QUILITO

I

Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral. Envuelta su

monstruosa cabeza en el refajo de bayeta amarilla, que había levantado

por detrás al sentarse; un pie montado sobre el otro, como para

prestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados;

las manos debajo del delantal blanco, dormía sobre la dura piedra, como

sobre un cómodo colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada del fregoteo

de platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer y

llevar, de bajar y subir, de salir y de entrar, había obtenido la

promesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad aquel día, lo

que le serviría de pretexto, para ver las calles y quizá la plaza de la

Victoria; pues con ser 25 de Mayo, fiesta patria, había _Tedéum_, rifa,

parada militar y qué sé yo. Soñaba la india en las lindas cosas que

vería: tanta bandera; tanta gente endomingada; los niños, con traje de

terciopelo, muy orondos, agarrotados los dedos por los guantes; las

niñas, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas que se

agolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltado

por una, dos o tres señoritas, que le meten por las narices, como si

dieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le marean y le

cercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo:

--¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?--como muletilla

de mendigo.

Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos matronas, tan

gordas, que casi no caben las dos de frente, con las costas repletas de

papelillos en la falda, despachan su mercancía, echando de vez en cuando

por aquella boca un _¡Caballero!_ que más parece un bostezo, que un

llamado. Luego, los vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; la

corriente humana que no cesa de circular, engrosada por los torrentes

que cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales,

en fila, los ojos sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejando

ondear al viento su penacho azul y blanco; las músicas, que tocan; el

cañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran,

y por último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, en

medio de los acordes graves y solemnes del himno nacional, precedido,

rodeado y seguido de brillante cortejo.

Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de lana

nuevo, los centavos que le diera el _patrón_ para la rifa, cuando

alguien la llamó.

--¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer azúcar del

almacén y limpiar el espejo de la sala, que está perdido de moscas.

Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje,

no desbastada aún. Y las medias quedaron lavadas, y se trajo el azúcar y

se limpió el espejo; pero, entonces, faltaron fósforos y hubo que poner

un remiendo.

En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la humedad

trazaba verdosos arabescos en la pared sin cal, trabajaba la chica

febrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta,

donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas,

envuelta en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas;

en las habitaciones altas, las del niño, se oía el chasquido del

cepillo.

--¡Pampa!--chilló allá arriba una voz atiplada.

Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado de

las alturas y, rebotando contra los peldaños de la escalera, vino a caer

en medio del patio.

--¡Voy, niño, voy!--- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a

aquella singular forma de llamamiento.

--A ver si te mueves, ¡china salvaje!--chilló de nuevo la voz atiplada.

Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. La

muchacha echó a correr escalera arriba, a tiempo que salía del comedor

misia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan rosada y

lustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogido

detrás de las orejas, ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.

--¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puerta

de su santuario, limpiando sus manazas en el sucio delantal.

--¡Pues el niño, señora!--dijo en su jerga endiablada.

Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente,

¿quién había de ser sino ella? Siempre que el niño llama, ha de

incomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es

tarde, y la salida queda para otro día.

Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, y

puso la mesa con el orden y simetría de siempre: en la cabecera, el

cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de misia

Casilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, la

servilleta... nada olvidaba, y si, por acaso, cometía una torpeza, allí

estaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, había

obscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tan

frío y desmantelado, que más hubiera valido no encenderla: la calva de

don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea, resplandeció

como bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que

adornaban las paredes, se animaron con la crudeza de sus colorines. Daba

la chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de nuevo, la voz

atiplada en las alturas.

--¡Voy, niño, voy!--repitió maquinalmente Pampa.

Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del patinillo y

volvió a bajar y a subir con los zapatos del niño y la ropa del niño y

la camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a intervalos los cohetes

estallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero de

fuego y deshaciéndose en fantástica lluvia de colores.

Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral. ¿La

dejarían tranquila, ahora? El niño acababa de vestirse, los señores

charlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, ni

las niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni tanto detalle

curioso del animadísimo cuadro que ofrece aquel día de las fiestas

patrias, vería los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban.

La casa era de estas bajas, trazada según el patrón antiguo, que la

piqueta del progreso va ahuyentando del centro de la ciudad: una puerta

y dos ventanas a la calle; el zaguán recto hasta el fondo, cortado por

dos patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; y

a la derecha, cuatro o seis habitaciones en fila; plantas y aljibe en el

primer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo, cuyo

maderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas murales

del zaguán; los figurones de las cornisas; el caprichoso enrejado de las

ventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa, en su

nota más tenue y apagada, da un aire coquetón al conjunto, que se

convierte en interesante y misterioso, si el transeunte es

impresionable y ve, detrás del visillo alzado de la sala, dos ojos

criollos, que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en esta

casita de la calle de Moreno, en cuyo umbral se había sentado Pampa, no

se veía tras los visillos más que la figura acartonada de misia Casilda,

en las tardes de los días festivos... La calle, con ser central y la

hora temprana, estaba desierta; el frío era crudísimo. Miraba al cielo

la pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan alto, que

parecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del almacén salió

para un recado, y al pasar echó la zarpa a los pelos ásperos de la

muchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequió con un tirón, a

guisa de saludo.

--¡Malo!--dijo ella.

--¡India!--dijo él.

Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.

--¡India, Pampa, china fea!--dijo adelantando la zarpa de nuevo.

Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó, soplándose

los dedos: tanto frío hacía. La muchacha acabó por sentirlo: abrigóse

como pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos, para contemplar mejor

las cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada,

los globos, la música y los cohetes... La fatiga del trabajo diario la

venció y quedó dormida, en el umbral, dando al olvido el servicio de la

mesa. Y como siempre que soñaba, veía a su madre, perdida, como sus

hermanos, en la gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujo

con fidelidad pasmosa: el buque atracado al muelle; el muelle atestado

de curiosos; sobre la cubierta el montón de indios sucios, desgreñados,

hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos y

temblando, por lo que ven y lo que temen; las mujeres, cerca del marido;

las madres, apretando a los hijos junto a los senos escuálidos y

tratando de ocultar a los más grandes bajo sus andrajos... Y un

militarote, que arrastra su sable con arrogancia, procede al reparto

entre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer del

marido, al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso, más

inhumano, más salvaje, al hijo de la madre. Todo en nombre de la

civilización. Porque aquella turba miserable es el botín de la última

batida en la frontera...

Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una sombra:

la señora Casilda escudriñaba en la obscuridad; pero estaba la chica tan

arrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y enroscada,

por así decirlo, sobre el umbral, que era difícil distinguirla. La

señora repiqueteó con los dedos sobre el cristal y Pampa dió un salto,

despertada bruscamente por este llamamiento, que ella conocía bien.

--¡Voy, niño, voy!--barbotó medio dormida.

Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa. ¡Vamos! no la

dejarían tranquila nunca.

En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y misia

Casilda había vuelto a sentarse en el sofá, sus manos de cera

extendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a Quilito, que

había subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocinera

asomó dos o tres veces su cara encendida.

--Espere usted que el niño baje--decía la señora con su voz de flauta.

Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le preocupaba: su

inasistencia al _Tedéum_. ¿Cómo presentarse a la luz del día con un frac

descolorido, deshilachado y remendado? ¿y la _galera_ color de

cucaracha, con golpes de grasa atornasolados? ¿y el pantalón, con

rodilleras y flequillo? ¿y las botas, con puertas y ventanas, para

comodidad de los dedos y recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese permitido

ir a tales solemnidades en traje de paisano, con chaqué o chaqueta,

pantalón a cuadros y sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estaba

verdaderamente indecente, más gastado por el tiempo y la polilla, que de

haberle llevado a cuestas; la chistera no sufría ya la plancha, porque

había perdido el pelo y las botas estaban en manos del remendón de la

esquina, por más que decía Quilito, y era peritísimo en la materia, que

el becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve para

maldita la cosa. Y vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, que

tiene que sostener una familia, y dar carrera al hijo único, que, por

tratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado a

presentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos, a

mandarse hacer un frac cada dos carnavales y a gastarse la asignación

mensual para cigarrillos del niño en botas de charol, con que poder ir

a cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale recomendado el jefe que

no faltara.

--Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S.

E. le complace que vengan todos los empleados.

Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los ochenta

pesos de su sueldo no le alcanzaban para comer, pagar la casa... y las

cuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia. ¿Qué le

diría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacer

ruido, tratando de no llamar la atención, y sin chistar se sentaría en

su despacho y trabajaría hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a la

hora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas,

venía el jefe, como de costumbre, a liar un cigarro y echar un párrafo,

le daría cualquier excusa, porque él era hombre tan estricto en el

cumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dicho

que iría y no haber ido. Volviéndose a su hermana, más atenta a sus

manos que a su discurso, exclamó:

--¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?

No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el movimiento

melancólico de su cabeza. Cuando se ha tenido y ya no se tiene, el pan

negro se hace más amargo y el blanco más deseado, y los Vargas lo habían

comido sobre manteles de holanda...

--Ese Quilito que no baja--dijo impaciente la tía.

--Estará acicalándose para la función de gala--contestó don Pablo

Aquiles,--ya que no ha podido ir su padre al _Tedéum_, que luzca el

niño su frac nuevo en Colón.

El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos sobrantes de

meses atrasados, retardando la cuenta del almacén y del carnicero y

pellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia del

habilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. Porque

Quilito, un Vargas, no podía andar vestido de cualquier manera, sino

como correspondía a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Que

en la chimenea faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa de

Quilito, el sombrero de Quilito, las botas de Quilito y el traje de

Quilito, habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y no

se sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban sus

amigos, hijos de millonarios todos, y por ende, riquísimos. ¡Válgame

Dios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, se

embruteciera en una _estancia_ o se degradara en el comercio... ¡Un

Vargas! El niño estudiaba leyes y sería abogado, y estamparía su título

sobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra de

sacamuelas. Y esto tenía que ser el punto de partida de sus brillantes

destinos. Lo que no sabía el padre, ni lo sabía la tía, que le mimaba

como no lo hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía por

la Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más favorecidas.

Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el tema

favorito de conversación con su hermana; sentado al lado de la lumbre,

cuando había leña, y mirando melancólicamente los pajarracos de la

pantalla de chimenea, cuando ésta estaba apagada. Pero en esta noche del

25 de Mayo, no era sólo su falta en el cortejo lo que le preocupaba:

había tenido un encuentro aquel día, ¡y qué encuentro! en la calle

Florida, en el sitio más frecuentado, cuando iba él más distraído;

¡cataplúm! la gente esa, la familia de Esteven, frente a frente, a pie,

en la misma acera; la mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,

que rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus manos, y

se puso pálida, muy pálida.

--Y ¿qué hiciste?--preguntó ansiosa;--cruzarías la calle, sin mirarlas.

--Me quedé plantado--contestó don Pablo Aquiles.

La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse hecho el

indiferente, y seguir su camino, como si tal cosa, canturriando algo

para darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo era

ella, Gregoria, como mujer y casi cómplice del picaronazo de su marido.

Pues ¡qué! no era la primera vez que ella se las había encontrado, no en

la calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo telas y

regateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lo

mucho de los otros, total, una gran fortuna; y sin embargo, ella... tan

tranquila. No tenía por qué ponerse colorada y a soberbia nadie le

ganaba. Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara de

muñeca se había encendido, hasta el punto de hacer dudar de su aserto.

--Pero, Casilda--dijo don Pablo Aquiles,--es nuestra hermana, ¿podremos

negarlo?

--Sí, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cariño, ¿qué

quieres? yo soy así.

¿No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos comían los

mendrugos de la miseria, él, atado al potro de una oficina, esclavo de

un sueldo miserable y expuesto el día menos pensado a un puntapié del

ministro; ella, lidiando con el trajín de la casa, sin más criados que

aquella indiecita y la italiana, remendando ropa, punteando medias y

hasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre muchacho,

obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, él, que

nació entre encajes; los Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen y

se den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han robado,

sí, señor, robado? Daba a esta palabra tal acentuación, que parecía un

latigazo. ¡Y luego, pretender perdón y olvido! Bastante se había hecho

con evitar el escándalo, no acudiendo a los tribunales, contentándose

con romper toda relación. En cuanto a Gregoria (no quería llamarla

Goyita, como antes, porque no lo merecía), había demostrado tener menos

corazón y menos entrañas que el bribón de don Bernardino; porque éste no

tenía en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba sin

remordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sin

embargo, le ayudaba a chuparla. ¿Había nunca pronunciado una palabra de

reconciliación? ¿No se había mantenido encastillada en su orgullo,

fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados?

Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia de

aquellas lamentaciones. Y misia Casilda, tan bondadosa y tranquila

siempre, _una malva_, según la expresión de sus amigos, honroso

calificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no podía

estarse quieta, porque aquel tema de los Esteven la sacaba de sus

casillas; movía los vasos, cambiaba los platos, con movimientos

nerviosos, sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando a

borbotones. Seguro que aquella noche iban a Colón, como que tenían abono

a palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda;

entretanto, ellos comerían su _carbonadita_ en paz y gracia de Dios y se

acostarían a la hora de las gallinas, para no gastar mucha luz, pues el

gas está cada día más caro. Aquí, una copa se quejó tan dolorosamente

entre los dedos de la señora, que cayó partida en dos sobre el mantel,

detalle en que no paró mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuera

de sí estaba. ¡Si le parecía que fué ayer la muerte de Pilar; la venta

de la casa paterna, calle de Méjico; la desaparición de muebles, alhajas

y efectivo entre las manos de don Bernardino, el albacea de la

testamentaría, el depositario de la confianza de los tres herederos!

¡que fué ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado él, don Pablo, a

acudir a la influencia de los amigos, para calzar un empleíto, que

ayudara a tirar adelante! que fué ayer cuando Esteven, con el luto

todavía del suegro, se presentó en la casa, y después de mucho

preámbulo y mucho carraspear, les mostró no sé qué papelotes y leyó no

sé qué cuentas... total, que les entregó unos veinte mil pesos, la parte

de la herencia que les correspondía; pues lo demás se había ido entre

escribanos, abogados y papel sellado. Entretanto, los Esteven subían,

subían y subían, como globo hinchado por el gas, y hoy era una casa en

tal parte, y mañana dos y luego tres, coche, palco, caballos y mucho

ruido y mucha bambolla. ¿De dónde salían estas misas? ¿Era de los

negocitos del marido, de los _picholeos_ equívocos, de la jugarreta de

Bolsa? A otro, que no cuela. En dos años que duró el arreglo de la

testamentaría, por el incidente aquel del pretendido hijo natural, don

Bernardino había encontrado medio de acapararlo todo, de devorarlo todo,

insaciable, como lobo hambriento. ¡Diríase que hay un Dios para los

pícaros! Y don Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio con

las cigüeñas de la pantalla, cerró el capítulo de las lamentaciones de

su hermana, exclamando sentenciosamente:

--Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben su

recompensa en este mundo y los buenos tienen que esperar al otro para

alcanzarla, y según es ésta de problemática y aquélla de positiva, casi

le vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reino

de la tierra.

Catalina, la genovesa, avisó una vez más que la comida se pasaba.

--¿Y ese Quilito? ¿qué hace ese muchacho?

--Iré yo a llamarle--dijo la señora.

Salió y subió a las habitaciones altas, donde encontró al niño de la

casa, a medio vestir todavía, plantado delante del armario de luna, a

tirones con la corbata, que no conseguía poner a su gusto.

--Pero, ¡Quilito!--dijo la señora en la puerta,--¿acabarás?

--Entre usted, tiíta Silda, así me ayudará a atar la corbata.

Era él delgaducho y endeble, rubito y anémico, los ojos azules, muy

grandes y muy abiertos, ojos de tonto o de inocente, como angelote de

retablo; estatura, menos que regular; señas particulares, ninguna... al

parecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se veían

desparramadas por el suelo y sobre los muebles; todos los cajones

abiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana,

que parecía sudar de fatiga; un ligero tabique dividía la habitación en

dos: la primera hacía las veces de despacho o pieza de estudio, con una

mesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los papeles,

advirtiéndose más novelas que textos y más álbumes de fotografías que

cuadernos de apuntes; y la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, con

el techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo modesto, casi

humilde, pero aseadísimo, como que la escoba y el plumero de Pampa

hacían maravillas, bajo la inteligente dirección de misia Casilda.

--Vamos a ver esa corbata--dijo la complaciente tía,--y acabemos de una

vez, que tu padre espera.

Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que ponía en

ello sus cinco sentidos, el joven, con la cabeza echada atrás para

facilitar la operación, se impacientaba porque aquello concluía nunca.

Al fin estuvo listo, se miró y se remiró; ahora el chaleco, luego, el

frac...

--¿Sabe usted, tía, que me ajusta un poco? ¡Qué sastres!

Entretanto, la señora había quedado parada delante de un grabado puesto

en la cabecera de la cama, en lugar de la imagen de San Pablo, que yacía

descolgada irreverentemente de su clavo. Y había por qué quedarse

parado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tan

primitivo, que no podía darse más, ¡qué horror!

--Pero, ¡Quilito!--exclamó la tía escandalizada,--y aquí entra esa

criatura y verá esta vergüenza.

Y él, sin volverse, muy tranquilo:

--Si es la Verdad, tía, o la Fuente, que no lo sé bien, ¿puede darse

nada más natural?

Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba.

--¡Cómo estará Colón esta noche, tía!

¿Por qué no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero una

noche de las fiestas Mayas no debe desperdiciarse. El tenía una butaca,

que le había regalado, ¿a qué no sabía quién? ¡Jacintito Esteven! Este

nombre hizo en la tía el efecto de una picadura. Si ya sabía que andaba

en grande con el chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porque

no debía olvidar que aquella familia era enemiga de la suya y la

causante de la triste situación en que se hallaban.

--Pero, ¿qué culpa tiene Jacintito, tía Silda? Es un excelente muchacho,

muy alegre y muy trabajador, a pesar de su fortuna; ¡ha puesto un

escritorio de corretajes en la calle Piedad!

Con la tía Goya era otra cosa; él no la saludaba, y en cuanto a don

Bernardino, no hacía aún dos días le había tomado la acera, dispuesto a

armar camorra. Bien sabía Jacinto que él no podía verles, a causa de los

disgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas las

tardes se reunían en el escritorio, y allí discutían si debían entrar o

no en la jugada bursátil del día. Porque él jugaba en la Bolsa, sí,

señor, convencido de que la carrera de abogado no le sacaría nunca de

pobre, y de que, después de mucho romperse la cabeza, alcanzaría un

título, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y se

vería obligado a mendigar un empleo, que no conseguiría sino a fuerza de

hacer antesala a mucho tipo con influencia y sin educación, y de gastar

saliva y paciencia. El tenía que ser rico, abrigaba el firme propósito

de serlo y lo sería. Y del modo más fácil, sin matarse trabajando, ni

vaciándose el cerebro; sin que sufran ni los brazos ni los sesos; juego

a la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano. Y se

necesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario.

Si la suerte le favorecía, bueno; si no... se pegaba un tiro. Tan

cierto, como ahora es de noche.

Misia Casilda tomó a lo serio aquello y se asustó. ¡Vaya un bonito modo

de pensar! Quién le metía a él en la Bolsa, sin experiencia y sin

fondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar a

la baja o a la alza, como él decía, se necesita tener con qué; lo mismo

que en la ruleta de los garitos. El joven se rió.

--Pues no, no se necesita, y ahí está la gracia. Se da orden al corredor

de comprar tanto o cuanto, y una vez hecha la operación y llegado el día

de liquidar, se deducen las ganancias o las pérdidas, y en caso de mala

suerte se paga o no se paga.

Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tener

vergüenza, y como ella sabía, que escaseaba tanto de lo uno, como le

sobraba lo otro, pues no podía creerse otra cosa, le aconsejaba que se

dejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, que

debían andar muy descuidados con aquella manía de la Bolsa, que le había

entrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el pan honradamente, por sus

cabales, con tesón, sin impaciencias ni desfallecimientos, que así se va

lejos, y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno. Quilito volvió

a reírse.

--Mire usted, tía, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires;

ahí tiene a fulano, a zutano y a mengano: ¿dónde se han hecho ricos?

¿detrás de un mostrador? No, en la Bolsa. Ayer no poseían un centavo y

hoy _se les saca el sombrero_. Yo quiero hacer como ellos y ser como

ellos.

Bien se veía que el tal Jacintito le había imbuído aquellas ideas; ¡si

siendo Esteven no podía ser bueno! Quilito ensayaba el frac delante del

espejo. ¡Cuán equivocada estaba! era excelente... y luego tan cariñoso

con sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecían todo, francamente.

¿No le parecía que los faldones no caían bien?

--Lo que no cae bien--replicó con acritud misia Casilda,--es tanto

elogio de osa gente en tu boca.

--Convénzase usted, tía, que es porque no les conoce; los viejos serán

todo lo que usted quiera, pero los hijos son diferentes.

Susana y Angelita eran las muchachas más bonitas de Buenos Aires, sin

exageración; en Palermo no se veía nada mejor. Luego, con una educación

de primera, amables, sencillas... Siguió ensartando alabanzas, hasta que

la señora se impacientó.

--Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabes

cuánto me desagrada.

--¡Oh! tiíta Silda... ¡pues no faltaba más!

Estampó un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la señora, acompañado

de cariñosos palmoteos en la espalda.

--Eres un loco, ¿cuándo sentarás el juicio?

No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que le

caía el traje de etiqueta; la luz del gas le volvía más pálido y

señalaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que no

puede ocultarse. El, mientras hacía jugar el resorte del claque,

ensayaba la petitoria de ordenanza, algo para llevar en el bolsillo, dos

pesos siquiera, que le prometía devolver intactos; como después del

teatro, es fuerza ir a tomar cualquier cosa al café y cuando llega el

momento de pagar al mozo, es costumbre echar mano a la cartera,

discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, él,

siempre que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientras

daba tiempo al vecino de saldar cuentas. ¡Qué papel iba a hacer aquella

noche si no tenía dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la tía era

bastante rica, porque poseía su rentita de las cédulas hipotecarias y el

alquiler de la casita aquella. ¡Buen alquiler te dé Dios! cien pesos,

que el inquilino, un herrero con más hijos que días tiene el año, no le

pagaba nunca, siempre llorando lástimas y pidiendo prórrogas. Sí, ¿pero

las cédulas? eso es seguro.

--Tiíta Silda, se los devolveré intactos.

Así decía siempre, y luego venía con esto y con lo otro, pero con las

manos vacías. ¿Qué había hecho de los veinte pesos de la semana

anterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los había gastado

en muchas cosas, en muchísimas cosas, en libros, por ejemplo... Bien

está, le prestaría los dos pesos, pero con la condición que no había de

tirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unas

vueltas de vals, en señal de regocijo, ella le espetaba el sermoncito

con que solía sazonar sus dádivas. Más seriedad y más contracción al

estudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que no

tenía pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo,

debían concluir, por su salud y por su nombre. Que no le viniera con

dianas, que ella se sabía bien que a las tantas no se vuelve de la

iglesia, y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llave

de la puerta de calle que, por mal de sus pecados, había conseguido ella

se le diera antes de cumplir los catorce años. Luego, ¡menos gastos! ¡si

en aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! ¿se figuraba,

acaso, que tenían algún tesoro escondido? Ni la rentita de las cédulas,

ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situación de la

familia no permitía aquellas ruinosas liberalidades, de que él abusaba;

¿a dónde iban a parar por aquel camino? El joven dió un bostezo.

--¿Tiene usted, tiíta, el dinero a mano?--preguntó.

Y mientras la señora buscaba en el bolsillo, él largó las botaratadas

con que siempre respondía a tales prédicas: si no había que apurarse por

tan poca cosa, cuando él trabajaba por echar los cimientos de la fortuna

de la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de sus

operaciones de Bolsa, tentaba al demonio de la lotería, comprando un

numerito en cada jugada. Ya verían cuando entrara por aquellas puertas,

con la gran noticia: ¡el número tantos, su número, con tantos miles de

miles de premio! ¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántos

millones de ganancia! todo así, de la noche a la mañana. Hacerse rico de

otro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda el

quilo, gasta su juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede

tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, ¿de qué le sirve

entonces? ¡para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No se

vería él en ese espejo. Mascar mientras haya dientes, porque a boca

desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a cumplir veinte

años: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menos

estaría en vía de serlo. Y entonces...

--¡No le digo a usted nada, tiíta, no le digo nada!

La señora le oía y se reía. ¡Qué cabeza más destornillada! era un

tarambana, y nunca haría cosa de provecho, si no tenía más juicio y no

dejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le quitaban

el sueño. Dióle el billete de dos pesos, que sacó de su cartera de

tafilete, a tiempo que don Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puerta

del comedor, impaciente. Tía y sobrino bajaron la escalerilla,

encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante en

las manos; ya don Pablo Aquiles se había sentado a la cabecera de la

mesa y desdoblaba con calma la servilleta.

--¿Qué es esto, caballerito? ¡cómo se hace usted esperar!

Minia Casilda ocupó su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes del

bolsillo interior de su abrigo, arrojando de paso una mirada a la mal

provista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a cubrirla;

la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platos

parecía haber estado expuesto a los mordiscos de hambrientos canes; los

cubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos.

--Yo no como aquí--dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes,

como en el Café de París, con unos amigos.

¡Muy bien! ¿y para eso había hecho esperar tanto tiempo? ¡Ir a comer

fuera, cuando la tía se había esmerado tanto en la confección de

aquellos hojaldres, que olían deliciosamente, recién saliditos del

horno! Quilito dijo que tenía un compromiso anterior con los tales y los

cuales, citando media docena de nombres del más legítimo _high-life_, y

mientras sacaba con negligencia un grueso habano y se disponía a

encenderlo, añadió, dirigiéndose a su padre:

--Esta tarde encontré a tu jefe, el Subsecretario, y me preguntó si

estabas enfermo; le dije que sí, ¿he hecho mal?

--No, señor, perfectamente.

¿De qué otro modo disculpar su falta? Ya se encontraría bueno al día

siguiente, para preparar la mejor excusa. Tomó una fuente de manos de

Pampa, y al colocarla sobre la mesa, insistió sobre aquello de los

hojaldres:

--¡Ea, anímate, muchacho! que esto vale más que tus trufas del Café de

París.

--Si él es muy francés--dijo la tía,--y desprecia estas cosas.

Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle;

¡qué buen mozo y qué elegante era! tenía los ojos de su madre, aquella

Pilar tan amada, que tanto le había hecho sufrir, y también su genio, un

polvorín de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven había

tomado pie del dicho de misia Casilda, para fundar sus teorías

gastronómicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocina

casera... mucha grasa, mucho aceite y ningún aparato; una fuente que se

presenta en la mesa sin adorno, es como un comensal que se sienta en

mangas de camisa. La señora empezó a toser, a causa del humo del

cigarro; daban las siete.

--Buenas noches--dijo Quilito.

Y salió, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio.

--¡Que te diviertas!--gritó el padre.

--¡Que no vuelvas tarde!--apuntó la tía.

Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado se

levantaron y Pampa entró a quitar la mesa. Siempre sucedía lo mismo,

cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría de

la casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, que

babeaban, escuchándole; ¡qué de cosas refería, qué ideas las suyas y qué

pico de oro aquél!

--Casilda--dijo don Pablo Aquiles a su hermana,--voy a salir; cuidado

con la reja del zaguán, y no dormirse hasta que yo vuelva, que no será

tarde.

Abrigado en su _ruso_, que llevaba más de seis inviernos encima, salió a

dar su paseíto higiénico de costumbre; podía él perder la sobremesa, y

aún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de

digestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.

Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en que

se celebraba una fecha memorable, tales eran la soledad, la tristeza y

el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo Aquiles

quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del

bullicio, pero él pensaba lo que era en sus tiempos aquella fiesta: de

día, _pruebas_, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria,

y fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hasta

hace poco se cumplía idéntico programa. Pero, como si la ciudad se

avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades a la

moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los

barrios extremos, y ha quedado la gran plaza solitaria y fría, en medio

de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba por

estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a las

fiestas: en las pruebas, de día; en los fuegos, de noche, que servían de

pretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras, _compadritos_

y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menos

descender de sus salones a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor,

cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto amoroso,

sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! ¡Qué

alegría entonces! los balcones ostentaban colgaduras y las ventanas

ramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las calles, y el himno

nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba también

el amor su himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patria

en aquel día de tantas emociones. Después... los desengaños, la miseria,

la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste?

Pero él no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:

--O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.

Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa,

los colgajos de las tiendas de carne y comestibles: las ramas de sauce

de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa exposición

del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conforme

iba acercándose a las calles centrales, los establecimientos públicos y

los comercios de lujo resplandecían de luces: en el borde de las

cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en

haces, ya sueltas, encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero,

la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto alguna; el silencio

y la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de las

iluminaciones. Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile,

adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los convidados. Con

el estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado, pasaban muchos

carruajes, cuyos cristales, empañados por el frío de la noche, dejaban

apenas percibir la blanca forma de una dama de copete; y seguían los

tranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oído

de los viajeros con espantables sonatas de corneta.

Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato,

embobado como un chiquillo, mirando las luces y las banderas. Y cátate

que cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por los

resplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda el

galopar violento de soberbio tronco y al volverse, vió a Quilito, a su

hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablos

iba en aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse la

portezuela y bajar dos niñas de blanco, que al punto no reconoció, y

luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, como

cosido a sus talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad?

¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse mohino, con la boca amarga

sin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las

bandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas de

presenciar la función de gala. Echóse al medio de la calle, para caminar

con más desembarazo.

Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.

Quilito · 第 6 / 14 题