LA PENA DEL TALIÓN

¡Mercedes! (exclamó el Corregidor al comparecer

delante de su esposa). Necesito saber

inmediatamente....

--¡Hola, tío Lucas! ¿V. por aquí? (dijo la Corregidora,

interrumpiéndole).--¿Ocurre alguna desgracia

en el molino?

--¡Señora! ¡no estoy para chanzas! (repuso el Corregidor

hecho una fiera).--Antes de entrar en explicaciones

por mi parte, necesito saber qué ha sido de

mi honor....

--¡Esa no es cuenta mía! ¿Acaso me lo ha dejado

V. a mí en depósito?

--Sí, Señora.... ¡A V.! (replicó D. Eugenio).--¡Las

mujeres son depositarias del honor de sus

maridos!

--Pues entonces, mi querido tío Lucas, pregúntele

V. a su mujer....--Precisamente nos está

escuchando.

La señá Frasquita, que se había quedado a la puerta

del salón, lanzó una especie de rugido.

--Pase V., señora, y siéntese...--añadió la Corregidora,

dirigiéndose a la Molinera con dignidad

soberana.

Y, por su parte, encaminose al sofá.

La generosa navarra supo comprender desde luego

toda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada...,

e injuriada acaso doblemente.... Así es

que, alzándose en el acto a igual altura, dominó sus

naturales ímpetus, y guardó un silencio decoroso.--Esto

sin contar con que la señá Frasquita, segura de

su inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse.--Teníala,

sí, de acusar; y mucha...; pero no

ciertamente a la Corregidora.--¡Con quien ella deseaba

ajustar cuentas era con el tío Lucas..., y el tío Lucas

no estaba allí!

--Señá Frasquita... (repitió la noble dama, al ver

que la Molinera no se había movido de su sitio):--le he

dicho a V. que puede pasar y sentarse.

Esta segunda indicación fue hecha con voz más

afectuosa y sentida que la primera....--Dijérase que

la Corregidora había adivinado también por instinto, al

fijarse en el reposado continente y en la varonil hermosura

de aquella mujer, que no iba a habérselas con un

ser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra

infortunada como ella;--¡infortunada, sí, por el solo

hecho de haber conocido al Corregidor!

Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgencia

aquellas dos mujeres que se consideraban dos

veces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas

se aplacieron la una en la otra, como dos hermanos que

se reconocen.

No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos las

castas nieves de las encumbradas montañas.

Saboreando estas dulces emociones, la Molinera entró

majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo de

una silla.

A su paso por el molino, previendo que en la Ciudad

tendría que hacer visitas de importancia, se había arreglado

un poco y puéstose una mantilla de franela negra,

con grandes felpones, que le sentaba divinamente.--Parecía

toda una señora.

Por lo que toca al Corregidor, dicho se está que

había guardado silencio durante aquel episodio.--El

rugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena

no habían podido menos de sobresaltarlo.--¡Aquella

mujer le causaba ya más terror que la suya propia!

--Conque vamos, tío Lucas... (prosiguió Doña

Mercedes, dirigiéndose a su marido). Ahí tiene V. a

la señá Frasquita.... ¡Puede V. volver a formular

su demanda! ¡Puede V. preguntarle aquello de su

honra!

--Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! (gritó el

Corregidor). ¡Mira que tú no sabes de lo que soy

capaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma

y me digas todo lo que ha pasado aquí durante mi

ausencia!--¿Dónde está ese hombre?

--¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se está

levantando, y ya no puede tardar en venir.

--¡Levantándose!--bramó D. Eugenio.

--¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. que

estuviese a estas horas un hombre de bien, sino en su

casa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte,

como manda Dios?

--¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en

que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el

Corregidor!...

--¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré a

los alguaciles que lo lleven a la cárcel!--replicó la

Corregidora, poniéndose de pie.

--¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de la

Ciudad!

--El Corregidor de la Ciudad, el representante de

la Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señora

con una severidad y una energía que ahogaron la voz

del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida,

a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir

mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos,

la santidad del hogar y el recato de las

mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda

entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otra

cosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie pueda

sorprender a la virtud en su descuidado reposo; que

nadie pueda abusar de su casto sueño....

--¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el

Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que ha

pasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, una

pérfida, una licenciosa!

--¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió la

Corregidora desdeñosamente, y paseando la vista por

todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quién

es este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer que

sea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar de

que viste su traje de villano!--Sr. Juan López, créame

V. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla,

que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de la

Ciudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrero

de tres picos, su capa de grana, su espadín de

caballero y su bastón de autoridad.... Los criados

y alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron

al verlo pasar por el portal, por la escalera, y por

el recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas,

y desde entonces no ha penetrado nadie en mi

hogar hasta que llegaron Vds.--¿Es esto cierto?--Responded

vosotros....

--¡Es verdad! ¡Es muy verdad!--contestaron la

nodriza, los domésticos y los ministriles; todos los

cuales, agrupados a la puerta del salón, presenciaban

aquella singular escena.

--¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio,

echando espumarajos de rabia).--¡Garduña! ¡Garduña!

¡Ven y prende a estos viles que me están faltando

al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la

horca!

Garduña no parecía por ningún lado.

--Además, señor... (continuó Doña Mercedes,

cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido

y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas

llegaran a irremediables extremos). Supongamos que

V. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio

de Zúñiga y Ponce de León....

--¡Lo soy!

--Supongamos, además, que me cupiese alguna

culpa en haber tomado por V. al hombre que penetró

en mi alcoba vestido de Corregidor....

--¡Infames!--gritó el viejo, echando mano a la

espada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con la

faja de molinero murciano.

La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla

para ocultar las llamaradas de sus celos.

--Supongamos todo lo que V. quiera... (continuó

Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable).

Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derecho

a quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿Podría

V. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del

sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oír

misa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿De

dónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasado

V. la mitad de la noche?

--Con permiso...--exclamó la señá Frasquita,

poniéndose de pie como empujada por un resorte, y

atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su

marido.

Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta

al ver que la navarra entraba en fuego.

Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:

--Señora, no se fatigue V. en darme a mí explicaciones...

¡Yo no se las pido a V., ni mucho menos!--Allí

viene quien puede pedírselas a justo título...

¡Entiéndase V. con él!

Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete,

y apareció en ella el tío Lucas, vestido de Corregidor

de pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín, como

si se presentase en las Salas de Cabildo.

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 78 / 95 题