Aquel mismo día, por la noche, después de cenar, Luisa cogió el torno y
fue a pasar la velada a casa de la señora Rochart, en la que se reunían
las mujeres y las muchachas de la vecindad hasta cerca de la media
noche. Allí se contaban antiguas leyendas y se hablaba de la lluvia, del
tiempo, de los matrimonios, de los bautismos, de la marcha y de la
vuelta de los reclutas..., ¿qué sé yo? Y eso les ayudaba a pasar las
horas de un modo agradable.
Hullin, que se había quedado solo frente a su lamparilla de cobre,
ferraba los zuecos del anciano leñador; ya no se acordaba del loco
Yégof; subía y bajaba el martillo clavando gruesos clavos en las recias
suelas de madera, de una manera automática, por la fuerza de la
costumbre. Mientras tanto, mil ideas cruzaban la mente del almadreñero;
estaba pensativo sin saber por qué. Unas veces pensaba en Gaspar, que no
daba señales de vida; otras veces pensaba en la campaña, que se
prolongaba indefinidamente. La lámpara alumbraba con reflejos
amarillentos la casita llena de humo. Fuera, no se oía un ruido. El
fuego comenzaba a apagarse; Juan Claudio se levantó para echar un leño y
luego volvió a sentarse murmurando:
--¡Bah! Esto no puede ser... El día menos pensado recibiremos una carta.
El viejo péndulo dio las nueve, y cuando Hullin reanudaba su tarea, se
abrió la puerta y apareció en el umbral Catalina Lefèvre, la labradora
de «El Encinar», con gran asombro del almadreñero, porque no era
frecuente que dicha mujer viniese a semejantes horas.
Catalina Lefèvre podía tener unos sesenta años, pero se conservaba aún
derecha y fuerte como si tuviera treinta; sus ojos de color gris perla
y su nariz aguileña le daban cierto parecido con un ave de rapiña; sus
enjutas mejillas y la comisura de sus labios, hundidos por la reflexión,
tenían algo de lúgubre y doloroso. Dos o tres grandes mechones de pelos
de color gris verdoso caían a lo largo de sus sienes; un obscuro
capuchón listado bajaba desde su cabeza a los hombros y le llegaba cerca
de los codos. En una palabra, su fisonomía revelaba un carácter firme,
tenaz, y poseía cierto aire indefinible, entre magnífico y triste, que
inspiraba respeto y temor.
--¿Es usted, Catalina?--dijo Hullin muy sorprendido.
--Sí, yo soy--respondió la anciana labradora, con voz reposada--. Vengo
a hablar con usted, Juan Claudio... ¿Ha salido Luisa?
--Está en casa de Magdalena Rochart pasando la velada.
--Muy bien.
Catalina dejó caer el capuchón sobre el cuello y fue a sentarse al lado
del banco. Hullin la miraba fijamente y le encontraba algo
extraordinario y misterioso que le extrañaba.
--¿Qué sucede?--dijo Juan Claudio dejando el martillo.
En vez de contestar a esta pregunta, la anciana, mirando hacia la
puerta, parecía escuchar algo; luego, al no oír nada, volvió a adquirir
su expresión meditativa.
--El loco Yégof ha pasado la noche última en la finca--dijo Catalina.
--También ha venido a verme esta tarde--dijo Hullin, sin conceder gran
importancia al hecho, que le parecía indiferente.
--Sí--añadió la anciana en voz baja--; ha pasado la noche en casa, y
anoche, a esta hora, delante de todo el mundo, ese hombre, ese loco, nos
ha contado cosas horribles.
Catalina calló, y las comisuras de sus labios parecieron hundirse más.
--¡Cosas horribles!--murmuró el almadreñero cada vez más asombrado, pues
nunca había visto a la labradora en semejante estado--; ¿pero qué,
Catalina?... Hable usted; ¿qué decía?
--¡Qué sueños he tenido!
--¿Sueños?... Por lo visto, usted quiere reírse de mí.
--No.
Y después de un instante de silencio, viendo a Hullin boquiabierto, la
anciana prosiguió lentamente:
--Anoche nos hallábamos todos reunidos, después de cenar, en la cocina
bajo la campana de la chimenea; la mesa estaba todavía puesta con las
escudillas vacías, los platos y las cucharas. Yégof había cenado con
nosotros y nos había distraído con la historia de sus tesoros, de sus
castillos y de sus provincias. Eran próximamente las nueve; el loco fue
a sentarse junto a un rincón del hogar, que llameaba... Duchêne, el mozo
de labor, reparaba la silla de montar de Bruno; el pastor Robin hacía
una cesta, y Anita colocaba los cacharros en el vasar; yo había acercado
el torno al fuego para hilar una rueca antes de acostarme. Fuera, los
perros ladraban a la Luna; debía de hacer mucho frío. Pasábamos la
velada hablando del invierno que se aproxima. Duchêne decía que iba a
ser rudo, porque había visto grandes bandadas de patos silvestres. Y el
cuervo de Yégof, apoyado en el borde de la campana de la chimenea, con
la cabezota oculta entre las despeluzadas plumas, parecía dormir; pero,
de vez en cuando, alargaba el cuello, se limpiaba una pluma con el pico,
nos miraba después escuchando un segundo y volvía a meter en seguida la
cabeza bajo las alas.
La labradora callose un momento, como si tratara de recoger las ideas;
luego bajó los ojos, enarcó la gran nariz aguileña hasta cerca de los
labios y una extraña palidez pareció extenderse sobre su faz.
--¿Adónde demonio irá a parar?--se decía Hullin.
La anciana prosiguió:
--Yégof, al lado del hogar, con su corona de hojalata y el palo entre
las rodillas, pensaba sin duda en algo. Miraba hacia la chimenea grande
y negra, hacia la gran campana de piedra, en la que se veían figuras y
árboles de talla y el humo subir en espesas nubes hasta donde se
hallaban los trozos de tocino. De repente, cuando menos lo esperábamos,
el loco dio un golpe con el palo en la losa y exclamó como si soñara:
«¡Sí..., sí..., yo lo he visto... hace mucho tiempo..., mucho tiempo!»
Y al mirarle nosotros, extrañados de sus palabras, añadió:
«En aquel tiempo los bosques de abetos eran bosques de robles... El
Nideck, el Dagsberg, el Falkenstein, el Géroldseck, todos los viejos
castillos ruinosos aún no existían. En aquel tiempo se cazaban los
toros bravos en medio de los bosques, se pescaba el salmón en el Sarre,
y vosotros, hombres rubios, enterrados en la nieve durante seis meses
del año, vivíais de la leche y del queso, porque teníais grandes rebaños
en el Hengst, el Schneeberg, el Grosmann, el Donon. En verano cazabais y
trabajabais hasta el Rin, en el Mosela y el Mosa; recuerdo todo eso.»
--Cosa rara, Juan Claudio; a medida que el loco hablaba, me parecía que
volvía a ver aquellos países de otro tiempo y recordarlos como si fuesen
sueños... Yo había soltado la rueca, y el viejo Duchêne, Robin, Juana,
todo el mundo, en fin, escuchaba. «Sí, hace mucho tiempo--añadió el
loco--. En aquella época ya construíais vosotros estas grandes
chimeneas, y por todo alrededor, a doscientos o trescientos pasos,
levantabais estacadas de quince pies de alto con las puntas endurecidas
por el fuego. Allí dentro guardabais los enormes perros de hinchados
carrillos, que ladraban noche y día.»
Lo que Yégof decía nosotros lo veíamos, Juan Claudio... El loco parecía
no fijarse en nosotros y miraba las figuras de la chimenea con la boca
abierta; pero, después de un momento, al bajar la cabeza y vernos a
todos atentos, comenzó a reír, con risa de loco, gritando: «Y en ese
tiempo, vosotros creíais ser los señores del país, ¡oh hombres rubios,
de ojos azules y blancas carnes, alimentados de leche y de queso, que no
bebíais sangre mas que en otoño, en la época de la caza mayor!; os
creíais los dueños del llano y de la montaña, cuando nosotros, los
hombres rojos de ojos verdes, que venían del mar...; nosotros, que
bebíamos siempre sangre y que sólo amábamos la guerra, llegamos una
buena mañana, con nuestras hachas y venablos, remontando la cuenca del
Sarre a la sombra de los viejos robles... ¡Ah! Fue aquélla una guerra
terrible, que duró semanas y meses... Y la vieja... allí...--dijo
señalándome, con sonrisa extraña--; la Margarita del clan de los
Kilberix, esa vieja de nariz ganchuda, dentro de las estacadas, en medio
de sus perros y de sus guerreros, se defendió como una loba; pero al
cabo de cinco lunas vino el hambre..., las puertas de las estacadas se
abrieron para huir, y nosotros, emboscados en el arroyo, lo exterminamos
todo..., todo..., menos los niños y las jóvenes hermosas. La vieja,
sola, con las uñas y los dientes se defendió hasta lo último. Y yo,
Luitprand, abrí su cabeza gris y me apoderé de su padre, el anciano
entre los ancianos, para encadenarlo a la puerta de mi castillo como un
perro.»
--Después, Hullin--añadió la labradora inclinando la cabeza--, después
el loco comenzó a cantar una larga canción: las quejas del anciano atado
a la puerta. Esperad que la recuerde... Era triste..., triste como un
_miserere_. No puedo acordarme, Juan Claudio, pero me parece oírla
todavía, pues nos heló la sangre. Y como Yégof no cesara de reír, la
cólera se apoderó a la vez de toda la gente, que lanzó un grito
terrible. El viejo Duchêne se arrojó sobre el loco para estrangularlo;
pero éste, más fuerte de lo que podía pensarse, lo rechazó, y, alzando
el palo con furia, nos dijo: «¡De rodillas, esclavos, de rodillas! Mis
ejércitos avanzan... ¿Oís?... La tierra tiembla. Estos castillos, el
Nideck, el Haut-Barr, el Dagsberg, el Turkestein, tenéis que
reedificarlos... ¡De rodillas!»
Nunca he visto una figura más horrible que la de Yégof en aquel momento;
mas al ver que, por segunda vez, la gente iba a arrojarse sobre él, me
vi obligada a defenderle.
--Es un loco--les dije--; ¿no os da vergüenza creer en las palabras de
un loco?
Por mi mediación, los hombres se detuvieron; pero yo no pude cerrar un
ojo en toda la noche. Recordaba a cada momento lo que aquel miserable
había dicho. Me parecía oír el canto del viejo, el ladrido de los perros
y los ruidos de la batalla. Hacía mucho tiempo que no había
experimentado inquietudes semejantes. Ya sabe por qué he venido a
verle... ¿Qué piensa usted de todo esto, Hullin?
--¡Yo!--dijo el almadreñero, cuyo rostro colorado y lleno revelaba
cierta ironía triste no exenta de compasión--; si no conociera a usted
tan bien como la conozco, Catalina, diría que había usted perdido la
cabeza..., usted y Duchêne, Robin y los demás; todo eso me produce el
efecto de un cuento de Genoveva de Brabante, de una historia a propósito
para niños y que muestra la estupidez de nuestros antepasados.
--No comprende usted esas cosa--dijo la anciana con voz reposada y
seria--; pero usted ¿no ha tenido nunca ideas de esta clase?
--Entonces, ¿cree usted en lo que ha contado Yégof?
--Sí, lo creo.
--¡Cómo, Catalina, usted, una mujer de buen sentido! Si fuera la señora
Rochart, no diría nada... ¡Pero usted!
Juan Claudio se levantó como indignado, desatose el mandil, alzó los
hombros y volvió luego a sentarse exclamando:
--¿Sabe usted quién es ese loco? Pues se lo voy a decir. Es seguramente
uno de esos maestros de escuela alemanes que se atiborran la cabeza de
rancias historias del tiempo de Maricastaña y que las refieren con la
mayor gravedad. A fuerza de estudiar, de desvariar, de rumiar y de
buscarle tres pies al gato, sus cerebros se trastornan, ven visiones,
tienen ideas extravagantes y toman sus sueños por verdades. Siempre he
considerado a Yégof como uno de esos pobres diablos; sabe una infinidad
de nombres y habla de la Bretaña, de Austrasia, de Polinesia, del Nideck
y del Géroldseck, del Turkestein, de las orillas del Rin, en fin, de
todo al azar; y eso parece que es algo y, en el fondo, no es nada. En
épocas normales, usted pensaría como yo, Catalina; pero usted ahora está
inquieta por no recibir noticias de Gaspar... Esos rumores de guerra, de
invasión, que corren la atormentan y la preocupan... No duerme usted...,
y lo que le dice un pobre loco lo toma por artículo de fe.
--No, Hullin, no es eso; usted mismo, si hubiera oído a Yégof...
--¡Vamos!--exclamó el buen hombre--. Si yo lo hubiese oído, me hubiera
reído en sus barbas como hace poco... ¿Sabe usted que el loco ha venido
a pedirme la mano de Luisa, para hacerla reina de Austrasia?
Catalina Lefèvre no pudo dejar de sonreír; mas, volviendo a adquirir en
seguida su aire serio, añadió:
--Todos sus razonamientos, Juan Claudio, no pueden convencerme; pero, lo
confieso, el silencio de Gaspar me horroriza... Conozco muy bien a mi
hijo y sé que seguramente me ha escrito. ¿Por qué sus cartas no han
llegado a mi poder?... La guerra marcha mal, Hullin; tenemos todo el
mundo contra nosotros; por ahí fuera no quieren nuestra Revolución,
usted lo sabe tan bien como yo. Mientras fuimos los dueños, mientras
ganábamos victoria tras victoria, se nos ponía buena cara; pero a partir
de los reveses de Rusia, esto toma mal cariz.
--¡Vamos, vamos, Catalina! Su cabeza se va del seguro...; usted lo ve
todo negro.
--Sí, todo lo veo negro, y tengo razón... Lo que más me inquieta es no
recibir ninguna noticia de afuera; vivimos aquí como en un país de
salvajes; no sabemos nada de lo que pasa... Los austriacos y los cosacos
caerán sobre nosotros un día u otro y el hecho causará la mayor
sorpresa.
Hullin observaba a la anciana mujer, cuya mirada se animaba, y, a su
pesar, sufría la influencia de los mismos temores.
--Oiga usted, Catalina--dijo Juan Claudio de improviso--, cuando habla
usted de un modo razonable no seré yo el que la contradiga... Lo que
dice usted ahora es posible... No lo creo, pero es preciso salir de
dudas. Yo me proponía ir a Falsburg dentro de ocho días a comprar pieles
de carnero para las guarniciones de los zuecos; pero iré mañana. En
Falsburg, que es plaza fuerte y tiene administración de Correos, se
deben saber noticias seguras... ¿Se convencerá usted con las que le
traiga de allí?
--Sí.
--Bien; quedamos conformes... Saldré mañana bien temprano... Hay cinco
leguas; hacia las seis estaré de vuelta... Y usted verá, Catalina, cómo
sus tristes pensamientos no tienen fundamento.
--Así sea--respondió la labradora levantándose--, así sea... Usted me ha
tranquilizado algo, Hullin... Ahora, me vuelvo a la granja y espero
dormir mejor que la noche pasada... Buenas noches, Juan Claudio.