lo cual, todos la

adoraban. Esteven la llamaba su _Nanita_ querida; la madre hablaba de

mandar construir un nicho muy dorado con dosel y todo, para meterla

dentro, como santita que era; Jacinto la traía regalos siempre que

podía, y en cuanto a Angela, caso extraño, su antítesis, el polo opuesto

de Susana, la respetaba y miraba como algo superior y sobrenatural.

Desde muy niña fué así Susana, de una pasta que ni amasada por manos de

ángeles. En los rincones pasaba las horas muertas jugando a las muñecas,

sin chistar; ella misma confeccionaba las prendas liliputienses con que

vestía a su pequeña familia, tan hábilmente, que todos se maravillaban

de la práctica de aquellas manecitas en manejar la aguja y las tijeras;

misia Gregoria guardaba todavía, como oro en paño, las camisitas y

vestidos hechos por su adorado prodigio a los cuatro años. Cuando se

aburría de las muñecas, tomaba su libro de cuentos, y llegaba el caso de

referir lo que leía sin olvidar un detalle, condimentando su relación

con observaciones propias, siempre atinadas. Don Bernardino, asustado de

esta precocidad, hablaba con terror de la meningitis.

--Preferiría--decía a su mujer,--que fuera menos despierta, porque estas

inteligencias desarrolladas así de golpe o no dan ya nada de sí y se

estacionan o hacen estallar el frágil vaso del cerebro.

--¡Qué ocurrencia! ¿De modo que estarías más satisfecho si la niña

tuviera en vez de esa cabeza llena de talento, una calabaza vacía? A

ver, preciosa, cuéntame la historia de Pulgarito, o dime cuántos ríos

tiene la República Argentina.

A pesar de los temores del padre, la meningitis no vino; Susana creció,

como un lirio, y a los diez y ocho años era una mujercita en la que

todas las promesas de la niña habían madurado, a pesar del ambiente poco

favorable en que la planta se desarrollara. Porque hay que decir, que ni

el padre, ni la madre, ni los hermanos, ofrecían un ejemplo digno de

imitarse: misia Gregoria, en primer lugar, que recordaba, como horrible

pesadilla, los años pasados bajo el cerrojo de su padre, don Aquiles,

no quería oír de poner cortapisas al capricho de sus hijos; dejarles,

que hagan lo que quieran, que gocen sin trabas de la edad dichosa...

¡Contrariar a los niños, hacerles llorar! ya vendrán, ya vendrán las

penalidades de la vida, demasiado pronto, y entonces sabrán lo que es

sufrir: ahora, dejarles en libertad. Con esto, soltaba tanto la cuerda,

que Jacinto, que era un potro, y Angelita, una _machona_ muy de temer,

campaban por sus respetos y hacían de su capa un sayo. Si Esteven

intervenía, pronto a castigar una travesura o una inconveniencia, acudía

la señora en defensa del reo:

--Déjalo, Bernardino, no me toques a los niños, no quiero que les digas

nada; ¿vas a pretender, acaso, que se porten como personas mayores?

En segundo lugar, misia Gregoria era muy celosa, espantosamente celosa,

lo cual daba ocasión a escenas lamentables, representadas sin disfraz

delante de los hijos. Para misia Gregoria, don Bernardino, aquel hombre

que, salido de la nada, se había encumbrado a la brillante posición en

que ahora estaba, era un ser superior; admiraba su inteligencia, su

carácter, su figura, su andar majestuoso, su hablar solemne, todo lo que

él hacía y todo lo que él pensaba. La verdad es que se casó con él

enamorada, locamente enamorada, hasta el punto de hacer lo que hizo,

abandonar su casa y su familia por seguirle, sin importarse de su honra

ni de su nombre. Pero, este amor, con la edad, se convirtió en una

manía, en una obsesión de todos los momentos; apenas dormía, pensando

que otras mujeres pudieran robarle el tesoro de su Bernardino.

Registraba sus bolsillos, en busca de cartas comprometedoras, regulaba

sus salidas y sus entradas, reloj en mano; estudiaba la cara que traía,

si la barba estaba desaliñada o el párpado abotargado.

--¿De dónde vienes, Bernardino? No me dirás que de casa de Eneene,

¡mentira! tú tienes alguna... de ésas, que te divierte. Mira, este pelo

que traes en la manga, largo y rubio, pelo de mujer, ¡ay, qué asco! Con

que de Susana, ¿eh? quite usted, so camandulero. ¿Y esta carta? No dice

nada de particular, pero estos garabatos son de mujer. ¡Ay, qué

desgraciada soy! Si yo hubiera sabido esto, no me habría casado contigo.

Don Bernardino callaba y sufría. Pues estas cosas, tan estúpidas de puro

vulgares, las hacía y decía todos los días, y eran vistas y oídas de

todos; a veces, Esteven perdía la paciencia, y entonces se armaban

tremolinas escandalosas: que tú, que yo, que si esto, que si lo otro, tú

eres así, tú eres asá; escarbaban en el pasado de ambos, para sacar toda

la porquería y embadurnarse sin piedad la cara mutuamente. Milagro fué

que, con estos ejemplos y esta educación, no salieran peores de lo que

eran Jacinto y Angelita; en cuanto a Susana, la santita de la casa, nada

podía enturbiar la limpidez de su alma angelical, ni alterar la esencia

de su carácter: entre espinos y guijarros nacen así, flores delicadas.

Y no eran los celos, la sola piedra de escándalo entre marido y mujer.

Cuando se hablaba de los Vargas, el vocabulario de injurias se agotaba;

entonces el escándalo se producía, no porque ambos disputaran, sino

porque se ponían de acuerdo, para arrojar sobre los tristes desposeídos

toda la inmundicia que quedaba en sus espuertas. Tengo para mí que si

Susana fijó sus hermosos ojos en su primo, fué de tanto oír echar pestes

contra ese perdido, ese pillo, ese indecente de Quilito. ¿Qué había

hecho el infeliz? Susana no lo sabía; nunca consiguió saberlo. Su

bondadoso corazón sufría de verle tratar así, y de escuchar todas las

picardías que la madre y el padre, rencorosos, decían de la tía Casilda

y del tío Pablo Aquiles. Ella no les conocía sino de vista, y hubiera

deseado conocerles de cerca, tratarles, para juzgar si eran

verdaderamente tan perversos. Quilito se le había figurado muy feo y muy

tipo, porque misia Gregoria no hablaba de él sino para motejarle de

_renacuajo_, y cuando le vió en Palermo, al lado de Jacinto, después de

muchísimo tiempo que no le veía, con su carita de querubín, blanco y

rubio, muy derecho, muy bien vestido, parecióle un hijo de lord, y

contestó afectuosamente a su saludo. Al segundo encuentro, siempre en la

avenida de las Palmeras, halló al renacuajo más simpático y distinguido;

le miró con interés y se dijo que el primo debía valer un poquito más de

lo que en su casa decían. Y Jacinto, aturdidamente, la dió detalles que

ella no conocía:

--Te digo que es un excelente muchacho, el sostén de su padre y de la

tía, y trabajador; estudia Derecho. Toda su ambición es hacerse rico;

ya le verás figurar, porque muchacho más despejado no he visto. Lo que

hay es que los _viejos_ no le quieren, pero no se debe ser injusto.

--¡Pobre Quilito!--decía la niña compadecida.

Cuando le trató, más tarde, este sentimiento instintivo de compasión, se

convirtió fácilmente en simpatía; fué en un baile, en casa del ministro

Eneene. Susana, contrariadísima, porque no gustaba de fiestas, había

consentido en acompañar a su madre, de real orden, como ella decía

riendo.

--No, hija mía--había dicho misia Gregoria,--es preciso que empieces a

ir a sociedad, que te vean, que te admiren; esto de encerrarse en casa

se queda para las feas. Además, yo no quiero que te me vayas a hacer

monja o beata, y con la encerrona y ese carácter de ángel que Dios te ha

dado, vendrías a parar en eso. Felizmente, hasta ahora, no te ha dado

por ahí, pero puede darte, y entonces, ¿qué sería de tu madrecita?

¡Conque, al baile y a pescar novio!

Otras exhortaciones, de buen fondo, pero disparatada forma le hacía,

comiéndosela a besos. Susana, sonriendo, dijo que iría al baile y

pescaría novio, si podía.

Entró en el salón y lo primero que vió fué a su primo, mariposeando

ufano.

--Me alegro--pensó Susana,--así vendrá a _sacarme_ y no _plancharé_; no

hay cosa peor que venir por primera vez a un baile y no tener conocidos.

Quilito, tan pronto como pudo acercarse, vino a saludarla, y sin mediar

presentación siquiera, charlaron como antiguos amigos. ¿No sabían,

acaso, que eran primos y que él se llamaba Quilito y ella Susana?

Charlaron de muchas cosas: él, de sus estudios, de sus esperanzas; ella,

de sus distracciones, pero ni uno ni otro se atrevió a rozar, aun

incidentalmente, el tema escabroso de la familia. Los ojos de Quilito

decían:

--¡Qué bonita es! ¿Por qué hemos de estar a mal con ellos?

Y Susana parecía querer decir:

--Dile a la tía Casilda y al tío Pablo Aquiles de mi parte que les

quiero mucho, mucho, mucho; ¿por qué ha de haber diferencias entre

nosotros, si hemos simpatizado tanto?

Y sin hablar nada de esto, se comprendían en la mirada expresiva, en el

acento cariñoso, en el gesto amable. No sé si existe, en otra parte que

en las comedias, aquello de las corazonadas o del flechazo amoroso,

repentino e irremediable, pero lo cierto es que este diálogo, en medio

de las luces y de las flores del salón, bastó para que los dos primos se

entendieran, y en el apretón de manos con que pusieron punto final a la

entrevista, se dijeran muchas cosas, que los labios no habían osado

proferir. Verdad es que el chico era insinuante, y tenía una labia y una

gracia, que hubiera sido para él empresa fácil la conquista de su linda

prima, aunque viniera armada de prevenciones. Y mientras en Quilito

nacía una idea egoísta de este encuentro, la del amor compartido, en el

generoso corazón de Susana se despertaba un propósito digno de ella:

--O he de poder yo muy poco--se dijo,--o conseguiré la reconciliación de

las dos familias; resistencias y obstáculos no han de faltar, pero

Quilito y yo, aliados, las venceremos.

La tenacidad de estas resistencias, que preveía, pudo apreciarla al

siguiente día, cuando misia Gregoria, contra su costumbre, la habló

acremente de aquella larga conversación, que olía a _temporada_, con el

renacuajo. ¿A qué tanto palique? ¿qué le había dicho? Si él se hizo el

pegajoso, como mal educado que era, haberle plantado. En cambio, pasó la

mayor parte de la noche perdiendo el tiempo con el insignificante de su

primo, y no atendió a jóvenes de mérito que la solicitaban. ¡Vamos! ¿y

para eso fué al baile? Irritadísima, viendo cosas que ella sola se

forjaba, lanzó esta frase cruel:

--El convento, ¿me oyes? ¡el convento antes!

Susana lloró, y costóle mucho trabajo convencer a la madre, que la

conversación había sido de lo más soso e inocente del mundo.

--Lo creo, porque tú me lo dices--dijo la señora,--tú no mientes

nunca... pero, yo me entiendo. No hablemos más de esto; ven a darme un

beso.

Desconfiada, sin embargo, porque la idea de que su prodigio, su ídolo,

fuera a caer en la cueva hedionda de los Vargas la horrorizaba, no quiso

llevarla más a bailes, pero esta determinación, fácil de realizar dada

la docilidad de la niña, parecióle muy poco, y día a día, ella y don

Bernardino, renovaban sus catilinarias contra la odiada familia. Todo,

según ellos, no había sido sino una trama urdida por la Casilda, que

era una intriganta desvergonzada, para ver de meter al muchacho en la

casa y luego colarse ellos; pero la habían descubierto el juego y ya

estaba aviada, la muy tal, etc., etc.

--Como yo la encuentre--decía misia Gregoria,--le zampo una buena

fresca, y si me apura mucho, le pongo las manos en la cara.

Esteven dijo que iría al Ministerio y haría que Eneene destituyera a don

Pablo Aquiles.

--¡Eso, eso--exclamó la señora,--que les corten los víveres y que vayan

a pedir limosna!

Pasado el chubasco, Susana consiguió aplacar los ánimos y obtuvo la

promesa de que nada se intentaría contra la desgraciada familia.

--Si yo les juro que Quilito... digo, ese joven, no me ha dicho nada de

particular; además, no volveré a hablarle.

--Bueno, ya se acabó--dijo don Bernardino;--venga acá mi Nanita querida

a abrazar a su papaíto.

Susana no renunció, sin embargo, a su idea de reconciliación; ya les

catequizaría poco a poco. ¿De qué había de servirle, entonces, la grande

influencia que ejercía sobre sus padres? Lo malo era que, si en todo lo

demás se hacía lo que la santita de la casa quería que se hiciese, en lo

tocante al asunto de los Vargas no había acuerdo posible; al solo nombre

pronunciado, los odios dormidos se alzaban, como víboras a las que se

pisa la cola.

Entretanto, pasaron los días. Susana y Quilito se veían en Palermo,

cambiaban una mirada y una sonrisa al cruzar rápido de ambos carruajes,

recatadamente, a causa del Argos de la madre o de Angelita, que las

cazaba al vuelo, y como era tan chismosilla y enredista, había que

cuidarse de ella; luego, en el teatro, algunas veces, muy pocas, porque

misia Gregoria, contrariamente a lo que antes predicaba en punto a

encerronas, decía ahora que las niñas bien educadas no deben andar de

ceca en meca, mostrándose con descaro en todos los sitios, como

mercancía puesta a la venta. Se veían, pues, pero no podían hablarse.

La primera carta que trajo Agapo del audaz chiquillo, no quiso Susana

recibirla; encendida de rubor, dijo que no era decoroso que una señorita

se carteara con ningún hombre, aunque éste fuera su primo. Pero Agapo

insistió. ¿Qué mal había en ello? ¿acaso iba a mancharse los dedos y a

condenarse a infierno perpetuo por recibir la cartita del primo y

dejarse querer? ¡Porque Quilito la quería, la adoraba! ¿y no era lógico

esto, que se adorase a una santita como ella? Ahí están las santas de

los altares: pues, bien, ¿se incomodan o ruborizan porque los hombres,

de rodillas, las prestan el homenaje de su adoración? Y las oraciones,

¿qué otra cosa son que cartas pedigüeñas, solicitudes de recomendación,

entre el pecador contrito y el intermediario de Dios? ¿Se ha visto,

hasta ahora, a una santa que se estime, rechazar una oración que se le

presenta con toda política y humildad? Preguntárselo a Santa Rita, que

era tan seriota, sin embargo, y a Santa Clara, tan punto y coma en todos

sus deberes, y a la misma Magdalena, que de tanto andar en el mundo,

estaba, ya curada de espantos. Pues lo que hacían estas venerandas

señoras, probando así que su corazón de piedra o de simple pino latía

aún por las miserias del prójimo, ¿por qué no había de hacerlo ella, que

tenía un corazoncito de mantequilla, tan blando era y tan compasivo?

--¡Jesús, Agapo! mira que hablas desatinos--decía riendo Susana, sin

darse por vencida.

El otro volvía a la carga. No, lo que es él no había de irse como vino,

¿qué iba a decir el pobre Quilito? Nunca lo creyera que Susana, tan

buena, alimentara la misma inquina de sus padres contra los Vargas.

--¡Oh! no--exclamó la niña,--¡yo no, al contrario!

Entonces, ¿por qué se resistía? ¡quién sabe si aquella carta no era el

primer paso dado en el camino de la reconciliación! Susana quedó

suspensa. Bien podía ser, ¿por qué no? así, de lejos, sin estar al

habla, nunca se haría nada de provecho; y si ella se había aliado a su

primo, en el pensamiento, para llevar a cabo aquella empresa que, a sus

ojos, aparecía tan noble y grande, estaba obligada a entenderse con él,

de un modo o de otro, a fin de discutir y acordar los medios de

realizarla. Es cierto que se hacía culpable del pecado de desobediencia,

pero Dios sabía por qué lo hacía y había de perdonarla, en razón de sus

buenas intenciones. Susana tomó la carta.

Lo que Quilito decía, ya se adivina. Fogoso e irreflexivo, pintaba a su

prima un amor que ardía por los cuatro costados, en medio de un bosque

enmarañado de metáforas, deprecaciones llorosas, exclamaciones

desesperadas y llamados sentimentales a la _Parca implacable_ cada dos

párrafos, los cuales concluían todos con un punto de admiración, que

daba el quién vive. Susana contestó en pedestre prosa, pasando como

sobre ascuas, y había de qué, por lo que el primo declamaba, y hablando

sólo de sus propósitos, nada de sí misma. Y así empezó una dulce

correspondencia entre ambos, sostenida con juvenil ardor por parte de

Quilito, y con tranquilo recato por parte de Susana, siempre sobre el

mismo tema y en diapasón igual: Quilito, suspirando, llorando a veces,

renegando otras, desesperado de su suerte y de su porvenir; Susana,

predicando la concordia, la paz, la calma, en el sagrado nombre de Dios.

Y si la empresa magna, la reconciliación deseada, no hizo muchos

progresos, a causa de los obstáculos insuperables casi que la

contrariaban, en esta comunión de su dos almas, el retoño de los Esteven

quedó unido al de los Vargas por el lazo del amor, en nudo tan apretado,

que no había ya quien pudiera desatarlo sobre la tierra.

Repasaba, pues, al piano Susana la sonata de Beethoven, en el saloncito

de música, y pensaba en su empresa y en su primo. ¿Eran las tres, las

cuatro, las cinco? No lo sabía; debía ser tarde, porque después del

almuerzo, se puso a copiar unos documentos de don Bernardino con su

letra clara y redonda, y esto le tomó mucho tiempo. Su madre, muy

emperifollada, de capota rosa y abrigo de terciopelo, acababa de salir

con Angelita, después de decir aquello sobre la música, que hizo sonreir

a Susana... Sonaron dos golpecitos en la puerta del vestíbulo... La

niña, ocupada, en el estudio de una cadencia, no oyó... La puerta se

abrió y entró Agapo.

--¡Chist!--hizo,--no te asustes, Nanita, que soy yo.

--¡Qué susto me has dado!--exclamó Susana abandonando la banqueta,--¿por

qué entras así, como un ladrón?

--¿Puedo yo entrar de otra manera en casa de mi señor hermano?--contestó

el atorrante con amargura;--sé que no hay nadie, porque he estado

espiando a la puerta y he visto salir a todos, menos a ti; hasta el

_mucamo_ ha salido: si me encuentra en la escalera, me echa; es la

consigna que tiene del señor Esteven.

--No digas eso; siempre que hablas de papá, exageras de un modo...

--Bueno, lo que tú quieras; lo cierto es que nunca he pasado del

vestíbulo, y hoy me dije: Aprovecharemos la ocasión y entraré a ver esos

lujos tan mentados; de seguro que Nanita no me echará, de miedo que la

ensucie sus bruselas.

Estaba tan rotoso, que daba lástima; por los agujeros del pantalón

asomaba la carne de las piernas; no tenía chaleco, y la camisa, si

camisa puede llamarse el retazo de lienzo color de chocolate que le

cubría a medias el pecho, carecía de puños y de cuello o por lo menos,

no se mostraban; la chaqueta estaba acribillada de manchas, y de los

zapatos y el sombrero vale más no hablar. Con este avío, pues, y una

cara y unas barbas que no probaban agua ni tenían noticias del peine

hacía un siglo, se presentó Agapo en el saloncito de música. Tan facha

estaba, que, en medio de las sedas y los dorados, parecía una mala copia

del _Menipo_ de Velásquez, sin la capa, dentro de un marco de precio.

Mientras Susana le miraba compasiva, el filósofo recorría la pieza,

metiendo las narices, estirando el hocico, con movimientos de cabeza más

de desdén que de asombro. A veces, tendía la mano para palpar un objeto,

pero se contenía.

--No temas, Nanita--decía,--ya sé que esto se llama mírame y no me

toques. Pero, ¿qué hacen ustedes con tanta chuchería, tanto muñeco,

tanta silla dorada, que ni para sentarse sirve? Porque, ésta, por

ejemplo, de raso o lo que sea, no aguanta el peso de una persona. ¡Qué

farsantes son los ricos! Ya que les sobra el dinero, ¿por qué en vez de

emplearlo en cosas inútiles y de puro aparato, no lo regalan a los

pobres? ¿acaso para vivir, lo que se llama vivir, se necesita de estas

faramallas? ¡Si aquí no se puede andar con libertad, entre tanta

baratija! ¿sabes? Si me dieran esta pieza por cárcel, reventaba al

tercer día, si es que pasaba el primero; aire, luz y espacio suficiente

donde asentar estas patazas y donde recostarse con comodidad; y libertad

para moverse, sin el temor de echar una mancha en el cortinaje, o de

romper una silla, o de tirar una mesa, y con ella, perniquebrar a alguno

de esos personajes de porcelana... ¡Uf! ¡aquí se ahoga el _sursum

corda_! Eso sí, no vayas a creer, Nanita, que esto es lo primero que

veo; muchos salones he visto, y mejores...

--Ya lo sé--dijo Susana risueña,--que te tratas con muchos _high-lifes_,

y que comes en casas ricas; vamos a ver, ¿dónde has comido anoche?

--En casa del Presidente--contestó Agapo muy serio.

--¿Dónde?--volvió a preguntar la niña, muerta de risa.

--¡En casa del Presidente!

Y la noche antes en casa del ministro Eneene, muy mal, por cierto,

porque el doctor tenía gustos criollos bastante rancios y estaba a

diario con puchero de cadera y asado de costilla, y alguna vez, de

extraordinario, ponían _ropa vieja_, y gracias. ¿De qué se asombraba?

¡Cuántos, que no le llegarían a él a la sucia del zapato, trincaban con

esos personajes! Por supuesto, él no se dignaba sentarse a la mesa:

abajo, en la portería, recibía su buena ración y se iba tan contento.

--Y hoy, ¿dónde has almorzado?--preguntó Susana con timidez.

--¡Ah! ¡Nanita, qué picarona! ¿De modo que las santas se permiten

también ser maliciosas? Pues hoy almorcé... allá.

--¿Dónde... allá?

--Pues, en casa de la tía Silda.

--¡Ah!--hizo Susana.

¡Qué enferma había estado la tía Silda! Tres días de cama, con dolores

en el costado, y fiebre, y médico yendo y viniendo.

--¡Dios mío! ¿Sigue enferma la tía?--preguntó con sobresalto la joven.

--Ya está levantada, pero... casi no cuenta el cuento. Juraría, Nanita,

que allí hay algo.

--¡Algo! a ver, Agapo, cuéntame.

Se acercó al atorrante, ansiosa, sin disimular el deseo de tener

noticias de la otra casa: estaban solos, y bien podía pronunciarse el

nombre maldito de los Vargas, sin temor alguno.

--Pero, ¿qué he de contarte?--exclamó Agapo,--no sé nada, cosas que yo

me imagino. Verás: hoy entro, y me encuentro a misia Casilda con los

ojos como tomates, ¿qué quiere decir, Cristo? En el patio me tropecé a

don Pablo Aquiles; siendo él tan político siempre, no me saludó ni dijo

palabra, ¿entiendes? Arriba, Quilito, encerrado, sin querer abrir la

puerta; cuando oyó mi voz, me mandó con Pampa esta carta, que ahora te

daré, y para eso, la echó por la ventana. Bueno, pues todo esto, pienso

yo que tiene busilis, y el busilis es la Bolsa.

--¿La Bolsa?

--Como todo el mundo ha perdido en la Bolsa este mes, nada habría de

extraño que Quilito diera su tropezón también... Te digo que algo ha

ocurrido allí.

--¡Jesús! No se oye sino hablar de la Bolsa, en todas partes... Hoy, en

casa, no sé qué he oído de esto, pero ha habido su disgusto, porque mamá

ha llorado... y el otro día, cuando esos tumultos de la Bolsa, papá vino

enfermo, derechito a meterse en cama.

--Si te digo que va a ser preciso un escarmiento; hasta que el pueblo no

eche al ajo a este Gobierno y no prenda fuego a la Bolsa, no vamos a

quedar tranquilos.

--Ya empiezas, Agapo, con tu dinamita y tus cataclismos... no me gusta

oírte así.

--¿Y si no hay más remedio?

--Para todo lo hay, con la ayuda de Dios; ya se arreglarán las cosas,

poco a poco. Ahora, dame esa carta.

El atorrante metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó la

carta.

--Y para el tío Agapo, para el pobrecito tío, ¿no hay nada hoy?--dijo

presentándola, con el aire de un niño que pide un juguete.

Susana guardó la carta, pues no quiso abrirla delante del curioso

filósofo, y contestó jovialmente que sí, que había muchas cosas para el

tío: un buen sobretodo largo, un par de pantalones, tres camisas,

zapatos, calcetines... Era una vergüenza que fuera con esa facha a comer

a casa del Presidente; la misma tía Silda, ¿qué diría?... ¿Dinero? No,

señor, para que saliera a bebérselo en la primera esquina.

--Nanita, me ofendes con eso--replicó Agapo;--hace mucho tiempo que no

_tomo_... desde aquella promesa que te hice. En cuanto a mi traje, no

encontrarás un uniforme más apropiado para estos tiempos de crisis; ya

se verán obligados a vestirlo muchos de los ricachos _a la minuta_, que

se zarandean por ahí. Además, no estoy tan mal como dices.

Se miraba al espejo, adoptando posturas de academia. Y mientras él hacía

cucamonas a su propia figura, Susana fué adentro y trajo un gran

paquete.

--Aquí tienes el sobretodo, los pantalones, las camisas... todo en muy

buen uso. Esto es de papá, esto de Jacinto.

--Se me ocurre una cosa, Nanita.

--¿Qué?

--Que mañana, quizá, tu padre y tu hermano necesiten de estas prendas,

que ahora tiran... porque yo he oído que sus negocios andan así, así...

te juro que no lo sentiría sino por ti, que eres un pedacito de gloria;

en cuanto a ellos, bien merecido lo tendrán; ese día me visto de

colorado y canto el himno nacional en la calle Florida.

--¡Qué malo eres, Agapo!--dijo Susana disgustada;--¡siempre con tanto

rencor contra papá! Si la culpa es tuya, que nunca has querido trabajar

y has sido toda tu vida un vicioso, un haragán. De la misma manera que

papá ha colocado a tanto tipo que no conoce, ¿por qué no había de darte

un empleíto?

--¿Un empleo? ¡a mí! Mira, hija, mejor es no tocar este asunto, porque

me sublevo, y me alboroto y sería capaz de hacer una barbaridad o decir

un desatino; todo lo que puedo decirte es que mi señor hermano es una

buena pieza, un _peine_ muy fino, que no merece tener por hija esta

santa Susana, que yo conozco, quiero y admiro.

Muy nervioso, empaquetaba la ropa, dispuesto a marcharse ya.

--Espera, hombre, que vas a romper el papel; trae acá, yo te prepararé

el paquete.

Lo envolvió todo muy bien, aseguró el lío con un cordón, y se lo

entregó.

--Pero no te vayas todavía; no tengas cuidado, que nadie vendrá.

Háblame, antes, de la tía Silda, ¿qué te ha dicho? ¿qué te dió de

almorzar?

Eran tan raras las ocasiones de saber de los otros que se la

presentaban... Agapo cambió de fisonomía y se puso hasta risueño.

--Eso es otra cosa--dijo, abandonando el pesado envoltorio, satisfecho

de caer sobre un tema agradable;--cuando entro en esta casa, no te me

ofendas ¡eh!, el corazón, porque yo también tengo corazón, aunque no lo

parezca, se me _empaca_, como quien dice, las piernas me flojean... ¡si

no fuera por el maldito estómago! pero allá, entro tan alegremente,

seguro de no ser despedido con una coz. Y esto no debiera ser así,

porque, al fin, yo soy un Esteven, mal que les pese, y ellos, los

Vargas, en vez de simpatía debieran tenerme odio, y sucede todo lo

contrario: el odio está aquí. ¡Ajo!...

--Bueno, ¿volvemos a lo mismo?

--Dispensa, Nanita; cuando uno es un hombre honrado, porque eso sí, a

honradez nadie me gana... ¡ya la quisieran muchos para su uso personal!

y uno es desgraciado... no hay razón. Todos no hemos de salir con mucha

chispa en la cabeza o muchas uñas en las manos.

--¡Qué pesado estás, Agapo! A ver, ¿qué te dió de almorzar la tía Silda?

--Pues la tía Silda...

Hablando de la familia de Vargas, se animaba. Y Susana, sentada en la

banqueta, con el codo sobre la tapa del piano, escuchaba atenta, sin

perder uno del hilo de nimios detalles que el filósofo iba desatando,

sin hacerse rogar mucho.

La casa era así, con dos patios y tantas piezas, y arriba, el cuarto de

Quilito; la habitación de la tía, de este lado; después del comedor, la

del tío. Señalaba los objetos que había en cada pieza, qué plantas

adornaban el patio, si había canario en el zaguán... Misia Casilda

siempre trabajando, con su bata de lana y sus dos bandós tan alisados;

don Pablo Aquiles, al Ministerio a las doce... no se le oye nunca la

voz. Quilito, mareando a todos con sus fantasías. El mastín de la casa

era Pampa, la india, enseñando los dientes al que entra. Susana oía

extasiada, y se hacía repetir los detalles: ¿decía que el cuarto del tío

estaba de este lado? ¡ah! después del comedor. Parecíale estar en la

casa maldita, en la cueva, que decía misia Gregoria, acompañando a la

hacendosa tía Silda, ayudándola a preparar la cena, o a limpiar, o a

zurcir; y cuando llegara el tío del Ministerio y el primito de la Bolsa,

con qué gusto se sentaría a la mesa, en tan amable compañía, feliz de

verlo todo en regla, el mantel planchadito, los vasos bruñidos, los

cubiertos lucientes como plata de veras, ¡feliz de que la tía la mirara

con complacencia, convencida ya de que ella, aunque Esteven, no era ni

mala ni torpe! ¡feliz de estar cerca del primo, y poder reanudar el

coloquio del baile, sin censura ni anatema! Otra vez volvía sobre los

detalles pueriles. Y el tío, ¿tenía mucho sueldo en el Ministerio?

Quilito debía ganar enormemente en la Bolsa, y ya con esto poco

importaba que el sueldo fuera escaso.

--¿Y dices que hoy encontraste llorando a la tía Silda?

Sí, pero Agapo no sabía la razón, él no había de preguntárselo. ¡Quién

sabe las penas que sufriría la pobre tía! ¡si ella, pudiera! ¡cómo no

consolarla, si le era tan simpática! Entonces, la idea del cisma que la

separaba de aquella familia hacía nublar su dulce mirada. Debía haber

ocurrido algo muy grave, muy grave, para un rompimiento tan completo,

tan definitivo, que parecía ser eterno; porque ella, desde que abrió los

ojos, recordaba haber visto siempre las cosas así.

--¿Sabes, Agapo, cuál ha sido la causa?

Y Agapo decía que no, que él no sabía nada, no quería saber nada;

contrariado, ya no sonreía, arrojando miradas feroces a su alrededor,

como si aquel lujo insolente, al despertarse el recuerdo del pasado,

insultara su miseria e irritara sus nervios.

Se oyeron pasos y voces en la escalera.

--No huyas, que será alguno de esos fastidiosos que asedian a papá todos

los días.

Pero el atorrante, que creyó percibir dejo de mujer, apresuróse a cargar

el lío y a escapar, temiendo tropezar con su cuñada y que le

sorprendiera en flagrante delito de profanación y sacrilegio.

--Adiós, Nanita; ¡Dios te lo pague, hija!

Fué a abrir la puerta, a tiempo que misia Gregoria entraba, con

Angelita.

--¿Aquí?--chilló la señora;--se te ha dicho que no pases de la puerta,

¡y tú lo consientes, Susana! El no tiene la culpa, naturalmente. ¡Si

Bernardino estuviera en casa, él te ajustaría las cuentas, vagabundo!

Agapo, sin decir palabra, embistió al hueco que dejaba libre la

corpulencia de misia Gregoria en la puerta, y salió al vestíbulo,

empujando a la cuñada sin miramientos.

--¡Ordinario, vulgarote!--vociferó ella.

Y mientras el atorrante bajaba las escaleras, saltando los peldaños de

cuatro en cuatro, Angelita, echada sobre la barandilla, le hacía pitos,

diciendo de burlas:

--¡Adiós, tío Agapo!

Arrojóle un salivazo, tan certero, que le cayó en la mano.

--¡Puerca! ¡víbora!--refunfuñó el filósofo.

--Pero, mamá--decía Susana,--¿por qué le tratas de ese modo? Hay que

tenerle lástima.

--¡Lástima, cuando es un sinvergüenza, un perdido, que deshonra a la

familia!

--Un desgraciado, más bien, mamá--replicó dulcemente la niña.

Misia Gregoria se sentó. Se había puesto excesivamente, monstruosamente

gruesa; el pecho desbordaba del corsé; la cintura, salida de madre,

invadía las caderas; los brazos, del codo al hombro, tenían más de

muslos que de brazos; el cuello, corto, con un collar de grasa, que caía

en blanda papada sobre el cuerpo del vestido, manchado por la

transpiración y los polvos de arroz; la cara, mofletuda, colorada,

reluciente; los ojos, enterrados en tanta gordura, lacrimosos, a la

sombra de un flequillo postizo, que se encrespaba sobre las cejas

peladas... Y encima del peinado pretencioso, una capota rosa, una

capotita monísima... ¡Qué bajón tan grande había dado la señora de

Esteven! Ni rastros quedaban en ella de la hija mayor de don Aquiles, de

aquella muchacha esbelta, más graciosa que bonita, soberbia heroína de

un drama de amor. Con voz flaca y lánguida, pidió que la desembarazaran

del abrigo, pues se moría de calor; Susana dió satisfacción

seguidamente a su deseo, desató los lazos de la capota, que la

ahorcaban, y aflojó el corsé, requisito indispensable cada vez que la

señora volvía de la calle. Ella daba suspiritos de alivio, la cabeza

desmayada sobre el respaldo del sillón, los ojos cerrados

voluptuosamente.

--¡Qué placer tan grande es éste! ¡Ay, Nanita, no puedes imaginarte lo

que sufre tu madre con el condenado corsé; para mí es como si me

cincharan, hija!

Se abanicaba con pereza, saboreando el descanso de que disfrutaba.

Angelita, delante del espejo, despojábase del sombrero y el velo;

hubiera sido bonita, sin el arremango exagerado de su nariz, que le daba

una expresión de picardía y malicia, y si la boca fuera menos grande y

los dientes más iguales. Desenfadada, tenía movimientos bruscos, salidas

de tono violentas; era bromista de mal gusto, y necia, por consiguiente,

y si se creía molestada, lanzaba la saeta de su sátira, sin cuidarse

dónde hería, ni a quién hería. La menor contrariedad producía en ella un

ataque de nervios, y convulsiones, gritos y pataleta: a esto llamaba su

madre los _prontos_ de Angelita, asegurando que, a pesar de ello, su

corazón era de oro, y ante la palabra de misia Gregoria, no me atreveré

a ponerlo en duda, aunque no pueda afirmar si el oro era o no de ley. Lo

cierto es que a estos _prontos_, seguía un estado de irritabilidad tan

grande, que andaba por la casa dando mordiscos a sus hermanos, a los

criados, hasta a sus padres: a don Bernardino le sobajaba de lo lindo y

a la madre la ponía motes irrespetuosos.

--Ya está atufada Angelita--decía misia Gregoria,--no hacerle caso y

dejarla.

Con esto, amiga de chismes, de meterse en líos y enredar a la gente;

caminaba con desgaire atroz, a la manera del papagallo, los pies

atravesados y a pasos menudos; su voz era chillona y de timbre

antipático, tan estridente, que se metía en el oído y allí se estaba

vibrando sobre el tímpano, como insufrible chicharra, hasta total

aturdimiento... ¿He dicho que se comía las uñas? ¿sí? pues, ya está

hecho el retrato de la señorita Angela Esteven.

Cogió el sombrero, arrancó el velo, y tiró todo sobre el sofá,

malhumurada. Ella no se quejaba del calor, sino del tufo a tabaco, a

vino, a demonios, que había dejado el tío Agapo. ¡Y luego el plantón de

la tienda! Dos horas de revolver, de hablar, de levantarse, de volverse

a sentar, para salir con las manos vacías. El dependiente tenía un grano

en el pescuezo, que no le dejaba mover la cabeza, y usaba onda pegada

sobre la frente con goma de membrillo. ¡Qué asco dan estas ondas

engomadas! Pero lo gracioso fué que, estando ella en la puerta, aburrida

del debate estéril de la madre con el dependiente, vió pasar a la tía

Silda con un mantón color de diablo afligido, hecha una pordiosera; si

estaba tan mal, ¿por qué no se ponía a servir? El orgullo no da para el

mercado. ¡Ah! ¿y la de Eneene? la mayor, aquella paja larga, que anda

como si la llevara el viento, pasó también, con la madre: ¡y miren lo

que vale ser hija de ministro! llevaba dos _festejantes_ de escolta,

marcando el paso. Por supuesto que el coche, pagado por el Ministerio,

estaría en la esquina, esperando. Hablaba, y repercutía el sonido de su

voz, como si dieran con un martillo sobre un caldero, ¡dam, dam, dam! y

la vibración ensordecía.

--No grites tanto, Angelita--suplicó misia Gregoria, sin abrir los ojos.

Ella, no hizo caso y saltó de repente:

--Dime, mamá, ¿es cierto eso que le has dicho a la de Eneene, que nos

vamos al Frigal? ¡En junio! sería ridículo.

Mordiendo la uña del dedo meñique con encarnizamiento, protestaba de

esta ida a la _estancia_ en pleno invierno; que no contaran con ella,

porque ni a soga habían de llevarla: la temporada de ópera en lo mejor,

tres bailes anunciados... ¡la muerte antes que la _estancia_! Bien

mondado el meñique, pasó al anular, insistiendo en su pregunta. Misia

Gregoria, con un suspiro mucho más hondo que los otros, contestó que sí,

que se irían a la _estancia_ a fin de mes, si _esto_ no se arreglaba.

--¡Perfectamente!--exclamó Angela atacando, en su coraje, todas las uñas

a la vez,--¿y qué tenemos nosotros que ver con _esto_? Que se arregle o

deje de arreglar, no es motivo suficiente para que demos la campanada de

irnos a la _estancia_ ahora, a pasar fríos, y aburrirnos. Lo primero que

dirán todos es que papá se ha fundido, y que nos vamos al campo a

economizar, y no hay cosa peor que dar pie a habladurías.

La señora suspiró más hondo todavía, como si quisiera arrancarse de allí

dentro algo que la incomodaba enormemente; este mudo comentario á su

pensamiento, que parecía confirmarlo en su elocuente silencio, sacó de

quicio a Angelita. A ver, decir la verdad y no andarse con tapujos:

decir que habían descendido al nivel de la tía Silda, más bajo, al nivel

de Agapo, y acabemos; ¿por qué no habían avisado a tiempo para salvar

siquiera la camisa? Eso tiene meterse en la Bolsa y hacer gracias;

claro, las mujeres pagan después el pato: destierro a la _estancia_ y

punto final. Pero lo que más la irritaba era el qué dirán de las gentes,

la murmuración de las amigas envidiosas, darles el gusto de verla

abollada.

--¡Ay, Dios mío! tengo tanta vergüenza, que quisiera morirme.

La madre intervino:

--¿Quieres callarte, Angelita? Estás ahí hablando _zonceras_ sin

fundamento; si nos vamos al Frigal, lo que no se ha decidido aún, será

por mi salud, ni más ni menos.

--Que no voy a la _estancia_, digo--gritó Angela, con todos los síntomas

de sus _prontos_ más temidos,--que no voy, no y no, ¿han oído?

Dió la nota más alta de su voz de tiple, con tal fuerza, que los

cristales temblaron, y hubo que llevar la mano a las orejas; pateando,

llorando, aporreando los muebles con el puño iracundo, salió del

saloncito, como una exhalación. Del golpe, la puerta casi se desencaja.

Susana, consternada, no había dicho palabra. Hojeaba, delante del piano,

su cuaderno de música, tan abstraída en la lectura de fusas y

semi-corcheas, que parecía no haber oído nada, no haber visto nada.

--¿Ya se fué esa loca?--preguntó misia Gregoria, abriendo los ojos y

apartando las manos del torturado órgano auditivo,--¡qué carácter de

muchacha! al momento se atufa, y no hay más que dejarla desahogar. Lo

mismo era yo, a su edad. Nanita, ven acá, acércate.

Susana obedeció. La atrajo a sí la señora y obligóla a arrodillarse

delante del sillón, para tenerla más cerca todavía y poder besarla a sus

anchas, en la boca, en los ojos, en la frente, en el pelo rubio y

ondeado. La joven, sorprendida, repetía:

--Mamá, mi buena mamá...

Pero, la señora, estrechando la hermosa cabecita de virgen contra su

seno opulento, protestaba: no, la buena era ella, su hija, su Nanita

adorada; a ver, que vinieran todos los ángeles del cielo y todos los

santos del almanaque a competir con ella; ¿a que se volvían avergonzados

de la derrota? La dió un beso más apretado en la frente y se puso a

llorar, con sollozos convulsivos que sacudían todo su cuerpo. Entonces,

Susana se asustó.

--¿Qué tienes, mamá? ¿qué ha pasado?

Misia Gregoria no contestaba; su llanto era tan copioso, tan sentido,

que no podía hablar. Y Susana, afligida, repetía:

--Mamá, ¿por qué lloras? dime, ¿por qué?

Entre el hipo de los sollozos, la señora articuló:

--¿Sabes? lo que ha dicho Angela... es la verdad... ¡la terrible verdad!

La joven, sin comprender, exclamó:

--¿Que nos vamos a la _estancia_? ¡Mejor! ¿Y eso te aflige tanto?

La madre volvió a besarla largamente. ¡Qué inocente era! Se afligía,

sí, pero no por salir de la ciudad, sino... por lo otro, ¡un golpe tan

duro y terrible! se afligía, porque este golpe alcanzaba a sus hijos, a

su buena y querida Nanita. Esta, abría tamaños ojos. La madre,

bruscamente, repuso:

--En medio de todo, debiera alegrarme de nuestra desgracia, porque esa

gente, esa chusma, te había ya tendido el lazo y en él ibas a caer,

tarde o temprano; tengo la experiencia de estas cosas, y sé en lo que

viene a parar la oposición de los padres en lucha con el capricho de los

hijos; porque no me lo niegues, no me digas que no: estás encaprichada

con ese renacuajo de Quilito.

--¡Mamá!--suplicó Susana.

Que sí y que sí; ¡ella tenía un ojo y un olfato! Estalló en invectivas

contra _esa chusma_, gozosa de poder descargar en alguien la amargura de

su pena inmensa; como lobos habían rondado su casa, para entrar a saco

en ella y viéndola bien guardada, engatusaron al cordero de su hija; ya

sabían ellos lo que se hacían: atacaban por el lado más débil, más

vulnerable; una vez ganada la hija, la conquista de los padres no era

sino cuestión de tiempo. Pero, ahí estaba ella, la madre, para velar por

todos; no conseguirían su objeto, no: ella lo había jurado. Sus ojos,

secos ya, brillaban, animados por el odio inextinguible. Susana lloraba.

Viéndola así, la cabecita de penitente inclinada, misia Gregoria,

afligidísima, la volvió a besar, a estrechar contra su pecho. ¡Por Dios!

¿qué había hecho ella tan malo, qué crimen había cometido, para ser así

castigada en sus afecciones? Su hija, su adorada santita, renegaba de

ella, acusándola quizá de verdugo, de madre sin entrañas. Pero, si era

por su propio bien, que lo hacía...

--¡Mamá!--suplicó de nuevo Susana.

La apenaba tanto oír hablar a su madre así... Misia Gregoria se calló,

embargada, otra vez, su mente, por la idea terrible, por _lo otro_, que

no había acabado de explicar.

--No llores, hija mía--dijo,--mira que tu valor y tus consuelos me hacen

falta, mucha falta.

Lo que había dicho Angela, era cierto: se iban a la _estancia_, en

junio, en el rigor del invierno, porque su padre... su padre estaba

arruinado, y su hermano arruinado, y todos, todos, absolutamente

arruinados. La ahogaron los sollozos. Pasó mucho tiempo sin que pudiera

hablar, sorda a las palabras de su hija, que se esforzaba en animarla,

mostrando cristiana resignación. ¡Estaban arruinados! Y bien, se irían

al campo y trabajarían y ahorrarían; al padre no le tomaría de sorpresa

esto, porque se había formado en el trabajo, y luchado desde joven por

el bienestar de la familia; era duro empezar de nuevo, pero ahora no

estaba solo, sus hijos le ayudarían: estaba Jacinto, joven y robusto,

estaba ella... ¿no sabía planchar, lavar, coser, bordar, guisar? Ella lo

haría todo, ¡y con qué placer! se la presentaba la ocasión de pagar esa

deuda, imposible de saldar jamás, del hijo con el padre, de pagarla en

la moneda del cariño, de la abnegación, del sacrificio, única moneda

válida para tales deudas. ¿Qué la importaban el lujo, las fiestas, la

vanidad de la posición perdida? Arriba o abajo, el corazón late lo

mismo... Allá, en el fondo de su alma, en el rinconcito más oculto,

brillaba la esperanza consoladora de que, caída de su pedestal de mujer

rica, se acercaba más a los otros, se ponía a su nivel, facilitando así

la realización de su magna empresa. Era Dios quien lo había hecho;

¡alabado sea Dios!

Pero misia Gregoria no participaba de esta conformidad; cuando se

repuso, apretando el pañuelo sobre los ojos hinchados, contó la historia

de la desgracia. El ciclón desencadenado sobre la Bolsa había arrastrado

todo, casas, tierras, depósitos bancarios... así, en un santiamén...

¡todo, todo! Lo único puesto en salvo era la _estancia_, que les

serviría de asilo. Y ella había sentido venir la catástrofe; el corazón

se lo decía.

--No te metas, Bernardino, en la Bolsa, mira por aquí, mira por allí.

Bernardino, vigila a ese niño, que no tiene experiencia, que no sabe por

dónde anda; el socio es bueno, pero el mal ejemplo de los demás, el tuyo

sobre todo, va a perderle. Bernardino esto, Bernardino aquéllo.

Y nada, erre que erre. Estaban ciegos, locos. Hoy mismo, agobiado por la

espantosa desgracia, en la calle, sin fortuna y sin crédito, sostenía

que no, que la culpa no era de él, que la cosa había sucedido sin saber

cómo, inopinadamente, por sorpresa o mala suerte, pero que estaba en lo

cierto al asegurar que, lo que la Bolsa quita, la Bolsa vuelve a darlo.

¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!

Gimió sin consuelo, largo rato. Y de pronto exclamó, enderezándose en el

sillón:

--Lo que a mí me subleva, me ahoga, me mata, me quita el sueño, el

apetito, la vida, es que _ellos_ van a reírse, van a burlarse, van a

gozar de nuestra desgracia. Si me parece ver a esa harpía de Casilda, a

ese hambriento de Pablo Aquiles... ¡Ay! ¡no, yo no podré soportarlo, no,

no!

Se ahogaba. La joven desabrochó su corpiño, la hizo aire con el abanico.

Y misia Gregoria desmayó su cabeza sobre el seno de su hija, bajo el

cual se abrigaba la traidora carta del odiado vástago de los Vargas.

Quilito · 第 10 / 14 题