EL BOMBARDEO DE PAMPLONA

Dios te guarde, Frasquita...--dijo el Corregidor a

media voz, apareciendo bajo el emparrado y andando de

puntillas.

--¡Tanto bueno, señor Corregidor! (respondió ella

en voz natural, haciéndole mil reverencias). ¡Usía por

aquí a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya,

siéntese Su Señoría!... Esto está fresquito.--¿Cómo

no ha aguardado Su Señoría a los demás señores?--Aquí

tienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamos

al señor Obispo en persona, que le ha prometido

a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra.--¿Y

cómo lo pasa Su Señoría? ¿Cómo está la Señora?

El Corregidor se había turbado.--La ansiada soledad

en que encontraba a la señá Frasquita le parecía un

sueño, o un lazo que le tendía la enemiga suerte para

hacerle caer en el abismo de un desengaño.

Limitose, pues, a contestar:

--No es tan temprano como dices... Serán las tres

y media...

El loro dio en aquel momento un chillido.

--Son las dos y cuarto,--dijo la navarra, mirando

de hito en hito al madrileño.

Éste calló, como reo convicto que renuncia a la

defensa.

--¿Y Lucas? ¿Duerme?--preguntó al cabo de un

rato.

(Debemos advertir aquí que el Corregidor, lo mismo

que todos los que no tienen dientes, hablaba con una

pronunciación floja y sibilante, como si se estuviese

comiendo sus propios labios.)

--¡De seguro! (contestó la señá Frasquita).--En

llegando estas horas se queda dormido donde primero

le coge, aunque sea en el borde de un precipicio...

--Pues mira... ¡déjalo dormir!... (exclamó el

viejo Corregidor, poniéndose más pálido de lo que ya

era).--Y tú, mi querida Frasquita, escúchame...,

oye..., ven acá... ¡Siéntate aquí; a mi lado!...

Tengo muchas cosas que decirte...

--Ya estoy sentada,--respondió la Molinera, agarrando

una silla baja y plantándola delante del Corregidor,

a cortísima distancia de la suya.

Sentado que se hubo, Frasquita echó una pierna

sobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyó

un codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa

cara en una de sus manos; y así, con la cabeza

un poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cinco

hoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas en

el Corregidor, aguardó la declaración de Su Señoría.--Hubiera

podido comparársela con Pamplona esperando

un bombardeo.

El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la boca

abierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura,

ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidable

mujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de

limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, que

parecía creada por el pincel de Rubens.

--¡Frasquita!... (murmuró al fin el delegado del

rey, con acento desfallecido, mientras que su marchito

rostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba,

expresaba una inmensa angustia). ¡Frasquita!...

--¡Me llamo! (contestó la hija de los Pirineos).--¿Y

qué?

--Lo que tú quieras...--repuso el viejo con una

ternura sin límites.

--Pues lo que yo quiero... (dijo la Molinera), ya

lo sabe Usía. Lo que yo quiero es que Usía nombre

secretario del ayuntamiento de la Ciudad a un sobrino

mío que tengo en Estella..., y que así podrá venirse

de aquellas montañas, donde está pasando muchos

apuros...

--Te he dicho, Frasquita, que eso es imposible.

El secretario actual...

--¡Es un ladrón, un borracho y un bestia!

--Ya lo sé... Pero tiene buenas aldabas entre los

regidores perpetuos, y yo no puedo nombrar otro sin

acuerdo del Cabildo. De lo contrario, me expongo...

--¡Me expongo!... ¡Me expongo!... ¿A qué no

nos expondríamos por Vuestra Señoría hasta los gatos

de esta casa?

--¿Me querrías a ese precio?--tartamudeó el Corregidor.

--No, señor; que lo quiero a Usía de balde.

--¡Mujer, no me des tratamiento! Háblame de V.

o como se te antoje...--¿Conque vas a quererme?

Di.

--¿No le digo a V. que lo quiero ya?

--Pero...

--No hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo y

qué hombre de bien es mi sobrino!

--¡Tú sí que eres guapa, Frascuela!...

--¿Le gusto a V.?

--¡Que si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!

--Pues mire V... Aquí no hay nada postizo...--contestó

la señá Frasquita, acabando de arrollar la

manga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto

de su brazo, digno de una cariátide y más blanco que

una azucena.

--¡Que si me gustas!... (prosiguió el Corregidor).

¡De día, de noche, a todas horas, en todas partes, sólo

pienso en ti!...

--¡Pues qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora?

(preguntó la señá Frasquita con tan mal fingida

compasión, que hubiera hecho reír a un hipocondríaco).--¡Qué

lástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo el

gusto de verla y de hablarle cuando fue a componerle a

V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy buena

y de un trato muy cariñoso.

--¡No tanto! ¡No tanto!--murmuró el Corregidor

con cierta amargura.

--En cambio, otros me han dicho (prosiguió la

Molinera) que tiene muy mal genio, que es muy celosa,

y que V. le tiembla más que a una vara verde...

--¡No tanto, mujer!... (repitió Don Eugenio de

Zúñiga y Ponce de León, poniéndose colorado). ¡Ni

tanto ni tan poco! La Señora tiene sus manías, es

cierto...; mas de ello a hacerme temblar, hay mucha

diferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...

--Pero, en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?

--Te diré...--Yo la quiero mucho.... o, por

mejor decir, la quería antes de conocerte. Pero desde

que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoce

que me pasa algo... Bástete saber que hoy...,

tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer me hace la

misma operación que si me la tomara a mí propio...--¡Ya

ves, que no puedo quererla más ni sentir menos!...--¡Mientras

que por coger esa mano, ese brazo, esa

cara, esa cintura, daría lo que no tengo!

Y, hablando así, el Corregidor trató de apoderarse

del brazo desnudo que la señá Frasquita le estaba

refregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin

descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de Su

Señoría con la pacífica violencia e incontrastable rigidez

de la trompa de un elefante, y lo tiró de espaldas con

silla y todo.

--¡Ave María Purísima! (exclamó entonces la navarra,

riéndose a más no poder). Por lo visto, esa silla

estaba rota...

--¿Qué pasa ahí?--exclamó en esto el tío Lucas,

asomando su feo rostro entre los pámpanos de la parra.

El Corregidor estaba todavía en el suelo boca arriba,

y miraba con un terror indecible a aquel hombre que

aparecía en los aires boca abajo.

Hubiérase dicho que Su Señoría era el diablo, vencido,

no por San Miguel, sino por otro demonio del

infierno.

--¿Qué ha de pasar? (se apresuró a responder la

señá Frasquita). ¡Que el señor Corregidor puso la

silla en vago, fue a mecerse, y se ha caído!

--¡Jesús, María y José! (exclamó a su vez el Molinero).

¿Y se ha hecho daño Su Señoría? ¿Quiere un

poco de agua y vinagre?

--¡No me he hecho nada!--dijo el Corregidor,

levantándose como pudo.

Y luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudiera

oírlo la señá Frasquita:

--¡Me la pagaréis!

--Pues, en cambio, Su Señoría me ha salvado a mí

la vida (repuso el tío Lucas sin moverse de lo alto de la

parra).--Figúrate, mujer, que estaba yo aquí sentado

contemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre

una red de sarmientos y palos que dejaban claros suficientes

para que pasase mi cuerpo... Por consiguiente,

si la caída de Su Señoría no me hubiese despertado tan

a tiempo, esta tarde me habría yo roto la cabeza contra

esas piedras.

--Conque sí... ¿eh?... (replicó el Corregidor).

Pues, ¡vaya, hombre! me alegro... ¡Te digo que me

alegro mucho de haberme caído!

--¡Me la pagarás!--agregó en seguida, dirigiéndose

a la Molinera.

Y pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentrada

furia, que la señá Frasquita se puso triste.

Veía claramente que el Corregidor se asustó al principio,

creyendo que el Molinero lo había oído todo;

pero que, persuadido ya de que no había oído nada

(pues la calma y el disimulo del tío Lucas hubieran

engañado al más lince), empezaba a abandonarse a toda

su iracundia y a concebir planes de venganza.

--¡Vamos! ¡Bájate ya de ahí, y ayúdame a limpiar

a Su Señoría, que se ha puesto perdido de polvo!--exclamó

entonces la Molinera.

Y, mientras el tío Lucas bajaba, díjole ella al Corregidor,

dándole golpes con el delantal en la chupa y

alguno que otro en las orejas:

--El pobre no ha oído nada... Estaba dormido

como un tronco...

Más que estas frases, la circunstancia de haber sido

dichas en voz baja, afectando complicidad y secreto,

produjo un efecto maravilloso.

--¡Picara! ¡Proterva!--balbuceó Don Eugenio de

Zúñiga con la boca hecha un agua, pero gruñendo

todavía...

--¿Me guardará Usía rencor?--replicó la navarra

zalameramente.

Viendo el Corregidor que la severidad le daba buenos

resultados, intentó mirar a la señá Frasquita con mucha

rabia; pero se encontró con su tentadora risa y sus

divinos ojos, en los cuales brillaba la caricia de una

súplica, y, derritiéndosele la gacha en el acto, le dijo

con un acento baboso y sibilante, en que se descubría

más que nunca la ausencia total de dientes y muelas:

--¡De ti depende, amor mío!

En aquel momento se descolgó de la parra el tío

Lucas.

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 41 / 95 题