PIABAN los pajarillos saludando el alba, cuando el tío
Lucas y la señá Frasquita salían de la Ciudad con dirección
a su molino.
Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminaban
apareadas las dos burras.
--El domingo tienes que ir a confesar (le decía la
Molinera a su marido); pues necesitas limpiarte de
todos tus malos juicios y criminales propósitos de esta
noche...
--Has pensado muy bien... (contestó el Molinero).
Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dar
a los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, y
ponerla toda de nuevo.--¡Yo no me acuesto donde ha
sudado aquel bicho venenoso!
--¡No me lo nombres, Lucas! (replicó la señá Frasquita).--Conque
hablemos de otra cosa. Quisiera
merecerte un segundo favor...
--Pide por esa boca...
--El verano que viene vas a llevarme a tomar los
baños del Solán de Cabras.
--¿Para qué?
--Para ver si tenemos hijos.
--¡Felicísima idea!--Te llevaré, si Dios nos da
vida.
Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sin
haber salido todavía, doraba ya las cúspides de las
montañas.
* * * * *
A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que no
esperaban nuevas visitas de altos personajes después
de un escándalo como el de la precedente noche, concurrió
al molino más señorío que nunca. El venerable
Prelado, muchos Canónigos, el Jurisconsulto, dos Priores
de frailes y otras varias personas (que luego se
supo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima)
ocuparon materialmente la plazoletilla del
emparrado.
Sólo faltaba el Corregidor.
Una vez reunida la tertulia, el señor Obispo tomó la
palabra, y dijo: que, por lo mismo que habían pasado
ciertas cosas en aquella casa, sus Canónigos y él seguirían
yendo a ella lo mismo que antes, para que ni los
honrados Molineros ni las demás personas allí presentes
participasen de la censura pública, sólo merecida por
aquel que había profanado con su torpe conducta una
reunión tan morigerada y tan honesta. Exhortó paternalmente
a la señá Frasquita para que en lo sucesivo
fuese menos provocativa y tentadora en sus dichos y
ademanes, y procurase llevar más cubiertos los brazos
y más alto el escote del jubón: aconsejó al tío Lucas
más desinterés, mayor circunspección y menos inmodestia
en su trato con los superiores; y acabó dando la
bendición a todos y diciendo: que, como aquel día no
ayunaba, se comería con mucho gusto un par de racimos
de uvas.
Lo mismo opinaron todos... respecto de este último
particular..., y la parra se quedó temblando aquella
tarde.--¡En dos arrobas de uvas apreció el gasto el
Molinero!
* * * * *
Cerca de tres años continuaron estas sabrosas reuniones,
hasta que, contra la previsión de todo el mundo,
entraron en España los ejércitos de Napoleón y se armó
la Guerra de la Independencia.
El señor Obispo, el Magistral y el Penitenciario murieron
el año de 8, y el Abogado y los demás contertulios
en los de 9, 10, 11 y 12, por no poder sufrir la vista
de los franceses, polacos y otras alimañas que invadieron
aquella tierra ¡y que fumaban en pipa, en el presbiterio
de las iglesias, durante la misa de la tropa!
El Corregidor, que nunca más tornó al molino, fue
destituido por un mariscal francés, y murió en la Cárcel
de Corte, por no haber querido ni un solo instante
(dicho sea en honra suya) transigir con la dominación
extranjera.
Doña Mercedes no se volvió a casar, y educó perfectamente
a sus hijos, retirándose a la vejez a un convento,
donde acabó sus días en opinión de santa.
Garduña se hizo afrancesado.
El Sr. Juan López fue guerrillero, y mandó una partida,
y murió, lo mismo que su alguacil, en la famosa
batalla de Baza, después de haber matado muchísimos
franceses.
Finalmente: el tío Lucas y la señá Frasquita (aunque
no llegaron a tener hijos, a pesar de haber ido al Solán
de Cabras y de haber hecho muchos votos y rogativas)
siguieron siempre amándose del propio modo, y alcanzaron
una edad muy avanzada, viendo desaparecer el
Absolutismo en 1812 y 1820, y reaparecer en 1814 y
1823, hasta que, por último, se estableció de veras el
sistema Constitucional a la muerte del Rey Absoluto, y
ellos pasaron a mejor vida (precisamente al estallar la
Guerra Civil de los _Siete años_), sin que los sombreros de
copa que ya usaba todo el mundo pudiesen hacerles
olvidar _aquellos tiempos_ simbolizados por el sombrero
de tres picos.