El Sr. Juan López, que como particular y como
Alcalde era la tiranía, la ferocidad y el orgullo personificados
(cuando trataba con sus inferiores), dignábase,
sin embargo, a aquellas horas, después de despachar
los asuntos oficiales y los de su labranza y de pegarle a
su mujer la cotidiana paliza, beberse un cántaro de vino
en compañía del secretario y del sacristán, operación
que iba más de mediada aquella noche, cuando el Molinero
compareció en su presencia.
--¡Hola, tío Lucas! (le dijo, rascándose la cabeza
para excitar en ella la vena de los embustes). ¿Cómo
va de salud?--¡A ver, Secretario; échele V. un vaso
de vino al tío Lucas!--¿Y la señá Frasquita? ¿Se
conserva tan guapa? ¡Ya hace mucho tiempo que no
la he visto!--Pero, hombre..., ¡qué bien sale ahora
la molienda! ¡El pan de centeno parece de trigo candeal!--Conque...,
vaya... Siéntese V., y descanse;
que, gracias a Dios, no tenemos prisa.
--¡Por mi parte, maldita aquella!--contestó el tío
Lucas, que hasta entonces no había despegado los
labios, pero cuyas sospechas eran cada vez mayores al
ver el amistoso recibimiento que se le hacía, después de
una orden tan terrible y apremiante.
--Pues entonces, tío Lucas (continuó el Alcalde),
supuesto que no tiene V. gran prisa, dormirá V. acá
esta noche, y mañana temprano despacharemos nuestro
asuntillo...
--Me parece bien... (respondió el tío Lucas con
una ironía y un disimulo que nada tenían que envidiar
a la diplomacia del Sr. Juan López).--Supuesto que la
cosa no es urgente..., pasaré la noche fuera de mi casa.
--Ni urgente, ni de peligro para V. (añadió el
Alcalde, engañado por aquel a quien creía engañar).
Puede V. estar completamente tranquilo.--Oye tú,
Toñuelo... Alarga esa media-fanega, para que se
siente el tío Lucas.
--Entonces... ¡venga otro trago!--exclamó el
Molinero, sentándose.
--¡Venga de ahí!--repuso el Alcalde, alargándole
el vaso lleno.
--Está en buena mano... Médielo V.
--¡Pues, por su salud!--dijo el señor Juan López,
bebiéndose la mitad del vino.
--Por la de V..., señor Alcalde,--replicó el tío
Lucas, apurando la otra mitad.
--¡A ver, Manuela! (gritó entonces el Alcalde de
monterilla). Dile a tu ama que el tío Lucas se queda
a dormir aquí. Que le ponga una cabecera en el
granero...
--¡Ca! no... ¡De ningún modo! Yo duermo en
el pajar como un rey.
--Mire V. que tenemos cabeceras...
--¡Ya lo creo! Pero ¿a qué quiere V. incomodar
a la familia? Yo traigo mi capote...
--Pues, señor, como V. guste.--¡Manuela! dile a
tu ama que no la ponga...
--Lo que sí va V. a permitirme (continuó el tío Lucas,
bostezando de un modo atroz) es que me acueste en
seguida. Anoche he tenido mucha molienda, y no he
pegado todavía los ojos...
--¡Concedido! (respondió majestuosamente el Alcalde).--Puede
V. recogerse cuando quiera.
--Creo que también es hora de que nos recojamos
nosotros (dijo el Sacristán, asomándose al cántaro de
vino para graduar lo que quedaba). Ya deben de ser
las diez... o poco menos.
--Las diez menos cuartillo...--notificó el Secretario,
después de repartir en los vasos el resto del vino
correspondiente a aquella noche.
--¡Pues a dormir, caballeros!--exclamó el anfitrión,
apurando su parte.
--Hasta mañana, señores,--añadió el Molinero,
bebiéndose la suya.
--Espere V. que le alumbren...--¡Toñuelo!
Lleva al tío Lucas al pajar.
--¡Por aquí, tío Lucas!...--dijo Toñuelo, llevándose
también el cántaro, por si le quedaban algunas gotas.
--Hasta mañana, si Dios quiere,--agregó el Sacristán,
después de escurrir todos los vasos.
Y se marchó, tambaleándose y cantando alegremente
el _De profundis_.
* * * * *
--Pues, señor... (díjole el Alcalde al Secretario
cuando se quedaron solos). El tío Lucas no ha sospechado
nada. Nos podemos acostar descansadamente,
y... ¡buena pro le haga al Corregidor!