TOMO II

--XVI--

Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele

lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa

y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del

viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo

que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de

aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar

de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta

fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo

del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos

protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve

usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a

las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el

cielo o el suelo, todo no puede ser».

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las

campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía

una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores,

y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno

húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos

bronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de

estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor,

que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la

taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo

impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con

pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos

objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran

símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro

abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el

marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una

mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había

servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las

campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en

toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos

martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,

irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad

irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de

molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres

lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos

del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo

de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino

de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_

¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?

tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El

Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que

hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los

acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los

placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En

opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había

dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no

había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas

_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el

redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los

muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que

había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be

or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el

articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y

firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en

lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,

aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más

mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué

triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original

sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad

convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por

las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del

mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas

con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!».

Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de

tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones

desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía

leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí

los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros

versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella

también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.

«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador

era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con

qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,

místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray

Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos

fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos

que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No

mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a

sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella

más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni

prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la

poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la

exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de

todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y

concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan

indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la

Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del

Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de

cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran

la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;

de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban

también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros

adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de

cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de

siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era

el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus

muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas

decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no

tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,

luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.

Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes

eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,

el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en

una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún

pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría

contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en

la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo

vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus

conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene

con los otros; cualquiera menos él.

Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;

aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que

se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el

rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza

ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta

de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a

la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada

de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que

sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no

había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba

de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de

los nervios o lo que fuera.

Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre

Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos

días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se

había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la

tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se

declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.

Víctor y la del Banco.

Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era

Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía

su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito

le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada.

Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no

adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso

la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las

tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí,

mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_.

Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las

siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las

atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no

pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura

como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que

despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era

también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita

romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan

pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el

Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se

le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir

a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella,

Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella

había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le

había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos

intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto,

quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina.

Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por

lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta

apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,

asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_»,

pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad

como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía

en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los

necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al

gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en

aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce

no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva

pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la

impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro

humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la

caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse

sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la

mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la

primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo

Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas

visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus

tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros

artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las

excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa

fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.

Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;

sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.

Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo

Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra

de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles

seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros

_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y

embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica

picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,

saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación

grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de

lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino

poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo

en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no

fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel

dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era

romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem;

respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la

brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión

amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener

lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el

colmo del romanticismo.

--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es

romántico.

La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era

romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don

Álvaro:

--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la

platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que

luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de

particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo

para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el

pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por

aquello de «_pulvisés_».

En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba

ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no

había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había

de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser

tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni

un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».

«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya

preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la

palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,

aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer

enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes

lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y

se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que

tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas

con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado

que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del

Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar

después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho:

«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me

encuentra pequeño; ¡ya lo creo!».

Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo

presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las

noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus

ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza

todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a

despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada

del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del

enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas

pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y

pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus

esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.

Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a

una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que

se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a

obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella

torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil

veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina

religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto

desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se

recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener

los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con

gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado,

si daba un mal paso.

Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de

comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en

las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual

dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al

determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir:

no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se

llamaba--mucho tiempo hacía.

Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el

Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo

ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna

vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.

Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer

debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra

cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la

naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no

quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto

conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias

y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y

buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel

estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el

particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a

preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido

necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le

quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus

conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más

de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero

era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares

de la humanidad.

«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún

de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por

la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después...

ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada

entre dos platos».

De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís

y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que

tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no

había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como

Anita.

La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con

placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida

virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo

pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él

las había llamado hablando de estas cosas.

«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta;

había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo

notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese

camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas

curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más

arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima

pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en

tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase

aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.

Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba

cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la

interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas

con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y

aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada

en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos

tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando

los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los

colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las

revelaciones de la Regenta.

«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin

que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones

importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado

cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín

se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno

de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha

frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve,

que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar

en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia

el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era

una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la

penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba:

¿seré yo?

Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del

sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá

abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_.

«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad

naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en

vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían

acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los

ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo,

¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la

tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver

con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de

los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su

voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era

aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era

una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición,

que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis.

Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.

»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su

interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de

aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la

iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos

momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía,

quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la

vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por

medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender,

y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar

pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan

loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y

ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».

Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_.

La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en

su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D.

Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado

ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los

místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el

espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de

luz del cielo.

«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del

cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia

que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal

avenidos.

Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez,

fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de

escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las

había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían

materia digna de atención.

«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez

el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y

los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía

asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes

había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola

consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.

«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho

talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de

lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le

secaba el alma en aquel instante».

Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni

chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el

cementerio o en el Espolón....

Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza

de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía,

jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y

ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el

animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear,

revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el

caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado

por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló

en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la

Regenta.

El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos

movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente

de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma.

¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al

ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente

sonrisa.

No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el

efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del

cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de

común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz,

hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el

caballo también comprendían al jinete.

Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que

aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día

siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que

ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el

ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni

siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo

caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que

hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre

los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que

inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella

tarde.

¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas

conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos

idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía

dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía

de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo

coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió

para Granada con su esposo....

Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de

aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le

subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las

nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se

aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia

en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba,

en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se

arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer,

como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias

sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez

vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y

necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía

deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no

como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta,

ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y

sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces

quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos,

desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al

dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como

un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos.

«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a

mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo

decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los

labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la

señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras

las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla

en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.

Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado

palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería

alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar

los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por

adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella

conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo;

que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el

agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el

agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía

comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono,

aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja

tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento

crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros

el _cuarto de hora_.

No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la

hora a que aludía el materialista elegante.

Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo

menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni

fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando

Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a

interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo,

de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la

imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura

de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la

plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era

la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y

estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte

de las calles y contra el ruido necio de los campanarios....

Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don

Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle

de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía

aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un

motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo

visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.

Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la

fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el

campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se

le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba

cortando el aliento en la carrera...

«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su

placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la

vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las

campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían

olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había

aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de

preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh,

pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran

sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita

aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la

clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como

se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba

pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin

violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto

para subir a casa de la Regenta en aquel momento.

Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino,

encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y

caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según

frase suya, «no solía prodigar».

--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y

Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio.

No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía

saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar

volviendo un poco la cabeza al humilde infante.

--Hola, hola, hipógrifo violento

que corriste parejas con el viento--

dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos

del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de

primera magnitud_.

--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales

nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado

para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es

moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la

costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el

arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con

aquella disertación académica.

Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a

Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_.

--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi

mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida...

¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como

todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que

sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal,

me ha metido la cola por los ojos!...

--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero

dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable!

Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso,

absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de

Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular

y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.

Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo

con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan

con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera

de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había

mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy

verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis

y meterse en casa de su novia en calidad de prometido....

Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se

creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y

unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando

se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos

los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la

calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus

ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro

aquella noche.

--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas,

a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!...

En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía,

prometió solemnemente ir al teatro.

Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el

palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y

Quintanar.

El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según

le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El

Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba

entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el

Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la

lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la

pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la

buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir

abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo

Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos,

azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro

y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta.

Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de

malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con

diente debajo de los polvos de arroz.

Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde

predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en

la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una

noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta

las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que

las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de

oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte

de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin

artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en

tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se

hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen

Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en

el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo

inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado.

Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal

anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_

de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función,

sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no

quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni

butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de

aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la

sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas

donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la

representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de

lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás

desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen

por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de

ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la

lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en

general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos

noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.

No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente

cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una

de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y

enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes

alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para

ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho

más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta

capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es

superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías

de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio

suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno

con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y

se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que

haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a

primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la

población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y

se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_

también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los

destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y

además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte

de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario

no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras,

la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan

en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes

resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_.

Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de

preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y

principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba

y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la

curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba

mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto

coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas

partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores,

si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había

hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que

se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba

quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y

Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban

prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas

que no había.

--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas....

Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su

poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva

y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son

muchas...».

Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza,

en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría

de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.

Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por

máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin

sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no

creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en

el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta

fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas

que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del

modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas

mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los

_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su

desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las

mujeres de Vetusta.

--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se

lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que

rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!».

Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y

fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su

entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel

día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo

espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad

estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la

plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío

negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas

las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía

supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los

sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al

destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los

demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba

segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba

coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y

consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana;

creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos

de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no

hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste,

sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un

hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo,

maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin

fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras,

rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no

pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y

tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus

momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia.

El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de

la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros

instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le

presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de

vida y de calor.

Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un

espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y

de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el

hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba

aprovecharlo.

Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un

gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el

silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo

que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,

voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de

rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún

momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida

pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que

Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de

tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el

fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no

sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los

nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el

fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no

tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré

como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la

tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no

es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por

su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen

voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la

encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de

aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos

derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la

voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_».

Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D.

Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa;

y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador,

se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su

pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo:

--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no

dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que

pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que

ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al

teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al

decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo».

Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que

supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros,

ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de

Calderón y de Moreto.

El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en

Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda

aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--,

era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un

título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos

Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le

gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba

a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de

primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!»

decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco

inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la

tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una

lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no

viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a

los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes

quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por

ejemplo:

«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y

se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la

gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos

aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada».

A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de

D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_,

la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las

de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser

abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los

_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por

el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí

congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban

costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a

semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su

palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o

desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes

ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos

de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no

creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba

frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda

el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un

hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o

menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el

anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres

corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices

inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su

juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta

aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de

intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los

humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad

física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.

El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le

envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie

como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la

bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el

núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar

en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco

concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban

todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o

menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta

_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su

hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho

dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus

buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no

comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones

de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a

sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable,

puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad,

perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban

desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del

partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política.

Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos

socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había

protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había

dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos

sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían

nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte.

Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla

personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa

hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de

compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista

del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva

de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso

o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban

con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas

de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a

ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud

eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las

preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban

por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a

la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas

egipcias de la primera época.

Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid,

en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el

criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural

tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo

ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que

Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de

Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la

comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta

no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La

ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales:

pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba

contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por

el suelo con motivo de un desestero.

--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía

Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música

de los cuartetos de ópera de lance.

--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el

escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que

la del tenor y la del bajo.

--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja.

--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal?

--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan

ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es

el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí

tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!».

El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la

gracia, si no por la intención.

Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces

los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los

Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique

intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de

hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría

muchos se burlaban.

«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya

no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc.,

etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en

su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones

que mantenían los nobles desde arriba.

En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana;

sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas

al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_.

También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana;

pero trataba poco a la Marquesa.

--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de

Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad

ceremoniosa.

Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que

escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa

en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le

preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a

la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda

tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_,

desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta».

Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la

bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera

blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel

momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable

padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita

demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del

paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo,

saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en

escena que no era de empeño.

--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_,

volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal.

--¿Qué tiene el pueblo?

--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a

un enmascarado....

--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante.

--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como

el pueblo no tiene educación....

El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con

que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres

almohadones en un palco contiguo al de Mesía.

Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía

con un desdén gracioso y elegante:

Son pláticas de familia

de las que nunca hice caso...

Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto,

lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con

pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor

estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le

parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había

oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le

había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y

gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así:

Y porque veáis que es error

que haya en el mundo quien crea

que el que quiere lisonjea,

escuchad lo que es amor.

y concluyen:

A su propia conveniencia

dirige amor su fatiga,

luego es clara consecuencia

que ni con amor se obliga

ni con su correspondencia.

Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo

presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En

general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una

espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de

noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura

de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con

voz trémula por la emoción:

--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan

artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres

no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y

gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños

del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los

presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de

nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el

paso....

La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras;

cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué

paraba la apuesta de don Juan y Mejía.

En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en

cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que

ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última

vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que,

como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y

admirado modelo.

Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba,

callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la

envidia se lo comía.

Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un

poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor

artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de

Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de

Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una

mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña

Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de

Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una

sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran

aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con

todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben

apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para

saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de

tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas

callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra

edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello

desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado,

le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense.

Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como

el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces

volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido

cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera

divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados

de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores

en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas

y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía

del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de

hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las

noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de

vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no

como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad

media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa

de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel

instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de

copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo

desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces

mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el

ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!...

Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a

este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de

Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás

cualidades artísticas.

El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al

ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia

se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo

un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver

el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por

amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en

secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del

presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos,

se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado

imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía

excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito

blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas

las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en

postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la

figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz

cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba

llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a

un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran

capaces de apreciar en lo mucho que valía.

Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de

todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía

de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las

paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido,

mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan

escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con

terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba

su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el

espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree

sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba,

producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo

contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.

«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una

locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura

que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del

Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla

estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años

hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba

por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su

presencia!».

Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los

marqueses.

Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un

poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba,

siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se

sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la

conversación general.

Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los

pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a

Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.

Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la

conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el

chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo,

fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.

La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido

liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de

cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos

«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el

palco de la marquesa.

A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del

_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_

de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar

cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda

de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las

comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un

corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad...

esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así

procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto

que había que enamorar por todo lo alto».

Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba

sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación

notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su

interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que

estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del

entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió

a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil

y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento

irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una

expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia;

combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida

malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana

puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo:

--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír.

--Es que... no sé... si debo despedirme....

--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de

haberlo dicho.

--No sé si estorbaré, si habrá sitio....

--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele

usted.

Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que

el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente.

Don Álvaro permaneció junto a la Regenta.

Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con

su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía

por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello.

Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un

poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda

de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella

estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el

pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni

menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la

buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de

vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el

_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un

ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una

_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de

hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a

decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los

_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando

vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el

vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus

rodillas....

Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La

robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don

Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en

aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba

saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja,

palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber

desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se

abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en

medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse

a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas....

Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los

acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto

acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña

Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba;

creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable

cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas

suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo....

Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del

balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era

romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía:

Don Juan, don Juan, yo lo imploro

de tu hidalga condición...

Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con

su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios

viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche

como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe

en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo

evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión

infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo

religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento

purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se

sentía desfallecer de tanta emoción.

Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que

el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se

equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel

respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en

un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a

tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en

otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal

que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no

encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que

acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.

El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la

realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se

había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en

Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver

el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el

pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le

hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a

la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con

jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con

una pistola en la mano, enfrente del cadáver.

La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más

Tenorio.

--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos;

demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si

queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos....

Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del

drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía

encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.

Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.

--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora

Marquesa--dijo Quintanar.

Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó

un poco la mano de Anita que la retiró asustada.

Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don

Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a

Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas

veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir

con su deber.

Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar

su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima,

andando el tiempo, o poco había de poder él.

Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en

punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del

honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en

nuestros dominios.

--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don

Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que

yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más

sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor

quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo

llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que

si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás

Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta.

(--¡Animal!--pensó don Álvaro.)

--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de

pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era

aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad

y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me

dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé

maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida

grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad,

nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese

usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la

pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo

traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es

prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi

tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda?

Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le

había alarmado un poco.

Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de

llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía

convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista

de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y

bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del

ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la

espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.

Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió

profundamente.

Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella

rubia y taimada, que sonreía discretamente.

--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?

--Como la señorita pasó mala noche....

--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....

--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?...

--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el

señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las

dos.

--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó

nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si

dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me

atreví a despertarla....

Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la

jaqueca.

--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....

--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba

vueltas....

--Y... y... ¿qué decía?

--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas...

nombres....

--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el

rubor--... ¿qué nombres?--repitió.

--Llamaba la señora... al amo.

--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor!

Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido

Quintanar.

Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas

de la señora.

Calló y procuró ocultar su confusión.

Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya

seria:

--Han traído esto para la señora....

--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el

papel de manos de Petra.

«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».

Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el

rostro del ama, añadió:

--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina

la doncella de doña Paula.

Ana afirmó con la cabeza mientras leía.

Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una

cruz morada sobre la fecha, decía así:

«Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a

cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única

persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha

parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le

explicará su atento amigo y servidor,

La Regenta · 第 18 / 30 题