¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da
el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender
mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas
después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de
humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero
engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin
recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la
limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los
militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón
hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor
propio, se había puesto en pie.
Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de
Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su
miedo me turbó.
--¿Sucede algo?--le pregunté.
--Los túneles--balbuceó--; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con
ellos...
Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes...
Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía
toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos
acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito
tableteó ensordecedor. Inquirí:
--¿Por qué silba La Recelosa?...
El Tímido repitió:
--Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que
te entierran!...
No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis
ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció
volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.
--¡Estamos sobre el Oyarzun!--gritó un _sleeping_.
Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la
otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una
horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la
máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres
arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de
magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre,
la alegría del cielo que empieza a estrellarse...
--¡Ya sabes lo que es un túnel!--me dijo el _sleeping_ que iba a mi
lado, y a quien mi inocencia divertía.
El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel;
había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de
aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo
apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en
mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía,
las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En
los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos
cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio
inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones,
todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban.
Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas
oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu:
me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y
los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no
atienden al paisaje.
Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme.
Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces
llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo
iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de
hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un
abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era
exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una
montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá
abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una
hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil:
bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un
gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía
una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en
la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...
Ya en Castilla, a la sazón llena de luna--era próxima la media noche--la
tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta
ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren
silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura
las almas de equilibrio.
Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol,
me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido,
casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no
estaba cansado.
El _sleeping_ se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de
una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.
--¿Cómo marchas, chaval?--indagó.
--Bien.
--¿Te duele el cuerpo?
--No.
--Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde
Miranda, tiene muy brusco el trato.
Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había
sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El
Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que
en Avila volveríamos a cambiar de máquina.
--De Avila a Madrid--agregó--nos llevará La Caliente, que, como La
Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras
de mayor arrastre de la Compañía.
Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia
de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:
--En pasando de Burgos--exclamó--lo mismo me da una máquina que otra. Yo
adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca--tierra sin
dobleces--donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el
peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te
hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo
solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás,
y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el
Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.
El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de
los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en
España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido
reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo
pintaron de negro definitivamente.
Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia,
sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo
tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el
remolón en las cuestas arriba.
Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y
seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la
Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado
de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso
peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.
--¡Calla ya!--le supliqué--; ¿qué mejoras con asustarme?
No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir
su miedo.
--Tú has de verlo--repetía--, tú has de verlo; un día ese maldito nos
tragará a todos.
Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me
colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto,
condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña
ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.
--¿Qué haces?--murmuraron malhumorados los _sleeping_.
Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a
seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a
silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo
arranque de rebeldía, sin embargo.
--¿Qué haces, muchacho?--repitió el _sleeping_.
Y El Tímido:
--Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...
Un _sleeping_ tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa
de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible
imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca
del primer túnel inicié--no me explico cómo--un ademán de retroceso que
se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo
un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo
de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los
furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña
Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:
--¿Qué sucede? ¿Quién se para?...
Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de
Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se
resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi
cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”--decidí. Reanimado por esta
noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las
alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a
Madrid.
Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén
descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:
--¿Cómo te sientes?...
--Bien--repuse.
Todo el convoy se preocupaba de mí.
--¿Estás cansado?
--No.
--¿Nada te duele?
--Nada.
¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un
solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me
admiraban.
--Propongo--dijo un _sleeping_--que a este buen mozo le llamemos El
Cabal.
Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.
Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los
vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su
fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su
principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador
inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre
el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes,
otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos
guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo
empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de
sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el
temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del
Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las
cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá
luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese
apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae;
todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos,
la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más
patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la
muerte.
Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado:
siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que
protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin
advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan
armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda
del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”.
Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra
con esa alegría aventurera--ansia instintiva de desplazamiento--que yo
llamaría “el placer de irse”.
Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas
divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues
fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero
los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me
basta.
En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los
niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban
mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me
impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de
observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta--palidez de
drama--de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde,
mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto
en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse,
caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que
compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas
siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré
mientras viva.
Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y
difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque
limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone
muchos años de labor. Los hombres--en su mayoría frívolos y
fatuos--raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto
me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero
hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda
América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió
trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que,
por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las
ventanillas porque “ya conoce el camino”...
Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años--antes lo dije--he
recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente.
En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el
análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el
contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas:
la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores--los
pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de
súbito, detrás de un monte--viene después. ¿Cuándo los hombres
reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?
Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un
itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a
la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San
Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la
célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos
del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral
burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de
sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de
Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del
Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días
Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la
silueta--que forma horizonte--de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos
millares de personas saben todo esto; lo dicen las _Guías_...
Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual
necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo
podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada
paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro...
ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según
sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en
lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de
sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras
impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados
de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos
vivimos de todo.
Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la
humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los
expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el
furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el
vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de
ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al
escrutinio y clasificación de los viajeros.
Así formé mi alma.
Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo
primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a
ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al
igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se
nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de
otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde
aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes
agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la
inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio
millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya,
se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado
carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada,
cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento
cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un
celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había
engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me
permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto
copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se
mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y
en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que
parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...
La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio.
¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se
creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo
que un alma desnuda.
V
Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto
suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar
siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de
mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme
y oir lo que se charla dentro de mí.
La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer
orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la
farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de
otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que
observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de
comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución--yo
tengo toda la seriedad de un real mozo--, sino de la alogía que los
hombres sembraron en mí.
Voy a explicarme:
Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba
sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que
decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de
viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta
única palabra misteriosa: “Alquilado”.
En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a
estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar
donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi
tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel
departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no
escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En
cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a
viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un
enfermo?...
Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron
resquebrajándose.
Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de
porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y
llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de
granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para
no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas,
sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un
lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba
vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un
poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda
satisfacción.
--Le gusta viajar solo y procura aislarse--meditaba yo--; ¡bien se
advierte en él a un refinado!...
¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un
“Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel
caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:
--¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...
El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir.
Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis
cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío
terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin
embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:
--Estoy helado--gemía--; todavía no he conseguido que mis ruedas entren
en calor...
En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi
ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las
puertecillas cerradas.
--Podemos meternos aquí--propuso uno de ellos--; no hay nadie.
Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía
desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:
--Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de
ir vacío.
Yo pensé:
--¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su
tabaco...
Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra.
Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando,
reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:
--Buenas noches...
Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus
almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño.
Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de
reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a
decir:
--Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.
Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:
--¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.
Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les
hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:
--Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No
fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa
prohibición espanta al público.
Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.
--¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!--exclamó el más viejo--. ¡Y ya
ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un
adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...
--En Italia--comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”--es
“vietato fumare” hasta en los cementerios--a cuyos pobres huéspedes
parece que ya ningún daño había de hacérseles--y en los trenes a los
“fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que
el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del
tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras
mujeres--y esto es decisivo--las gustan los fumadores...
Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó,
el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos
luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su
billete, preguntó burlón:
--¿Podemos seguir fumando?
El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:
--Mientras a ustedes no les haga daño...
Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No
fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre
comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y
furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a
reir.
El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.
A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya
belleza--y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa--llamaba
fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió,
adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro,
distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya;
era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del
_dining-car_ empezó a recorrer el tren informando al público de que “la
primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó
sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se
dirigió al comedor.
En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances
galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con
las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era
un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar
voluntades.
--Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan
nuestras camas--decían--se conocieron en él.
Según supe después--los vagones nos lo contamos todo--la protagonista
del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas
llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en
un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al
par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin
duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él
acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron
cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que--según
expliqué en otro lugar--veo y oigo por todos mis poros.
--En pasando Segovia--murmuró ella--puede usted venir...
Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:
--Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien
perfumada?
--Sí; acaba de volver del comedor.
--¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con
hechuras de boxeador?...
Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.
--¡Bravo!--exclamó jovial--; me juego una rueda a que esta noche le
tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...
Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver
mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con
aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le
esperaba.
--Entre...--susurró desde dentro una voz.
Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.
--Un hombre como él--pensé, jugando con la frase--es siempre un
“reservado para señoras”...
Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que
el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje
una mujer sola.
En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento
que los interventores procuran conservar vacío para, después de
terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.
¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis
dependencias, la más sucia?...
Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en
tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si
estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el
rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que
ni siquiera se acuerdan de lavarse.
Del grupo primero hay uno--casi siempre hombre--que, no bien comienza a
despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de
utensilios de aseo, y se encierra--se atrinchera, mejor dicho--en el
cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse
escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa
interior, y a pulirse las uñas.
Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y
provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al _Water-Closet_ y al
cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el
uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer
viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire
cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos
instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y
dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los
que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una
toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la
necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos
aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola”
comienza a impacientarse. Una voz interroga:
--¿Pero todavía no ha salido nadie?
Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:
--El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora
que espero y soy “el quinto”...
--¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a
luz!...
Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor
general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es
“el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del
vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco,
del _Water-Closet_. De súbito, la puerta--¡oh!--del cuarto-tocador se
abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como
reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos
le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va
perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de
desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara.
Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a
una ráfaga vernal, en la atmósfera densa--ambiente de alcoba--del
pasillo.