Sigamos por nuestra parte al tío Lucas.
Ya habían andado un cuarto de legua sin hablar palabra,
el Molinero subido en la borrica, y el Alguacil
arreándola con su bastón de autoridad, cuando divisaron
delante de sí, en lo alto de un repecho que hacía el
camino, la sombra de un enorme pajarraco que se dirigía
hacia ellos.
Aquella sombra se destacó enérgicamente sobre el
cielo, esclarecido por la luna, dibujándose en él con
tanta precisión, que el Molinero exclamó en el acto:
--Toñuelo, ¡aquel es Garduña, con su sombrero de
tres picos y sus patas de alambre!
Mas, antes de que contestara el interpelado, la sombra,
deseosa sin duda de eludir aquel encuentro, había
dejado el camino y echado a correr a campo travieso
con la velocidad de una verdadera garduña.
--No veo a nadie...--respondió entonces Toñuelo
con la mayor naturalidad.
--Ni yo tampoco,--replicó el tío Lucas, comiéndose
la partida.
Y la sospecha que ya se le ocurrió en el molino principió
a adquirir cuerpo y consistencia en el espíritu receloso
del jorobado.
--Este viaje mío (díjose interiormente) es una estratagema
amorosa del Corregidor. La declaración que
le oí esta tarde desde lo alto del emparrado me demuestra
que el vejete madrileño no puede esperar más.
Indudablemente, esta noche va a volver de visita al
molino, y por eso ha principiado quitándome de en
medio... Pero ¿qué importa? ¡Frasquita es Frasquita...,
y no abrirá la puerta aunque le peguen fuego
a la casa!... Digo más: aunque la abriese; aunque el
Corregidor lograse, por medio de cualquier ardid, sorprender
a mi excelente navarra, el pícaro viejo saldría
con las manos en la cabeza. ¡Frasquita es Frasquita!--Sin
embargo (añadió al cabo de un momento),
¡bueno será volverme esta noche a casa lo más temprano
que pueda!
Llegaron con esto al Lugar el tío Lucas y el Alguacil,
y dirigiéronse a casa del señor Alcalde.