Agapo no era, así como así, un tipo cualquiera, sino, un _atorrante_ de
raza, que había seguido la carrera por sus pasos contados, y conquistado
el título a fuerza de contracción y desvelo, favorecido, es verdad, por
su vocación a tan honroso oficio y sus excepcionales facultades.
Matriculado, cuando niño, en una banda de pilluelos de barrio, sin el
freno de la autoridad paterna, porque no tenía padres y no hacía caso de
sus hermanos, libre como un pájaro y celoso de su independencia; con el
sucio pantalón doblado sobre la rodilla y la camisa desteñida asomando
por los fondillos, un sombrero agujereado sobre la rubia cabeza,
recorría las calles de su parroquia, entretenido en jugar a los cobres
en la acera, darse de mojicones con los compañeros y decir desvergüenzas
a las señoras; no había bautizo en que él no tomara parte, esperando a
la comitiva en el atrio de la iglesia para llamar _pelao_ al padrino, ni
escándalo callejero en que no estuviera, como espectador de primera
fila. Parecióle muy pronto estrecho el campo de sus operaciones y
extendió su radio hasta el _Bajo_; allí entre las _toscas_ y bajo los
sauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no sacaba
alguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero escaseaba en
casa y cada vez que se presentaba Agapo, era recibido con una lección de
solfeo, no se atrevía él a ir y pasaba los días vagando, comiendo
naranjas o un pedazo de pan duro, mojado en el cocido de alguna
lavandera caritativa; a veces, por ganar algo, hacía _changas_ en el
muelle, llevando la maleta de algún viajero o vendía periódicos y
fósforos, pero, decididamente, no servía él para el trabajo; un día le
llevaron a la comisaría por desorden, y ya aprendió el camino, de tal
modo, que rara era la noche que no dormía en duro banco, en compañía de
borrachos y ladrones. Se familiarizó con su jerga, adquirió amistades
vergonzosas, aprendió a beber y a jugar, pero no cayó nunca en el vicio
del robo; en medio de la crápula, supo mantenerse honrado, porque él no
era malo, sino haragán.
Sus largas ausencias no preocupaban a nadie; eran eclipses parciales, en
que desaparecía por encanto y reaparecía por milagro, más sucio, más
andrajoso y más hambriento que antes. El cambio de fortuna de sus
hermanos, no varió su situación; le recibían ellos de tan mala manera,
le llamaban con motes tan injuriosos, que Agapo evitaba verles; y luego,
¿para qué? para recibir consejos, en vez de cuartos. Que abandonara esa
vida de vagancia, que se hiciera hombre de provecho, que trabajara...
¡Trabajar Agapo! ¡si apenas podía llevar su alma a cuestas! sus brazos
colgaban lánguidos de los hombros, sus piernas se negaban a sostenerle
mucho rato y hasta su pensamiento era tardo y perezoso, como obrero
holgazán que ama el descanso. Su delicia era tenderse al sol sobre un
banco, o bajo un sauce en la ribera, según la estación, y dormir a
pierna suelta, sin cuidados, con un sueño de ángel o de niño; y también,
sentarse en un portal de calle muy concurrida y ver pasar la gente
afanosa tras el pan de cada día, mientras él, libre de preocupaciones,
sonreía filosóficamente. ¡Trabajar Agapo! ¡si no vale la pena! ¡mucho
sudar, mucho sufrir; el hombre, como bestia de carga, dando vueltas, de
sol a sol, a la rueda de la fortuna, para recibir el esquinazo, en
premio de sus fatigas! más vale estarse con el pico abierto, para que en
él caiga el maná del cielo, y manos quietas; dejar que los demás cuiden
del árbol y comer nosotros su fruto sazonado.
Hasta Agapo no habían llegado aún esas ideas de socialismo, anarquismo y
nihilismo que corren por ahí, haciendo temblar las carnes de todo el que
tiene algo que perder, pero él poseía su credo, que era éste: vivir a
costa del prójimo, pedir al vecino lo que falte en casa y no trabajar
sino en provecho propio, dando quehacer a las mandíbulas; que, al fin y
al cabo, todos somos iguales: el estómago del rico, no se diferencia del
pobre, y no es justo que mientras aquél engulle y se regala, sean para
éste todos los días de cuaresma.
Por lo demás, estaba él orgulloso de su categoría de atorrante: no tenía
casa y no pagaba alquileres; no tenía criados y no le robaban y
vendían; no tenía suegra, ni mujer, ni hijos, que le quemaran la sangre;
ni negocios, que le preocuparan; ni amigos, que le engañaran; sobre él
no pesaban impuestos ni carga alguna. Se consideraba feliz, y lo era en
efecto: no ambicionaba nada y nada temía del día siguiente; envuelto en
sus guiñapos, paseaba por los sitios públicos y gozaba del sol, como el
que iba arrastrado en carretela; dormía donde le cogía el sueño, tan
ricamente como sobre un colchón de plumas; comía cuando tenía hambre y
no le faltaban buenos platos de casa grande, y en lo tocante a vicios
menudos, llevaba en el bolsillo de su raída chaqueta provisión abundante
de colillas de cigarro. Era gran maestro en el arte de _pechar_ o dar
sablazos, y lo hacía con tal comedimiento, que pocas veces quedaba
desairado.
El alud de las revoluciones pasó sobre él y le arrastró como hoja seca,
pero, restablecida la calma, aparecía Agapo, de nuevo, sobre la
superficie, como cuerpo boyante; sus peregrinaciones, ya voluntarias, ya
forzadas, le llevaron por toda la República y aun fuera de ella, pero su
cuartel general era Buenos Aires, y a la capital volvía, como bestia
extraviada a la querencia. Frisaba en los cuarenta años y parecía tener
sesenta, con su barba gris de patriarca, la melena casi blanca y las
arrugas de su frente de pensador: diríase un hombre combatido por las
adversidades, un inválido del trabajo, un paria de la suerte, todo menos
el prototipo del holgazán.
Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachársele de delito alguno,
porque no era ladrón, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba su
apellido y pocos eran los que sabían que pertenecía a la opulenta
familia de Esteven. No quería él que se supiera el cercano parentesco de
Agapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergüenza de
su propia situación; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quien
acusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse de
él, y no le socorría como debiera, ahora que era dueño de cuantiosa
fortuna. Sabedor de los enredos de la testamentaría de Vargas, y del
profundo cisma de ambas familias, solía él decir con maligna intención,
en el seno de la confianza, que quién sabe cuál de los dos, si el
millonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantenía más honrado el
apellido.
A casa de los Esteven iba contadas veces. Le imponía tanta
magnificencia: la escalera toda de mármol, con dos leonazos melenudos al
pie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisieran
tragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exóticas;
arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abría, veíase
lujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conocía Agapo lo demás,
porque nunca le habían dejado pasar de allí, pues podía manchar las
alfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles con
sus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, después de
tocar el timbre. El criado salía, le miraba de pies a cabeza y
desaparecía, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oía el manoteo
del piano en la sala; Agapo pensaba que serían sus sobrinas, Susana y
Angela. La puerta volvía a abrirse y el criado entregaba un billete al
atorrante, con este recado:
--Dice el señor que no venga usted con tanta frecuencia.
--Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al señor que no
le incomodaré más.
Y se iba, colérico, jurando no volver... y volvía, reflexionando que era
fuerte cosa que mientras su familia estaba _podrida en plata_, no
tuviera él ni para cigarros. En estas visitas solía ver, por la puerta
entreabierta del recibimiento, a su cuñada Gregoria, con su aire
orgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad;
un día tropezó en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones de
dos en dos, silbando, de habano y bastón, y no le miró, porque le
chocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba el
dinero, que no sabía ganar. Mostrábase, sí, muy satisfecho cuando
lograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dos
pimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas de
miedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la boca
encantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vió y si llegaba a
columbrarle en la calle, escabullíase avergonzado.
Pero donde él iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, si
no todos los días, porque era él muy comedido, por lo menos tres veces
en la semana. Pampa le recibía poco menos que a escobazos, diciéndole
que la señora no estaba, que se marchara, pues no había nada para él.
--Esperaré, muchacha; no tengo prisa.
Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer el
patio a la india, admirando la limpieza y el orden que allí reinaban,
mucho más agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeño
jardín daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado.
--¡Hola! ya estás aquí--decía en esto la voz simpática de misia Casilda.
Y aparecía la señora con un plumero en la mano, muy sofocada por el
trajín de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubría, como ante una
imagen, y entraba en el comedor y se sentaba, sí, señor, se sentaba en
una silla de rejilla, porque allí no temían que lo manchara todo con su
contacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fría guardado para
él, o el platito de arroz con leche o el resto de _carbonada_, que la
señora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, era
una de charlar de todo, al compás de la escoba de Pampa...
Al día siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don Pablo
Aquiles vió cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto de
interrumpir su paseo de digestión, Agapo se presentó en la casa, pasadas
las doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo.
--Señora no estando--dijo Pampa cerrándole el paso y esgrimiendo el
doméstico cetro.
--¿Y el _patrón_?
--En el Ministerio.
--¿Y el niño?
--En la Bolsa.
--¡Esperaré!
--Déjale pasar--dijo misia Casilda desde adentro.
El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de
costumbre, porque para esta visita hacíase esmerada _toilette_, en lo
que cabe.
--¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?--exclamó Agapo,
sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta
mirada a la alacena.
La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su
semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.
--Tengo un dolor de cabeza...--dijo ella, llevando una mano a la frente.
Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldres
desdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo,
quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.
--¿No estás borracho?--preguntó la señora, mirándole a la cara.
--¡Oh! no--protestó el atorrante.
--Pablo Aquiles te encontró ayer en un estado deplorable.
--Era día de la patria... y había que festejarlo.
--¡Jesús! ¡qué vicio más feo! mira, si se te ocurre presentarte aquí de
esa manera, te haré dar cuatro escobazos por Pampa y llamaré al
vigilante.
Agapo seguía comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza. Cuando quedó
el plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pasó la mano
por la boca, restregó los dedos sobre el pantalón, y mirando con ojos
tiernos a la señora, sentada al otro extremo de la mesa, exclamó:
--¡Ay, señora! ¡yo merezco más lástima que castigo! A buen corazón no me
gana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano...
--Eso sí--saltó misia Casilda,--siempre he dicho yo que eres lo
mejorcito de esa familia; sólo que te dió por no querer trabajar... ¡y
ahí tienes!
Agapo se encogió de hombros. No, señor, no era por eso; él quería
trabajar, pero no encontraba en qué: buscó un empleo mucho tiempo y no
quisieron dársele y ahora andaba tras de una concesioncita de
ferrocarril, sin resultado; había visitado a senadores y diputados y
hasta a cierto ministro, que tenía fama de dejarse untar la mano...
--Pero, ¿qué van a darte con esa facha?--dijo riendo la señora.
Ahí está; si él fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero o
siquiera en provinciano, lo conseguiría al momento, sin más capital que
mucha labia y poca vergüenza. Negocio más lucrativo no se ha visto: le
dan a usted la concesión, usted la vende al momento y se hace rico, o
poco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no se
construye... ¡Cuántas cosas podría hacer valiéndose de la influencia de
su hermano! Hoy, para medrar, no hay más que meterse con el Gobierno...
o en la Bolsa: un compañero suyo, que dormía en los bancos de las plazas
y en los caños abandonados, se había metido no se sabe cómo en un
negoción de tierras, y se ganó lo que quiso, convirtiéndose en un
personaje que arrastra coche...
--Aquí tenemos lo de Quilito--observó misia Casilda,--esas fortunas
improvisadas me hacen a mí el efecto de casa sin cimientos; deja que
sople el aire y verás dónde van a parar. Mejor sería que tuvieran más
cabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta mañana el casero nos
mandó aviso que para el mes que viene subirá el alquiler, y siempre con
el mismo pretextito: el oro; ¿qué culpa tenemos nosotros de que se vaya
a las nubes?
--¡Y lo que vendrá!--dijo Agapo en tono profético, acariciando sus
barbazas.
--Tengo un dolor de cabeza...--volvió a decir misia Casilda.
--Algún disgusto, ¿no es verdad?
--Sí, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes había
llegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontró al niño en
la puerta de Colón, detrás de las de Esteven, lo que vino a corroborar
sus sospechas de que _festejaba_ a una de ellas; ya se lo habían dicho
no sé en qué parte, y la idea de que fuese cierto y que los otros
pudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les tenía
disgustadísimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando bajó a
almorzar, le espetaron la preguntita.
¿Crees tú que negó? ¡qué esperanzas! es muy deslavado y tiene una manera
de contestar al padre... Que sí, que Susana le gusta mucho, y que si
puede que ya lo creo que se casará con ella, pero que _todavía_, no hay
nada serio... ¡Todavía! ¡vaya un consuelo! Entonces, yo tomé la cosa por
mi cuenta y le dije las del barquero.
Eso es, muy bien; ¿le parecía decente poner los ojos en una niña, cuya
familia era enemiga mortal de la suya propia? ¿no había en Buenos Aires
ninguna otra más que ella, tan buena o mejor? ¿no temía que la gente esa
dijera que iba por su dinero y que su padre y su tía estaban mezclados
en el negocio? Y luego, ¿qué significaba eso de casarse un mocoso, que
no sabe dónde tiene las narices? ¿con qué contaba para el casorio?
¿tenía siquiera su carrera concluída? Estos muchachos de ahora son de
una impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen a
pies juntillos en la engañifa aquella de «querer es poder»; así, no son
pocos los desengaños.
En fin, que me despaché a mi gusto, y como golpe final, le hice esta
pregunta: Pero, ¿has hablado con la niña.--No.--¿Y entonces?--Ella me
mira, y con esto basta.--¡Inocente! ¡te fías de los ojos, cuando las
promesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas miran
y remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver el
efecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces él,
retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:--Hay modos de mirar,
tía... y yo me entiendo.--¿Habráse visto botarate? ¡Un chico que no
levanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largué:
Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el señor
don Bernardino Esteven nunca consentirá en ese casamiento. Lo aplasté.
Pero él se irguió, y en tono de amargo reproche, replicó:--Seré muy
desgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia serán ustedes, con
su terquedad ridícula y su odio injustificado.--¿Qué te parece? mira que
Pablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al oír aquello no se
pudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parece
mentira. Total, que Quilito subió a su cuarto muy enfadado, Pablo se fué
a la oficina de mal humor, y yo quedé con jaqueca. ¡Qué muchacho, Señor!
--Eso me lo sabía yo de corrido--dijo Agapo,--¡las veces que le he visto
en la calle Florida detrás de ella! y una tarde, al salir de casa de mi
señor hermano, tropecé en la acera con Quilito, y cuando doblaba la
esquina vi a Susana en el balcón... Que ellos se entienden, no hay duda.
--Si esto es una fatalidad--exclamó misia Casilda, va a ser un semillero
de disgustos para nosotros.
Lo que Agapo no se atrevía a decir, es que él era el protector de
aquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dos
tórtolos; su buen corazón no había podido resistir al ruego de
Quilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante la
desgracia que separaba a sus sobrinos más simpáticos y que más quería.
Esto le obligaba a ir con alguna más frecuencia a casa de don
Bernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha;
pero todo lo hacía con gusto... y con provecho. Seguramente que si misia
Casilda sabe que en la ocasión en que ella tanto se lamentaba de la
ocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que había de
encender más la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de su
sobrino, trataba de echar el agua fría de la reflexión, no hubiera sido
flojo el escándalo. Pero él se guardaba bien de descubrirse... si no,
¡adiós platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante...
El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a su
grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientre
de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país,
con acompañamiento de platos y cacerolas.
--¿Está Quilito?--preguntó Agapo tímidamente.
--Debe estar en su cuarto--contestó la señora.
¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacer
y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le
podía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de
Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigido
la palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero él
no entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.
--¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres y
treinta y cinco!
Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metida
entre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y
pasos apagados en el patio: era el niño que entraba. ¡A las tres y
treinta y cinco de la mañana!
--Si todos hacen lo mismo, señora--se atrevió a decir Agapo.
--Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo
mismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visita
en casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que se
pongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra del
cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le
reprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo con
vejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como don
Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es un
remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil ni
descarriado.
--Más se consigue con el cariño, que con los azotes--dijo Agapo
acordándose de los sopapos y tundas de su niñez.
--Pues éste no echará de menos los mimos...
Se oyó sonar la escalera del patinillo.
--Aquí le tenemos--murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.
Quilito entró, con un cigarro en la boca.
--¡Hola! ¡tanto bueno por acá!
Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de
níquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:
--¿Hay algo?
El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez que
se apresuraba a desocupar la cigarrera.
--¿Vienes, Agapo?--dijo el joven.--Me voy a la Bolsa y tengo prisa.
Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces,
llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello de
su gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo
bajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿qué
dirían los que le vieran?
--¿No es mi tío?--dijo él con afectada seriedad.
Eso, felizmente, nadie lo sabía; bueno era protegerle en su desgracia,
pero no mostrarse con él.
--Si no voy a ir por la calle Florida, tiíta Silda, es para darle
algo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... En
la esquina le despacho.
--Eso es otra cosa.
Y levantando la voz, añadió:
--¡Que les vaya bien!
Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven,
ansiosamente, pidió la carta, que le entregó Agapo con precaución,
contando las fatigas que le había costado conseguirla. El criado de
Esteven era muy bruto, y se permitía ofrecerle puntapiés cada vez que le
veía; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza que
da al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo
_pispara_. Generalmente, la muchacha abría la puerta de la sala y por la
rendija echaba la carta; pero aquel día hasta este recurso faltó, porque
estando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, del
recibimiento se veía todo lo que pasaba en la escalera; hubo que
esperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogió en el
zaguán la carta de manos de la santita, en las mismas narices de la
oronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. ¿Qué
tal? Quilito no le escuchaba: había rasgado el sobre y leía; con el afán
de un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseología
de su prima, temblándole las manos de emoción.
--¡Ca... ramba!--exclamó echando un terno,--¡maldita suerte la mía! ¿he
de estar condenado a vivir siempre separado de ella?
Con gesto de mal humor, dió los dos pesos de la tía a Agapo,
recomendándole que no fuera a emborracharse, y allí mismo le dejó
plantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es que
tenía por qué quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dos
familias era tan hondo, que no había medio de salvarle: en la escena del
almuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre,
ni la bondadosa tiíta Silda se prestarían jamás a una reconciliación, y
por el lado de los otros, ya se lo había dicho Jacintito con mucha
frescura: la tía Goya decía que si se atrevía a poner los pies en su
casa, le echaría de escaleras abajo. Pero, ¿qué culpa tenían Susana y él
si hubo o dejó de haber en la malhadada testamentaría del abuelo?
¡Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empeñaran el cielo y la
tierra juntos. Se amaban hacía tiempo, de lejos, porque las chicas no
iban a bailes y no había medio de hablarse, y se decían muchas cosas con
los ojos cuando se veían, que las cartitas traducían luego en períodos
almibarados. La fatalidad había levantado infranqueable barrera entre
ellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravante
de _encamotado_, tenía hecho el juramento de vencer todos los
obstáculos, y conseguir la mano de la muchacha: ítem más, la
reconciliación de las dos familias. ¡Qué final de melodrama más hermoso;
una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre los
que han andado durante toda la obra tirándose los trastos a la cabeza!
Por eso quería hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a la
novia y con qué amansar a los padres: la lotería, la Bolsa y la timba de
clubs y cafés, todo lo ponía a contribución; hasta entonces su estrella
seguía nublada, pero el gran día llegaría... porque forzosamente tenía
que llegar.
Entretanto, ¿a dónde iba? Por la tarde debía encontrarse en Palermo:
_ella_ estaría. Y aquí cumple confesar otro de los inconvenientes en que
el pobre muchacho tropezaba, un síntoma más de la vida artificial, que
su mala educación y las pretendidas exigencias sociales le obligaban a
llevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer la
corte a una muchacha _high-life_ concurrir a teatros y a bailes; Quilito
era pobre, pero él iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas las
noches. ¿Cómo hacía semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de sus
amigos ricos; era un gorrón y nada más, dicho sea sin ofenderle.
Pegajoso con aquellos de quienes podía sacar algo, sabía llegar a la
casa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de los
guisotes de Catalina y los platos criollos de la tía Silda; cuando iban
al teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones.
En todas partes estaba, y siempre de _arriba_. Así podía darse ese
barniz de rico, que engañaba a los más y hacía sonreir desdeñosamente a
los _paganos_ y sabedores del secreto, pero que bastaba para la
satisfacción de sus gustos y de sus propósitos, desde que la suerte le
había colocado en posición inferior a la que él tenía derecho a ocupar,
y la sociedad, no su presunción, le exigía cubrir las apariencias.
Ahora pensaba de qué amigo valerse para ir a Palermo. X*** le había
convidado la víspera a comer en el Café de París; Y***[**] le pagó el
coche y las entradas de las carreras del domingo último; Z*** le llevó a
su palco de la Opera, el lunes. De dos o tres más, había recibido en la
semana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. Con
Jacintito tenía más confianza: cierto es que la butaca de Colón se la
regaló él la noche anterior, pero era su primo y no tenía nada de
particular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetón. En
definitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representación
de Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene en
su presupuesto partida tan importante y necesaria. Quilito pasaba por el
rodrigón de su primo Jacinto, y a él acudía siempre aunque, por
delicadeza, no dejaba de hacerlo también con X***, Y*** Z*** y los demás
de su círculo. Vaya por Jacintito, pues.
Tenía éste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casa
vieja que parecía iba a derrumbarse de vergüenza al ver, a sus lados y a
su frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachada
desconchada y sus ventanas del año 10 en barrio tan concurrido. Era el
escritorio una pieza reducidísima, tan obscura, que había sido necesario
abrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados,
que la humedad había deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin más
muebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes,
un sofá y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubría la
puerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se veían
dos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero:
_Esteven y C.ª--Comisionistas_. Adentro, la atmósfera apestaba a
cigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cual
el dedo de algún desocupado se había entretenido en hacer dibujos
estrafalarios, pues allí parecía no haber más plumero que los faldones
de los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera,
estaba esmaltado de puchos, salivazos, fósforos servidos y papeles
rotos.
Cuando Quilito entró, Jacinto en el sofá leía un periódico, y encaramado
sobre un banco, escribía un joven muy rubio, casi albino, el socio, o la
compañía de que hablaba el letrero. Hijo de inglés y nacido, en el país,
seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en el
trato diario, sobre él gravitaba todo el peso de la razón social; porque
Jacintito no era sino un socio de lujo, que había aportado gran parte
del capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que tenía
entre manos, pues él sólo entendía de juego y de caballos. Míster Robert
llevaba los libros, trataba con los clientes, discutía transacciones;
era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio. El otro tenía sólo
los honores de pantalla: llegaba después de las doce, siempre
soñoliento; oía bostezando la relación que, por mera fórmula, hacía el
_inglés_, plantado en su alto sitial; recorría los periódicos, mientras
venían los amigos...
--¿A cuánto el oro?--preguntaba.
Quedábase absorto, como un gran financista abismado en sus cálculos.
--Qué le parece, míster Robert, las cédulas siguen bajando; esta es la
ocasión de dar el golpe.
El inglés protestaba de estas especulaciones bursátiles; a pesar de la
angustia que invadía poco a poco la plaza, la casa parecía marchar con
desembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto.
--La mejor jugada es no jugar--contestaba.
No insistía porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de su
cuenta y riesgo, y tenían además las espaldas bien guardadas, pues
detrás de la razón social estaba la robusta fortuna de don Bernardino.
Antes de la una, salía Jacintito para la Bolsa, después de charlar en el
escritorio con los amigos y discutir con míster Robert. Aquella sesión
de barbilampiños, en que se exponían las más peregrinas teorías
económicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban los
millones de pesos como simples naipes, ofrecía especial interés; había
empleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operación de
muchos miles, y niño apenas destetado, que decía con arrogancia que el
Banco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano de
alguien que estaba en el candelero, pellizcándose el bozo incipiente,
brindaba su poderosa influencia, y un _rabonero_ recalcitrante, sin más
haber que las dádivas de su papá, se lamentaba de sus pérdidas en la
última liquidación. Pero el que allí predominaba, por su desfachatez y
su audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio,
y debía conocer al dedillo los secretos políticos, hacíase él sabedor de
noticias gravísimas, que iban a influir de manera formidable sobre la
plaza; ¡ya verían a dónde llegaba el oro! Se lo acababan de decir al
salir del Café de París, con el palillo todavía entre los dientes.
¿Quién? Un personaje que entra y sale en la _Rosada_, como Pedro por su
casa: tal ministro se _apretaba el gorro_, porque el que todo lo puede,
se lo había sumido hasta las orejas. O si no era algo muy feo,
descubierto en cierta repartición, o algo peor atribuído a algún
fantoche de las esferas oficiales. Los otros abrían tamaña boca. Debía
ser cierto, cuando Quilito lo decía. ¿Y si soltaba el trapo a disertar
sobre finanzas? tenía tales trazas de catedrático, que nadie chistaba.
--¿Qué noticias traes?--le preguntó Jacinto.
--¡Psh!--hizo Quilito,--lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.
Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a míster
Robert.
--A quien se va a llevar el diablo es a mí--dijo Jacintito estrujando
con rabia el periódico,--¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor don
Raimundo de Melo Portas e Azevedo!
--¿Te ha echado otra vez la garra?
--¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al
_viejo_ los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si uno
pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...
Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja se
pronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchos
incautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro de
las veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperando
resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero.
Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por don
Raimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Le
puso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la
_mosca_, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquella
sería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, iba
a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.
--¡Chocheces de viejo!--dijo Quilito con suficiencia:--si te cierra la
bolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.
--No habrá más remedio...
Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio,
inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veía
con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la
centésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en el
despacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando que
había observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el
primito que le olían a _festejo_ descarado, lo que hizo enfurecer al
padre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había tal
delito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y a
mucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, de
que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar su
brazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todos
se la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y el
juicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:
--¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado que
a un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha
ofendido!
--¡Nunca, nunca!--apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.
Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia,
declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, e
inicua, porque era la sanción de odios que los años debían haber
apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito de
perseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni le
haría perder casamiento, como aseguraba su madre.
--Tenía los cinco mil en el bolsillo--concluyó Jacinto,--y bien podía
desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.
Quilito, muy contrariado, replicó:
--Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en
casa. ¿Quién será el inventor de esa _zoncera_? Ni yo miro a tu hermana,
ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que
ellos anden como el perro y el gato.
Cambiando de conversación, preguntó:
--¿Vas a Palermo?
--Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.
--Bueno; ya que te empeñas...
Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo:
muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos
pequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chistera
tornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas e
Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesión
usurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas
atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de
toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entró
haciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera silla
que encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirar
y convencerse que no había sitio más apropiado.
--Ya está usted aquí, señor don Raimundo--dijo Jacintito.
--Hoy estamos a 26 de mayo--contestó el viejo secamente.
--Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su
almanaque!
Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia;
calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió las
narices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse el
olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y
como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus
clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídos
rellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor
moroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, más
de gozo íntimo, que por parecer amable.
--Me alegro y me felicito--dijo ensayando nuevo saludo;--esto me prueba
que marchamos viento en popa.
--¡Y tanto!--contestó Jacinto con petulancia.
Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, y
para ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delante
de su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; de
vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo y
repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se
abocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movía
entonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y los
colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que
podían servirle de fiador.
--Sí, Vargas, Vargas--decía mascullando las palabras,--empleado con
ochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigo
de representación?...
Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, don
Bernardino Esteven.
--Eso es otra cosa--exclamó el usurero;--conozco mucho al señor Esteven;
cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.
--Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.
--Sólo a plazo vencido y letra protestada--contestó don Raimundo
levantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo de
amenaza.
Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte le
trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un
centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Le
habría conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se
levantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda;
ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.
--Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quien
se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre,
como a Diógenes, míster Robert.
--Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que se
tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el
porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.
--Diríase que es usted _situacionista_.
--No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.
--Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entre
dos platos. Luego, el ministro de Hacienda...
--¡Si todos fueran como usted!--decía don Raimundo guardando enternecido
los billetes en el bolsillo interior de su levitón;--se está poniendo la
plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.
--Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza--insinuó Jacinto,--y qué
gastar muchas botas y cansar mucho las piernas.
--¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me han
ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***,
¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso
y jugador de muñeca, que vino de su provincia _cantando_ y ahora hace
bailar los títeres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil
pesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escaso
interés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre que
tiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido en
negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a
otro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder con
esos _chingolos_, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichones
caídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locos
o poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma
tan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer que
no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los
botones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha
preguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mi
hijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor de
Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del
colegio.--Siquiera tuviera quince años--dijo la madre.--Por mí le
habilito la edad--contesté;--para ser corredor más que inteligencia,
necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: el
sebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán del
lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie
y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar de
dientes.
--Así tuviéramos buen gobierno--decía Quilito.
--Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos de
gobernar al país?--replicaba el inglés descargando golpes con la regla
sobre el pupitre;--lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justos
por pecadores.
En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; los
muchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.
--¿Y su papá de usted?--preguntó don Raimundo bajando la voz,--¿qué tal
le va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas de
consideración el último mes y que dos _quebrados_ le dejaron clavado.
--_¡Macanas!_--respondió Jacintito con desprecio;--el viejo sabe lo que
se hace.
--Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.
Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar en
el secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puede
ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguían
inconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando se
acordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizá
en aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y su
visita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estos
cabos.
Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. ¡Aquel era el
gran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si la
baja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciable
ganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...
--Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me
escurren como anguilas.
Levantóse el señor de Melo Portas e Azevedo, cubrió su calva con la
chistera tornasol y se dirigió a la puerta, después de saludar a derecha
e izquierda.
--¿No vienes?--preguntó a su primo, Jacintito.
--Te espero--respondió Quilito sin volverse.
Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba la
ciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos y
transeuntes obstruía la calle y las aceras, con zumbido colosal de
colmena entregada al pillaje. El tranvía, inmóvil, pedía con estridente
toque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeaba
al caballo de un vehículo, caído en mitad de la vía, bajo el peso de su
carga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y el
mayoral, había ruda porfía a quién gastaba más ajos y cebollas, para
dejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo de
pera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malos
modos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, de
chambergo ladeado y pañuelo al cuello, y el mayoral, un _compadrito_ de
melena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a compás. Y
mientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, en
medio de las risotadas del auditorio, yacía el triste animal sin
movimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando en
cada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes,
camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no había espacio
para todos: al lado de elegante _victoria_, marchaba enorme carromato,
cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los baches
del empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban los
caballos, juraban los cocheros, y había linda cabeza que se asomaba a la
portezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentes
andaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la hora
poco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios,
contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de océano
encrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque de
corneta del tranvía, que parecía la llamada pavorosa del juicio final.
--¡Que vengan después a decirnos que estamos en crisis!--exclamó don
Raimundo;--mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de esta
ciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevan
cara de satisfacción. Allí va la mujer de S***, el fantasmón de quien le
hablaba hace poco: fíjese en su tren de princesa; entretanto, el marido
no paga a nadie. Y así muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpa
el país, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentáneo, para
volver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aquí
tenemos, amigo Esteven, es de sentido común.
Siguió filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada su
imaginación por la pesca de los cinco mil. Pasó en revista las causas de
la crisis y discutió sus efectos, con cifras y con datos, mientras daba
a las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tanto
chocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala,
pensaba que aquel hombre se ponía muy fastidioso, cuando tomaba la
palabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones del
portugués, reservando su opinión para no caer en la polémica. Pero el
otro no callaba; volvió a la carga sobre aquello de los pájaros gordos,
que parecían repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste,
bajo secreto de confesión... Jacinto no chistó.
--O no hay nada, o no sabe nada--se dijo don Raimundo.
Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburría. Agotada la discusión
política, míster Robert reanudó sus anotaciones en el libro mayor, y el
joven fué a sentarse en el sofá, donde encendió un cigarro y se puso a
leer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritas
dulces, no le hacían ningún efecto; sin concluirla la guardó, y quedóse
cavilando sobre la relación de Jacinto, desalentado ante la gravedad de
la lucha; él iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, al
asalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrépido de la época. ¿Por
qué no había de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces,
seguramente que don Bernardino no haría ascos a su candidatura, y las
diferencias de familia quedarían olvidadas. Miraba a míster Robert y se
encogía de hombros con lástima. No, no se vería él en ese espejo. Allí
estaba de la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos
agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin
descanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y
así todos los días, todos los días... hasta que la enfermedad le clavase
en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte.
Entretanto, habría pasado los mejores años de su vida sin gozarlos,
dejando para otros el fruto de lo que él sembrara...
Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentan
candidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin más títulos
que su título y sin más bagaje científico que los atracones, a fin de
curso, de textos sin digerir, y así hacen de jueces y diputados, como
juegan los niños haciendo de generales y de obispos, entró con mucho
sonar de botas nuevas, preguntando dónde estaba Jacintito.
--Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que las
acciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas.
Decía mi corredor, como diría mi zapatero.
Quilito contestó:
--En la Bolsa le encontrarás.
Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, le
asestó esta cuchufleta:
--¿Y qué tal la diputación? ¿te _nombran_; quiero decir, te eligen, por
fin?
Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todavía no había
alcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él tenía
también _su_ corredor.
Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en su
tarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en el
sofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo
durmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de sus
libros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió a
abrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara de
muñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, y
botas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro del
sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilito
saltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte más
elegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el
caballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo
sus piernas finas y nerviosas.
--¿No has visto al niño?--preguntó Quilito al lacayo.
El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirle
algo grande.
--Mira que concluirá por cubrirte del todo--dijo el joven riendo.
Por fin llegó Jacinto, cariacontecido y de mal humor.
--No he podido hacer la operación--exclamó con un juramento.
--Lo dejas para mañana, hombre, ¿qué apuro tienes?
Jacinto entró en el escritorio, vió a míster Robert trabajando siempre,
y no queriendo interrumpirle, salió y dijo a Quilito:
--¡Vamos a Palermo!
Subieron ambos en el faetón, colocóse detrás el lacayito, empuñó Jacinto
las riendas y al ligero latigazo, arrancó el alazán gallardamente.
Y entonces, vínole a la memoria a Quilito la frase de su tía aquella
mañana:
--¡Por este camino, hijo mío, no llegarás a ser sino un segundo Agapo en
la familia!