LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS

TENGAN Vds. muy buenas noches,--pronunció el

recién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, y

hablando con la boca sumida, como solía D. Eugenio

de Zúñiga.

En seguida se adelantó por el salón, balanceándose

en todos sentidos, y fue a besar la mano de la

Corregidora.

Todos se quedaron estupefactos.--El parecido del tío

Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.

Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan

López, no pudieron contener una carcajada.

D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzó

sobre el tío Lucas como un basilisco.

Pero la señá Frasquita metió el montante, apartando

al Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en

evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio,

se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.--Estaba

visto que aquella mujer había nacido para domadora

del pobre viejo.

El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver

que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y,

con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la mano

al corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedando

siempre al Corregidor:

--¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado ya

a tu sobrino el nombramiento?

¡Hubo que ver entonces a la navarra!--Tirose la

mantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona,

y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos

puñales:

--¡Te desprecio, Lucas!--le dijo en mitad de la

cara.

Todos creyeron que le había escupido.

¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron

aquella frase!

El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de

su mujer. Una especie de inspiración, semejante a la

de la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándola

de luz y de alegría... Así es que, olvidándose

por un momento de cuanto había visto y creído ver en

el molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y la

sinceridad en los labios:

--¿Conque tú eres mi Frasquita?

--¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no

soy ya tu Frasquita!--Yo soy... ¡Pregúntaselo a tus

hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho

del corazón que tanto te quería!...

Y se echó a llorar, como una montaña de hielo que

se hunde y principia a derretirse.

La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse,

y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.

La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sin

saber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos,

como una niña que busca amparo en su madre:

--¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!

--¡No tanto como V. se figura!--contestábale la

Corregidora, llorando también generosamente.

--¡Yo sí que soy desgraciado!--gemía al mismo

tiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas,

como avergonzado de verterlas.

--Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio,

sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás,

o esperando salvarse también por la vía húmeda;

quiero decir, por la vía del llanto).--¡Ah, yo soy un

pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que ha

llevado su merecido!

Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barriga

del Sr. Juan López.

Y éste y los criados lloraban de igual manera, y

todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se había

explicado.

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 80 / 95 题