XXIV

Si yo tuviese tiempo y memoria--y paciencia también--para trasladar al

papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones

ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes,

tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero,

exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las

impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio

físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.

El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía

recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada

impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis

ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el

entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo

clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de

sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre

el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas,

cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La

Triste--cualquiera de mis antiguas dueñas--atrafagada y jadeante, nos

arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco

también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la

melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación

neblinosa--aroma de humedad--que desdibuja las lejanías norteñas, el

profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra

locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.

Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos

sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder

de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la

música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos

enteros de mi vida.

Dentro de mí oigo gritar:

“--¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander,

Asturias y Galicia!...”

Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones

dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a

otro.

O bien:

“--¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao,

Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”

Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.

La voz evocadora grita:

--“¡Buenos quesos de Burgos!...”

Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la

catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.

--“¡Puñales y navajas de Albacete!...”

Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión

verde de la región valenciana, que va acercándose.

--“¡Tortas de Alcázar!...”

Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.

--“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”

Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales

vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el

brocal de un pozo casi seco...

Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el

milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y

gozó una vez.

La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco

kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de

Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el

“expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la

“serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus

manejadores apodan La Quisquillosa, por ser--al igual de los caballos

blandos de boca--muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene

o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve

unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro

“primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me

contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la

misma edad. El _dining-car_ es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues

el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de

Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la

Nueva.

La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las

diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a

sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al

valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los

dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta:

viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son

gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la

expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin

embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una

veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la

raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano

habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.

En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se

acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.

Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias

ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de

Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón;

Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid;

Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras

fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro

tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca

Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales--El

Pilar y La Seo--vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe,

que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...

A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al

Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú,

rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que

corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos

túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen

numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del

mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como

ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un

espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y

entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con

ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el

cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los

fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte

desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe

barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los

tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo;

la única cierta...

Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y

nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida

fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy

haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye

de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece

una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que

los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza

en la Vida...

En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por

turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña,

o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla.

En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes

son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad

lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras

provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino

emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de

nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía

y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y

perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca...

pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España

futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su

energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama

la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un

espada.

En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un

matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la

esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos

eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos,

por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de

conocerles, y me eché a discurrir:

“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...”

Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados

de tener algo que contarse.

La mujer decía:

--Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...

--Es de suponer.

--Y que regará el jardín conforme la expliqué...

--Sí, sí, lo regará; no te atormentes.

Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el

vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre

sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos

instantes:

--Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.

--Si recibió tu telegrama...

Ella recelaba siempre; él creía.

--¿Por qué no había de recibirlo?...

Después de un silencio, la mujer exclamó:

--¡Pobre hijo mío!...

El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:

--Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite

así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al

muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al

campo...

De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de

Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que

España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los

periódicos publicaban telegramas.

--¡Pobre mujer y pobre hombre!--pensé.

Les observaba con una atención en la que había más misericordia que

curiosidad.

--Afortunadamente--seguí discurriendo--, los hombres, junto a la idea de

“patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios

que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente

falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...

De pronto--¡oh, dragados increíbles de la memoria!--reconocí en mis

huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de

don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y

vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen

dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme

entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato,

gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que

parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!...

¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...

--¿Es posible--exclamé--que él haya dedicado entera su vida a ella, y

ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a

sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...

Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún

años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve...

¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus

cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como

uniformados, sin otra alegría que su amor--que no era “el amor”, sino

una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica--. Perdieron su humilde

vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche

aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo;

y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora

de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su

hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque

sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias

que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir--aroma de las

almas--se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...

Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:

--¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya

llegamos.

Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los

estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.

--Cosas más graves--repuso--he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a

todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves,

de mi vida podría sacarse una novela.

Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.

--¿A cuento de qué viene esa algazara?--atajó.

--Me río--le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía

el cuerpo--de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No

lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y

simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la

voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una

novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En

mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”

Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:

--¿Y qué?...

--¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro,

porque yo no la aguanto.

--¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la

mía... es una novela?...

--Posiblemente.

--¡Luego tengo razón!...

--Mira, Viejo--exclamé--; no te amontones y medita lo que voy a decirte:

como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son

vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en

ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada

ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su

historia, nadie volvería a comprar un libro.

Amohinado gruñó:

--Si nada te ha sucedido... te felicito.

--¡Al contrario!--interrumpí vivamente--; si no hablo es porque mucho me

sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más

callados...

Así terminó la escaramuza.

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 48 / 57 题