DECRETO IMPERIAL

REGRESARON en esto a la sala el Corregidor y el tío

Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.

--¡Ahora me toca a mí!--entró diciendo el insigne

D. Eugenio de Zúñiga.

Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos

como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial,

que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocaba

en la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasis

y una frescura indescriptibles:

--¡Merceditas..., estoy esperando tus

explicaciones!...

Entretanto, la Molinera se había levantado y le tiraba

al tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas,

mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros

ojos.

El Corregidor, que observara aquella pantomima,

quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse una

reconciliación tan _inmotivada_.

Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho

un vinagre:

--¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros!

Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como marido

y como Corregidor!

Y dio otro bastonazo en el suelo.

--¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes,

acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D.

Eugenio).--Pues vaya V. descuidada, que este escándalo

no tendrá ningunas consecuencias.--¡Rosa!: alumbra

a estos señores, que dicen que se marchan...--Vaya

V. con Dios, tío Lucas.

--¡Oh... no! (gritó el de Zúñiga, interponiéndose).

¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucas

queda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad!--¡Hola,

alguaciles! ¡Favor al Rey!...

Ni un solo ministro obedeció a D. Eugenio.--Todos

miraban a la Corregidora.

--¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre!--añadió

ésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todo

el mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza

ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos,

y agachándose graciosamente, hasta completar la reverencia

que a la sazón estaba de moda, y que se llamaba

_la pompa_.

--Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero

aquellos...--seguía mascujando el vejete, tirándole

a su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejor

iniciadas.

¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!

Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón

los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignó

al fin decirle a su esposo, con el acento que hubiera

empleado una Czarina de todas las Rusias para fulminar

sobre un Ministro caído la orden de perpetuo destierro

a la Siberia:

--Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasado

esta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella,

como era regular, no tendrías necesidad de preguntárselo

a nadie.--Por lo que a mí toca, no hay ya, ni

habrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte;

pues te desprecio de tal modo, que si no fueras

el padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por ese

balcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio.--Conque,

buenas noches, caballero.

Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó

sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía con

su mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y del

gabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrás

de sí; y el pobre hombre se quedó plantado en medio

de la sala, murmurando entre encías (que no entre

dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otro

ejemplo:

--¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!...--¡Garduña

me buscará otra!

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 86 / 95 题